El primer presidente de la restauración democrática asumió el 10 de diciembre de 1983. Raúl Ricardo Alfonsín representaba para el imaginario eclesiástico lo peor de la modernidad: laicismo, ley de divorcio, anticlericalismo, permisivismo. Esta última palabra se ensanchaba como una boa (¿acaso era una pitón o fue una anaconda la serpiente del Paraíso?) hasta abarcar todos los males, desde la pornografía a las inclinaciones izquierdizantes.
Alfonsín era como una manzana del árbol prohibido para muchos obispos de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), por lo menos para aquellos ultraconservadores que preferían las compotas a las frutas frescas.
No fue ése el caso del obispo de Morón, monseñor Justo Laguna, que siempre lo defendió:
"Fue muy injusta la actitud del Episcopado con Alfonsín, pues ha habido pocos gobiernos tan respetuosos, dentro de lo que la democracia trae, como fue el suyo. Creo que había una verdadera antipatía contra él, simplemente porque había trabajado por los derechos humanos, cuando en realidad de zurdo no tiene nada", sostuvo cuando ya todo había pasado.
En el libro Nuevos Diálogos, una mirada humanista sobre los grandes temas, realizado junto al escritor Marcos Aguinis, el obispo de Morón dice:
"El dinero multiplica el poder y el poder multiplica el dinero, se sabe. Lo hemos visto en algunos de los gobiernos muy democráticos, como el de Alfonsín. Por ahí dicen que Laguna es un alfonsinista sin remedio, pero no puedo sino servir a la verdad: Alfonsín demostró ser un hombre austero, no sin algunos pocos de sus colaboradores. Tuve la oportunidad de seguirlo de cerca: creo que, de la Iglesia Católica, en aquélla época, sólo Casaretto y yo nos aproximamos al presidente. Casaretto más, porque la residencia presidencial pertenecía a su jurisdicción, y el capellán de Olivos era el vicario general de San Isidro. A Menem no hubo modo de ponerle capellán. Menem llama sólo a sus amigos. En cambio, Alfonsín aceptó con una extraordinaria humildad, que le mandaran un capellán y se hizo amigo de él. Alfonsín va a misa todos los domingos, creo, pero pocas veces comulga en público. No es exhibicionista (...) No le obsesiona la idea de aparentar. Alfonsín no medró políticamente y su única riqueza consiste en su pasión por la política. En este sentido se alinea con la serie de presidentes radicales que fueron todos honestos, de hondas convicciones republicanas. Su ministro de economía Juan Vital Sourrille sigue viviendo en el mismo lugar de siempre. Quien fue culto e inteligente presidente de la Cámara de diputados, Juan Carlos Pugliese, murió en un modesto departamento. Pero hubo un grupo de políticos jóvenes que medraron bastante, no sé si económicamente, pero sí con el poder (...) El poder de la economía pesa tanto que los grandes empresarios, industriales y financistas provocaron la caída de Alfonsín: en un momento dado decidieron cortarle toda posibilidad, aunque hasta entonces lo habían apoyado...".
Tampoco es el caso del jesuíta Fernando Storni, asesor espiritual del entonces presidente, enrolado entre los curas progresistas y miembro del CIAS:
"A Alfonsín muchos en la Iglesia lo veían con malos ojos, algunos porque durante su campaña electoral decía el preámbulo de la Constitución pero omitía nombrar a Dios. Otros porque no comul- gaba. Pero yo les diría que, visto todos los presidentes que comulgaron antes, eso no era ninguna garantía", aseguró.
El actual obispo de Mar del Plata, José María Arancedo, primo hermano de Raúl Alfonsín y muy amigo del fallecido cardenal Eduardo Pironio, en una conversación que mantuvimos en su diócesis y acerca de este tema, dijo: "La cúpula de la Iglesia de esos años nunca quiso a Raúl. Yo no viví la
época de cerca porque estaba en Roma, pero cada vez que venía me ponía al tanto. Él siempre fue católico, aunque no es practicante. No comulgaba y entonces eso ponía muy mal a algunos obispos,
porque juzgaban eso como lo más importante, no miraban otras cosas. Y bueno... después le pasaron la factura".
Por supuesto, ni el obispo Laguna, ni el padre Storni, ni el obispo Arancedo integraron nunca el sector más conservador de la Iglesia ni simpatizaron jamás con el Proceso de Reorganización
Nacional, que lideró el ex general Jorge Rafael Videla, hoy preso domiciliario por razones de edad, a
quien Alfonsín mandó a juzgar por crímenes de lesa humanidad, junto a los comandantes de las primeras tres juntas militares, dejando inexplicablemente afuera a la cuarta.
La iglesia local tenía por entonces al menos tres obispos de posiciones progresistas: el de Neuquén, Jaime de Nevares; el de Quilmes, Jorge Novak; y el de Viedma, Miguel Hesayne. Todos, sin embargo, estaban demasiado aislados de la cúpula religiosa, como para representar al Episcopado. El cardenal Primatesta continuaba siendo el gran caudillo, el eje de los acontecimientos políticos-religiosos ar- gentinos, desde el arzobispado de Córdoba.
Monseñor Eduardo Pironio, que estuvo inscripto en la corriente progresista y que para sacárselo de encima, la Iglesia argentina le pidió al Papa que se lo llevara a Roma, donde –no hay mal que por bien no venga– lo esperaba un destino increíble: Paulo VI se deslumbró con él, lo ascendió a cardenal –fue el tercero de la Argentina– lo colocó al frente de la Prefectura de las Congregaciones –de la que dependen todas las órdenes religiosas del mundo– y lo transformó en su confesor personal.
Con un poco más de suerte, hubiera podido ser el primer Papa argentino: en las dos votaciones posteriores al fallecimiento de Paulo VI, en las que resultaron triunfantes Juan Pablo I –quien murió, a los pocos días y según dicen muchos, envenenado– y luego Juan Pablo II, Pironio figuró entre los candidatos a sucederlo.
Pero Juan Pablo II le dio a la Iglesia un golpe de timón –la devolvió a sus cauces conservadores– y Pironio perdió su buena estrella: fue trasladado a la Prefectura de los Laicos, para supervisar los movimientos de los ciudadanos católicos, ya no mas a las órdenes religiosas. No obstante, se transformó en el cardenal más popular entre los laicos argentinos y supo ser ovacionado en la reunión de jóvenes católicos que en 1985 tuvo lugar en Córdoba.
Mientras tanto, en Roma, el 25 de enero de 1985, Juan Pablo II convocaba –veinte años después del Concilio II– en la antigua basílica San Pablo Extramuros, a una reunión extraordinaria de obispos, un nuevo sínodo, para examinar el impacto que dicho Concilio había tenido en el mundo cristiano. El mismo se iba a realizar entre el 25 de noviembre y el 8 de diciembre del mismo año. A los hombres de la Iglesia que iban a participar del mismo y con los que se reunió en Roma para los preparativos del encuentro les dijo: "Aquí se va a revisar el período preconciliar y nada más", aventando cualquier posibilidad de renovación, de discusión sobre el papel de las mujeres o el celibato. En Su Santidad, Bernstein y Politi dicen: "Juan Pablo II se aprestaba a afrontar una de las pruebas más dramáticas de
su pontificado. Las posiciones "erradas" que pretendía combatir no eran primordialmente la de los admiradores fanáticos de la iglesia preconciliar, como Marcel Lefebre, el rebelde obispo francés que defendía la misa en latín y consideraba al Concilio Vaticano II de herético. El Papa consideraba que el verdadero enemigo era la tendencia a tomar el Concilio como punto de partida para efectuar nuevos cambios en el seno de la Iglesia. Los verdaderos enemigos eran los teólogos y obispos que querían democratizar a la Iglesia asignando mayores poderes a las conferencias episcopales. Los verdaderos enemigos eran los católicos que querían que se examinara nuevamente la moralidad sexual, que pedían un lugar más destacado para las mujeres en la Iglesia y que argüían que la Iglesia debía aprender algunas cosas del mundo moderno". En estos momentos, aparece en escena el
cardenal Ratzinger, el poderoso prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe o el jefe del Santo Oficio del siglo XX.
En mayo de 1984, el áspero purpurado había alcanzado fama por su juicio inquisitorial al más brillante teólogo de la liberación, el franciscano brasileño Leonardo Boff, que acababa de sacar su libro La Iglesia, carisma y poder, donde aseguraba que el modelo romano estaba demasiado volcado a sí mismo, era muy clerical, jerárquico y había celebrado un "pacto colonial" con las clases
gobernantes. "El poder sagrado ha sido objeto de un proceso de expropiación de los medios de
producción religiosa por parte del clero, en detrimento de los cristianos. (...) No cuestiono la autoridad de la Iglesia sino la forma en que esta autoridad ha sido ejercida históricamente, con el propósito de reprimir toda libertad de pensamiento dentro de la Iglesia. "Inmediatamente, fue
llamado por Ratzinger, quien lo definió, en un duro documento, de "marxista y hereje", arrastrando a la memoria de muchos el juicio a Galileo Galilei en el siglo VII, al que acusaron de "herir a la Santa
Fe mostrando que son falsas las Sagradas Escrituras", porque afirmaba que el Sol era el centro de la
Tierra. El teólogo venía siendo observado desde comienzos de los años setenta, cuando escribió Cristo
el Libertador, –trabajo básico de los Sacerdotes del Tercer mundo– pero 1984 fue el año en que se
decidió lanzar la ofensiva final contra "los herejes de la liberación", como llamaban en Roma a los partidarios de esta corriente. Cuando Ratzinger interrogó a Boff, estaba sentado a su lado el ahora cardenal, Jorge Mejías, que tomaba notas en un cuaderno, pero que no levantó un acta oficial. El cardenal y Boff discutieron durante tres horas y al final de la misma, Ratzinger le dijo al fraile que la Congregación para la Doctrina de la Fe iba a sacar un documento sobre los aspectos positivos de la Teología de la Liberación. Y se dio el siguiente diálogo entre ambos religiosos:
–¿No está cansado? ¿Quiere un café?–dijo Ratzinger, levantándose.
–Qué bien le luce el hábito Padre. Esa es otra forma de enviar una señal al mundo –volvió a decir. –Pero es muy difícil usar este hábito porque es muy caliente donde vivimos –respondió Boff. –Cuando lo use la gente verá su devoción y su paciencia, y dirá: está, expiando los pecados del
mundo.
–Ciertamente necesitamos signos de trascendencia, pero estos no se trasmiten a través del hábito. Es el corazón el que tiene que estar en el lugar correcto.
–Los corazones no se pueden ver, y sin embargo uno tiene que ver algo.
–Este hábito también puede ser un símbolo de poder. Cuando lo uso y me monto en un bus, la gente se pone de pie y dice: "Padre, siéntese": Pero nosotros tenemos que ser servidores.
Desde el Vaticano salió un comunicado que decía que ambos habían mantenido una "conversación" que la misma había sido "fraternal". Pero el 26 de abril Boff fue condenado por el Jefe de la
"Inquisición" a un año de silencio. No se le permitió enseñar, dar conferencias o publicar libros. Y
Boff aceptó. Después de todo, era un hombre fiel a la Santa Madre. Hasta que en 1992, abandonó la orden y el sacerdocio. "El poder eclesiástico es cruel y despiadado. No olvida nada. No perdona nada.
Exige todo", declaró.
"Los últimos diez años han sido desfavorables para la Iglesia católica –dijo el cardenal alemán ante
el Papa, durante el sínodo de 1985–. Lo que los Papas y los Padres del Concilio esperaban era una
nueva unidad católica y en vez de ello hemos sido testigos de un disenso que, parafraseando a Pablo VI, parece haber pasado de la autocrítica a la autodestrucción. Se tenía la expectativa de un entu- siasmo renovado, pero con demasiada frecuencia ha redundado en aburrimiento y desmoralización. Se tenía la expectativa de haber dado un paso adelante y en lugar de ello nos encontramos en un proceso progresivo de decadencia que en gran medida se ha estado desarrollando con la invocación de un "espíritu del Concilio" y con esto de hecho, lo ha desacreditado cada vez más...
Las discusiones fueron durísimas, polémicas, polarizadas. Algunos estaban con quienes propugnaban un avance y renovación del espíritu del Concilio y otros, más temerosos, aceptaban también los puntos del documento presentado por el alemán: "La Iglesia no debía ser un club o una
asociación. Era la Iglesia del Señor, un lugar para la presencia de Dios en el mundo. Nunca hay que perder la conciencia sobre la esencia de la fe, anclada en una grandiosa síntesis del Credo, el Padre Nuestro, los Diez Mandamientos y los sacramentos". Se llegó a cuestionar el centralismo de Roma y
hasta las "malas" administraciones del Banco, el IOR, dirigido por Marcinkus. Holandeses, belgas, canadienses, ingleses y americanos, atacaron duramente a Ratzinger. Y los duros, amigos del Papa, salieron a defender las posturas conservadoras. "Satanás ha redoblado sus esfuerzos para crear en la
del CELAM, con su estilo habitual. Y Wojtyla quedó encantado al escucharlo, era el vocabulario que él mismo gustaba utilizar. Curiosamente (o no) el día de la clausura y para que quede clara su postura y los nuevos tiempos eclesiásticos del mundo, Juan Pablo II habló de la Iglesia como el "cuerpo
místico de Cristo" y no como el "pueblo de Dios". Y esa definición que había sido impuesta en
tiempos de Eugenio Pacelli, el Papa Pío XII; fue una clara señal. Cuando finalizó el sínodo, el comité encargado de la redacción del nuevo catecismo universal, estaba encabezado por el cardenal Joseph Ratzinger. Así eran los tiempos y la línea política que bajaba desde el palacio de San Pedro.
Dos años después, en abril de 1987, cuando el Papa visitó por segunda vez la Argentina, Alfonsín elogió a Eduardo Pironio ante el pontífice y le dijo que la feligresía vería con beneplácito que el
"respetado Pironio" fuera el sucesor del cardenal Juan Carlos Aramburu, como arzobispo de Buenos
Aires. Pero la sugerencia presidencial no cambió la suerte del cardenal. Seguramente Alfonsín desconocía que Wojtyla no comulgaba con las ideas de Pironio, imbuido del pensamiento progresista dentro de la Iglesia y quien, además, en 1980, cuando todavía estaba como prefecto de la Sagrada Congregación de los Religiosos, había salido al cruce de la campaña contra la teología de la liberación y contra Boff. "Que yo sepa no hay por ahora ninguna medida en su contra. Su pensamiento está en
busca de la verdad, y creo que en él existe una perfecta sumisión a la Verdad revelada, un gran deseo de fidelidad al magisterio de la Iglesia. De modo que no veo ninguna razón para que sea condenado",
dijo Pironio en la Asamblea Episcopal brasileña. Y los nuevos jerarcas de San Pedro no le perdonaron. No había caso, los tiempos corrían en otra dirección.
En el medio del Episcopado argentino, entre los obispos moderados de centro, se enrolaban tres con peso propio dentro de la estructura eclesiástica: Justo Oscar Laguna, de Morón y titular de la Pastoral Social del Episcopado; Jorge Casaretto, obispo de San Isidro, responsable de las Juventudes Católicas y con gran predicamento entre los sectores laicos; y Emilio Bianchi di Cárcano, obispo de Azul y presidente de la Pastoral de Educación Católica. Los tres tenían buena sintonía con Alfonsín y por eso, en la interna del Episcopado, se los sospechaba de radicales.
Justo Oscar Laguna nunca tuvo pelos en la lengua, siempre se caracterizó por decir lo que pensaba, aunque eso le acarreó no pocos problemas con el poder. Explosivo, coqueto, simpático y muy culto, Laguna, nació en Buenos Aires el 25 de septiembre de 1929, en una familia de inmigrantes españoles. En 1954 se ordenó sacerdote, fue obispo auxiliar de San Isidro, donde profundizó su amistad con Jorge Casaretto, y es nombrado obispo en 1975. Fue presidente de la Comisión Episcopal de la Pastoral Social, equipo de trabajo vinculado a la Comisión de Justicia y Paz, con sede en el Vaticano. Es fanático del cine y del teatro, y vive con su hermana en Morón.
Jorge Casaretto es introvertido, cerrado, quizá tímido y eso sí, algo misógino, según me dijo su amigo Laguna un día que le comenté que había ido a verlo a Casaretto a San Isidro y que me había tratado con impiedad o fastidio. "Un libro sobre la Iglesia? ¿Usted va a escribir un libro sobre la
Iglesia?¿Para qué?¿Para qué va a revolver sobre esos temas?". Recuerdo que me lanzó en la cara,
apenas me senté. Y ahí nomás solicitó las preguntas por escrito, que no quería entrevistas, si antes no le mandaba un cuestionario. "La Iglesia tiene un gran sentimiento de culpa, porque de aquí salieron
muchos cuadros que luego se metieron en la guerrilla y pasó todo lo qué pasó... ", dijo antes de
despedirnos. Cuando le comenté el episodio al obispo de Morón, me miró y sonriendo dijo: "Usted
también, como se le ocurre entrevistar al obispo más misógino del Episcopado argentino..".
Quienes lo conocieron apenas llegó a San Isidro, aseguran que el obispo tenía muchos problemas para alejar a las jóvenes que se acercaban hipnotizadas por su enorme atractivo. "No sabía cómo
hacer, cómo manejar el tema de las mujeres, se le tiraban encima –dice alguien que lo frecuenta– y quizá desde ahí se volvió frío y distante". Anécdotas al margen, Jorge Casaretto nació en Buenos Aires
el 27 de diciembre de 1936 y fue al colegio Nacional Buenos Aires, donde fue compañero –y luego amigo– del ex ministro del Interior de Carlos Menem, Carlos Corach. Los que lo conocieron en esos años, aseguran que terminó el secundario con altísimas calificaciones. Descubrió su vocación sacerdotal a los 23 años, cuando estudiaba ingeniería en la Universidad de Buenos Aires. En 1977 fue
designado obispo de Rafaela, en Santa Fe, donde se relacionó con monseñor Vicente Zaspe. Fueron amigos. En 1983 regresó a San Isidro como obispo coadjutor y en 1985, en plena era alfonsinista, quedó como titular de la diócesis. Fue uno de los primeros obispos en enviar sacerdotes a Cuba, para ayudar al fortalecimiento del catolicismo en la isla. Con Laguna salen a comer todas las semanas, van al cine y algunos veranos, se refugian en una casa de retiros espirituales ubicada en Palm Beach, la exquisita playa del sur de la Florida, en Estados Unidos. Esta escapada terrenal les provocó no pocos encontronazos con el menemismo, ya que ambos fueron fuertes críticos del régimen neoliberal y éstos le pasaron la factura.
Emilio Bianchi Di Cárcano, también nació en Buenos Aires, el 5 de abril de 1930. Fue ordenado sacerdote el 14 de agosto de 1960, obispo titular de Lesina y auxiliar de Azul el 24 de febrero de 1976; recibió la ordenación episcopal en marzo de 1976, un día después del golpe, y fue trasladado como obispo a Azul el 14 de abril de 1982, ahí nomás de Malvinas, como una paradoja.
Los tres obispos son muy amigos y fueron los únicos que tuvieron acercamiento hasta el final con Raúl Alfonsín. "Vivían en la quinta de Olivos", recuerda un prelado, con algo de resentimiento. En el