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FRAGMENTOS ESCOGIDOS DE UN RELATO INM ÓVIL

In document Loraux Nicole - La Invencion de Atenas (página 152-166)

La historia ateniense de Atenas

1. FRAGMENTOS ESCOGIDOS DE UN RELATO INM ÓVIL

Si para los griegos de la época clásica la historia es parcial y limitada en el espacio y el tiempo (1), el “territorio del historiador” (2) no se confina necesariamen­

te dentro de las fronteras de una ciudad sino que puede abarcar toda Grecia y hasta esa parte del mundo bárbaro que un buen día entró en guerra con los griegos. Las Hellenikás son quizá la historia de una aldea (3), ¿pero qué decir entonces del catálogo de los grandes triunfos atenienses? Por más que la oración fúnebre pretenda abarcar el conjunto de tierras y maresi en que brilló el mérito ateniense, la norma sigue siendo, para Lisias, como para Pericles o Demóstenes, la tierra ática,2 tierra de la ciudad. Todo es cuestión de grados, aun dentro del particularismo, y entre “las ciudades de los hombres” 3 y la “ciudad” 4 el margen es bastante ancho.

¿Quiere esto decir que para los atenienses toda historia tiene su lugar geomé­ trico en Atenas? F. Jacoby tiende a pensarlo de ese modo, cuando opone las Á ti- das a la historiografía jónica, cuyo objetivo es helénico, y afirma: “ Para los ate­ nienses, la historia es la historia de su ciudad, la escribieron porque la hacían y durante todo el tiempo que la hicieron” (4). Valdría la pena verificar esta decla­ ración fuera de esas historias específicamente atenienses que son las Átidas o el catálogo de las hazañas; sin proceder de un modo sistemático a esa investigación, que desborda los límites del presente estudio, observaremos que Atenas parece haber anexado en provecho propio ciertos acontecimientos de una historia co­ mún a todos los griegos para transformarlos en topoi de su propia historia. Así, por ejemplo, los historiadores atenienses se complacen en hacer de la segunda guerra médica una guerra de coalición helénica, un simple epílogo de la victoria ateniense de Maratón; lo confirmamos acudiendo al testimonio de Jenofonte, imposible de ser sospechado de atenocentrismo por su doble condición de fer­ viente admirador de Esparta y de autor de una recopilación de Helénicas. Cuan­ do en Anabasis pronuncia su primer discurso de estratega, Jenofonte recuerda a los Diez M il las altas acciones de sus antepasados.5 No es sorprendente que evo­ que la segunda guerra médica, ya que eso le permite felicitar a sus hombres por haberse mostrado dignos de sus ancestros en la batalla de Cunaxa, cuando afron­ taron a los descendientes de los soldados de Jerjes. En cambio, nuestra sorpresa se despierta cuando se extiende luego largamente sobre la victoria puramente ateniense de Maratón, ante un público compuesto en su mayoría de dóricos. Quizás el joven Jenofonte, personaje de novela histórica, escape a la vigilancia del Jenofonte historiador; tal vez es difícil para él, por más amigo que sea de los lacedemonios, olvidar la versión ateniense de la historia; quizá, por último, haya

1 Tucídides, n, 4 14 ; Lisias, 2.

2 Tucídides, n, 3 6 ,1 (khora); Lisias, 5 (khora); Demóstenes, 8 (ge). 3 Heródoto, 1,5 (astea ánthropon). Véase Tucídides, 1,1. 4 Hede he polis: véase por ejemplo Lisias, 5 ,6 ,16 ,2 1, etcétera.

5 Jenofonte, Anábasis, n i, 2 ,11-14 : M aratón (11-12); segunda guerra médica (13); los Diez M il y sus antepasados (14).

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que imputar esa anomalía al género mismo de la alocución pronunciada oral­ mente: un discurso de estratega presenta siempre numerosos topoi comunes con un epitáphios (5) como para pensar que el orador se inspiró en el catálogo de las proezas atenienses incluidas en la oración fúnebre. No hay duda de que este solo ejemplo no prueba el carácter necesariamente patriótico de toda historia escrita por un ateniense. Pero prueba que ese catálogo de altos hechos militares es el modelo mismo de la historia nacional ateniense.

Es siempre Atenas la que dirige el juego. Es una necesidad y un bien, porque aun cuando Atenas desapareciera de la escena, el mecanismo se encajona de nuevo en los mismos rieles: el triunfo de los otros es el advenimiento de una “historia para el mal” en que el mundo ha dejado de seguir su curso normal.6 Es ahí cuando Atenas vuelve a ser otra vez el agente de la historia. Si somos fieles a la definición griega de esa noción, pero también al carácter militar del discurso, esa historia es la que los oradores conciben bajo el modelo de la guerra y los erga: así, los epitáphioi no relatan otra cosa que una serie de campañas, más o menos relacionadas unas con otras por la fórmula “y después”, que permite eludir rozándolas apenas las causas precisas de un conflicto7 (6). De ese modo, un moderno sólo encuentra allí una colección monótona de proezas cuya significación es siempre la misma: la historia estalla en fragmentos brillantes. Esta tendencia se hace particularmente manifiesta en el pastiche platónico de la oración fúnebre, que multiplica les metá taúta [después de lo cual] y enumera las guerras sin reparar en las divisiones ya admitidas. A pesar de que la tradición conozca dos guerras del Peloponeso, el Me­ néxeno menciona tres;8 para el orador de epitáphios, que debe entregar la prueba de la excelencia incuestionable de Atenas, la técnica de multiplicar los ejemplos lo favorece ya que refuerza todavía más la veracidad de su tesis. Y mientras que las Átidas tratarán de presentar una historia continua de Atenas, esa preocupación fue probablemente desde el origen ajena a la oración fúnebre, que se limita a recordar las innumerables oportunidades en las cuales se reveló el valor ateniense9 “desde el comienzo de los hombres” (7). De ese modo, los oradores inscriben la historia de Atenas en un espacio temporal mucho más extenso que el de los historiógrafos (8), sin preocuparse siquiera por rellenar los períodos vacíos al modo de los autores de cronologías (9), porque la perennidad del mérito ateniense asegura por sí misma la coherencia del relato. En el relato histórico de la oración fúnebre no encontrare­ mos, por consiguiente, el desarrollo de una continuidad, sino la puesta en escena repetitiva y ejemplar de una única y misma areté.

6 Lisias,

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7 Véase especialmente Menéxeno, 242 c 3 pero también ibid., 241 d 1, 242 a 6 ,24 2 e 5, 243 e 1, 244 b 4. Agréguese Lisias, 27,44,48.

8 Menéxeno, 242 e 5.

Hasta las excepciones aparentes confirman la regla probando cada una de paradójica m anera la unidad del mérito. Así, aunque la guerra sea por defini­ ción la actividad de los ándres, ciudadanos y combatientes, la oración fúnebre no ignora completamente los actos de coraje de mujeres, jóvenes o viejos, a condición de que esas anomalías fortalezcan la gloria de Atenas. Las m uje­ res no deben salir de su condición natural, por cierto, para manifestar coraje (andreía) y se considera una m onstruosidad que las amazonas hayan violado esa regla (10), pero tratándose de mujeres “ atenienses” se puede hacer una ex­ cepción a la regla. Así, al evocar a las hijas de Léos, que “ se com portaron como hombres” 10 (11), Demóstenes considera su conducta menos como una trans­ gresión que como una manifestación ejemplar de areté. Esta actitud se torna muy evidente en el relato que el Discurso fúnebre de Lisias hace de la guerra de Megara11 donde, no habiendo jóvenes en edad militar,12 adolescentes y ancianos deciden provocar ellos mismos la decisión afrontando solos el peligro13 y, bajo la dirección de M irónides (12), logra el trofeo más hermoso.14 El que tropas de reserva asuman solas una guerra y pasen al ataque constituye de por sí una situación insólita (13); pero lo que hace de esta batalla una hazaña ejemplar es el estatuto particular de los combatientes: neótatoi [los más jóvenes] y pres- bútatoi [los más viejos] (14) no sólo se sitúan en los límites de la ciudadanía,15 sino que no son verdaderos guerreros, y la andreía no debería concernirlos. No obstante, el orador precisa que tenían en ellos la areté, infundida en unos por el valor de la experiencia y en otros por la naturaleza;16 y la identidad del mérito ateniense, lejos de alterarse por una situación insólita, se refuerza, lo que indica una oposición m uy acusada entre dos clases de edad antitéticas: por un lado, ex combatientes que saben luchar y, por otro lado, jóvenes émulos capaces de obedecer;17 por sus cuerpos, están más acá o más allá de una norma, pero la misma fuerza de alma hace de ellos atenienses puros.18 Así, antes de separar nuevamente a jóvenes y viejos para devolverlos a sus ocupaciones habituales19 (15), el orador ha utilizado una división interna a la ciudad para mostrar que

10 Demóstenes, 29.

n Lisias, 49-53. Véase Tucídides, 1,10 5,4 -6 . 12 Lisias, 49.

13 Ibid., 50. M ónoi adquiere evidentemente un sentido nuevo; por lo com ún, son los ciudadanos soldados quienes enfrentan al enemigo mónoi. La soledad de los guerreros improvisados es aquí doble, com o atenienses γ como tropas de reserva.

14 Ibid., 52.

15 Véase el texto capital de Aristóteles, Política, n i, 1,1275 a 17. 16 Lisias, 51 (empeiría/physis).

17 Ibid. 18 Ibid., 53.

L A H I S T O R I A A T E N I E N S E D E A T E N A S I I57 existe en el núcleo mismo de la diferencia la unidad del valor ateniense. Y a pesar de su carácter “ histórico”, la hazaña no deja de salirse de los goznes de la historia para inscribirse en el aión [tiempo], ya que no tiene otra función que recordar la permanencia del principio ateniense, eternamente renovado a través de la cadena de las generaciones. Porque en la oración fúnebre, cada generación no es más que la encarnación pasajera de la ciudad -encarnación siempre destinada a culminar en la hermosa m uerte- y, como el olivo que la simboliza, remplaza las hojas que caen por nuevos brotes20 (16).

Sin embargo, si bien es cierto que la repetición, donde el tiempo se suprime, es una de las características del mito (17), los metá taúta de Lisias o Platón no pueden ilusionar por largo tiempo, ya que la oración fúnebre usa el lenguaje de la sucesión temporal pero éste funciona en ella de una manera casi metafórica, lo que asimila el relato de las hazañas a una narración mítica (18).

De hecho, este tipo de relatos mantiene con el mito vínculos complejos, y la presencia en los epitáphioi de hazañas legendarias e incluso de mitos catalogados como tales -la guerra de las amazonas o la autoctonía- merece ser tomada en consideración.

La oración fúnebre no relata, por cierto, esos mitos por sí mismos. Se los apro­ pia, reduciéndolos a su más simple expresión y transformándolos en paradigmas educativos. Es necesario dejar testimonio de modo inmemorial de las virtudes de la ciudad, lo cual comprende muy bien Isócrates cuando afirma que “ ha adop­ tado ese punto de partida tan lejano” para realzar de entrada la superioridad del objeto de su elogio.21 También lo comprende Licurgo, para quien Atenas debe su grandeza al hecho de haber sido un modelo de heroísmo desde la más alta an­ tigüedad.22 Ahora bien, en los siglos v y

IV

a.C. el mito ha dejado de entenderse como una forma narrativa original; desvalorizado por una crítica racionalista que opone el rigor del logos al brillo ilusorio del mythodés [relato fabuloso] (19), conserva toda su autoridad como paradigma. Platón, por ejemplo, lo “naturaliza como filósofo” (20) y escribe en el Critias la historia mítica de la ciudad de la República (21). El mito es necesario porque es el ejemplo absoluto; contemplar­ lo hace las veces de educación en tanto acostumbra a los ciudadanos a actuar rectamente.23 Pero se lo requiere en el encabezamiento del catálogo sobre todo para que confiera sus propios rasgos al relato histórico que le sigue. Así, en el Menéxeno, Platón finge que sólo evoca los relatos míticos para rechazarlos, pero ese mismo hecho muestra que del pasaje por el mito el orador conserva el deseo

20 Plutarco, Cuestiones conviviales, 723.

* Vertido a menudo en las traducciones castellanas como “ y así” o “pues”. [N. de la T.]

21 Isócrates, Panatenaico, 120. 22 Licurgo, Contra Leócrates, 83. 23 Ibid., 100.

de transformar toda hazaña en relato legendario. De ahí proviene su rivalidad con los poetas.24

De este modo, la distinción observada hasta ahora entre guerra legendaria y guerra histórica sólo tiene sentido para un moderno (22). Ocurre m uy rara vez que los epitáphioi establezcan un corte cuando pasan del tiempo de la leyenda al tiempo de Maratón; por el contrario, los oradores oficiales llegarán incluso a su­ gerir que todas las hazañas atenienses tienen que ver con el mythos, es decir, con algo que en su terminología un poco vaga se parece a la poesía por su forma y a la gesta heroica por su contenido.25 Cuando Demóstenes distingue los altísimos hechos ya elevados al rango de mitos y los que, por acercarse más en el tiempo, no se han transformado todavía en mythoi, 2 6 sólo en apariencia obedece a exi­

gencias racionalistas; en realidad, el orador, que no se privará de mezclar la areté de los epónimos27 con la de los atenienses de Queroneso, afirma simplemente, imitando a Platón, su deseo de superar a los poetas robándoles un tema que éstos habrían ignorado hasta ese momento. Del mismo modo, en su Panegírico, Isócrates señala los elementos que comportan mythodés en su relato con el único objetivo de justificar la íntima mezcla de la leyenda y el relato de los hechos.28 Por último, si Lisias opera una separación de hecho entre el tiempo de los ancestros y el que se inicia con Maratón29 (23), nada en la forma en que lo expresa indica un tratamiento diferente de estas dos series de proezas. Estamos muy lejos de las advertencias metodológicas que alegaban Tucídides o Heródoto contra el relato de los poetas. Es incluso probable que las exigencias de los historiadores no ha­ yan afectado nunca realmente a la oración fünebre; aunque los rasgos estudiados aquí sean en primer lugar los de los epitáphioi del siglo i v a.C., muchos indicios nos permiten suponer que el discurso los contenía por lo menos en germen en el siglo anterior y, negándose a repetir los epitáphioi anteriores, Pericles debe recusar al mismo tiempo hazañas míticas y guerras recientes, cuya equivalencia se postulaba ya en el epigrama de Eión (24).

Ya sea mítica o paradigmática, la historia de los epitáphioi se caracteriza, enton­ ces, por cierta unidad de tono. Unidad obtenida a costa de diversos procedimien­ tos de reconstrucción u ocultación típicos, por cierto, de todos los desarrollos históricos de la elocuencia ateniense, pero particularmente nítidos en la oración

24 Platón, Menéxeno, 239 b-c. 25 Demóstenes, 9.

26 Ibid. 27 Ibid., 29.

28 Isócrates, Panegírico, 28 y 30.

29 Lisias, 20: la evocación de los prógonoi [ancestros] reenvía a tópalaión [lo antiguo] (4-16); la de los descendientes anuncia el relato de las hazañas cum plidas a partir de Maratón.

L A H I S T O R I A A T E N I E N S E D E A T E N A S I I59 fúnebre. De este modo, no dejamos atrás la esfera de lo mytho dés, ya que esos procedimientos dependen de las “producciones de aparato para un auditorio del momento”, que Tucídides contrapone con su discurso histórico, acérrimo enemigo de la fábula ficticia30 (25).

Es obvio que los oradores tienden a seleccionar los episodios susceptibles de gustar al público. Las guerras médicas, por ejemplo, no tienen ningún problem a en imponerse. No ocurre lo m ism o con las guerras del Peloponeso, que Demóstenes m enciona una sola vez en toda su obra, y cuando lo hace es para recordar que Atenas nunca abandonó el combate:31 es cierto que un discurso de tipo simbólico puede elegir sus ejemplos; un epitáphios, en cam­ bio, no es totalmente libre para elegirlos y debe desplegar m últiples artilugios para atenuar o disimular que existen derrotas entre los erga. La derrota, en efecto, rom pe la bella tram a trastocando todos los valores. A l acusar a Leó­ crates por haberse com portado de m odo de “m architar una gloria acum ula­ da durante siglos” y por despojar a los ancestros de su antigua celebridad,32 Licurgo muestra que lo real -presente o p asad o- amenaza siempre a la his­ toria paradigm ática, ya que puede adquirir la form a de un fracaso y hacer que en un solo instante se desvanezca la gloria de la ciudad. Porque hasta el recuerdo de un desastre lejano en el tiempo resulta peligroso: com o cada episodio porta en él la historia de Atenas, basta con haber perdido una sola batalla para que todo se d erru m b e...

A lo sumo, se puede omitir un episodio aislado o un hecho cuya interpreta­ ción es incierta: mientras el orador del Menéxeno se da el lujo de evocar la batalla de Tanagra para poder así realzar luego la de Enofita,33 Lisias prefiere no decir nada de ninguno de los dos combates. Es más difícil, en cambio, callar acerca de la guerra del Peloponeso; con todo, el Menéxeno se jacta de enfrentar la dificultad haciendo algunos rodeos de tal modo que cada derrota es ocultada de nuevo por un triunfo; así, la victoria de Esfacteria ilustra de manera definitiva la superiori­ dad de Atenas sobre Esparta34 y esconde por anticipado el anuncio -d iscreto- del desastre de Sicilia;35 más claramente aun, el orador se demora largamente en la victoria de Arginusas, que hace las veces de una tregua antes de evocar la derrota final.36 Pero en otros casos, hasta se puede evitar todo relato de las operaciones;

30 Tucídides, 1, 22, 4.

31 Demóstenes, Contra Androción, 15. 32 Licurgo, Contra Leócrates, 110.

33 Platón, Menéxeno, 242 a 6-b 5. Hay que reconocer que presenta como incierto el combate de Tanagra, que Tucídides (1,108 ) considera com o un triunfo de los lacedemonios. 34 Menéxeno, 242 c-e.

35 Ibid., 242 e-243 a. 36 Ibid., 243 c-243 d.

Lisias, por ejemplo, fiel a la actitud adoptada ya respecto de Tanagra, procede una nueva elipse, mucho más inquietante.37

Pero callar el fracaso final es imposible; una derrota de ese calibre debe trans­ formarse en una nueva prueba de la grandeza de Atenas. Es así como tanto los partidarios del silencio como los especialistas de las verdades dichas a medias se ven obligados a recurrir a las mismas paradojas y a afirmar, como el epitáphios de Lisias, que “también en las desdichas dieron prueba de su valentía” :38 entonces el desastre se torna una catástrofe para los vencedores y los verdaderos vencidos no son los que uno creía,39 ya que el poderío de Atenas era la salvación de Grecia.

Para transformar una derrota en paradójica prueba de valor, existen dos m o­ dos posibles de presentar al enemigo. Se lo puede engrandecer y amparándose en esa amplificación el fracaso parecerá casi normal. Por ejemplo, el epigrama que se asocia en general con la derrota de Tanagra otorgaba el kfdos [dado, suerte] a los atenienses que habían hecho frente a la mayor parte de la Hélade.40 Pero el orgullo ateniense se niega a admitir, por lo general, que se pueda imputar la derrota a la fuerza o al valor del enemigo. A l afirmar que la flota ateniense pere­ ció, “bien fuera por incapacidad de un jefe o por designio de los dioses”,41 Lisias elige la segunda actitud: recuerda los acentos del epigrama de Coronea42 en que un semidiós vengador reemplazaba al enemigo y al mismo tiempo anticipa las acusaciones de Demóstenes contra los jefes tebanos, considerados como únicos responsables del desastre de Queroneso (26).43

En realidad, para conservar la iniciativa y con tal de no reconocer la incidencia de la acción de los enemigos sobre los acontecimientos, Atenas prefiere explicar sus triunfos sobre la base de sus propias faltas. Cuando en el debate de Esparta, los corintios declaran que en varias oportunidades los lacedemonios debieron su

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