SILVIO ASTIER, UN PERSONAJE FRONTERIZO, UN LECTOR DESOBEDIENTE.
LA FRONTERA Y EL TRADUCTOR BILINGÜE.
Iuri Lotman (1996), define la semiosfera como un espacio abstracto que es real, pero no necesariamente material, lo cual resulta aplicable a lo libresco, concepto abstracto que sólo tiene su realización material en el papel. Al hablar de semiosfera, junto con el semiótico soviético, «[e]stamos tratando con una determinada esfera que posee los rasgos distintivos que se atribuyen a un espacio cerrado en sí mismo. Sólo dentro de tal espacio resultan posibles la realización de los procesos comunicativos y la producción de nueva información». (Ibíd. p. 26).
Lotman resalta dos términos fundamentales que sustentan uno de los dos rasgos distintivos de este espacio abstracto el cual es su carácter delimitado. Estos dos conceptos son: frontera y traductor-bilingüe. De la primera nos dice que: «La frontera es un mecanismo bilingüe que traduce los mensajes externos al lenguaje interno de la semiosfera y a la inversa. […] La función de toda frontera y película […] se reduce a limitar la penetración de lo externo en lo interno, a filtrarlo y elaborarlo adaptativamente». (Ibíd.). Lotman nos advierte que no debemos concebir a la frontera como una línea en un plano, sino como «la suma de los traductores-
“filtros” bilingües». (Ibíd. p. 24) A través de los cuales el texto se traduce. Esto es ejemplificado en su texto con las civilizaciones «bárbaras» que el propio imperio romano creó en sus zonas limítrofes para, de esta manera, mantener un contacto cultural; dicho contacto dio como resultado la mutua influencia entre ambas esferas.
A continuación señalaré cómo se da esta transferencia de significados entre lo
libresco y lo real y se mostrará cómo Silvio Astier juega el papel de traductor- filtro dentro de la trama de la novela. EL CONTENIDO LIBRESCO COMO FIN UTILITARIO.
Silvio Astier es un adolescente cuyas aspiraciones en la vida se ven marcadas por dos situaciones marginales: la pobreza y la lectura. El tema de por
qué la lectura es un acto marginal se abordará más adelante. El rol de lector que tiene Silvio dista mucho de ser un rol estándar o común, lo que pareciera iniciarse como un mero entretenimiento resulta ser una constante apelación a un argumento que se cree sólido y verdadero; tanto que termina justificando las actitudes de nuestro personaje principal. La novela da inicio con este enunciado que funciona como rito iniciático: «Cuando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz» (Arlt, 2008, p. 15). Estas lecturas que Silvio «devoraba» despiertan en él un deseo: «yo soñaba con ser bandido y estrangular corregidores libidinosos; enderezaría entuertos, protegería a las viudas y me amarían singulares doncellas».. (Ibíd. p. 17). Este sueño de ser una especie de vigilante, de héroe al margen de la ley permanece a lo largo de todo el relato y es lo que provoca en Astier la idea de volverse un bandido y ganar fama y fortuna; sin embargo, como veremos, esta intención inicial se atenúa y modifica durante la narración de acuerdo a lo útil y práctico que resulta para los fines del personaje.
Ricardo Piglia, en su Introducción a esta novela, describe a Silvio como un «lector apasionado e ingenuo que encuentra en los libros la autenticidad que la realidad no tiene». (Piglia, 1993, p. 3) Y lo relaciona con Madame Bovary, llamándolos a ambos «lectores ideales».
Madame Bovary es el modelo ideal del lector de novelas. Una señora triste, de provincia, que cree en lo que lee y confunde la literatura con la vida. Lo mismo se puede decir de Silvio Astier, que ha leído con pasión los cuarenta tomos de Ponson du Terrail y hace de la literatura el fundamento de su experiencia. “Me devoraba las
entregas”, dice Astier, y El jueguete rabioso narra el modo en el que el héroe es devorado por el folletín. Este muchacho de dieciséis años, que quiere ser ladrón, es un gran lector, y el bovarismo es el secreto de su identidad y aspira a otro destino. Usa los libros como plan de acción y lee para aprender a vivir.
Una de las intenciones de esta ponencia es remarcar una diferencia en esta concepción de lector que se tiene de Astier, ya que sus lecturas no son ingenuas, sino pragmáticas; es decir, se adaptan a los hechos de su vida cotidiana. Creo que se deja de lado una acción fundamental en el proceso de lectura: la traducción. No es que Astier «lea para aprender a vivir» como sugiere Ricardo Piglia, sino que él traduce a su antojo lo que lee para adaptarlo a sus necesidades e intereses, él no cree todo lo que lee, sino que es más selectivo y además lo transforma en información de naturaleza utilitaria. ¿De dónde viene esta visión utilitaria del contenido libresco? El mismo narrador nos da la respuesta: constantemente se da cuenta del valor monetario que los libros tienen. Silvio comienza alquilando libros y escucha a su iniciador andaluz cuando, al llevarse la historia de la vida de Diego Corrientes, le dice «–Cuidarlo, niño, que dineroz cuesta».. (Arlt, 2008, p. 16)). Los libros tienen el nivel de mercancía. Cuando se ha formado el grupo delictivo de «Los Caballeros de la Media Noche», uno de sus más importantes atracos es el asalto a una biblioteca en la cual la selección de obras que «valen o no valen» la pena robar se da con base en su valor monetario. Cuando Silvio o Enrique, su camarada y cómplice, deciden apoderarse de algún ejemplar toman sus decisiones con base en fines prácticos, reales. Enrique se queda con el libro de Evolución de la materia de Lebón, lo cual coincide con su interés en la Evolución de las especies de Darwin y su ateísmo (resaltado por Astier). Por el otro lado, al encontrar la biografía de Baudelaire, que no vale nada para Enrique, Astier la toma, la abre y encuentra un poema que le recuerda a Eleonora, su antigua novia, y es por este elemento sentimental que decide quedarse con él —además de verlo como un elemento práctico—; aquí hay una estrategia de Silvio para regresar con su antigua amada, así como lo es la canción Kiss me que escucha en un café. Al final del atraco, cuando se cuenta el botín, alguien pregunta por el número de bombillas robadas: «treinta»; y por el de los libros conseguidos: «setenta pesos». Los libros no se cuentan por unidad, sino por su valor monetario. Aquí estamos frente al contraste entre diferentes espacios semióticos que utilizan diferentes equivalencias de valor. El papel del traductor-filtro se hace sumamente relevante al momento de
pasar de una esfera a otra. Él decide qué se filtra y qué no. Al respecto, Lotman nos dice:
El «carácter cerrado de la semiosfera» se manifiesta en que ésta no puede estar en contacto con los textos alosemióticos o con los no-textos. Para que éstos adquieran realidad para ella, le es indispensable traducirlos a uno de los lenguajes de su espacio interno o semiotizar los hechos no-semióticos. Así pues, los puntos de la frontera [traductores-filtros] de la semiosfera pueden ser equiparados a los receptores sensoriales que traducen los irritantes externos al lenguaje de nuestro sistema nervioso, o a los bloques de traducción que adaptan a una determinada esfera semiótica el mundo exterior respecto a ella. (Lotman, 1996, p. 24).
Así, uno de los lenguajes pertenecientes a la esfera de lo real en el mundo narrado de Astier es el valor utilitario de las cosas, ya sea representado con el dinero o por su uso práctico para resolver algún problema. El contenido literario se adapta a las necesidades de la vida cotidiana. No estamos frente a un lector ingenuo que se cree todo tal cual lo lee, como tal vez lo sería Don Quijote que se volvió un loco por tanto leer y perdió la noción entre la realidad y la ficción (mencionado también por Piglia en su Introducción y equiparándolo de la misma forma con Astier). Más que un lector que confía en lo que lee y confunde lo real con lo ficticio, Silvio es un lector rebelde y muy perspicaz. Para el teórico y crítico español Manuel Asensi, un lector no debería ser cooperativo ni mucho menos ingenuo ante un texto, sino un lector desobediente ya que:
Al leer una novela o al contemplar un filme podrán darse diferentes grados de juego, actividad o pasividad por parte del lector y/o espectador en relación con el texto. Pero lo que los diferencia [al lector del crítico] definitivamente, y marca un abismo insalvable entre ambos momentos, es que el análisis entra dentro de una cadena textual –en la que el texto analizado no es sino un anillo más de la cadena– caracterizada por una hipertextualidad, es decir, por la necesidad de proyectar sobre el objeto de reflexión un conjunto de textos hilvanados y entrelazados en una escritura que, mal o bien, conocemos con el nombre de «escritura crítica».. (Asensi, 2011).
Silvio Astier pone en crisis los textos que lee; es decir, los abre y desmantela. Hay diferentes grados de juego y actividad frente a ellos, él impone ciertos
tipos de lectura y los modifica, no coopera pasivamente con ellos, sino que los transforma.
No hay que olvidar que uno de los oficios en los que se desarrolla ampliamente es el de inventor. Al comienzo del tercer capítulo se encuentra a nuestro personaje en la disyuntiva de escoger entre Virgen y madre de Luis de Val, el Anticristo de Nietzsche o Electrotécnica de Bahía. Astier decide comenzar a leer este último por la posibilidad que le da para acceder a un mundo más práctico y remunerado: la academia de aviación. Cada lectura en la que se enfrasca Astier marca un proyecto de vida que resulta fallido. La vida de ladrón, en búsqueda de fama y fortuna, se ve frustrada por la posibilidad de ser atrapado; es otro tipo de texto, una nota en el periódico, lo que legitima el paro de las acciones de «Los Caballeros de la Media Noche», pero no sucede así con el acercamiento a lo libresco, acción que continúa hasta el final del libro.
Sobre lo utilitario de los libros, hay un par de ejemplos presentes en otros personajes. La hermana de Astier tiene que ir a la biblioteca para ahorrar dinero, ya que su madre no tiene suficientes recursos; y por el otro lado, en el capítulo segundo cuando se cuenta una de las peleas entre don Gaetano, dueño de la librería donde Astier encuentra un trabajo pasajero, y su esposa, ella le lanza libros como si fueran proyectiles. Los libros son objetos que no tienen una finalidad «en sí», sino que son maleables ante la imaginación o necesidad del que se acerca a ellos. Así como Astier ha fabricado una «bombarda» con diferentes elementos adquiridos en una compañía de electricidad, también se fabrica su realidad y sus deseos con elementos tomados de los libros.
En el último capítulo, cuando Astier decide hacer «el bien por el mal»; es decir, delatar al Rengo, su gran último cómplice, es de nuevo una obra literaria, aquella historia de cuarenta y tantos tomos del vizconde Ponson du Terrail acerca de Rocambole, que él «ya había leído» mucho antes de iniciada la narración de sus memorias, la que funciona como prueba de que ha tomado una decisión acertada:
En realidad –no pude menos que decirme– soy un locoide con ciertas mezclas de pillo; pero Rocambole no era menos: asesinaba… yo no asesino. Por unos cuantos francos le levantó falso testimonio a «papá» Nicolo y lo hizo guillotinar. A la vieja Fipart que le quería como una madre la estranguló y mató… mató al capitán Williams,
a quien él debía sus millones y su marquesado. ¿A quién no traicionó él?. (Artl, 2008, p. 128).
Así, tenemos que el narrador ha proseguido con su proyecto principal: asemejarse a sus héroes librescos. Es cierto que en un principio (capítulos I y II) este proyecto se vio truncado, pero Astier busca una manera de regresar a sus lecturas y adaptar los mensajes; escoge las citas precisas que le permiten coincidir con esa otra esfera
de significación. Es un péndulo que va de la realidad a lo literario y de vuelta, tomando lo que se le antoja.