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Las fuentes para el estudio de la producción textil

2.3. Las fuentes escritas

Las fuentes escritas son las más cuantiosas en Mesopotamia: contamos con miles de tablillas de arcilla escritas en cuneiforme. Las primeras evidencias de este sistema de escritura son de mediados del cuarto milenio a.n.e., e inicialmente representó gráficamente la lengua sumeria. Pocos decenios más tarde se usaría también para una lengua semítica, el acadio, y en un momento muy posterior serviría incluso para lenguas

de la familia indoeuropea tales como el hitita.24

A diferencia de nuestro alfabeto actual, que consta únicamente de un tipo de signos con un solo valor, el cuneiforme dispone, en términos generales, de dos grandes tipos de signos: los logogramas y los silabogramas. Los logogramas representan palabras o conceptos sin desglosar sus sílabas o fonemas. Éstos representan lo que sería propiamente el inicio de la escritura, ya que con ellos se pasa de unos pictogramas a unos signos que ya representan una palabra o un concepto. Los silabogramas, en cambio, representan sílabas, como su nombre indica, de cuya combinación resultan las palabras.

Podemos agrupar los logogramas relacionados con el textil en tres ámbitos temáticos: la materia prima, el instrumental y el producto final. Para ello tendremos en cuenta las variantes cronológicas de cada uno de los signos, observando así cómo se da un proceso de abstracción, que suele ir acompañado de un giro de 90 grados. Con este fin mostraremos cada signo tal y como se atestigua en tres momentos: a mediados del cuarto milenio a.n.e. con su primera aparición, en el paso del tercer milenio a.n.e. al segundo (Ur III) y en el primer milenio a.n.e. Cuando sea posible, completaremos la recopilación de signos cuneiformes con evidencias de jeroglífico egipcio, lineal A o lineal B, para establecer algunas comparaciones.

Las materias primas más usadas entre el cuarto milenio a.n.e. y el primero en las zonas geográficas que aquí tratamos fueron la lana y el lino. En el caso de la lana, se representan las fibras ya arrancadas o esquiladas del animal y dispuestas en forma de fardo (fig. 6). Para el lino, en cambio, se representan algunas hebras sin agrupación aparente (fig. 7).

En cuanto al instrumental, cabe destacar que no se representa claramente más de un utensilio, quizás porque se trata de enseres que cambian con el tiempo y que por ese motivo se tiende a no fijarlos en la escritura. El cuneiforme tiene ideogramas para los

24 Para una explicación sobre el nacimiento de la escritura cuneiforme y sus distintas fases, véase Postgate

husos, sin duda la herramienta menos variable y más sencilla a nivel tecnológico. Como se constata al observar ambos ideogramas, su similitud pone de relieve que hacia el 3000 a.n.e. se usaban en todo el Próximo Oriente husos muy parecidos con la fusayola colocada en la mitad superior, a diferencia de lo que sucedía en otras zonas, como el Egeo, donde la fusayola se desplazó hacia la parte inferior (fig. 8).

Fig. 6: Evolución de los signos para “lana” en cuneiforme (a la izquierda) e ideograma para “lana” en lineal B (derecha). Imagen adaptada de Garcia-Ventura (2006a: 24, fig. 9).

Fig. 7: Evolución de los signos para “lino” en cuneiforme (a la izquierda) y en jeroglífico egipcio (derecha). En este caso se ve clara la evolución del cuneiforme en la que los signos dan un giro de 90

grados en un momento muy temprano. Imagen adaptada de Garcia-Ventura (2006a: 25, fig. 10).

Fig. 8: Evolución de los signos para “huso” en cuneiforme (a la izquierda) y en jeroglífico egipcio (centro). Se observa clara similitud, en el caso egipcio, con un huso real donde se ve que es también

coincidente la posición de la fusayola. Imagen adaptada de Garcia-Ventura (2006a: 26, fig. 11).

En cuanto a las representaciones de telares, en cuneiforme no hay un signo específico para esta herramienta, sino que a veces se designa mediante el logograma genérico para madera (fig. 9). La única representación que parece corresponder propiamente a un telar la encontramos en otra escritura, el lineal A, del Egeo. En efecto, en algunas tablillas de Hagia Triada (Creta) se atestigua un ideograma que tiene cierto parecido con un telar vertical con pesas en la urdimbre.

A pesar de ello, recientemente se han revisado estas propuestas y se considera que este signo (AB 54) debe ser interpretado como “TELA” cuando tiene valor logográfico y como un complemento para lecturas silábicas, siempre en casos de nombres de tejidos (Del Freo, Nosch & Rougemont 2010: 351-352).

Fig. 9: Evolución del signo para “madera” en cuneiforme (a la izquierda). Signo del lineal A interpretado como telar o como tela (en el centro, véase explicación acerca de las hipótesis). Imagen de un telar de

pesas representado en un conocido vaso griego del siglo VI a.n.e, actualmente en el Metropolitan Museum, Nueva York (fotografía de la autora). Imagen adaptada de Garcia-Ventura (2006a: 28, fig. 13).

El tema más representado tanto en el cuneiforme como en otras escrituras antiguas como el jeroglífico egipcio o las escrituras lineales del Egeo es el producto final (fig. 10). Éste suele ser dibujado con forma rectangular, aludiendo así a una pieza de tela genérica. En la escritura cuneiforme nos encontramos ante un claro rectángulo en cuyo interior se marcan algunas líneas horizontales. Es muy posible que el referente sea un tafetán de lana, el producto más común en la Mesopotamia del tercer y el segundo milenio a.n.e. En el jeroglífico egipcio y en las escrituras lineales del Egeo, en cambio, se representa una pieza de tela con flecos. Los flecos, junto con el rizo o las incrustaciones, fueron algunas de las innovaciones decorativas que empezaron a aplicarse en Egipto a partir de la primera mitad del segundo milenio a.n.e., en un momento en que se atestiguan contactos entre Egipto y el Egeo que podrían explicar la aparición de este motivo en ambas áreas.

Fig. 10: Evolución del signo para “tela” en cuneiforme, lineal A, lineal B y jeroglífico egipcio respectivamente. El cuneiforme quizás representa un tafetán. Los signos de las otras escrituras, pese a sus

diversas procedencias, tienen en común el hecho de representar telas con flecos. Imagen adaptada de Garcia-Ventura (2006a: 28, fig. 14).

Pasando ahora a los textos, y centrándonos de nuevo en Mesopotamia, los que nos pueden aportar más información en lo concerniente al textil pueden agruparse en cuatro tipos: los literarios, los léxicos, los epistolares y los administrativos. Los textos literarios son los que tienen una interpretación más compleja. En ellos podemos encontrar símiles y metáforas basadas en la tarea del tejido que a su vez nos informan sobre tradiciones, mitos y creencias que ayudan a comprender mejor la sociedad que los creó. Prácticamente todas las culturas tienen sus divinidades relacionadas con el tejido. A menudo se trata de diosas que crean telas fantásticas o bien tejen, en sentido figurado, los destinos y las vidas de quienes las rodean.

En las listas léxicas hallamos muchos vocablos relacionados con el textil. Este tipo de texto, particular y muy característico de Mesopotamia, consiste en listados de palabras con traducciones o glosas fonéticas para su correcta lectura ordenadas a menudo por campos semánticos. Estos textos suelen ayudarnos a interpretar algunos términos, ya que ofrecen entradas sumerias a menudo traducidas al acadio, de modo que disponemos de dos lenguas distintas, de familias también distintas, para las propuestas interpretativas. Estas listas fueron un material fundamental para el aprendizaje de los escribas, lo que ha facilitado que se conserven varias versiones de las mismas listas en numerosas copias. Actualmente, en la literatura asiriológica, las listas reciben el nombre

de la primera línea (incipit), tal y como hacían quienes las recopilaron.25 Algunas de las

que son especialmente útiles para investigar sobre los tejidos y su producción, y que

hemos usado en algunos de los capítulos de esta tesis, son las listas HAR-ra=hubullu y

la Proto-Lú. En la primera, HAR-ra=hubullu, nos interesan especialmente dos

secciones: una que recoge útiles de madera (entre los que hay instrumentos para tejer e hilar) y otra que lista tipos de telas. En la Proto-Lú se recogen profesiones, entre las que hay algunas ocupaciones relacionadas con el tejido. A ellas nos referiremos como materiales de soporte para las argumentaciones de próximos capítulos.

En cuanto a los textos epistolares, contamos con los de carácter más institucional (entre los gobernantes de dos territorios, por ejemplo) o los de carácter más privado (entre los miembros de una misma familia o dos particulares que se comunican asuntos comerciales). Para el caso de la producción y el comercio de tejidos es especialmente interesante este segundo tipo de correspondencia. Buena muestra, en Mesopotamia, son

25 Para una introducción completa sobre qué son las listas léxicas, cuáles se conservan y qué incluyen,

las cartas que se enviaban las familias de mercaderes entre Aššur y Anatolia en época paleoasiria.

La correspondencia hallada en Kaneš (Anatolia) se puede clasificar en tres grupos: el contrato entre el mercader que está en Kaneš y quien transporta las mercancías, las cartas escritas por este mercader a sus representantes en Aššur y finalmente las cartas que los representantes que permanecen en Aššur escriben al mercader que se encuentra en Kaneš. El objetivo de estas variantes de correspondencia es tener bajo control la circulación de mercancías que hay entre ambos puntos, comprobando que llega siempre correctamente lo que se traslada de un lugar a otro.

Finalmente, los textos administrativos son muy numerosos en Ur III, por lo que este breve periodo de la historia de Mesopotamia es uno de los que más oportunidades ofrecen para estudiar la producción de tejidos. En los textos administrativos se atestigua cierta variedad de registros que están relacionados con el sector textil. Hay listas de trabajadoras o trabajadores organizados por equipos, con un supervisor o supervisora y en las que, a veces, se indica qué recompensa reciben por el trabajo. También hay listas de clases de telas lujosas destinadas al consumo de las elites o al comercio internacional. En otros textos podemos localizar informaciones diversas sobre algunas fases del proceso de producción y algunos términos relacionados con tareas previas al tejido, tales como el esquileo de las ovejas o la preparación de la lana para el hilado. Vemos pues que de los textos administrativos y económicos se desprenden informaciones puramente cuantitativas y directas como los precios, la cuantía de la recompensa por el trabajo o el número de trabajadores o trabajadoras dedicadas a cada labor. Pero también se puede efectuar una lectura de los datos a más niveles hasta extraer conclusiones de tipo social, como la procedencia de la mano de obra o su presunta situación familiar. Estos textos administrativos son el núcleo de la presente tesis, por lo que su tipología más específica y las posibles estructuras se presentarán de un modo detallado en la parte dedicada al análisis de la selección de textos (capítulo 5). Para cerrar este capítulo, consideramos necesario insistir de nuevo con algunas reflexiones sobre las limitaciones de las fuentes escritas, completando lo expuesto anteriormente en la introducción. En primer lugar, algunos estudios recientes evidencian hasta qué punto la documentación que nos llega está sesgada por factores como la erosión y los modelos de deposición de las tablillas (Stone 2002; Zettler 2003: 49). Una

situación que, sin duda, debe tenerse en cuenta al plantear el contraste entre la cantidad de textos disponibles en unos u otros periodos que es, muy posiblemente, más fruto del azar de la conservación de los documentos que de las diferencias reales en su momento. En segundo lugar, se trata de unos textos producidos desde las instituciones (Ur III) o por un grupo social concreto (periodo paleoasirio), de modo que, por esta circunstancia, nos muestran una visión parcial. Tal y como hemos observado al hablar de las imágenes como fuentes, su producción no es neutral y contiene ya interpretación y sesgo. Lo mismo sucede con los textos que, al ser usados como fuente primaria, deben analizarse, en la medida de lo posible, buscando por qué incluyen ciertas informaciones y no otras, por qué se expresa de cierto modo y cuál es su fin último (Van de Mieroop 1997: 298; Moreland 2003, en especial 31 y 39-40). En este mismo sentido, es básico para interpretarlos de la manera más precisa posible e identificar estos sesgos, prestar atención a quienes son los autores del texto y quienes sus destinatarios, algo básico en las teorías de la comunicación pero a menudo olvidado en la asiriología (Civil 1980: 229).

En este sentido, un asiriólogo que se ha dedicado en profundidad al estudio de los textos de Ur III, Piotr Michalowski, alerta acerca de la sacralización con la que a veces se tratan los textos como fuentes en nuestra disciplina (Michalowski 2004). Nos encontramos, de nuevo, ante la reflexión sobre el “logocentrismo” que apuntábamos anteriormente. En efecto, en la asiriología, como en otras disciplinas, reina la creencia de que una superioridad epistemológica de las fuentes escritas explica su dominio por encima de otras fuentes como los restos materiales (Moreland 2003: 11-12), olvidando así que también las tablillas son ellas mismas artefactos y restos materiales. Citando a Emily Vermeule:

“The low esteem felt by classical philologists toward field archaeologists was a

remnant of the medieval tradition by which those who dealt in Dirt were felt to

practice the mechanical arts, while those who dealt in the Word belonged with

the liberal arts. The liberal arts are still more highly prized in academic places than the mechanical arts; the Word is still generally felt to be more powerful than, as well as cleaner than, the Dirt” (Vermeule 1996: 2)

En tercer y último lugar, nos encontramos ante unos textos en los que se registra lo extraordinario, es decir aquello de lo que se requiere dejar constancia. Las informaciones básicas, las fundamentales, no se recogen explícitamente y en cambio,

para nosotros y nosotras constituirían piezas básicas para entender el puzzle. Este asunto, sobre el que ha reflexionado en varias ocasiones Miquel Civil (1980 y 2001) es fundamental para ver de qué modo debemos enfrentarnos a los textos. Como observó Civil al analizar las tablillas cuneiformes a la luz de las teorías de la lingüística, en especial la pragmática, “seuls les élements que les destinataires ne peuvent pas prédire figurent dans le texte [...] Une conclusion assez pessimiste s’impose: plus un fait culturel se situe près du noyau central d’activités humaines, moins il y a de chances qu’il apparaisse dans les textes” (Civil 1980: 228). Así, sólo teniendo en mente estas limitaciones y con la conciencia de parcialidad de los registros podremos leerlos para producir nuestro particular conocimiento situado.