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La represión violenta de manifestaciones produjo también víctimas en niñas y niños. A continuación se muestran tres casos que se dieron en diferentes cir- cunstancias y que se presentaron ante la Comisión, en uno de los casos con resultado de muerte, en otro con importantes secuelas físicas y en el tercero con graves secuelas psicológicas. La violencia contra los niños y niñas muestra el carácter indiscriminado de muchas de estas acciones, en las que la población no podía protegerse, y la vulnerabilidad de grupos de población que muchas veces no participaban siquiera en las protestas.

• Muerte en medio de la persecución

En este caso la muerte le sobrevino a un niño de 15 años, presa del pánico y con antecedentes acreditados de síncopes de origen vegetativo, que estaba bajo control médico y cuyos síntomas no ponían en riesgo su vida. Sin em- bargo, en la situación de pánico y alto estrés producido por la persecución policial, J.M.I.S., murió en medio del esfuerzo de la huida. Cuando ocurrieron los hechos, era un niño de 15 años que estudiaba en la Escuela de Maestría de Barakaldo. El 9 de enero de 1977, en Sestao se había celebrado una ma- nifestación pro-amnistía, en la que habían participado en torno a las 5.000 personas. En el momento en que se iba a leer el comunicado final, numerosos contingentes de la Guardia Civil y de la Policía Armada intervinieron disolvien- do de forma violenta la manifestación. J.M., se encontraba jugando en un local de futbolines, cuando fue desalojado y perseguido por las Fuerzas del Orden Público. Presa del pánico, J.M. salió del local, escaló un muro y saltó a un patio interior, donde fue encontrado cuando ya había fallecido.

La Comisión concluyó después de examinar la documentación médica del caso, que si bien la muerte no la ocasionó una violencia directa contra J.M., la insuficiencia cardiovascular que le ocasionó le produjo la muerte fue debida

al esfuerzo físico, el estrés negativo y la situación de pánico que le produjo la persecución y el acoso policial sufrido, no existiendo ninguna otra circunstancia que pueda explicar su muerte.

El reconocimiento como víctima de J.M. sigue siendo muy importante para los padres. No hay estatus para casos como este donde la causa de la muerte no fue la violencia física directa, sino las consecuencias de la misma. Para la Comisión la muerte súbita de un hijo debida a la acción policial, si bien por las consecuencias indirectas de la misma, necesita igualmente un reconoci- miento, dado que es el componente indiscriminado de la propia violencia la causa de la situación, y no circunstancias casuales o de otro tipo. Por otra parte, el hecho produjo en su municipio y en el resto de la margen izquierda una enorme indignación, y tras el funeral y posterior manifestación volvieron a reproducirse fuertes cargas policiales. Esta espiral de muertes por la acción policial, funerales como lugares de expresión del duelo y la reivindicación de las víctimas o la responsabilidad de los perpetradores, y de nuevo represión policial contra dichas manifestaciones, caracterizó muchos de estos lugares de duelo o ceremonias religiosas, conllevando aún un impacto mayor en los familiares.

• Disparos contra viviendas en una manifestación obrera

Desde finales de la dictadura franquista, la crisis económica había dado sig- nos más que evidentes de su gravedad. Sin embargo, el régimen, debilitado y temeroso de abrir nuevos frentes de oposición, evitó la puesta en marcha de las medidas necesarias para hacer frente a aquella situación. Los años 1976 y 1977 fueron especialmente complicados por la conflictividad laboral y las res- puestas violentas frente a manifestaciones. Las huelgas y conflictos laborales se multiplicaron en protesta por la fuerte inflación y la presentación de los primeros expedientes de crisis en las empresas. Las organizaciones sindicales, que ha- bían llevado durante el último tramo de la dictadura buena parte del peso de la oposición contra aquel régimen, lideraron en la Transición la movilización obrera. Muchos de los conflictos laborales se extendieron a las calles en forma de pa- ros, protestas, manifestaciones, cortes de carretera y otra serie de acciones que fueron duramente reprimidas por la policía. El uso de material antidisturbios e incluso de fuego real provocó varios muertos y numerosos heridos de gravedad y cientos de contusionados, tanto en movilizaciones obreras como con carácter más político también.

Es en un contexto de fin del régimen franquista marcado por las protestas labo- rales, donde se produjeron los sucesos que terminaron con las graves heridas que sufrió la niña A.L.B. En 1977, A.L.B. era una niña de 12 años y estaba a punto de terminar 6º curso de EGB. La tarde del 13 de mayo de 1977, había una manifestación en Basauri por motivos laborales. En un momento se acercó a la ventana para ver si estaba su padre en la manifestación, cuando recibió un impacto de una pelota de goma lanzada por la Policía en su cara. En el hospital fue tratada de herida en región frontal izquierda, herida en el párpado inferior del ojo izquierdo y alteraciones en el globo ocular izquierdo, consistentes en hemo- rragia en cámara anterior, pupila en midriasis media y hemorragia intraocular. Seis meses después, el 11 de octubre de 1977, fue de nuevo operada de las lesiones internas sufridas en el globo ocular y cristalino. El 5 de julio de 1978, se le diagnosticaron lesiones cicatriciales en su retina por roturas coroideas produ- cidas por el impacto de la pelota de goma, alguna de las cuales afectó al área macular. Esta agresión indiscriminada conllevó secuelas y lesiones en una niña que marcaron su vida, y no tuvo, como en el resto de los casos, ningún recono- cimiento institucional.

En clase no veía lo de la izquierda. Tuve que repetir el curso. Me pusieron el mote de ‘antidisturbios’. ‘Esta es la del ojo’… Nunca he tenido una cuadrilla, porque ése era el momento y como no era de salir, perdí mi juventud, no sabía relacionarme con la gente. Hasta que decidí perder mi vergüenza, enseñar la cicatriz. Me costó mucho, muchos lloros, mucha soledad, muchas ganas de odiar y conseguir no hacerlo. Tuve que ir al psiquiatra y me ayudó a pelearlo. Son ya cinco operaciones las que he tenido y no he recuperado la visión. A.L.B.L.

• Disparo de arma de fuego contra una niña

L.A.S. era una niña de 14 años que el 11 de junio de 1978, vivía en Villabona con su hermano, ya que su madre había fallecido cuatro meses antes en un accidente de tráfico. L. había pasado la tarde en Tolosa con una amiga viendo una película en el cine, ajenas a una manifestación que se había realizado en el pueblo en esas horas.

Sobre las nueve de la noche ella y su amiga, se encontraron con un vecino que volvía en coche a Villabona, y se ofreció a llevarlas. A la salida de Tolosa, el conductor del vehículo se detuvo para saludar a un conocido. Llegó la policía que había estado disolviendo la manifestación y los ocupantes del vehículo

fueron obligados a bajar, poniéndoles contra la pared. En ese momento, fue- ron golpeados e insultados, en medio de un intenso pánico frente a la bruta- lidad. Uno de los agentes efectuó un disparo de bala por la espalda a L.A. y el furgón policial abandonó inmediatamente el lugar sin prestar asistencia a la víctima, que quedó malherida, siendo abandonada en el asfalto. Fueron sus propios amigos los que trasladaron a L.A. a la clínica de la Asunción en Tolosa, donde permaneció ingresada durante doce días.

Las secuelas de esos hechos en su vida fueron muy graves, se recuperó físicamente pronto debido a que la bala no atravesó órganos vitales, pero el impacto psicológico de los hechos en una niña que acababa de perder a su madre de forma súbita, conllevó un fuerte aislamiento e impacto psicológico durante muchos años, y un condicionamiento total de su proyecto de vida hasta la edad adulta, cuando pudo rehacer su vida.

Estuve dos años sin salir los fines de semana y no tuve tiempo de ocio por miedo a los controles, un terror insuperable. El día que decidí salir a fiestas nos pararon en un control. Fue tal el impacto vivido que no volví a salir más los fines de semana hasta cumplir los 18 años. Estuve enclaustrada en una hostelería familiar. Padecí trastornos del sueño, dolor de estómago, paranoias y pensamientos obsesivos durante 15 años. En otra fase me sentí culpable como si la responsable fuera yo. L.A.S.

• Agresión en furgón policial

A.B.F. fue agredido después de ser detenido por la Policía Armada, y fuerte- mente golpeado en un furgón policial. El 28 de octubre de 1978 se celebraron en Bilbao dos grandes manifestaciones. Una de ellas fue convocada por el PNV bajo el lema “Por una Euskadi libre y en paz” y la otra, organizada por las Gestoras Pro-Amnistía y la coalición Herri Batasuna, en respuesta a la anterior y no autorizada, bajo el lema “Atzoko eta gaurko gudarien alde”. El dispositivo policial fue reforzado considerablemente con la presencia de más de 1.000 agentes de la reserva de la Policía Armada que se habían trasladado a Bilbao el día anterior, que se unieron a los 1.500 agentes que ya se encon- traban en aquellos momentos destinados en Bilbao. Algunos de los líderes más destacados en aquellos momentos de la Izquierda Abertzale establecie- ron contactos con los responsables de las dotaciones policiales que exigían su disolución. Cuando se comenzaba a proceder a esta última, intervino la policía produciéndose graves incidentes donde resultaron heridas numerosas

personas, entre ellas varios de los líderes de la Izquierda Abertzale. B.F., que apenas tenía 14 años en aquellos momentos, resultó herido. Según recogió la prensa del día siguiente el herido presentaba traumatismo encéfalo craneal, conmoción cerebral y erosiones leves. Junto a él fueron ingresadas otras vein- te personas en los hospitales de Cruces y Basurto.

El menor de edad fue golpeado con la culata del fusil en la cabeza, lo que provocó que perdiera la consciencia en un furgón policial. Unos desconocidos le asistieron y le llevaron hasta el cuarto de socorro de Urazurrutia y fue trasla- dado al Hospital de Cruces. Como consecuencia de la agresión fue diagnosti- cado de traumatismo cráneo-encefálico con conmoción cerebral. Presentaba contusiones generalizadas y herida en región frontal que requirió de siete pun- tos de sutura. Como parte de las secuelas que muestran muchas víctimas, pero en mayor medida los niños, el hecho le condicionó bastante su vida, ya que tuvo que paralizar durante dos meses sus estudios de FP2, lo que provo- có que ese año perdiera el curso. A partir de la agresión sufrida le resultaba imposible concentrarse, lo que determinó que al año siguiente abandonara sus estudios. También ha sufrido de miedo en diversas situaciones ligadas al hecho que le han impedido, por ejemplo, volver a ir a una manifestación o tratar con normalidad a cualquier persona con una cierta autoridad.

En conclusión

Los casos de heridos o muertos como consecuencia de la represión gene- ralizada de manifestaciones constituyeron más del 40% de los casos que se presentaron en la Comisión. En este apartado se han resumido algunos casos y situaciones que se dieron en las distintas épocas del periodo entre 1960 y 1978. Los relativos al caso del 3 de Marzo, de los que se presentaron 47 ca- sos ante la Comisión, se analizan más adelante.

Hechos como estos fueron muestras del autoritarismo de la dictadura y de la resistencia de las autoridades durante los primeros años de la transición tras la muerte de Franco, frente a las manifestaciones públicas, la libertad de expresión y asociación especialmente, y conllevaron numerosas muertes violentas, a la vez que centenares de personas heridas, y pusieron en peligro la vida de mu- chas más debido a un uso excesivo de la fuerza.

La represión policial contra manifestaciones se convirtió en muchas ocasiones no solo en algo dirigido contra los manifestantes, sino también en acciones indiscriminadas que afectaron a personas que pasaban por el lugar, clientes de negocios, o vecinos ajenos a las manifestaciones. También fue muy frecuente en ese tiempo el desalojo de establecimientos próximos a los lugares de mani- festación, donde podrían haberse refugiado manifestantes y los golpes contra personas que los frecuentaban o incluso detenciones. Muchos de los heridos que dieron su testimonio a la Comisión podrían haber muerto debido a que los disparos se hicieron de forma indiscriminada y contra zonas vitales. El hecho de que hubieran afectado a un brazo, al corazón o al pulmón fue una circunstancia casual. Este uso de armas de fuego contra manifestantes supone una grave violación de derechos humanos, y ha dejado en la mayor parte de las víctimas secuelas a lo largo de toda su vida.

Si bien los heridos que dieron su testimonio a la Comisión lograron sobre- vivir y rehacer sus vidas, en otros casos murieron y los testimonios fueron dados por sus familiares. Las consecuencias se han producido en diferentes ámbitos físicos como en: su capacidad y funcionalidad; dolor crónico; limi- taciones de movilidad o sensibilidad. En general conllevaron procesos de atención hospitalaria de entre una y tres semanas, y en muchas ocasiones meses de rehabilitación posteriores hasta lograr su grado de recuperación. Las secuelas, en muchas ocasiones, se han dado de por vida, y esas se- cuelas en sus cuerpos son también un recuerdo permanente de la injusticia vivida y del impacto en sus vidas. Un grupo particularmente afectado por sus condiciones de vulnerabilidad y el impacto de las secuelas a largo plazo, fueron niños y niñas que resultaron heridos o muertos como consecuencia de dicha brutalidad policial.

2. Disparos con armas de fuego

en controles de carretera

No tengo odio. ¡Pero costó!

Desde los años 60, y especialmente a mediados de la década de los años setenta, numerosos controles de carreteras de la Policía y Guardia Civil que se establecieron en el País Vasco, ocasionaron repetidas muertes y lesiones graves como consecuencia de la utilización indiscriminada de armas de fuego por parte

de miembros de las Fuerzas de Orden Público. Los agentes daban la orden de parar y ante la menor duda que pudieran tener sobre la actitud de quienes viajaban en los vehículos, disparaban. Muchos de estos controles estaban mal señalizados y se hacían en horas de la noche dificultando la visibilidad. En algu- nos casos, ni siquiera estaban formalmente desplegados ni señalizados cuando se produjeron los disparos.

Tanto la tensión política, como la propia impunidad de estas acciones que nun- ca tuvieron justicia para las víctimas, explican que fueran frecuentes en esta época. A partir de mediados de los años 80, se dieron cambios en el compor- tamiento de las fuerzas de seguridad, por lo que estos casos dejaron de darse con la frecuencia que tuvieron en la época del tardofranquismo o primeros años de la transición política. Para muchas víctimas, estas acciones y la falta de una investigación efectiva, mostró que no solo se trataba de “errores” cometidos como indicaban las autoridades, sino una práctica de gatillo fácil y la complici- dad de las fuerzas de seguridad y autoridades en evitar a la justicia y responder a las demandas de las víctimas. En definitiva, puso de manifiesto la impunidad con que se produjeron estos casos.