Las protagonistas
3 En la sociedad brasileña existe en uso, hasta hoy, un sistema clasificatorio
de las personas por el color de la piel. Pardo significa, según el diccionario, “de color entre blanco y negro” y equivale a “mulato” o “mestizo”. Se sitúa entre “preto” (negro) y “moreno-claro”. Todas las fichas policiales que revisé en Brasil incluían el color en la descripción del sujeto, cosa que no sucede en Colombia.
si fueran un atributo de los crímenes femeninos y no un caso particular. Ya vi- mos también cómo en el juicio de Sandra su adecuación a los modelos “feme- ninos”, es parte importante de su encauzamiento. Miremos el de Elvia.
¿Qué es lo típico del crimen del caso Elvia? La agencia femenina en un caso de triángulo amoroso. En éste, como en el caso de Misael, los agentes resaltan la emoción que los envuelve y ellos mismos se colocan por fuera de la acción criminal.
Eventos
Elvia comenzó por comentar largamente su percepción sobre el papel de la emoción en los actos de violencia y fue sólo en ese contexto, como ella pau- latinamente puso su propio ejemplo:
Aquellas personas que están envueltas en homicidios no hablan mucho [...]. No me gusta recordar, fue una situación muy violenta. Es una cosa muy estúpida el asesinato, entonces, no me gusta hablar mucho sobre el asunto.
Myriam: –¿Estúpida por qué?
Elvia: –Por la violencia, por la brutalidad, la estupidez, la ignorancia. Allí es donde uno ve que el hombre realmente tiene un lado animal. Yo nunca me ví en una situación de agresión, nunca, nunca [...]. Entonces, creo, que en un
momento de rabia el hombre deja de ser consciente para ser inconsciente (énfasis
mío), y en ese momento de la inconsciencia es cuando el lado animal aflora. Yo creo mucho en eso [...].
Myriam: –En el caso de las relaciones amorosas, ¿cómo se da esa pérdi- da de la razón?
Elvia: –Cuando la persona se envuelve mucho, por ejemplo, si un hombre soltero se relaciona con una mujer soltera, si él tiene una vida equilibrada en todos los sentidos [...] tienden a vivir una relación, una pasión equilibrada. Pero, si una muchacha soltera se relaciona con un hombre casado, que no tiene una estructura familiar sólida, esa muchacha puede generar en ese hombre casado, que tiene una carencia, una seguridad que él no tiene en su casa. Entonces, él se agarra de ella con uñas y dientes y va tratar de defender aquéllo. Creo que tiene que ver con el equilibrio de las personas; si tiene equilibrio emocional, va a llevar aquello con tranquilidad. Pero si no lo tiene, eso va a hacer que esa pasión se torne devastadora, arrasadora.
Myriam: –¿Conoció en la cárcel casos de estos crímenes?
Elvia: –Mira, dos personas que conocí estuvieron por cuestiones de la muerte del marido. Yo no estoy segura, pero creo que tuvo que ver con la
cuestión de una convivencia mal llevada [...]. En mi caso específico, del que yo no quería hablar, él asesinó a su mujer y me involucró porque yo era la amante de él y él asesinó a su mujer exactamente por lo que te hablé [...]. Ella lo provocaba mucho. Llegó a amenazarlo con un cuchillo; él llegó a donde mí una vez con una mano herida. No sé hasta qué punto era verdad que ella hizo eso. Yo me cuestiono mucho. Por lo que él me decía, el matrimonio cayó en la rutina, fue un matrimonio feliz en un comienzo, pero de repente se desestructuró por problemas de ellos que no quise saber [...]. Entonces, ge- neró lo que generó. Ellos peleaban mucho, y en fin, estuve en medio de esa historia, sin la menor pretensión de meterme en eso. Es por eso que te digo que es dentro de una secuencia, que el individuo llega a su límite y explota, sea por el motivo que sea, agresión o no, ¿sí? Y la pasión tiene mucho que ver con eso [...].
Entonces, un día él dijo que tenía ganas de acabar con ella de un mo- mento a otro. Yo le dije que el día que hiciera eso podía desaparecerse, que yo no quería ni saber. De allí pasó el tiempo y nos olvidamos de esa conversa- ción.
Yo estaba haciendo el curso de psicología allá en la Universidad Cátolica, fue un semestre antes de parar, y estábamos trabajando justamente sobre la cuestión del comportamiento humano, y yo no tuve la percepción de enten- der ese grito que él dio, porque para mí ese fue un grito que él dio, como para decir que no aguantaba más, que se quería librar de ese problema. No tuve la sensibilidad para percibir eso, también que en esa época yo tenía 27 ó 28 años. Él era una persona muy tranquila. A veces yo le decía que era muy lento para resolver las cosas. Hoy creo que él premedita todo lo que va a hacer, él calcula todo lo que hace. Yo no, yo soy más impulsiva. Yo no me quedo haciendo cálculos de las consecuencias de lo que puede ocurrir. Él era diferente, calcu- laba lo que quería, hasta en relación con lo financiero. Quiero decir, él rumia el pensamiento para poder exteriorizar aquello que quiere hacer.
Myriam: –Entonces, desde su punto de vista, lo que pasaba...
Elvia: –Hoy pienso que él no tenía nada contra ella, tal vez él estaba usando el hecho de estar conmigo para mostrarle a ella que necesitaba su atención. A partir del momento en que aparecí en la vida de ellos, comenzaron a pelear, entonces, de la misma manera que no tuve la sensibilidad para percibir eso, creo que ella tampoco la tuvo. Fue cuando las cosas comenzaron a desandar más y más.
Elvia: –Él armó la situación de tal manera que acordó un encuentro con- migo a la misma hora en que estaba acabando de hacer el ‘negocio’. Yo estuve allí, me vieron varias personas allá. En el carro de él había cabello mío, jugába- mos mucho, él me jalaba el pelo y tal [...]. Y encontraron cabellos míos en la mano de ella, creo que unos cinco o cuatro hilos de mi cabello en la mano de ella. Todo eso me acusaba, siendo que no tuve contacto con ella. Yo bajé de mi carro para ver lo que estaba sucediendo [dentro del carro de él] pero en el momento en que llegué ya no podía hacer nada, porque ella no tenía señales de vida. Si hubiera llegado en un momento en que tuviera la oportunidad de quitarlo a él de encima de ella y pudiera llevarla a un hospital, con seguridad que lo hubiera hecho, porque yo defiendo la vida. [...]. Entonces, en el momento en que llegué, al ver la situación como estaba, ¡no podía hacer más nada! Sin contar con que cuando lo miré, él estaba totalmente trastornado. Ahí es cuando entra la cuestión del límite, cuando la persona llega al límite se transforma de una manera tal, que yo nunca había visto a aquella persona de esa manera. Los ojos [de él] estaban inmensos, rojos, la piel blanca, parecía que se le hubiese salido toda la sangre del cuerpo. Fue una escena que todavía tengo en mi cabeza, pero he hecho todo para olvidarla. ¿Sabe cuando usted ve a una persona trans- formada en una situación? Yo la ví. Tuve miedo de él, quedé con miedo.
En ese momento él me dijo que me lo llevara de allá, él estaba herido, tenía un corte en la mano. Creo que en medio de la pelea él se hirió. Ahí él entró en mi carro, dejó marcas de sangre en mi carro, otro punto que me incriminó. Entonces, fue eso lo que sucedió. No lamento haber vivido aque- llo porque maduré un cien por ciento en mi vida dentro de aquel presidio. Pero lamento que tuve que vivir eso lejos de mi familia, lejos de mi hija. Y también colocar a mi hija en esa situación, y a mi mamá también.
En el expediente constan varias declaraciones de Pedro sobre lo que ocurrió. En la primera se incrimina él mismo completamente. En una segunda, dijo que se habían puesto de acuerdo con Elvia para llevar a su mujer hasta cierto sitio de la ciudad con el propósito de “mostrarle [a Elvia] cómo era realmente su relación
con la víctima”. En el camino discutió con su mujer y ella le arañó el rostro y él le
respondió con una bofetada.
En ese momento se lanzó a estrangular a la víctima, ella se defendió mu- cho, inclusive consiguiendo morder profundamente su dedo medio de la mano izquierda; que en esa ocasión en que la víctima se debatía para librarse del estrangulamiento que el declarante le aplicaba, apareció Elvia, que había
estacionado a pocos metros de su vehículo; que Elvia abrió la puerta del ve- hículo del declarante y se lanzó encima de la víctima agarrándola por los brazos y las piernas de la misma, sólo ahí el declarante consiguió su intento, estrangulándola hasta la muerte (segunda declaración de Pedro, expediente judicial).
En esta segunda versión Elvia aparece auxiliándolo, cosa que ella siempre negó. Ella nunca permitió hacer la prueba de ADN de los cabellos en la mano de la muerta, pese a que reconoció que eran suyos, pero según ella, estaban den- tro del carro por otras circunstancias. En otras declaraciones posteriores, Pe- dro afirmó que fue Elvia quien ejecutó la muerte y la culpa a ella enteramente de todo y dice que mintió al comienzo “por un sentimiento de protección a [su amante], pues quiero mucho a Elvia”. Por otro lado, en su testimonio el padre de la muerta dijo que Pedro sacó desde por la mañana un cable de antena y dio explicaciones de por qué lo sacaba, y éste fue utilizado en el crimen. También Pedro preparó la recogida de las hijas, el dejarlas en casa y luego recoger a su mujer en el trabajo. Según Pedro, fue Elvia la que propuso su carro para huir del lugar, pero antes él “pasó el cable de la antena por el cuello de la víctima [...] para simular un asalto [...]”. Le pidió a Elvia parar en un teléfono público desde donde denunció que unos asaltantes se habían llevado su vehículo y a su espo- sa. Luego, él mismo fue hasta una Delegacía de Polícia (Estación de Policía) donde intentó denunciar el asalto, pero los policías desconfiaron de la versión, “entonces el declarante, no teniendo otra salida, relató la verdad [...]”. Los agentes fueron hasta la casa de Elvia y la detuvieron, pues Pedro había declarado que su amante lo había recogido en el lugar de los hechos, un parqueadero de la ciu- dad de Brasilia.
El resumen de los hechos levantado por la Secretaría de Seguridad Públi- ca consigna la ocurrencia de un homicidio dentro de un automóvil en un esta- cionamiento de la ciudad, al parecer por estrangulamiento. Como testigos, pusieron a los vigilantes que dijeron haber escuchado gritos y ver una pelea den- tro del carro, pese a lo cual no intervinieron sino un tiempo después, para llamar a la policía. El resumen señala como autor al marido de la mujer muerta, según su confesión, y añade, “la Estación de Policía continúa investigando si hubo par- ticipación de la amante en la ejecución del crimen”.
En la ficha policial que abre su testimonio, Pedro dijo que llevaba diez años de casado, tenía 31 años, y se describe de color “blanco” (en uno de los exáme- nes técnicos aparece como de piel “parda clara”), profesión comerciante, con la
secundaria completa y empleado en una empresa de la ciudad; era oriundo de Caicó (Rio Grande do Norte, nororiente de Brasil). Vivía junto con su suegro y dos hijas de seis y siete años, en una ciudad satélite de Brasilia.
En la segunda declaración Pedro hizo constar que “no premeditó con an- ticipación el crimen que cometió junto con Elvia [...] pues si hubiese tenido una premeditación para matar [...] habría métodos más fáciles [...]”.
En el “Auto de prisión en flagrante” realizado por la Secretaría de Seguri- dad de nuevo se resumen los “hechos” y los testimonios de los incriminados, y se ponen como testigos a los vigilantes y al policía que encontró el cadáver. En el Auto, Pedro narra cómo conoció a Elvia y “con el pasar del tiempo, sintiéndose herido [énfasis mío] con la relación que tenía con su esposa, estableció un ro- mance con Elvia [...]”. “El interrogado” dijo que “cuando ocurrió la discusión con su esposa perdió el control de sí [énfasis mío] y agarró el cuello de su esposa [...]. Que el interrogado nunca pensó en eliminar a su esposa, pensaba sí en separarse de ella, quedándose con la guarda de sus hijas; que este acto, como ya se registró, fue impensado y momentáneo, y está muy arrepentido; que en ningún momento premeditó el crimen [...]”.
Para el Boletín de Vida de la Policía Civil que da inicio a la investigación institucional, Elvia dijo tener 27 años, ser natural de Brasilia, con grado de ins- trucción superior incompleto, estar legalmente separada y tener una hija de siete años. Habitaba en casa propia en una ciudad satélite, junto con su madre. Co- lor “parda”, católica, no bebe, no fuma ni usa armas. El formato del boletín pide marcar la apariencia del “sindicado” después de la infracción; los policías mar- caron “calma”. También, que estaba empleada en el momento4 y que no tenía
antecedentes penales.
Elvia contó así aquel día:
El día en que sucedió [el crimen] tuve miedo, mucho miedo. Tanto, que es la hora que no consigo librarme de él. Lo que hice fue correr para mi casa. No me preocupé por saber si mi carro estaba lleno de sangre, no quise saber nada, sólo quería estar cerca de mi hija, [ir] para mi casa. Yo quería protec-