¿Mujeres y cambio social? Un estado de la cuestión
CAPÍTULO 2. LA GRAN GUERRA COMO ACONTECIMIENTO
2.3. Historia feminista y la Primera Guerra Mundial: una necesidad histórica, historiográfica y política
2.3.4. Frentes y espacios geográficos, coloniales e institucionales
La historia de la representación historiográfica de la Primera Guerra Mundial ha ido asimilando con el tiempo las ahora evidentes diferencias entre la vivencia del frente occidental y el frente oriental. Es cierto que existen numerosas similitu- des que favorecen análisis transversales y, por lo tanto, el estudio de experiencias semejantes en uno y otro espacio geográfico de la guerra, puesto que del mismo modo que es difícil separar tajantemente el frente doméstico del bélico para ex- plicar el acontecimiento de la Guerra del 14, también sucede con los horizontes culturales y políticos del conflicto. Sin embargo, la tradicional hegemonía de la narración histórica a través del molde de lo acontecido entre el frente occidental y el desarrollo de procesos históricos propios en el espacio oriental de la guerra, animan a acometer un análisis matizado y cuidadoso de esos condicionantes his- tóricos. La propia Gran Guerra queda en ocasiones escondida dentro de relatos mayores marcados por el nacionalismo historiográfico, siendo especialmente re- señable el caso de la historiografía rusa, ya que suele aparecer como un episodio contextual en el que se precipitaron los eventos de 1917. Además, la vida de Sofía Casanova, su presencia y actividad en el frente oriental y sus viajes por Polonia y Rusia antes de salir hacia París con la guerra “terminada”, obligan aquí a centrar
74
Ver página 109 de este capítulo y George L. MOSSE. The Image of a Man. The creation of Modern Masculinity. Oxford, Oxford University Press, 1998.
75Jessica MEYER. Men of War : Masculinity and the First World War in Britain. Basingstoke, Palgrave
CAPÍTULO 2. LA GRAN GUERRA COMO ACONTECIMIENTO
en las peculiaridades históricas de esa región y tensarlas a través de un análisis de género.
El historiador británico Peter Gatrell se ocupa de estas cuestiones. Para él, las conexiones entre domesticidad, deber y nacionalismo son inseparables si se quie- re comprender el fenómeno dentro de un frente que, además, no es estático tal y como lo fue el occidental. En este sentido, Gatrell afirma que cultural y políti- camente se marcan los deberes femeninos durante la guerra, dentro del esfuerzo nacional que es demandado por las instituciones, y éstos están fuertemente sig- nificados por sus caracteres reproductivos, de cuidado espiritual y físico, por su vinculación con los espacios tradicionales de actividad de las mujeres en Rusia. Las mujeres, pues, tienen la obligación de mantener y evitar el colapso doméstico ruso, y de Rusia entera por extensión. Esto producía, en palabras de Gatrell, que “the articulation of concern for family integrity also implied the partial femni- sation of public discourse”76; es decir, que se proyectaba en la esfera pública las cuestiones morales reproductivas a cargo de las mujeres.
Pero también aparecen otras experiencias diferentes si se realizan aproxima- ciones preocupadas por cuestiones tan relacionadas entre sí como las implica- ciones raciales y coloniales de la Primera Guerra Mundial. Con anterioridad se ha señalado a través del trabajo de la historiadora Deborah Cohler la profunda tradición discriminatoria que jerarquiza en función de la raza, la clase y el se- xo las diferentes actividades sexuales de los individuos durante el siglo XIX y que aún funciona en 191477. Philippa Levine, por su parte, acomete el estudio de estos condicionantes dentro del espectro bélico concreto del frente. La parti- cipación de las tropas coloniales durante la Gran Guerra produce una serie de situaciones especialmente reseñables cuando están conectadas a cuestiones se- xuales. La pervivencia de los sistemas de apreciación en el frente de lo sexual y la jerarquización al menos nominal existente a través de la raza, contrasta con las tensiones de los discursos nacionalistas en la composición de los ejércitos de la Entente78. Por otro lado, Richard R. Fogarty, en la reciente compilación editada por la historiadora estadounidense Dagmar Herzog sobre guerra y sexualidad en las guerras contemporáneas europeas, profundiza en las relaciones sexuales y la violencia aneja. Las fronteras raciales en el sexo se bifurcan entre lo oficial y lo consumado. La posibilidad de encuentros sexuales entre soldados indochinos y mujeres francesas (prostitutas en el caso estudiado por Fogarty) permite una horizontalidad en cuanto a las categorías raciales si bien no en las sexuales. Aun- que también hay una reacción legislativa y activa a la “relajación” racial en los encuentros sexuales por parte de los estados en conflicto, las percepciones y ex- periencias individuales, la representación de esos encuentros, permite intuir que el sistema de género es menos permeable que el racial a la capacidad totalizante
76
Peter GATRELL. The Epic and the Domestic. Women War in Russia. in Gail BRAYBON (ed.). Evidence, History, and the Great War. Historians and the Impact of 1914-18. Oxford, Berghahn Books, 2003. pp. 199-210.
77Ver páginas 117-118 en este capítulo.
78Philippa LEVINE. Battle Colors: Race, Sex, and Colonial Soldiery in World War I. Journal of Wo-
men’s History 9, (4), pp. 104-130, 1998.
de la Gran Guerra79.
Aunque es imposible y hasta cierto punto disparatado cuantificar el impacto de la Primera Guerra Mundial en las relaciones de género, pienso que es nece- sario tratar de observar el recorrido de los cambios en los sistemas sociales y políticos durante el periodo inmediatamente posterior, atender a la profundidad de los mismos. En general, una buena parte de las historiadoras que trabajan los caminos iniciados por las estructuras sociales desestabilizadas durante la Gran Guerra, hundan o no sus raíces en momentos anteriores al verano de 1914, coin- ciden en observar una renegociación de los espacios y las capacidades políticas tras el armisticio de 1918. Esta circunstancia, a mi modo de ver, no legitima una representación historiográfica basada a partir del cambio epocal, puesto que mu- chas de esas renegociaciones aluden a cuestiones anteriores o eran reacciones que se anclan en la lógica política y cultural que desemboca en la guerra.
Así, la intención de las instituciones públicas de la República de Weimar en lo que se refiere a las viudas de la Gran Guerra, y que se apoya la mayor parte de las veces en la iniciativa de las instituciones relativas a la burguesía, es la de tratar de reconstruir los “sistemas familiares naturales”. Aunque en ocasiones se describe este proceso como un intento de restaurar el balance del sistema género que la guerra desestabiliza, en realidad se sigue manteniendo el mismo concep- to ideal de familia que hubo ya durante el siglo XIX y que la Primera Guerra Mundial sólo dificulta debido a su ingente capacidad de generar muertos. Los fallecimientos de hombres casados durante las batallas hacen aumentar el nú- mero de viudas y las familias desestructuradas según un modelo que no varía durante la guerra. Por lo tanto, y tal y como señala la historiadora Karin Hausen, el objetivo de gobiernos e instituciones de reconfiguración familiar no es tanto una reestructuración de las relaciones de género, sino más bien una solución a un problema de contingencia80. Cabe añadir que en una dirección similar a partir de una aproximación diferente se mueven las historiadoras del trabajo Renhate Bridenthal y Claudia Koonz. En su estudio conjunto sobre la relación de políti- cas institucionales, el sufragismo y el trabajo durante la República de Weimar se precisa la continuidad respecto a momentos anteriores a la Gran Guerra y que “a pesar de la retórica en torno a la emancipación de la mujer, la ideología patriar- cal continuó dominando todas las instituciones de la vida económica y política alemana.” Feministas sufragistas de pensamiento conservador o socialistas con- tinúan pretendiendo la obtención del voto como un medio de empoderamiento de las mujeres y no como un objetivo concreto. La meta a alcanzar mediante este logro es la de ahondar en la equiparación de derechos civiles81.
79
Richard R. FOGARTY. Race and Sex, Fear and Loathing in France during Great War. in Dag- mar HERZOG (ed.). Brutality and Desire. War and Sexuality in Europe’s Twentieth Century. New Yoork, Macmillan, 2011. pp. 59-90.
80
Karin HAUSEN. The German Nation’s Obligation to Te Heroes’ Widows of World War One. in Margaret R. HIGONNET, Jane JENSON, Sonya MICHEL y Margaret COLLINS WEITZ (eds.). Behind the Lines. Gender and the Two World Wars. New Haven, Yale University Press, 1987. pp. 126–140.
81Renhate BRIDENTHAL y Claudia KOONZ. Más allá de Kinder, Küche, Kirche: Las mujeres de
Weimar en la política y en el trabajo. in James S. AMELANG y Mary NASH (eds.). Historia y género: Las mujeres en la Europa moderna y contemporánea. Valencia, Alfons el Magnànim, 1990. pp. 347-349.
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A partir del invierno de 1918 y 1919, tras el final de la Primera Guerra Mun- dial, es posible encontrar el fortalecimiento del discurso en torno al carácter emi- nentemente contractual de las relaciones entre los sexos. Estos contratos sociales son los trasfondos discursivos en los que se insertan los derechos políticos de iure con relación a voto de las mujeres. En muchas ocasiones son utilizados como re- ferencias históricas del cambio en las relaciones de género causadas por la Gran Guerra, en este caso como un síntoma del mejoramiento de la presencia pública de las mujeres, de lo efectivamente valorable que es ese cambio. Sin embargo, las soluciones legislativas aportadas desde las instituciones pueden rastrearse en los mecanismos culturales que explican la capacidad de las mujeres a través del mandato natural de la maternidad y no en su carácter de individuo o ciudadano utilizado en los hombres, siendo que esta idea está cimentada en el tránsito his- tórico a la modernidad. Se abren las opciones puesto que es innegable la tensión ejercida en el sistema de género por algunas situaciones durante la Guerra del 14. Para la historiadora vasca Nerea Aresti sí que es posible decir que "la Gran Guerra rompió dos sólidas convicciones que habían venido dando una férrea es- tabilidad a las relaciones entre los sexos, y que hasta entonces habían logrado confortable asiento en las mentes masculinas. Primero, la firme certeza acerca de la inferioridad femenina y de la incapacidad de las mujeres para realizar deter- minadas tareas físicas e intelectuales. Segundo, y relacionado con lo anterior, la idea de que la posición de hombres y mujeres en las relaciones de género no se- ría nunca sustancialmente alterada, y que la frontera entre ambos sexos era poco menos que infalible82.”
Por lo tanto, y siguiendo con las tesis de Aresti, el discurso contractual en las relaciones entre los sexos durante la década de 1920 sufre una alteración a pesar de seguir entroncado conceptualmente en construcciones teóricas incluso muy anteriores a 1914, puesto que “la nueva retórica, que no podía basarse ya en la negación de un capacidad probada, debía frenar también las posibles pretensio- nes futuras y novedosas de las mujeres. Se hacía necesaria entonces convencerlas para que permanecieran en sus puestos y renunciaran a invadir el mundo de los hombres83”. Así pues, la desestabilización de las relaciones de género tras la Primera Guerra Mundial es más una cuestión de pequeños cambios cualitativos en las prácticas políticas y en los discursos producidos por oportunidades con cierto carácter novedoso, en los que mirando a los cimientos en los que se apo- yan se producen alternativas no recorridas hasta entonces. La percepción de una dislocación en las relaciones de género por la guerra y la construcción subjetiva e intersubjetiva de ese fenómeno de abstracción, generan una serie de escenarios en los que algunas mujeres, no muchas, realmente adquirien nuevas capacidades políticas más allá de la cuestión del voto.
Para Erika A. Kuhlman, la reconstrucción de “las relaciones de género idea- les” previas al desencadenamiento de la Gran Guerra es también resultado de
82Nerea ARESTI. Masculinidades en tela de juicio. Hombres y género en el primer tercio del siglo XX.
Madrid, Cátedra, 2010. pp. 135-136.
83Nerea ARESTI. Médicos, donjuanes y mujeres modernas: Los ideales de feminidad y masculinidad en el
primer tercio del siglo XX. Bilbao, Euskal Herriko Unibertsitatea, 2001. p. 165. La cursiva es mía.
la contemplación de las tensiones ocurridas entre 1914 y 1918 por ciertos proce- sos ya en marcha. En 1919, durante las conversaciones para la elaboración del Tratado de Versalles, los diferentes diplomáticos que participan encuentran que la concesión del sufragio a las mujeres es irrelevante para la consecución de la paz mundial. Las propuestas del presidente estadounidense Woodrow Wilson para que las mujeres puedan votar en cada estado-nación son desoídas. Repre- sentantes de Francia, Gran Bretaña o Italia consideran que ese debate no está relacionado en absoluto con los objetivos para la consecución del tratado de paz y la reducción del conflicto internacional. Es decir, institucionalmente se asegura que las tensiones de género y las reivindicaciones políticas de las mujeres, no han participado ni explican en absoluto el devenir político institucional de los estados y, ni mucho menos, la guerra. De este modo, el hecho de que tras la Primera Gue- rra Mundial hasta 15 países desarrollaran una legislación dedicada a regular los matrimonios de mujeres con extranjeros, está más vinculado a la interpretación de las mujeres como un bien nacional a mantener por su carácter reproductivo y moral, que a una pretendida oferta de derechos civiles como quieren las sufra- gistas. Por un lado se aluden a razonamientos previos que perduran durante la guerra en cuanto a la definición de las capacidades de las mujeres, pero por el otro se cambia la legislación puesto que antes de 1914 en esos países una mujer casada con un extranjero pierde la nacionalidad. Como dice Erika A. Kuhlman, la pregunta de cuál es el lugar adecuado de una mujer en la sociedad permanece sin resolver después de 191884.
Si se atiende al discurso normativo y científico del periodo de entreguerras, en este caso al de los debates sobre las teorías feministas y sufragistas por parte de elementos ajenos a los movimientos políticos de mujeres, se observan asuntos que arrojan luz sobre la percepción de la evolución histórica de la desestabilización de las relaciones de género durante la Gran Guerra. Para ellos, el feminismo eclipsa la naturaleza femenina de las mujeres al insistir en las características que las diferencia de los hombres al mismo tiempo que inciden en el énfasis igualitario, lo que “desactiva la diferencia al buscar la paridad” según explica Denise Riley al buscar las raíces históricas del feminismo. Además, añade la filósofa inglesa, se crea una especie de antipatía hacia el feminismo emanada desde las emociones vertidas a través de la recreación de las batallas de la Primera Guerra Mundial. El conflicto, entendido como un calvario de los hombres y como un sacrificio, es entonces vergonzante para el recuerdo de los muertos si se repite desde la prensa la invocación a la conciencia de sexo y género requerida por las feministas85. En este sentido y según las conclusiones de Riley, la Guerra del 14 funciona como catalizador de discursos que aunque ya poseen cierto recorrido histórico, con la guerra adquieren tales condicionantes que evidencian la necesidad de un posicionamiento diferente para poder encarar las tensiones de género provocadas concretamente por los acontecimientos posteriores al verano de 1914.
A mi modo de ver no es esta una manera de sancionar el change model, sino
84Erika A. KUHLMAN. Reconstructing Patriarchy after the Great War: Women, Gender, and Postwar
Reconciliation Between Nations. New York, Palgrave Macmillan, 2008.
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que implica incorporar la variación de procesos anteriores sin negar el impac- to determinado por la guerra en relación con la modificación de los espacios públicos y el empoderamiento de ciertas mujeres al participar de las posibilida- des potenciales que brindan esos espacios. Pamela Horn, en su obra dedicada al análisis de la vida pública de las mujeres durante la década de 1920, alude a que si bien tras la Gran Guerra hay una gran cantidad de mujeres que se sien- ten abandonadas y decepcionadas por perder las oportunidades, o los espacios de oportunidad al menos, que han disfrutado durante el conflicto mostrando sus capacidades y actuando políticamente fuera de los espacios anteriores de so- ciabilidad, es cierto que una gran mayoría se muestra feliz por el retorno a la normalidad familiar y social anteriores a la guerra86.
A la ley del sufragio femenino de 1918 en Gran Bretaña para las mujeres de más de 30 años, le sigue la Elegibility Of Women Act del mismo año que permite a las mujeres ser elegidas para el parlamento. La argumentación de dichas leyes es que de esta forma se retornan los esfuerzos realizados por las mujeres duran- te el periodo de guerra y, por otro lado, la limitación de la edad funciona para que las mujeres no sean mayoría respecto a los hombres dadas las numerosas muertes87. Dice la historiadora Susan K. Kent que hacia el final de la guerra es posible percatarse de una tensión y polarización entre los sexos. Algunos hom- bres perciben que las capacidades que ciertas mujeres han adquirido durante el conflicto son humillantes para ellos y empiezan, al menos retóricamente, el con- traataque. Aunque en muchas ocasiones se incrusta el trabajo de Kent dentro del modelo del cambio epocal debido al énfasis que pone en la circunstancia de la implicación de gran parte dela sociedad en el conflicto bélico, su aproximación histórica es interesante desde el punto de vista del análisis de los equilibrios en- tre lo público y lo privado. Lo que, precisamente, la aleja de las representaciones historiográficas asentadas en el cambio traumático ocurrido entre 1914 y 1918. Kent encuentra que con la Primera Guerra Mundial se produce una liberación de las rutinas que la modernización industrial ha impuesto a las sociedades oc- cidentales. Esto hace que la división tradicional de lo público y de lo privado se resquebraje al perder su contexto espacial históricamente consolidado. No es que esa separación y conceptualización finaliza por lo acontecido durante la guerra, sino que se traslada en buena media a los frentes (bélico y doméstico) produ- ciendo unas posibilidades y potencialidades de actuación nuevas que provocan dislocaciones en el sistema género. Más tarde, entre 1918 y 1919 y con el retorno a las rutinas previas al inicio de la guerra, se vuelve al espacio anterior y éste tuvo que soportar y sancionar aquellas posibilidades que durante la Guerra del 14se convierten en realidades y acciones políticas. Kent argumenta, además, que la guerra genera una ansiedad en los hombres sobre el sexo, lo que hace pensar en la constitución de una unidad conceptual y explicativa del acontecimiento en torno a la guerra, el sexo y la sociedad88.
86
Pamela HORN. Women in the 1920s. Gloucestershire, Amberley Publishing, 2010. p. 20.
87Susan Kingsley KENT. Aftershocks: Politics and Trauma in Britain, 1918-1931. New York, Palgrave
Macmillan, 2009. p. 150.
88Susan Kingsley KENT. Making Peace: The Reconstruction of Gender in Interwar Britain. Princeton,
¿Se debee desde la perspectiva de género, entonces, exponer el debate his- toriográfico que gira en torno al modelo del cambio epocal, su centralidad en las explicaciones historiográficas, como una cuestión que entorpece y emborrona el estudio de la Primera Guerra Mundial y su periodo posterior ya que la cen- tralidad de lo bueno/malo, esa dicotomía, simplifica el acontecimiento y obvia procesos que lo atraviesan (aunque fueran perturbados por esa guerra) y que son