• No se han encontrado resultados

UNA CEREMONIA, UN DISCURSO: LOS FUNERALES PÚBLICOS

In document Loraux Nicole - La Invencion de Atenas (página 40-65)

La oración fúnebre en la ciudad democrática

1. UNA CEREMONIA, UN DISCURSO: LOS FUNERALES PÚBLICOS

Para aclarar el discurso por su contexto, nadie mejor que Tucídides podrá guiar­ nos cuando, a guisa de introducción al epitáphios de Pericles, describe la práctica ateniense de los funerales:

En el mismo invierno los atenienses, siguiendo la costumbre tradicional, or­ ganizaron públicamente las ceremonias fúnebres de los primeros que habían muerto en esta guerra, de la siguiente manera: montan una tienda y exponen los huesos de los difuntos tres días antes del entierro, y cada uno lleva a su deudo la ofrenda que desea. Y cuando tiene lugar la conducción de cadáveres, unos carros transportan los féretros de ciprés, cada uno de una tribu y en su interior se hallan los huesos de los pertenecientes a cada una de las tribus. Se transpor­ ta también un féretro vacío preparado en honor de los desaparecidos que no fueron hallados al recuperar los cadáveres. Acompaña al cortejo el ciudadano o extranjero que quiere, y las mujeres de la familia quedan llorando sobre la tum­ ba. Los depositan, pues, en el cementerio público que está en el más hermoso barrio de la ciudad, que es donde siempre dan sepultura a los que han muerto por la ciudad, excepción hecha de los que murieron en Maratón, pues a éstos, al considerar la brillantez de su valor, los enterraron allí mismo. Y después que los cubren de tierra, un hombre elegido por la ciudad, el que por su inteligencia no parezca ser un necio y destaque en la estimación pública, pronuncia en honor de éstos el pertinente elogio, tras lo cual se marchan todos. Éste es el modo como los entierran. Durante el transcurso de toda la guerra seguían esta costumbre cada vez que la ocasión se les presentaba. Así pues, para hablar en honor de estos primeros muertos fue elegido Pericles, hijo de Jantipo. Llegado el momento, se adelantó desde el sepulcro hacia una alta tribuna que se había erigido a fin de que pudiera hacerse oír ante tan gran muchedumbre, y habló así [... ].6*

6 Tucídides, i i, 3 4 ,1-8 (trad. fr. de Jacqueline de Romilly).

* Utilizamos a lo largo de todo el libro la traducción castellana del discurso de Pericles establecida

Nos hemos dejado llevar por la tentación de citar en toda su extensión esta pá­ gina famosa sólo para intentar releer con un nuevo compromiso un testimonio que no tiene nada que envidiar, en precisión y firmeza, a las investigaciones de los modernos antropólogos. Es cierto que Tucídides no dice todo, como lo pro­ baron más tarde las informaciones de la tradición ulterior -so b re todo Paus­ anias, que no menciona la ceremonia pero describe largamente el cementerio pú blico-7 y los descubrimientos epigráficos y arqueológicos de las excavaciones del Ágora y del cementerio del Cerámico, que aportaron a la página de Tucídides modificaciones importantes, sacando a la luz su parcialidad y sus lagunas. Sin embargo, los silencios de los historiadores no son menos instructivos que sus informaciones, y esta presentación del nomos, que es también su primera men­ ción histórica, llama la atención sobre lo que es esencial para nosotros, o sea, la relación entre el discurso y la práctica de los funerales.

Si nos limitáramos únicamente a este texto, no sabríamos nada de los m o­ numentos del demósion séma [cementerio público] ni de ese honor eminente en que reside la inscripción de los nombres de los muertos en una lista, ni de la ayuda ofrecida por la ciudad a las familias de los desaparecidos (6). Y lo que sería aun más grave, desconoceríamos la dimensión religiosa de la ceremonia, indi- sociable de su significación política, que Tucídides oculta de manera deliberada. Por último, como la descripción del historiador se inscribe en un criterio de autoridad, generaciones enteras de investigadores pusieron en duda la existencia de un agón epitáphios,* simplemente porque Tucídides no hablaba de ello. En realidad, el historiador sólo se interesa por los funerales propiamente dichos, sin preocuparse en absoluto por los hechos que suceden después. Arroja una especie de maleficio sobre la próthesis [exposición pública] y la ekphorá [convoy fúnebre], menciona el demósion séma pero para él el ergon se termina “después que los cubren de tierra”, para ceder su lugar al discurso. Por que todo el párrafo tiende hacia la oración fúnebre y si Tucídides menciona la tribuna del Cerámico (7) (aunque descuide ciertos aspectos esenciales del nomos), es porque en ella hablará Pericles. A la inversa, no hay por qué asombrarse de que una vez pronun­ ciada la oración fúnebre el historiador deje de prestar atención a la ceremonia y, descuidando las lamentaciones rituales que siguen al discurso,8 se apresure a concluir: “tras lo cual se marchan todos.”

Pero si atendemos solamente a los silencios del texto, corremos el riesgo de soslayar su proyecto fundamental que apunta, antes de que el epitáphios exalte a

7 Pausanias, 1,2 9 ,4 -15 .

* Con esta expresión la autora acentúa el desfasaje entre lo dicho en el discurso fúnebre a nivel del enunciado y lo que vehiculiza su enunciación com o acto. [N. de la T.] 8 Véase Tucídides, 11,4 6 , 2; Lisias, 81; Demóstenes, 37.

L A O R A C I Ó N F Ú N E B R E E N L A C I U D A D D E M O C R Á T I C A I 4I

Atenas, a presentar los grandes rasgos de una ceremonia propiamente ateniense. Por supuesto, Atenas no es la única que prodiga honores particulares a los ciu­ dadanos caídos en el combate; en muchas ciudades griegas de la época clásica, la gloria de los muertos 7 las obligaciones del Estado hacia las víctimas de la guerra constituyen una dimensión importante de la vida cívica (8); los espartanos, por ejemplo, grababan el nombre del muerto en la tumba sólo si había sido matado en la guerra.9 Pero al repatriar las cenizas de los muertos la polis ateniense rom­ pe con la costumbre griega de la sepultura en el campo de batalla (9). Ruptura definitiva durante todo el período clásico, la práctica del retorno de las cenizas no sufría excepción alguna y aun cuando la condena de los estrategas de la ba­ talla naval de Arginusas se explica por la dimensión de las pérdidas de vidas, la fuerza de la costumbre incidió en gran parte en la versión según la cual murieron por no haber recogido los cuerpos de sus conciudadanos.10 Es, por lo menos, la interpretación de Platón cuando en el diálogo Menéxeno se compadece de las víctimas de esa batalla naval por habérselas privado de su lugar en el cementerio del Cerámico.11 Se ve, de esta manera, que los atenienses hacen un uso ancestral de una costumbre que se les ha vuelto connatural, y en su descripción Tucídides presenta con toda naturalidad el Soros de Maratón, de acuerdo con la costumbre helénica, como una excepción a la regla ateniense.

No es sorprendente que antes de recurrir a la oración fúnebre para glorificar en Atenas la ciudad-modelo, el historiador insista en todo aquello que hace de los funerales oficiales la emanación simbólica de la polis democrática. Si mencio­ na los diez sepulcros en que están reunidos los restos de los desaparecidos, esa indicación le basta para evocar las reformas clisténicas de las diez tribus, que or­ ganizan el ejército ateniense en el campo de batalla (10) dominando por ende la organización de los funerales. Después de lo cual procederá a la enumeración de los muertos en la estela del poluandreíon [muchos hombres o sepultura común]. Cuando precisa que en el convoy “participan libremente ciudadanos y extranje­ ros”, el empleo de la fórmula democrática ho boulómenos (el primer llegado) le permite sugerir la apertura ateniense exaltada por Pericles (11). En cuanto a la presencia de los xenoi, extranjeros cuya multitud se compone quizá, sobre todo, de aliados, adquiere todo su sentido en una ciudad imperialista que invitaba a sus aliados a participar en las fiestas Panateneas en calidad de colonos (12). Y si la descripción de los funerales termina aludiendo a ese procedimiento eminente­ mente político que es la elección del orador por la ciudad (13), no hay que ver allí

9 Plutarco, Licurgo, 27,3: sólo las mujeres muertas durante el parto tienen derecho al mismo honor.

10 Diodoro de Sicilia, x i i i, 97-101, y especialmente 10 1,1. 11 Menéxeno, 243 c 6-8.

una simple casualidad. Por medio de esa elección, homenaje prodigado al mérito de un hombre, la ciudad honra al más valeroso de sus miembros y la calidad del orador corresponde al heroísmo de los muertos.

En resumen, la ciudad ateniense sabe honrar el valor:12 desde el exordio hasta el epílogo,13 la oración fúnebre lo repite incansablemente y a eso responde la idea central del relato de Tucídides, que desde el cementerio del Cerámico, “el barrio más hermoso de la ciudad”, (14) hasta el orador que “goza de una estima eminen­ te”, pasando por el “mérito excepcional” de los hombres de Maratón, se organiza en torno al tema del valor. Lo mismo ocurre con las informaciones en apariencia más neutras. Cuando Tucídides precisa que los cuerpos están expuestos desde hace dos días, no ignora que la ley de Solón sólo acuerda un día a la próthesis pri­ vada.14 Ahora bien, aunque se pueda dar una explicación racionalizadora de esa diferencia, también se la puede entender como una medida destinada a honrar a los combatientes, ya que la próthesis sólo adquiere su verdadero sentido en los funerales nobles (15). Por último, cuando describe el cortejo fúnebre, el histo­ riador no obedece solamente al deseo de ser exhaustivo, aun en los detalles más anodinos. Los ataúdes de madera de ciprés, por ejemplo, sugieren la eternidad del recuerdo (16) y los carros hacen recordar el fasto aristocrático de los cortejos fúnebres de otrora; es cierto que los ciudadanos matados por el enemigo son muertos excepcionales que muchas ciudades distinguen con cuidado del común de los mortales (17) pero, en materia de honores, la ciudad democrática se pro­ pone hacer las cosas de una manera particularmente excelente.

Así, todos los elementos de esta descripción convergen en presentar los fune­ rales oficiales como una distinción insigne. Pero la colectividad también satisface un deseo cuando honra a los más valerosos de los suyos, ya que expresa así su cohesión y su grandeza, solemnemente ratificadas por “todos los humanos” ;15 homenaje a los muertos y celebración de la “patria toda” 16 van de la mano, y por doquier el civismo responde al civismo: al de los muertos responde el de los vivos que vienen al demósion séma para aprender una lección de patriotismo escuchando al orador.

Ha llegado la hora, por cierto, de examinar testimonios que dan a la ceremo­ nia un contenido más concreto, ya sean más completos o menos elaborados que el de Tucídides. Pero todos ellos corroboran ampliamente esta interpretación eminentemente cívica del nomos. Nos cercioraremos de ello cuando estudiemos el tema del Cerámico.

12 Véase Demóstenes, Contra Léptines, 141.

13 Exordio: Demóstenes, 1-2. Epílogo: Tucídides, 11, 4 6 ,1; Lisias, 80. 14 Demóstenes, Contra Macártatos, 62.

15 Demóstenes, Epitafios, 33. 16 Ibid., Pâsa patris.

L A O R A C I Ó N F Ü N E B R E E N L A C I U D A D D E M O C R Á T I C A I 43 Antes de entrar en este cementerio, que Wilamowitz comparaba con el Pan­ teón francés - y cuyos vínculos con la vida guerrera de la ciudad se hacen visibles en el análisis más científico de H. Jeanmaire (18)-, nos detendremos por un ins­ tante en determinar el trayecto seguido por el cortejo de la ekphorá. Aunque nin­ guna de nuestras fuentes haya juzgado necesario localizar con exactitud la pro­ thesis, es imposible no suponer que los restos de los muertos estaban expuestos en el Agora, quizás ante el monumento de los Epónimos, ya que los ciudadanos se agrupan por tribus hasta en la muerte. En este caso, el “cortejo de ciudadanos y extranjeros”, en el que el exuberante ejército ateniense figuraba sin duda en el lugar honorífico, avanzaba hacia el Dípylon, tomando así, en su totalidad o en parte, el Dromos [ruta] en dirección inversa a la procesión panatenaica. Afirmo sólo una hipótesis, pero la fiesta de las Panateneas, sobre la cual disponemos de datos mucho más certeros, asocia estrechamente el Cerámico y el Ágora (19), y no es imposible que dos de las celebraciones nacionales más importantes hayan tejido en el seno del espacio cívico vínculos complementarios y opuestos entre estos dos altos lugares de la vida política ateniense. Consciente de su unidad, ¿la tradición posclásica no los designará acaso con el nombre único de Cerámico -exterior e interior-?

Una vez franqueada la puerta del Dípylon, el cortejo entraba en el cemente­ rio del Cerámico y seguía la ruta de la Academia, bordeada a ambos lados por hileras de tumbas públicas. Aquí comienzan para nosotros las dificultades, por­ que el principio - o el azar- que presidió el ordenamiento de esas tumbas se nos sustraerá para siempre: entre las fuentes clásicas, deliberadamente lacónicas, y las rúbricas repetitivas escritas por los lexicógrafos tardíos, no podemos sino lamentar la pérdida de obras de anticuarios de las que sobrevivió sólo el título. El infatigable Pausanias, sin embargo, recorrió denodadamente ese camino y a pesar de algunos puntos oscuros o probablemente erróneos (20), su descripción del cementerio es inapreciable para nosotros porque sugiere en sus grandes lí­ neas el aspecto de este barrio oficial -e l demósion séma de Tucídides—, Quedan sin respuesta interrogaciones múltiples y nunca esclarecidas completamente por las excavaciones. Sin embargo, intentar reconstruir en sus rasgos generales la estructura de los monumentos perdidos no es imposible, siempre y cuando evitemos sucumbir al ilusorio deseo de encontrar los más célebres entre ellos de un modo forzado (21). A esa exigencia responden los estudios de D. W. Bra- deen y nos atendremos por lo tanto a las hipótesis muy verosímiles enunciadas por él a partir de los obituarios (22) o fragmentos de obituarios conservados o descubiertos muy recientemente. No se puede negar que los monumentos com­ portaban en general un relieve que representaba una escena de combate y un zócalo sobre el cual estaba grabado un epigrama a la gloria de los muertos del año; pero esos monumentos estaban constituidos en lo esencial por esas estelas

sobre las cuales la polis ateniense inscribía, tribu por tribu, los nombres de los ciudadanos desaparecidos. A menudo, una estela bastaba para registrar las pér­ didas de las diez tribus, pero lo más frecuente era que cinco y hasta diez estelas erigidas una al lado de otra compusieran esos monumentos. Todos los atenienses caídos durante un mismo año de guerra estaban reunidos en la misma tumba. Reconoceremos en ese igualitarismo la voluntad m uy democrática de no marcar diferencias entre los ciudadanos enterrados en el demósion séma, que los epita­ fios no designan ya como hoi entháde keímenoi (los que aquí descansan) .'7 Y más que el conjunto del monumento, la lista oficial proclama la igualdad de todos los ciudadanos atenienses más allá de la muerte.

Todo nos lleva, entonces, a analizar esos obituarios, honor cívico cuya im por­ tancia capital, señalada por F. Jacoby (23), no figura sin embargo en la mención de Tucídides, tal vez porque éste prefería el anonimato de la oración fúnebre a la enumeración de los individuos.

La lista de muertos, homenaje rendido a los ciudadanos y a la vez censo militar de las pérdidas de un año de guerra, sanciona la amplitud del esfuerzo consentido por la comunidad y exalta al mismo tiempo la audacia de la polis, que no temió enfrentar al enemigo con las filas de esos hombres que constitu­ yen todo su poder. Así, sobre los obituarios, los ciudadanos desaparecidos no tienen otro estatuto que el de atenienses, proclamado dos veces: en su carác­ ter m uy general, por la fórmula-título que encabeza la lista -A thenaíon hoíde apéthanon [entre los atenienses, han m uerto...] - y en su dimensión política, por la referencia a las diez tribus de Clístenes. Sin duda, la enumeración de los muertos por phÿlai [tribus] no es un rasgo específicamente ateniense, pero la ciudad democrática se ocupa particularmente de subrayar la estrechez del lazo de pertenencia que une al ciudadano con su tribu (24). De esta manera, sin de­ jar de preservar el equilibrio entre las phylai, la economía del conjunto de esos monumentos deja a cada una de ellas su parte de autonomía (25). Es cierto que la autonomía es limitada: entre el individuo y la comunidad, la pertenencia a una tribu no es más que una pausa que recuerda que el ciudadano le debe todo a la polis, en prim er lugar su existencia. Liberado de las ataduras cotidianas de la vida social, el muerto es sólo ateniense. Por eso, los obituarios no mencionan ningún patronímico (26), ningún nombre proveniente de un demos o distrito ático (27). Sustraído para siempre a la dependencia que lo sometía a un padre o a una familia, el combatiente se ve por así decir investido de una misión oficial (28) y su distrito, donde se inscribían todas las etapas banales de su carrera de

17 Lisias, i, 2 0 ,5 4 ,6 0 ,6 4 ,6 6 , 6 7 ,7 1,7 4 ,7 6 ,8 1; Tucídides, n , 43,2; Menéxeno, 237 c 1,2 4 2 d 6, 242 e 6-7, 243 c 7-8, 246 a 5-6; Demóstenes, 1.

L A O R A C I Ó N F Ú N E B R E E N L A C I U D A D D E M O C R Á T I C A I 45

ciudadano, se borra ante la ciudad, instancia última y única medida de una abnegación inconmensurable.

Enterrando a sus muertos, la comunidad ateniense se los apropia así para siempre. En el demósion séma se anulan todas las determinaciones, individuales o familiares, económicas y sociales que hubieran podido dividir hasta la tumba a los atenienses entre sí. A los ciudadanos valerosos la ciudad les promete una herm osa sepultura18 y un epigram a en verso, privilegio reservado otrora a una aristocracia. Pero de ahora en adelante ese epigrama sancionará la valentía, y durante una gran parte del siglo v a.C. solamente la valentía, como lo sugiere la prohibición de todo lujo en las sepulturas privadas. De ese modo, es más que verosímil que la polis financiara la ceremonia de los funerales y la construcción del monumento público (29). A la inversa, la organización del agón epitáphios, donde la emulación recuperaba de nuevo todos sus derechos, apelaba sin duda a la riqueza privada, probablemente en la forma de una liturgia.19 Pero ésa es otra cuestión, una cuestión que concierne a los vivos.

Así, el margen dejado a la iniciativa de las familias se reducía de un modo sin­ gular y los monumentos del Cerámico, símbolos de la unidad cívica y militar de la polis ateniense, dan testimonio de esa desconfianza -q u e podía llegar a ser incluso una exclusión-. Para cerciorarse de ello, basta comparar el demósion séma demo­ crático con las sepulturas de la época arcaica, que reunían a todos los miembros de una misma familia aristocrática enterrados uno al lado del otro en la misma necrópolis. En Eretria, por ejemplo, el Hierón de la Puerta del Oeste, monumento funerario que reúne a los guerreros y a sus mujeres y agrupa a los adultos junto con la franja marginal de los jóvenes, contrasta con la necrópolis del mar en que se acumula el común de los mortales (30): oposición vertical entre dos clases separa­ das por un abismo. La aristocracia todopoderosa se complace en recordar, más allá de las diferencias de estatuto, sexo o edad, la solidaridad de un grupo y la fuerza de una jerarquía. En el demósion séma, en cambio, se trata de una oposición funcional que dentro del mismo grupo de atenienses aísla a los ándres, adultos y ciudadanos- soldados, separados para siempre de sus padres y de sus hijos pero también de sus

In document Loraux Nicole - La Invencion de Atenas (página 40-65)