"Estoy con Montoneros porque para mí ellos son la síntesis de las últimas décadas de la historia de la lucha del pueblo argentino por la justicia y por la liberación de mi patria. Estoy con Montoneros desde que se fundó la organización. Mi compromiso ha tenido distintos niveles, desde el comienzo, en 1969. Mi compromiso es ideológico, político, pero nace de la fe y toda mi militancia revolucionaria no es incompatible con la fe. Necesariamente la fe exige. Supongo que la misma pregunta que me haces se la habrán hecho a los sacerdotes, religiosos y obispos que estaban comprometidos con la defensa de los indios en América, cuando los conquistadores llevaron a cabo este terrible genocidio contra esos pueblos indígenas.
"También le habrán planteado la misma cuestión a los curas que se opusieron a la dominación española en el siglo XIX, cuando las luchas de independencia en América.
"Actualmente somos muchos los sacerdotes y religiosos en América Latina que estamos comprometidos con las luchas de nuestros pueblos y con las organizaciones revolucionarias, que interpretan los más nobles sentimientos populares".
Así, con estas palabras, el sacerdote asuncionista argentino Jorge Adur respondía en julio de 1980, en Porto Alegre, a la revista brasilera Denuncia. No había sido la primera vez que se definía con toda claridad como cura montonero. En realidad, Adur, era "capellán" de Montoneros. Poco después era secuestrado y desaparecido.
La congregación de los asuncionistas de Argentina está incluida junto con la de Chile dentro de una misma provincia regional, y la formación de los religiosos se hace, parte en Buenos Aires y parte en Santiago. De ahí que en 1961, Jorge Adur fuese ordenado sacerdote en el país trasandino. De regreso, pasó varios años en la Parroquia de las Mercedes, en el barrio de Belgrano, hasta que fue enviado como superior y formador, es decir, como promotor vocacional, a la Capilla Nuestra Señora de la Unidad, en La Lucila, donde funcionó durante varios años una casa de formación de la Congregación de Asuncionistas.
La casa se había establecido allí en marzo de 1953 con el nombre de Escuela Apostólica San Agustín, como continuación de la que había funcionado junto a la Parroquia San Martín de Tours, en la Capital Federal; aunque hacia 1974 volvieron a mudarse y se instalaron en La Manuelita, en San Miguel, provincia de Buenos Aires.
El carisma de esa congregación francesa era y sigue siendo "vivir en comunidad".
–En la Asunción, la vida religiosa tiene como objetivo el crecimiento del Reino de Dios en comunidad. Por eso, aún si se aprecia la oración como una forma privilegiada de la vida, en la congregación se considera el apostolado como elemento esencial para la realización del Reino– me
explicó uno de sus clérigos.
Si a los pares de Adur y a sus fieles les costaba horrores lograr conciliar el rezo con el fusil, él tenía un particular punto de vista para explicar tal contradicción. Ya instalada en el país la dictadura de Jorge Rafael Videla, decía:
–Yo creo que la violencia es un mal. Pero cuando el hombre lucha contra el mal, contra el pecado,
debe luchar de todas formas para liberarse de ese mal, de ese pecado. En este caso, en la Argentina, se da una situación de violencia estructural, a la que nosotros no solamente respondemos políticamente, sino también respondemos con las armas.
Hay que recordar que la encíclica Populorum Progressio, en su número 31, dice que "en momentos
en que un país está instaurada una dictadura militar que viola los derechos humanos, que va contra el bien común, se justifica el uso de la violencia, para librar a la comunidad de los males que padece".
también una fórmula de supervivencia. Como le dijo a la revista brasilera:
"La dictadura militar, cuando ursurpó el poder, persiguió a los sacerdotes que consideraba peligrosos, para matarlos o hacerlos ingresar a la lista de los desaparecidos. Yo tengo en la memoria más de quince y se me olvidan. Entre ellos está el caso de monseñor Angelelli, que murió en un extraño accidente en la carretera, un "accidente muy querido" por las fuerzas represivas, ya que este obispo estaba del lado de los pobres y de los que luchan".
El padre Adur asumió como capellán de Montoneros el 1 de julio de 1978. Desde la clandestinidad, la organización se ocupó de distribuir la Carta al pueblo argentino que el cura escribió comunicando su decisión de "asumir personal y públicamente" la capellanía. De tal forma, para Adur aquel era un ejército del pueblo y la Iglesia que él representaba, no podía sino acompañarlo. Esa carta decía así:
"Antes que nada es el Evangelio el que me dice: "cuando alguien te pida hacer mil pasos con él, harás dos mil..." (Mt.5.4l)
"Pongo entonces mi sacerdocio y mi vida religiosa en la Iglesia, al servicio de todos, porque la más alta expresión de la caridad a la cual tendemos los cristianos, se expresa en la política como un instrumento social exigido por la justicia. Este servicio es junto a aquellos que se entregan con la más alta abnegación y enfrentando heroicos riesgos (...)
"He vivido diecisiete años de sacerdocio sin descansos, con los pobres y los ricos, con los oprimidos y los sin voz. Hoy les anuncio con alegría que continuaré junto a los que amo, asumiendo el desafio de la hora histórica. Difícil prueba para nuestro pueblo, pero seguro camino para la pacificación y la libertad.
"Desde la Iglesia, a la que todo le debo y por la cual todo lo he perdido, comparto los destinos de los hombres que viven y mueren por los grandes intereses del pueblo. Como en otros momentos no menos dolorosos, pero extremadamente esperanzadores, recuerdo aquella frase evangélica: "No hay más grande amor que aquel que da la vida por los suyos, sus amigos" (Jn. 15.13)."
Jorge Adur fue el noveno de doce hijos, que nació del matrimonio formado por el inmigrante Mohamed Adur, oriundo de Nebek, pueblito pequeño cercano a Damasco, en Siria y de la vasca Juana Dominga. La pareja tuvo siete hijas y cinco varones, y todos nacieron en la casona de la avenida Boulevard España 1183, de Nogoyá, Entre Ríos. "Mi madre no paraba de contar nuestras diabluras,
sin embargo, cuando hablaba de Jorge no podía más que contar sobre su coherencia, su entrega, su abnegación. Él fue muy especial", dice, casi veinticinco años después de la tragedia, Dardo Adur,
hermano de Jorge, de cincuenta y cinco años, Licenciado en Ciencias Políticas y el menor de la familia. "Era muy prolijo y hábil. Compartía la habitación con una de mis hermanas y mi tía, y allí
tenía un pequeño taller. A fines de los años cuarenta cuando vino al país Pío XII (antes de ser ungido Papa) se había hecho una campaña para confeccionar rosarios. Jorge hizo las cuentas del rosario con los frutos del Paraíso, el árbol que teníamos en el jardín. Dejaba secar los frutos, los esmaltaba, luego los agujereaba y les pasaba un alambre. "Dardo habla de su hermano y se emociona. Aunque
haya transcurrido mucho tiempo de su desaparición, los recuerdos de la niñez y la adolescencia en común parecen cercanos. Jorge Adur era un autodidacta y en la casa familiar se conservan retratos, caricaturas y paisajes que solía esbozar antes de viajar en busca de su vocación. No sólo le gustaba la pintura sino que además se inclinó por la música, al punto tal, que en su ciudad todavía lo recuerdan.
"Aprendió piano en el Conservatorio de Nogoyá y tocaba muy bien, realizaba conciertos–rememora un amigo de la adolescencia–y cuando era adolescente se convirtió durante un tiempo en el ayudante de la directora del Instituto. Jorge Adur fue al Colegio Nacional de su ciudad natal y formó parte de los jóvenes de la Acción Católica que actuaban en la Iglesia Nuestra Señora del Carmen. En las misas tocaba el armonio y su padrino espiritual fue el sacerdote Adolfo Gestner, luego obispo de Concordia. En 1950, luego de unos meses en el seminario de Paraná, viajó a Buenos Aires e ingresó a los Asuncionistas," "Hacía tres años que había muerto mi padre y yo que era un niño recuerdo que la partida de Jorge fue para mí, y para muchos de mi familia, un segundo duelo. A partir de ese momento, nuestra comunicación fue por carta y pasaron casi ocho años sin vernos. En el 66 viaje a
Buenos Aires a estudiar a la Universidad del Salvador y allí nos reencontramos. Jorge ya era sacerdote y trabajaba en el barrio de La Cava, en San Isidro. Yo me metí con Mugica en la villa de Retiro", continúa Dardo. "Cuando asesinaron a los padres palatinos en San Patricio, querían matar a Jorge. El era asesor de los palatinos, pero ese día no volvió a dormir a la parroquia porque se quedó a dormir en la casa de un amigo. Desde entonces tomó conciencia de que su vida corría mucho peligro. Entonces se fue de Buenos Aires, buscó dónde esconderse. A mediados de 1976, con mi hermana Manuela hicimos 1100 kilómetros para ir a buscarlo. Estaba en Los Toldos, en el convento de Mamerto Menapace que era su amigo. Nos recibió con la entereza y serenidad de siempre. La que nunca le vi perder, creo que con esa misma cara debe haber caído desde las alturas, si es cierto que lo arrojaron desde un avión. Aquella noche la pasamos los tres allí, con Mamerto, que tuvo una acti- tud maravillosa. Al otro día nos fuimos y lo dejamos a Jorge en la Nunciatura, en la calle Rodríguez Peña, allí lo estaban esperando. Su protección fue negociada entre Pío Laghi y Massera, aunque él no me aclaró nada, lo supe por otro lado. La última vez que lo vimos fue mientras subía al avión de Alitalia". Una vez en Roma, Adur recibió de parte de Pablo VI, el título de Asesor de Juventudes para
América latina, mientras que dentro de su Congregación se transformó en el secretario del Obispo de París. "Cuando estaba en Europa teníamos noticias de él por gente conocida. Una vez un muchacho
que había viajado de mochilero nos contó que lo había visto con traje de fajina, pero en su función eclesiástica". A través de radio Colonia la familia Adur se enteró sobre el trágico destino del clérigo. "Escuchamos que jóvenes profesionales y un sacerdote habían sido secuestrados en la frontera de Argentina con Brasil. Y a partir de ese momento empezamos a rastrear datos por todas partes. Me reuní con Vicente Zaspe, el arzobispo de Santa Fe. Recuerdo que hablamos a la luz de una pequeña lámpara y en tono muy bajo. Cuando yo le conté que creía que a Jorge lo habían agarrado en Brasil levantó la voz y me dijo: "¡Qué imprudente! Me cansé de decirle que no pisara América Latina, no entiendo por qué se arriesgó así..."
Roberto Cirilo Perdía, integrante de la Conducción Nacional de Montoneros desde 1972 hasta su disolución en 1983, explicó veinte años después la importancia que para ellos revestía tener un capellán.
–Nosotros creamos en 1978 la figura de la Capellanía en el Ejército Montoneros con una finalidad
política. La idea principal tenía que ver con una gestión que estábamos haciendo para lograr el reconocimiento como fuerza beligerante por parte de Naciones Unidas. Planteábamos que desde ese lugar podíamos llegar a discutir el tema de los presos en la Argentina –dijo.
El concepto de fuerza beligerante nació en las guerras anticoloniales de África y, básicamente, había habido en aquel momento dos posiciones centrales: el reconocimiento de la fuerza y el control del territorio, presupuestos que Montoneros también perseguían. Tener un capellán era, de alguna manera, darle entidad de ejército popular a la guerrilla.
–El padre Adur no se incorporó como un militante montonero, él se incorporó como capellán con el
permiso y consentimiento de su orden, que era la Congregación de los Padres de la Asunción. Él no se clandestinizó, el superior de su orden lo autorizó formalmente. El celebró misas con grupos de compañeros –aclaró Perdía.
–Jorge Adur fue un militante entrañable y a la vez, tenía una vocación religiosa conmovedora.
Nunca participó personalmente de ninguna operación militar, jamás agarró un fusil, no hizo nada que tuviera que ver con la violencia. Y si alguna vez le hubiéramos dado a elegir, lo hubiéramos puesto frente a esa disyuntiva, él se quedaba con el sacerdocio, abandonaba Montoneros, estoy seguro. Recuerdo cuándo le tocó ir a ocuparse espiritualmente de los compañeros que estaban entrenando en el Líbano. Nosotros le explicamos a la gente de AlFatah, que llegaba el capellán de la organización y seguramente en nuestro malísimo inglés, entendieron cualquier cosa y pensaron que era un ministro o algo así. Cuando Jorge bajó del avión con su traje oscuro, se encontró con que lo esperaba una guardia de honor de guerrilleros palestinos armados que lo saludaron como si fuera un presidente. Fue muy gracioso... –recuerda Mario Montoto, ex militante de Montoneros, devenido exitoso
empresario.
En la Asunción todos se levantaban a las 6.45 con el tiempo justo para cepillarse los dientes y hacer la cama. A las 7 celebraban misa y luego desayunaban. Adur compartía las tareas de la limpieza de la casa y la preparación de las comidas los sábados y domingos. Durante la semana no hacía falta, una señora les cocinaba. Uno de los clérigos lo recordó de esta manera:
–Era muy carismático y con una gran vocación, justamente por eso estaba encargado de la
formación, esa labor no se la dan a cualquiera. Hombre de oración y de gran brillo intelectual. Sereno, siempre dispuesto a escucharnos y a recibir a cualquier persona que llegara a la capilla. Le gustaba la música clásica y tenía muy buena relación con las jóvenes. Había nacido en Nogoyá, en el centro oeste de Entre Ríos, y le gustaba tomar el mate. Nosotros lo cargábamos, le decíamos "panza verde"... Guardaba un gran afecto por la familia y se veía mucho con una hermana soltera que vivía en Buenos Aires y que murió en 2000. Como muchos de los sacerdotes que se sumaron al Concilio Vaticano II, él estaba enmarcado en la opción preferencial por los pobres. Nosotros nos enteramos de su vinculación con Montoneros cuando fue de público conocimiento, pero su labor como formador fue intachable y sus consejos siempre fueron religiosos, nunca con contenido político.
Estrella Federal
A través de la revista clandestina Estrella Federal –órgano oficial de Montoneros– de agosto de 1978, se le comunicó a la "tropa"que el padre Jorge Adur era su capellán. Esa edición número 5 traía la noticia en tapa junto con la Carta al pueblo escrita por Adur y otros dos documentos reveladores. Uno era la reproducción del reportaje conjunto al cura y al comandante montonero Horacio Mendizábal, que les efectuó en París el periodista Francisco Ortiz Pinchetti, a quien le fue dada la primicia sobre la capellanía. Y el otro, la comunicación oficial que se le hizo acerca de eso al Vaticano en fecha 10 de julio de 1978.
"Viste Adur el uniforme del Ejército Montonero: la chamarra de cuero negro con las insignias de su grado –capitán– sobre el alzacuellos del sacerdote. Lo es y lo parece en todo momento. Por su apariencia apacible, por su serenidad y también por el tono casi pastoral de su voz", describía Ortiz
Pinchetti en su artículo.
"Por primera vez en la historia reciente, un movimiento revolucionario, un ejército popular, tiene oficialmente un capellán. La designación del padre Adur fue conocida aquí por Proceso como pri- micia mundial", se ufanaba.
"Y algo más: el sacerdote cuenta con el consentimiento de su congregación. En breve, el Ejército Montonero comunicará oficialmente la designación a la Santa Sede", anunciaba.
–¿Será usted clandestino, padre Adur?–le preguntó el periodista.
–Mire, yo clandestino, en la lucha de mi pueblo, no sirvo para nada. Yo cuidaré mi vida, pero diré
siempre: soy el padre Adur, soy el capellán del Ejército Montonero, me pueden escribir o me pueden ver en tal lugar, donde esté–respondió.
–Otra posibilidad es que tenga conflictos con la jerarquía de su país–insistió Ortiz Pinchetti. La respuesta de Adur fue toda una denuncia:
–En la Iglesia argentina, es cierto, ciertas maneras mías y de otros sacerdotes, de interpretar la
situación que vive nuestro país, ha creado dificultades –reconoció–. Pero también es cierto que la Iglesia argentina, no sólo en sus cristianos sino también en su jerarquía, está en estos momentos prácticamente en el borde con respecto a la agresión, al genocidio de la dictadura militar... Claro, tendré dificultades con hombres como Victorio Bonamín (provicario castrense) o como Adolfo Tórtolo (arzobispo de Paraná y dirigente de la Conferencia Episcopal Argentina), que son el apoyo no sólo teológico, sino ideológico del enemigo del pueblo argentino. Tendré dificultades, sí, que habrá que
encarar a su debido tiempo. Estoy convencido de que lo que justifica mi actitudes lo que hay detrás de todo esto: la justicia para nuestro pueblo. Y no se trata sólo de ponerme del lado de él, sino también de mostrarle lo que lo hará feliz. Hay una linda frase de Jesús en el Evangelio, cuando llorando ante Jerusalén, dice: "Jerusalén, si conocieras lo que te puede dar la paz..." –remató Adur.
El comandante Horacio Mendizábal (militante católico, originario de la Democracia Cristiana) también aportó lo suyo en aquel artículo; dijo que le había costado mucho lograr convencer al cura para que aceptara la capellanía y luego explicó que la decisión de institucionalizar esa figura en el Ejército Montonero tenía "todo ese sentido político de recuperar la historia de los ejércitos populares
y demostrarle a las masas que la Iglesia no es Bonamín o Tórtolo que bendicen las picanas y la represión, sino que la Iglesia son los católicos que pelean y los sacerdotes que están al lado del pueblo".
–¿Por qué el padre Adur?–le preguntó el periodista.
–Bueno, porque para ser nuestro capellán no cualquier sacerdote, sino uno que realmente
expresara el amor a su pueblo y que fuera concurrente con su lucha. Y el padre Adur hace diez años que está del lado de esta lucha –explicó Mendizábal.
Carta al Vaticano
La comunicación al Vaticano fue dirigida al cardenal Jean Villot –miembro conspicuo de la logia masónica P2– en su carácter de secretario de Estado de la Santa Sede y firmada por Horacio Mendizábal como "Comandante 4to. Secretario del Partido Montonero. Jefe del Ejército Montonero". Luego de describir un panorama de las luchas populares desde las Invasiones Inglesas hasta la guerra de la Independencia, y desde la Resistencia peronista hasta el terror de la dictadura de Videla,
"desatando la más sanguinaria persecusión contra hombres y mujeres, 30.000 de los cuales se encuentran presos, han sido muertos o están desaparecidos", Mendizábal le apuntaba a Villot:
"La barbarie sin par de la actual dictadura no fue obstáculo suficiente para que el pueblo argentino ejerciera su defensa propia debiendo llegar a empuñar nuevamente las armas, recayendo