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–Esa imagen no se me borró jamás; era un hombre con sotana negra y cinturón violeta. Sólo pude verlo desde la cintura para abajo porque estaba encadenada y encapuchada, y hasta hoy me pregunto cuál sería su cara...

Miriam Lewin fue secuestrada el 17 el mayo de 1977 por una patrulla de la Fuerza Aérea, en la avenida Crovara de La Matanza. Tenía sólo dieciocho años, militaba en Montoneros y, tal como Firmenich recomendaba desde su dorado exilio, llevaba una pastilla de cianuro entre sus ropas. Le habían enseñado que era su deber suicidarse antes que delatar a un compañero bajo torturas y poner en peligro a toda la célula de la organización. Cuando se vio perdida, Miriam se la metió en la boca. Pero sus captores la vieron y rápidamente ordenaron un lavaje de estómago para salvarla, ahí nomás en la calle y frente a algunos transeúntes aterrados que pasaban. Incluso, uno de ellos que la quiso defender, fue atacado a culatazos y patadas por los atacantes, que bajo amenazas de muerte desapareció del lugar.

Pero lo de ellos no fue una actitud de buenos cristianos: creían que viva podría aportar una preciosa información. Pero no fue así: Miriam jamás dijo una palabra durante los dos años en que permaneció desparecida. La torturaron y mantuvieron detenida en un centro ilegal situado en Virrey Ceballos 632

del barrio de Congreso, próximo a la Jefatura de Policía, en la Capital Federal, hasta que la Armada la pidió creyéndola comprometida en un atentado contra esa fuerza. El 27 de mayo de 1978 Miriam fue trasladada a la ESMA y llevada a la Capucha, la sala de torturas. Un día en que, encadenada y encapuchada, la bajaban por las escaleras para ir al baño, divisó frente a sí la parte inferior de una sotana. El hombre que la llevaba puesta subía y si no tropezó con él fue porque el guarda que la acompañaba le había levantado levemente la capucha para que pudiese ver los escalones.

Muchas órdenes religiosas usan sotana negra, pero sólo los obispos y arzobispos llevan cinturón de seda violeta. Miriam nunca supo de quién se trataba, pero su testimonio es una prueba más del

"fraterno" compromiso que altas autoridades de la Iglesia argentina tuvieron con los Jinetes del Apocalipsis: los militares del Proceso de Reorganización Nacional (PRN). Poco antes de que éstos

llegaran en sus briosos corceles, Pablo VI había enviado a la Argentina al nuncio Pío Laghi. "Ese país

está viviendo momentos muy peligrosos. Se ha declarado una lucha fraticida y me temo que el único que podría frenarla ya está demasiado viejo para hacerlo" –le indicó, haciendo alusión a su persona.

Santo perfil

–No sé por qué decidí ir a su país cuando el Papa me propuso. Ir a la Argentina fue lo peor que

hice en mi vida, si me hubiera quedado en Jerusalem, nada de esto hubiera pasado. La gente en su país es extraña, retorcida, mentirosa. Allí pasaron cosas horribles, a mí, por ejemplo, me destruyeron la vida con infamias... –dijo Pío Laghi antes de despedirnos, una tarde de diciembre de 2000, muy

cerquita de la navidad, en la residencia para cardenales donde vive, a metros de la Plaza de San Pedro. Lo miré y no supe qué responderle mientras él estrechaba mi mano con calidez. En sus ojos pude ver cierta angustia y un rencor velado conservado desde el fondo de los tiempos.

Pío Laghi nació en Castiglioni di Forli el 21 de mayo de 1922. Quinto y último hijo de una familia de campesinos, sus padres, Antonio y Laura, enfrentaron la pobreza de la posguerra y fueron trasladándose de pueblo en pueblo por Italia. El fascismo llegó ese mismo año y el resultado fue obvio: Pío creció en un clima de ferviente autoritarismo.

A los diez años, mientras estudiaba en la escuela parroquial, trabajaba en la peluquería del fígaro Archimede, en Faenza. Para el secundario se anotó en el Instituto Salesiano y a los dieciséis años ingresó al Seminario, donde cursó el liceo clásico. A los diecinueve obtuvo el "maturita clásica ", el bachillerato, y en septiembre de 1941 comenzó el curso de Teología en el Seminario de Faenza.

En 1942 se inscribió en la Pontificia Universidad Lateranense de Roma, pero fue por un rato, nomás. En julio de 1943, cuando los aliados desembarcaron en Italia, los bombardeos lo llevaron fuera de la ciudad. Benito Mussolini fue ejecutado y el país se sumergió en la guerra civil, así que Laghi prefirió quedarse en Faenza, hasta que todo pasó. De regreso a Roma, completó sus estudios de Teología y el 20 de abril de 1946 se ordenó en la capilla del Obispado de Faenza.

Su experiencia pastoral comenzó a los veinticuatro años en Puerto Garibaldi, un pueblo de pescadores destruido por la guerra. "Los niños tienen miedo de mi sotana negra y cuando aparezco

escapan. Trataré de tener paciencia y buen corazón para ser pequeño entre los pequeños"–escribió en

su diario.

Entre 1947 y 1950 rindió su tesis doctoral, ingresó a la Facultad Jurídica del Laterano, en Roma, y tres años después accedió a la Pontificia Academia Eclesiástica, la escuela que prepara a los diplomáticos de la Santa Sede. Pablo VI pidió personalmente su traslado a Roma.

Su primer destino, en 1952, fue Nicaragua, como agregado de la Nunciatura. En 1954 fue trasladado a Washington y luego a Nueva Delhi, como auditor de la Nunciatura. En 1964 regresó a Roma, donde lo ascendieron a consejero para los Asuntos Públicos de la Iglesia. Allí preparó el histórico viaje de Pablo VI a Nueva York, el 4 de noviembre de 1965. Y obtuvo la autorización para publicar las Actas y

Documentos de la Santa Sede relativos a la Segunda Guerra Mundial.

En 1969 fue nombrado delegado apostólico en Jerusalén y Palestina. Cuando llegó a Tierra Santa tenía cuarenta y siete años y acababa de terminar la Guerra de los Seis Días. Allí solucionó un conflicto por un histórico edificio católico en el centro de Jerusalén, que había sido vendido a una entidad judía de Nueva York por 600.000 dólares.

En abril de 1974, la Secretaría Apostólica decidió su traslado a la Argentina en forma urgente, por los acontecimientos del país, que sangraba por izquierda y por derecha.

Antes de que pudiera deshacer las valijas, el escenario estaba montado: a las catorce y diez del 1 de julio de 1974, mientras el DC-10 de Alitalia que lo traía a bordo aterrizaba en Ezeiza, la radio y la televisión anunciaban la muerte del general Juan Domingo Perón y José El Brujo López Rega movía los hilos de una patética "Isabel Presidente". Que la viuda de Perón se llamara en realidad María Estela Martínez pero usara su nombre artístico, constituía todo un síntoma de la descomposición reinante: Argentina tenía una bailarina de folklore como Jefa de Estado. El Brujo o el "Hermano

Daniel", según los ámbitos esotéricos en los que se movía, también comandaba la Triple A –Alianza

Anticomunista Argentina– una banda de asesinos a sueldo de ultraderecha, compuesta por miembros de los servicios de inteligencia, policías, militares y ciertos militantes peronistas. Del otro lado, los Montoneros habían roto con Perón, y junto con el ERP, se cobraban cada día su cuota de violencia. Inflación, corrupción, el poder sindical desmadrado, ataques terroristas... El país estaba sumido en las sombras y en el caos.

Pío Laghi depositó su valija en el centro mismo de la encrucijada. Por cualquiera de los caminos que eligiera, llegaría a la prueba más difícil reservada al alma humana: la del poder. Poco después de la caída de Isabel, debería ejercerlo en medio de la dictadura más atroz y con el clero argentino fragmentado y la cúpula del Episcopado aplaudiendo a los jerarcas militares. A la derecha, los conservadores, llamados a dejar en la memoria de la Iglesia su mancha más oscura; al centro, los progresistas, que peleaban como podían en la búsqueda de la justicia; y por fin, a la izquierda, estaban los combativos, que abrazaron la violencia y sirvieron así equivocadamente al régimen, que desplegó el más perverso plan de venganza.

Más tarde, cuando todos esos personajes se insertaron en el teatro sangriento inaugurado por el golpe militar, Laghi en su función de representar al Papa ante la Iglesia y el gobierno, debería lidiar con todos ellos. Era un hombre de una fe inquebrantable. Pero Dios parecía estar ausente en la Argentina de entonces y el nuncio sintió la soledad con mayúsculas.

Esa soledad comenzó ni bien tocó tierra. En Il Cardinale e i desaparecidos–un libro editado en Italia en 1999 y que no se conoce en habla hispana– sus autores, los periodistas argentinos Bruno Passarelli y Fernando Elenberg, contaron que a Laghi lo fueron a recibir a Ezeiza unos cuantos prelados, entre ellos Adolfo Tórtolo, Antonio Caggiano y Raúl Primatesta, pero absolutamente nadie del gobierno, y contaron la siguiente anécdota:

"Al día siguiente de su arribo, Laghi participó del funeral de Perón en el Palacio Legislativo y fue inocente protagonista, a las pocas horas del inicio de su misión diplomática, de un nuevo y desconcertante episodio. Hubiera querido unirse a los otros embajadores acreditados para dar a la nueva presidenta el consuelo del Santo Padre, pero no había podido presentar las cartas credenciales debido al rápido devenir de las circunstancias (...) Se quedó en silencio, absorto en la plegaria, sin que nadie lo reconociera (...) En los diarios del día siguiente Laghi leyó una nueva e increíble noticia que agravó su desorientación. Isabelita había recibido en la residencia de Olivos, como "delegado

pontificio" a un tal monseñor Andrés Karame que era anunciado como "representante del Santo Padre" y de la Iglesia oriental. A Isabelita le había transmitido las condolencias de Pablo VI y del

patriarca oriental Máximo Hakim. "El religioso, cuya iniciativa resultaba inexplicable para monseñor

Laghi, era un árabe, obispo de la Iglesia Maronita Católica del rito Oriental. Pero sucedió una cosa más grave todavía: en la puerta de la residencia presidencial de Olivos, Karame hizo breves declaraciones a la prensa: "Me ha mandado el Papa para presentar, en su nombre, las condolencias

de la Iglesia a la señora". Laghi quedó confundido. Leyó repetidamente la noticia creyendo haber comprendido mal. Al fin se consoló pensando que sólo en una batahola tan grande como aquella que vivía el país sudamericano, se podían justificar gestos tan aventurados e irresponsables como el descrito."

Por el testimonio de quienes fueron favorecidos por la intervención de Pío Laghi o abandonados a su suerte por sus omisiones durante la dictadura militar, por sus declaraciones a los medios de comunicación, por sus amistades, por las entrevistas que concedió, por la larga y cruda conversación que mantuvo conmigo en Roma en diciembre de 2000, se puede reconstruir a pinceladas el retrato de un hombre contradictorio y complejo. Es apenas el perfil de un ser atormentado que, como dice Brecht, "luchó, pero sólo un día". Buscar en él a un hombre mejor o imprescindible, es precipitarse al vacío.

El golpe

Al día siguiente del golpe, Laghi recibía en la Nunciatura Apostólica, situada sobre la elegante avenida Alvear de Buenos Aires, los primeros llamados de parientes y amigos que pedían por las personas detenidas por los militares. Aunque pudiera sospechar una pizca de ilegalidad, la figura del entonces general Jorge Rafael Videla era todavía para él la de un militar de pocas palabras y de ferviente vocación católica, lector fanático de la Biblia, que se presentaba con una frase tranquilizadora: "Yo he dividido mi despacho de presidente de la Nación en dos partes: en una atiendo

mis tareas oficiales y a la otra la he transformado en capilla y allí rezo y me inspiro en la idea de Dios". Ni siquiera existía aún, como figura dialéctica, el término desaparecido y tampoco era posible

imaginar los "traslados" de personas vivas que atontadas con Pentotal (o Pentonaval, en la jerga militar) eran arrojadas al mar desde aviones de la Armada.

Eso sí, apenas llegó, el nuevo Nuncio construyó una relación personal con Robert Hill, el embajador de Estados Unidos en Argentina, –un republicano de pura cepa, defensor de la Doctrina de Seguridad Nacional que había llegado al país en 1973– la que le rindió buenos frutos. De acuerdo con esto, estuvo al tanto de la gravedad de la crisis en la que estaba envuelta la Argentina, es más, también supo con detalles –según las comunicaciones secretas que Laghi envió al Vaticano en esa fecha y co- rroboradas personalmente con una fuente pontificia– del golpe que se avecinaba y de los probables protagonistas militares. Nunca pudo ignorar que el jefe del Episcopado, monseñor Adolfo Servando Tórtolo, había sido enviado por Videla a convencer a Isabelita de renunciar al cargo, cuando ésta se encontraba acosada por el juicio político y el incendio. María Seoane y Vicente Muleiro, en El

Dictador, cuentan que Isabel se reunió con Pío Laghi en la Nunciatura la tarde del 8 de enero de 1975. "El 13 de enero, Laghi se reunió con su amigo Hill y el secretario político de la embajada estadounidense, Wayne Smith. Les contó con lujo de detalles, cómo había sido la reunión de Isabel con los militares. Hill a su vez, contó su reunión con Laghi en un documento secreto (confidential a 114, priority 4122) enviado a su jefe Kissingery que sólo se conocería veintidós años después, cuando una investigación periodística reveló y analizó documentos secretos de la Embajada de Buenos Aires,

desclasificados por el departamento de Estado. Hill le escribió a Kissinger: "1) Laghi relató la

confrontación de la Sra. de Perón en la tarde del 5 de enero con los tres comandantes en Jefe. Según la Sra. de Perón ella los había invitado a Olivos por otro tema, pero al llegar los tres inmediatamente le exigieron que renunciara por el bien del país. Le aseguraron que estaban a favor del proceso de institucionalizacion y que no querían violar la Constitución: sin embargo estaban sometidos a la tremenda presión de los oficiales subordinados que ya no aceptaban a la Sra. de Perón como presidenta y querían poner fin a la corrupción de su gobierno. Por la tanto para evitar un golpe lo mejor que ella podía hacer era apartarse y permitir que el poder pasara a un sucesor constitucional.

Si no (ellos) no se hacían responsables. 2) La Sra. de Perón le dijo a Laghi que se negó rotundamente e insistió en que era la única peronista con suficiente respaldo para controlar la situación. Si ella se hacía a un lado dejando a Luder en su lugar, en dos meses habría una desintegración total de la base política del gobierno, y en consecuencia, los propios militares se verían forzados a asumir el control directo. Y esto, insistió ella, sería desastroso para el país, ya que favorecería a los terroristas y volcaría al movimiento peronista hacia la izquierda . Les dijo que mantener el orden y la disciplina en sus instituciones era problema de ellos y no debían usar ese argumento para exigir su renuncia. 3) El punto de vista de los comandantes militares era bastante distinto, sostenían que era más probable evitar la desintegración con su ausencia que con su presencia. La Sra. de Perón le dijo a Laghi que especialmente el almirante Massera usó un lenguaje muy duro. Le contó que Massera le dijo que los militares no temían una lucha si ésta era una de las consecuencias. La Sra. de Perón contó entonces que les dijo a los comandantes que tendrían que sacarla arrastrando de la Casa Rosada, usando la fuerza fisica. Admitió haberse puesto muy emotiva y haber estallado en llanto (lo que hace suponer que debe haber sido muy perturbador para Videla, altamente disciplinado y nada sensible) ". No se

sabe cuánto tiempo, desde aquel fatídico 24 de marzo de 1976, le llevó al nuncio comprender que el brazo ejecutor del terror, el planificador del exterminio, era el mismo Estado. El mismo participó, como indican los documentos secretos enviados por Hill a Estados Unidos y los suyos propios enviados a Roma, de los prolegómenos de la peor crisis institucional de la historia argentina, de los inicios de la tragedia. "Es cierto que hablé con Isabel Perón y que ella me contó que los militares la

presionaban para que se fuera. ¿Cómo podía yo imaginar todo lo que vino después? ¿Cómo podía imaginar por un segundo que esta gente iba a hacer lo que hizo?", me dijo Laghi casi disculpándose,

cuando hablamos en Roma. Pero no debió haber sido mucho más allá de septiembre de 1979, cuando sus dudas se aclararon. El 6 llegó a Buenos Aires una delegación de la Comisión Internacional de Derechos Humanos de la OEA, presidida por Andrés Aguilar, Luis Demetrio Tinoco Castro y Marco Gerardo Monroy Cabra, que recogió testimonios de familiares de desaparecidos, visitó las cárceles donde estaban los presos "blanqueados" (en su mayoría, detenidos antes del proceso militar) y entrevistó a políticos, sindicalistas, periodistas, jueces, autoridades universitarias, religiosas, militares y policiales, entidades profesionales, comerciales, empresariales y de derechos humanos, y hasta a los ex presidentes, lo que incluyó a Isabelita, detenida en El Messidor. Por supuesto, la comisión también se reunió con el cardenal primado, Raúl Primatesta, presidente de la Conferencia Episcopal, quien ex- puso sus puntos de vista acerca de la situación de los derechos humanos en la Argentina.

Es cierto que no se halló un solo centro ilegal de detención y tampoco a ningún desaparecido, ni siquiera en la ESMA, a la que visitaron. Esto tenía su explicación: los que aún tenían la suerte de estar vivos, fueron trasladados en masa a las islas del Delta y permanecieron allí mientras duró la observación "in loco" de la comisión, que se extendió entre el 6 y el 20 de septiembre de 1979.

Curiosamente, los "desaparecidos" de la ESMA fueron a dar a la casa de ejercicios espirituales que el Arzobispado de Buenos Aires tenía en una isla del Tigre, según testimonió uno de los detenidos, Mario Villani, por más que a la hora de tener que dar explicaciones, la Curia dijo que esa propiedad ya no le pertenecía por cuanto se la había vendido –¡oh, casualidad!– a la Armada. Y curiosidad o no, quien la vendió fue monseñor Esteban Graselli, secretario del Vicariato Castrense y amigo de Pío Laghi. Esa casa tenía un sugestivo nombre: El Silencio. Y como todas en el Delta, se levantaba sobre pivotes en previsión de las crecidas del Paraná. La mayor parte de los detenidos fueron mantenidos debajo de la casa, atados a esos pivotes.

–Recuerdo que durante más de dos semanas nos tuvimos que aguantar los mosquitos y que se nos

mojaban los pies cuando llovía y el río subía. Nos tenían atados a los pivotes, debajo de la casa–contó

una ex detenida.

Cuando los investigadores se fueron, y una vez que la isla había sido utilizada, los marinos la vendieron a una compañía privada, en octubre de 1980.

para el gobierno. Luego de leerlo –y Laghi sin duda lo leyó– nadie pudo seguir alegando que no sabía lo que pasaba en la Argentina. En Buenos Aires, Córdoba, La Plata y Rosario, la comisión hizo investigaciones y recibió denuncias. Por cada una de ellas el gobierno se vio obligado a dar una explicación falsa, pero explicación al fin, y en cada caso la CIDH evaluó si la misma se justificaba o no. De más está decir que no le creyó ni una sola. Valga enunciar algunas de las que se detallan en ese

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