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Capítulo 2. Marco teórico de referencia

2.1. Gubernamentalidad, Estado y políticas públicas

2.1.1. Gubernamentalidad y el arte de gobernar

Para poder ocuparnos de las políticas públicas, primero debemos acercarnos al campo de la gubernamentalidad que, tal como la ha definido Michel Foucault en la clase del 1 de febrero de 1978 en el Collège de France, alude al “[…] conjunto constituido por las instituciones, los procedimientos, análisis y reflexiones, los cálculos y las tácticas que permiten ejercer esa forma bien específica, aunque muy compleja, de poder que tiene por blanco principal la población, por forma mayor de saber la economía política, y por instrumento técnico esencial los dispositivos de seguridad” (Foucault, 2006: 136). Foucault (2006) describe cómo entre el siglo XVI y el siglo XIX, se elabora una multiplicidad de escritos sobre las formas de gobierno, que surgen en oposición al texto “El príncipe” de Maquiavelo quien argumentaba sobre la singularidad del arte de gobernar. Uno de los trabajos que resalta de esa época es el de François La Mothe Le Vayer, “[quien] en una serie de escritos que son textos pedagógicos para el delfín, dirá: en el fondo, hay tres tipos de gobierno, cada uno de los cuales depende de una forma de ciencia o reflexión específica: el gobierno de sí mismo, que depende de la moral; el

arte de gobernar una familia como se debe, que depende de la economía; y, por

último, la ciencia de gobernar bien el Estado, que depende de la política” (Foucault, 2006: 118). Siendo el elemento central de la literatura de la época la “economía”. Tal es así que este factor será planteado en los mismos términos por Rousseau. La cuestión que deberá atenderse como forma de gobierno del Estado será, por ende, “poner en acción la economía, una economía a nivel de todo el Estado, es decir, ejercer con respecto a los habitantes, a las riquezas, a la conducta de todos y cada uno, una forma de vigilancia, de control, no menos atento que el padre de familia sobre la gente de la casa y sus bienes” (op. cit.: 120).

Ahora bien, entre ese modo de gobierno que tomaba como vara de medición a la familia, deberá elaborarse una nueva forma de ejercicio de poder, que tome en consideración una nueva escala: la población.

Siguiendo esta genealogía entonces, a partir del siglo XVIII, el arte de gobernar estuvo ligado, según Foucault (2006), al surgimiento del problema de la población, en un contexto de expansión demográfica, ligada a la abundancia monetaria, vinculada a su vez al aumento de la producción agrícola. En ese momento histórico, “al permitir

cuantificar los fenómenos propios de la población, la estadística pone de relieve la especificidad de ésta, irreductible [al] pequeño marco de la familia” (Foucault, 2006: 131) que había sido la forma pretérita de gubernamentalidad. “Salvo unos cuantos temas residuales, que bien pueden ser de carácter moral y religioso, la familia desaparecerá como modelo de gobierno” (Foucault, 2006: 131). En consecuencia, ésta última se situará en un nivel inferior con respecto a la primera, es decir, como un elemento en su interior.

Sobre la población se instaura entonces el nacimiento de un arte o, en todo caso, de tácticas y técnicas absolutamente novedosas, que se agrupan en torno a “la disciplina”. “Al aprehender esa red continua y múltiple de relaciones entre la población, el territorio y la riqueza, se constituirá una ciencia que se denomina economía política y, al mismo tiempo, un tipo de intervención característica del gobierno, que va a ser la intervención en el campo de la economía y la población” (Foucault, 2006: 133).

“La disciplina jamás fue tan importante y valorada como a partir del momento en que se intentó manejar la población; y manejarla no quería decir simplemente manejar la masa colectiva de fenómenos o hacerlo en el mero nivel de sus resultados globales; manejar la población quiere decir manejarla asimismo en profundidad, con minucia y en sus detalles” (Foucault, 2006: 135). Como es sabido, la genealogía de estas prácticas fue ampliamente abordada por el autor en el libro Vigilar y Castigar.

Por último, Michel Foucault puntualiza que “esa gubernamentalidad sólo pudo adoptar las dimensiones que tiene, gracias a una serie de instrumentos muy particulares, cuya formación es contemporánea, precisamente, del arte de gobernar (…). La pastoral, la nueva técnica diplomático-militar y, por último, la policía fueron (…) los tres grandes puntos de apoyo sobre cuya base pudo producirse ese fenómeno fundamental en la historia de Occidente que fue la gubernamentalización del Estado" (Foucault, 2006: 138).

2.1.2. Estado y políticas públicas

Desde los primeros trabajos de Lewis Henry Morgan sobre el origen del Estado hasta las reflexiones más cercanas en el tiempo representadas en los trabajos de Taussig (2001), Bourdieu (1997), Das y Poole (2008), Ferguson y Gupta (2002), podemos

Boivin (2008) la etnografía dota de contenido esas abstracciones imprecisas, polisémicas y ambiguas como es el Estado, que se caracterizan por ser, simultáneamente, categorías nativas de nuestras sociedades y herramientas teóricas de nuestro trabajo (Balbi y Boivin, 2008: 11).

Algunos enfoques consideran que conceptualizar al Estado y las políticas como objeto de investigación etnográfica requiere, pues, contextualizar los modos de acción y los campos de tensión, según las peculiaridades y giros contemporáneos, retornando a las prácticas sociales cotidianas en las que se concretan las relaciones entre gobernantes y gobernados, aunque no se expresen en formas de acción explícitamente políticas (Gledhill, 1999 citado por Franzé Mudanó, 2013).

En ese sentido, los límites o márgenes que reclaman algunos/as autores/as como locus del análisis antropológico y etnográfico de las políticas en el Estado contemporáneo, apuntarían particularmente a las acciones y espacios a través de los cuales el estado es “experimentado, rehecho y/o deshecho en la legibilidad de sus propias prácticas”, así como las zonas entre la ley, las disciplinas y los/as sujetos/as (Das y Poole, 2008 citado por Franzé Mudanó, 2013: 14).

Según Gilberto Giménez (1986) el Estado es una “proyección institucional activa, operante y relativamente autónoma de las relaciones sociales existentes en una sociedad de clases” (Giménez, 1986: 50). De ello se sigue que la administración de gobierno “funciona como reproductora de las relaciones sociales que la fundamentan, mediante mecanismos de poder (…) que garantizan, apuntalan y tutelan dichas relaciones” (Ídem: 50).

De esta forma de dirección de la Nación se desprenden las políticas estatales, que tal como la conciben O´Donnell y Oslak se trata de “un conjunto de iniciativas y respuestas manifiestas o implícitas que permiten inferir la posición -predominante- del Estado frente a una cuestión que atañe a sectores significativos de la sociedad” (O´Donnell y Oslak, 1976: 26).

Asimismo, como forma de acción concreta del Estado, las políticas públicas son el instrumento por el cual se distribuyen recursos materiales y simbólicos. Es decir, que por medio de un conjunto de acciones deliberadas, desde las distintas instancias de gobierno se despliega una forma particular de asignación de bienes, resueltos a satisfacer ciertas necesidades de la población.

En este sentido, la vida de los colectivos se ve afectada por la determinación de las prioridades que en cada momento histórico se le da, no sólo a los criterios de distribución de bienes, servicios y derechos, sino también a las definiciones, y representaciones sobre quiénes son considerados/as sujetos/as de derecho (Minujín y Consentino, 1996), ya que también se transmite la ideología dominante donde se imbrican ciertas representaciones sobre los diversos sectores sociales y se construyen determinadas identidades colectivas. En nuestro caso particular de estudio, serían las concepciones y prácticas que se despliegan en torno al uso problemático de sustancias, su prevención y la atención que se dispensa a los/as consumidores/as.

En general las disposiciones instauradas desde el Estado, como política pública, expresan el poder público de la autoridad gubernamental. Sin embargo, en muchos casos las decisiones que se establecen en una política pública no son tomadas unilateralmente por los organismos gubernamentales, sino que surgen como producto de las interacciones que se crean entre distintos actores con el Estado, como por ejemplo, los partidos políticos, la iglesia, los medios de comunicación, las organizaciones sociales, etc.

En este sentido, sostenemos que una política pública constituye una suerte de "orden local". Es decir, un constructo político relativamente autónomo que opera en la regulación de los conflictos entre los/as actores e intereses en juego, a la vez que asegura la articulación y el ajuste de sus propios intereses.

Con todo, el modo e intensidad de la participación de los/as distintos/as actores pueden variar significativamente de acuerdo con el espacio de acción y el período en el que tiene lugar la intervención (Guzmán, 2009: Unidad 1, 2.2).

Es necesario saber pues, qué condiciones determinan la capacidad de influencia de las personas. Estos elementos pueden ser estructurales, cuando se refieren a la posición de los/as sujetos/as en la división del trabajo propia del sector o a la división sexual del trabajo entre hombres y mujeres. Pero también dependen de la capacidad de los grupos de constituirse en un actor colectivo y movilizar los recursos pertinentes (Guzmán, 2009).

En suma, las políticas públicas son el resultado de procesos sociales que se inician en distintos espacios de la sociedad, donde se construyen y definen los problemas que se consideran objeto de esas intervenciones (Guzmán, 2009: Unidad 1, 2.3).

Por ello para analizar una política pública es necesario indagar sobre las interrelaciones que se establecen entre la sociedad civil y el Estado, esto permite echar luz sobre el funcionamiento de la democracia y cómo las personas participan en las definiciones de la agenda, en el diseño de las estrategias que se implementarán y en su monitoreo y evaluación.

Revisar críticamente las intervenciones públicas permite preguntarse por los determinantes y los principios de constitución y evolución de estos espacios de intercambio, donde se forma la acción del Estado. El objetivo de esta reflexión debe orientarse a esclarecer las lógicas de acción y de sentido presentes en los procesos de elaboración e implementación de las políticas (Guzmán, 2009: Unidad 1, 2.3).

2.1.3. Dispositivos sobre los consumos de sustancias

Haciendo foco en nuestro tema de investigación referido al análisis de los dispositivos que operan en la intervención sobre los consumos de drogas se retoman los aportes de Michel Foucault (1993). Para este autor, el dispositivo, en primer lugar constituye “un conjunto resueltamente heterogéneo, que implica discursos, instituciones, disposiciones arquitectónicas, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas, enunciados científicos; proposiciones filosóficas, morales y filantrópicas. […] El dispositivo mismo es la red que puede establecerse entre esos elementos” (Ídem, 128).

En segundo término, en relación a la naturaleza del vínculo que puede existir entre esos elementos heterogéneos –discursivos o no discursivos- “existe un juego de cambios de posición, modificaciones de funciones que pueden también ellos ser muy diferentes” (ídem, 129).

En tercer lugar, por dispositivo se entiende “una especie de formación que en un momento histórico dado, ha tenido como función principal la de responder a una urgencia. El dispositivo tiene una función estratégica dominante” (ídem, 129).

El dispositivo está “siempre inscrito en un juego de poder, pero también siempre ligado a uno o unos bornes de saber, que nacen allí pero que, igualmente lo condicionan. Eso es el dispositivo: unas estrategias de relaciones de fuerzas soportando unos tipos de saber, y soportadas por ellos” (Ídem, 130). Lo que Foucault llama dispositivo es un caso

mucho más general de la episteme. O más bien que “la episteme es un dispositivo específicamente discursivo, a diferencia del dispositivo que en sí es discursivo y no discursivo y sus elementos son mucho más heterogéneos” (Foucault, 1993: 131).

2.2. Género, proceso de salud-enfermedad-atención del uso