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Giuseppe Maggiore, Derecho Penal, Bogotá: Editorial Temis, 1971.

In document EL CRIMEN PASIONAL.pdf (página 80-84)

como drama personal El protagonismo masculino

24 Giuseppe Maggiore, Derecho Penal, Bogotá: Editorial Temis, 1971.

otro, a mostrar que ella era “orgullosa, prepotente, desconsiderada” y lo había ofendido, en su punto máximo, al decirle el día del crimen en el carro “que [yo] era una lacra de papá”. Para demostrar sus tesis narró los años tranquilos de matrimonio y su gran dedicación, “casi podría decir [a] amamantar a ese niño. Yo estaba todo el tiempo con él [cuando bebé]”. Dio relieve a explicar “por qué ese niño era tan importante para mí”. Contó que cuando él era niño había en su casa un pajarito que vivía suelto y era un “espacio de ternura” que él siempre quiso tener. Cuando tenía 18 años él se consiguió otro pajarito “y quería repro- ducir esa ternura [...] entonces cogí al pajarito pero lo encerré [...] lo metí en un cajón donde sólo dependiera de mí, el pajarito se murió y yo sé que se mu- rió por el encierro, por querer adueñarme de él, y [mi hijo] después se convir- tió en ese copetón [pájaro] y la culpa de haberlo perdido la tengo yo”. Incluso, dijo, en su orientación profesional se interesaba por los niños y colocó como ejemplo que escribió un artículo sobre los computadores y los niños.

Según ese testimonio, su culpa fue no haber roto el silencio y la incomu- nicación con Micaela, pues

[yo] la quería muchísimo, sólo es comparable con el cariño hacia el niño [...] yo la admiraba tremendamente por su inteligencia sencilla [...] y era ella la que tomaba las decisiones, era la que organizaba la casa, ella era la que le daba solidez al mundo nuestro [...] Pero Micaela tenía un aspecto [...] im- placable hacia las personas que eran del círculo inferior, esto es que no fue- ran de la familia y de sus amigos, [...] actuaba con la mayor desconsideración, con orgullo, con omnipotencia [...] y se presentó que yo quedé en ese círculo inferior [...] Yo no entendía por qué entre más concesiones hacía, más se me escapaba ella como el agua por una rendija, se me escapaba con la disculpa del trabajo [...] y nunca llegó el mínimo gesto de que ella quisiera cambiar sus actitudes en aras de la familia [...] Para mí la familia lo justificaba todo y aún justificaba mi propia muerte.

El juez interrogó entonces a Pablo sobre el sentido que tenía para él la ex- presión “lacra de papá”. Respondió básicamente que: “Con esto ella me pisoteaba y me hundía en la desesperación”. El juez preguntó cuál era su intención para emprenderla contra su esposa. Pablo respondió que no podía “adjudicar su in- tención”. El juez cambió la pregunta, entonces, por cuál fue su sentimiento en ese momento. “Yo quedé sumergido en un pozo desamparado sin capacidad para razonar, sin capacidad de pensar en las consecuencias, en el niño [...]”. Vuelve, sin embargo, sobre la situación inmediatamente posterior al ataque a Micaela,

al enunciar los diversos pensamientos que entonces se le vinieron a la cabeza sobre ella y sobre la posibilidad de salvarla, sobre el niño, sobre cómo avisar de lo ocurrido, sobre cómo constató que estaba muerta.

Narró en extenso que ella empezó a recibir largas llamadas de amigos y que “se quedaba pegada al teléfono esperando que entraran las llamadas [...] y empezó a no querer quedarse con nosotros los fines de semana, [...] poco a poco la situación se fue volviendo evidente porque ella empezó a llevar a sus amigos a la casa [...]”. Enumeró luego con sus nombres, cargos y situaciones varios amigos con los que ella habría tenido “relaciones”. “Ya para ese momento a ella no le importaba que yo me diera cuenta de las cosas” y detalló varios inciden- tes, por ejemplo, cuando él escuchó cómo ella le contó a una amiga que “estaba muy enamorada”. Otro día, dijo, uno de ellos le entregó a él una tarjeta de amor para ella quien, pese a “lo achantado que quedé yo y lo desesperado que estaba, la puso en exhibición en el vidrio del escritorio de su oficina”. También que acep- tó haber tenido relaciones con uno de esos amigos. “Todas esas cosas me las aguantaba, me quedaba callado y tenía confianza de que algún día pasarían”. Los llamó “romances” con varios “amigos” y los calificó como “desorden emocio- nal” de ella. Narró un episodio en el cual él interpretó la afirmación de ella de- lante de un grupo sobre lo “bien que lo había pasado” el día anterior, como una insinuación de relaciones con uno de ellos, lo que sintió como “muy ofensivo”. Afirmó que en esa ocasión ella se exhibió ante Pablo de mano cogida con él. “En ese momento fue cuando pensé por primera vez en matarme [...] compré un bisturí y estuve durante muchos días pensando en la manera como me iba a matar (esto ocurrió casi un año antes del suceso)”. Los incidentes entre los dos reaparecieron un tiempo después y ya para entonces “estábamos sumergidos en un mundo de silencio”. Agrega que él “soportaba” la situación que tenía origen por un lado en “una ideología de Micaela que yo respetaba y compartía de co- razón y en la desorganización emocional que yo veía en Micaela”.

Al final del testimonio consignó:

“Quiero hacer como un inventario de todo lo que yo conseguí como re- sultado de esta tragedia, la vergüenza de la familia, la pérdida de una carrera [...] la pérdida de mi hijo, la pérdida del trabajo, de los amigos, el aprecio de toda la gente que me conocía, en fin, la miseria para todos.

Así, pese a que Pablo esgrimió argumentos sobre la infidelidad de su es- posa y cómo eso lo “ofendía”, al mismo tiempo lo atribuyó a un desorden emo- cional pasajero e incluso a una “ideología” de ella. Sus razones centrales se

dirigieron a mostrar cómo le era de insoportable la idea de la destrucción de la familia con la separación y la “pérdida de la cabeza” por el abandono inminen- te y por su insulto como padre, una muestra de la prepotencia de ella. Pero si- multáneamente insistió en que

aún yo sigo sin entender cómo un acto de dignidad, de heroísmo y de valor como era el de matarme yo mismo para borrar los sentimientos de fra-

caso que tenía se convirtió en una tragedia monstruosa donde [el niño] per-

dió la mamá, se destruyó la familia y se derrumbó todo el mundo que teníamos construido (énfasis mío).

La audiencia pública

Vale la pena detenerse en la audiencia pública del caso pues los apodera- dos de cada una de las partes (abogados de la defensa y de la familia de la vícti- ma) y el fiscal (acusador) exponen durante la misma sus mejores argumentos, intentando conseguir el veredicto a su favor.

Febrero de 1988: En su declaración durante la audiencia pública, Pablo repite básicamente lo que está consignado en la anterior ampliación de indaga- toria. Insiste en que lo que desencadenó su ataque fue que ella lo llamara “lacra de papá” y en que lo que está por encima de todo es su afecto por su hijo, que ahora está “huérfano de padre y madre”, y apela al jurado para que le permita su “retorno al mundo para continuar con mi función de padre, para que [el niño] no continúe alejado de un padre nutritivo. Yo quiero que vean que no necesi- tan librar a la sociedad de un peligro, la única persona que está en capacidad de vivir con esta tragedia soy yo”.

Una vez que Pablo terminó su declaración, el fiscal, quien es el agente del Ministerio Público en el proceso, hizo uso de la palabra por primera vez:

Equivocadamente se ha tenido por regla que la agencia del Ministerio Público se ha establecido para convertirse en demonio. En ningún momento

nos motivan las pasiones, las represalias, nos motivan los principios jurídicos

para obtener un resultado. Esta Agencia Fiscal actuará con respeto frente al procesado porque se trata de un ser humano (énfasis mío).

A continuación presenta un recuento de los hechos y una semblanza del procesado y de la víctima. Se detiene en lo que juzga crucial, la desventaja de él frente al trabajo estable de ella, de manera que

por ese tropicalismo, ese machismo del cual hacemos gala los latinos, se empiezan a sentir las desventajas económicas [...]. No hay duda de que lo que origina las desavenencias es la posición económica de los cónyuges y por eso se concluye en la eliminación de Micaela [...].

Rechaza la importancia que el acusado le da a la separación de la pareja como si implicase el descuido del niño. “El procesado sin tener una conducta delictual comete un delito”, dice el fiscal citando con detalle testimonios, dili- gencias y peritazgos consignados en el texto del proceso.

Él comete ese delito sabiendo plenamente lo que hacía y con el deseo de causar daño, pues sintió rabia contra su esposa y por eso la mató [...] Basado en la prueba técnica quedó demostrado que él obró con ese deseo [matarla] [...] y él no desconocía que estaba cometiendo un delito [...] Mi posición es sola- mente con la intención de que no se siga atentando contra la sociedad y ade- más porque Micaela desde su tumba solicita a Uds., señores del jurado25, que

declaren responsable a Pablo por el delito de homicidio agravado.

El apoderado de la parte civil26realizó a continuación un recuento tam-

bién pormenorizado de la historia y las actividades de la pareja; rebatió la pre- tensión de Pablo de que la filosofía del guerrero samurai lo guiara y, como el fiscal, también enfatizó sobre el efecto negativo de las capacidades y responsa- bilidades económicas dispares. Preguntó, ¿ama realmente Pablo a su hijo, pues recurre a

enlodar el nombre de su madre [...] cuando nos viene a decir que Micaela tenía amantes a montones [...] como un recurso de su defensa? [...] La familia de la occisa es gente de virtud, es una infamia decir a esta hora que era una mujer licenciosa [...] El señor Pablo viene después de diez meses a dar una lista de amantes de Micaela [...] alguien lo aconsejó porque ha sido una tradición en Colombia que el marido celoso tiene el derecho de matar a su esposa [...] Micaela sabía que la iban a matar, pero ésta no era una muerte anunciada como la de García Márquez, sino una muerte premeditada (énfasis mío).

El fiscal exhibió entonces ante el juez y frente al jurado de conciencia el álbum fotográfico de las heridas que Micaela recibió, leyó la necropsia, la des-

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