El almuerzo se desarrolló en un salón del Vaticano, entre molduras doradas y cortinados de pana roja, con pastas y buen vino italiano. El secretario de Estado, Agostino Cassaroli, y el cardenal primado de la Argentina, Raúl Francisco Primatesta, terminaron de definir allí los alcances que tendría la segunda visita de Juan Pablo II a nuestro país. El arzobispo de Córdoba había viajado a Roma expresamente para eso, acompañado por su asesor político y financiero, Hugo Franco, luego con- vertido en director de Migraciones del gobierno de Carlos Menem.
El día anterior, Primatesta y Franco habían almorzado en la residencia del embajador argentino en el Vaticano, Santiago de Estrada, quien le dijo:
–Monseñor, ¿sabe que conocí en Cracovia un lugar maravilloso donde Juan Pablo II tuvo la
premonición de que iba a ser Papa? Me contaron que cuando murió Juan Pablo I, él sintió allí el llamado de Dios. ¡Qué lugar! Me emocionó tanto...
Primatesta le arrancó al pan una miguita, la mojó en agua y comenzó a amasarla obsesivamente con los dos dedos, un gesto que le es habitual. No respondió y Santiago de Estrada siguió:
–¡Qué premonición, monseñor! Dicen los que saben que los votos que le faltaron en el 78 se los
terminó de ordenar un arzobispo latinoamericano.
Primatesta continuó amasando la miguita y después de unos segundos dijo con una media sonrisa: –Debe ser muy importante ese cardenal, ¿no? Luego que abandonaron la embajada, Primatesta y Hugo Franco caminaron por las callecitas de Roma y entonces éste le dijo:
–¡Cómo me gustaría conocer a ese cardenal! Me lo tiene que presentar, debe ser un gran poronga
¿no? Primatesta contestó:
–Debe ser... –y sonrió.
Ambos sabían de qué se trataba: aquel arzobispo latinoamericano que decidió la elección fue el mismísimo Primatesta. Se contaba entre los 82 cardenales que participaron de la votación para elegir a Juan Pablo II tras la inesperada muerte de Juan Pablo I, posibilitando así la ruptura de la "rosca" romana que siempre llevaba a un italiano a ocupar el sillón de Pedro.
–¿Su vida antes de esto, cómo era?
–Nací en Capilla del Señor, antiguo partido de Exaltación de la Cruz. En los alrededores había una
vieja capillita con una cruz. Era la parada de las carretas que iban para Mendoza o para Córdoba. Mi familia era de inmigrantes italianos, genoveses puros, familia de campo sencilla. Tres hermanos.
–¿Entró joven al seminario?
–Fui primero monaguillo, como se estilaba en aquellos tiempos. Fui al seminario de La Plata cumpliendo 11 años. Y después estudié en Roma, Filosofía y Teología. Durante la guerra volví y después estuve un tiempito en Quilmes. Después fui profesor de Sagrada Escritura y Teología en La Plata. Luego fui a San Rafael, en Mendoza, y más tarde a Córdoba.
–¿Cómo fue que se le despertó la vocación?
–Dios llama como y cuando uno menos lo espera. A mí me llamó, quizá, por el hecho de haber ido
de chico a la parroquia. Una vez le pregunté a un periodista qué pensaba cuando veía una mancha en la pared. "Y seguro que hay un caño roto", me dijo. Cuándo se rompió el caño, cómo fue, no sé. Esa mancha de humedad es como mi vocación. Ahí estaba, ahí apareció...
–¿Sus padres le plantearon alguna oposición?
–Mi padre había muerto temprano. Yo nací en el año 30 y mi madre sufría la necesidad de tener que mantener a la familia sola. Me acuerdo que pagaba trece pesos por trimestre en el seminario. Pero quiero decirle que tuve mis dificultades en la adolescencia, en mi juventud, y no entré al seminario con los ojos cerrados. Después todas las dificultades se fueron solucionando.
–¿Nunca tuvo una crisis de fe?
–En el sentido de las exigencias sacerdotales, claro que tuve crisis en su momento. Y Dios siempre me ayudó a superarlas. De fe, nunca he tenido crisis.
–Cuando uno entra tan joven...
–Para eso se requiere una convicción y una fe inquebrantable. Conozco las crisis de los chicos y conozco las crisis de los grandes. Y el superior tiene que acompañar y ayudar. Tuve muy buenos maestros. Monseñor Plaza, por ejemplo, era un maestro excepcional.
–¿Nunca se fijó en una chica, nunca le gustó una mujer?
–Cuando estaba en cuarto grado me gustaba una chica. Cada vez que paso por una placita que estaba cerca de la penitenciaría nacional de la avenida Las Heras, me viene un pantallazo. Había una fiesta de colegio y una chica que me gustaba mucho, tenía 11 años.
–Qué precoz...
–Bueno, en esa época y en todas las épocas es así. Pero nunca me animé a acercarme. Después pasó el tiempo y apareció la mancha de humedad...
–Le habrá tocado que algunos seminaristas hayan venido a plantearle que conocieron a una
mujer...
–Lo que pasa es que cuando los muchachos recién ingresan yo hablo con ellos. Les pregunto: ¿qué sentís cuando ves a una mujer?
¿Sentís algo? ¿ Te conmociona? Y si el muchacho me dice que no siente nada, que no se conmociona, yo desconfío de esa vocación. Es más, pienso que no hay vocación. Porque no es normal no sentir nada ante una mujer. ¿A qué viene al seminario? ¿A tapar qué cosa? Es natural que los hombres nos conmocionemos al ver a una mujer, algo nos pasa. Después, en nosotros, el amor a Dios y la espiritualidad nos da otra cosa, sin presiones de ningún tipo.
–Quizá, si la Iglesia desistiera del celibato obligatorio, esas dudas desaparecerían.
–Yo comprendo que el celibato esté en crisis, porque el mundo cambia mucho, pero anularlo sería un gran problema. Yo entiendo que cuando se ama a Dios, se ama a Dios. Y eso va para los hombres y las mujeres, tiene que haber una entrega.
Mantuve este diálogo con Primatesta en Córdoba, en la primavera de 2001, cuando ya no era el gran
"cerebro" de la Iglesia Católica argentina, sino un arzobispo emérito. Me impresionó su postura: está
enfermo, tiene muchos problemas de salud, pero conserva una dignidad admirable. Se advierte en él a un hombre que vivió a fondo la vida, que vio pasar muchas cosas frente a sus ojos, que fue un gran testigo de la historia. Sin duda, nadie le quita lo bailado. Durante treinta y tres años condujo la Iglesia de Córdoba y desde mayo 1976 hasta diciembre de 1998, fue el Cardenal primado de la Argentina. Lo nombraron cardenal cuando Perón acababa de asumir como presidente. Una foto de archivo los muestra a los dos sonrientes y con los brazos abiertos, en señal de bienvenida mutua, en la Rosada. Y es todo un símbolo: la opinión unánime de amigos y enemigos es que el Cardenal es a la Iglesia lo que Perón al peronismo: el gran jefe. Hoy, aunque está retirado, sigue conservando poder entre sus pares. Es consultado por todos. Quiere mucho a Jorge Bergoglio y aunque no lo dice públicamente, sabe que es su sucesor.
Lo nombraron arzobispo de Córdoba en 1967. Antes de eso, en La Plata, fue vicario de monseñor Antonio Plaza, su maestro, asesor espiritual y mentor de un apodo con el que se lo conoce en las entrañas eclesiásticas: El Pirata. En Roma le decían Furbo, que quiere decir pirata en italiano. Su amigo, monseñor Paul Marcinkus, lo llamaba así. Y a él no le disgusta para nada. Tiene sentido del humor, es ácido y dueño de una fina ironía.
Habla poco y escucha y ausculta obsesivamente al que tiene enfrente. Mira fijo a los ojos de su interlocutor. Lo pone a prueba todo el tiempo. Y sólo después que el otro pasó los exámenes, se abre y confia. Su comunicación es acentuadamente gestual. "Yo tengo códigos", es una de sus frases predilectas cada vez que se refiere a sí mismo.
diario de esa manera. Le encanta la sotana y se siente cómoda con ella. La suya está muy gastada, en algunas partes tiene agujeros y remiendos en los codos, pero no le interesa comprarse una nueva.
Detesta las pompas que rodean al cargo y retira casi con fastidio la mano si alguien intenta besarle el anillo. Vive en Córdoba en un departamento de la Curia, en un segundo piso, a pocas cuadras de la Catedral. Es un reducto pequeño y austero: sala, comedor, baño y un dormitorio con cama de una plaza y un crucifijo detrás. En la mesa de luz están las fotos de sus padres y sobre un pequeño escritorio su máquina Olivetti, con la que contesta todas las cartas que recibe.
Es aficionado a la lectura y al cine. Admira a Santa Teresa de Jesús, autora de sus libros de cabecera, y adora las películas inglesas de espionaje o policiales. Le gusta comer bien, pero se cuida: el cuádruple by pass aortacoronario que le hicieron en julio de 1996 lo obliga a no cometer excesos y a privarse de las grasas. Eso sí: le encantan los buenos vinos tintos, que toma con moderación en el almuerzo y la cena, especialmente desde que se enteró que un par de copas al día son recomendables para el buen funcionamiento cardíaco. Y dicen que es un experto catador.
Durante muchos años, una monja llamada Carmen, que según dicen todos en Córdoba tenía videncias y estigmas –le sangraban las manos– le manejaba la agenda y lo cuidaba mucho. Carmen era una mujer fuerte y atractiva, de gran carisma y que tenía mucha influencia sobre el cardenal. Al punto que algunos le tenían envidia. Le atribuían dones curativos y parapsicológicos, y más de una vez, Carlos Menem, cuando era gobernador de La Rioja, la fue a ver a Córdoba. La mujer vivió en el arzobispado durante años y los que conocen de cerca la historia, le adjudican tintes románticos. Dicen que Primatesta estaba enamorado, platónicamente enamorado de Carmen. Cuando lo vi, le pregunté por ella. Se mostró asombrado por la pregunta y un poco nervioso:
–Carmen fue una gran amiga y compañera... –respondió. Tenía lágrimas en los ojos. No quiso hablar más.
Muchos hablan del gran atractivo que ejercía sobre las mujeres cordobesas y también le han adjudicado no pocos romances. Platónicos, se entiende.
Primatesta no sólo fue testigo, sino protagonista –a veces de manera principalísima– de los sucesos vividos en la Argentina del último medio siglo. En ese lapso fue cuatro veces presidente de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) y durante el resto ocupó un lugar de privilegio. Puede dar testimonio de hechos fundamentales como el Cordobazo y el retorno de Perón, la casi guerra del Beagle –que ayudó a parar– y la de Malvinas, los baños de sangre causados por la Triple A y por los guerrilleros de distinto signo. Vio pasar dos dictaduras militares: la llamada Revolución Argentina y el Proceso de Reorganización Nacional. Almorzó varias veces con el dictador Jorge Rafael Videla y cometió el pecado de no haber roto lanzas con el régimen más sangriento de que tenga memoria el país, pero también salvó varias vidas. Antes y después de eso vivió un cúmulo de elecciones y de gobiernos civiles de diversos signos y tendencias: Campora, Perón, Isabel, Alfonsín, Menem, De la Rúa, Duhalde, para citar sólo los principales.
Durante más de treinta años fue un equilibrista político en sus relaciones extraeclesiales, pero dentro de la Iglesia operaba tanto por izquierda, con Novak, Hesayne y De Nevares; como por derecha, con Plaza, Aramburu y Tórtolo. Un amigo lo definió como un "esquiador profesional".
Primatesta conoció a Karol Wojtyla en Italia, durante el Sínodo de 1973. Por entonces el arzobispo de Córdoba era presidente de una comisión y el actual Papa era secretario. Luego, como hemos visto, lo ayudó a subir al trono de Pedro. Pero su gran amigo fue el nuncio Pío Laghi. Se conocieron cuando él estudiaba en Roma y desde entonces le tuvo un gran respeto. En cambio, al nuncio que lo sucedió, Ubaldo Calabresi, lo consideraba a la altura de un pizzero napolitano. Una fuente del Episcopado hizo la distinción: "Calabresi le consultaba casi todo pero él no lo soportaba. Para Primatesta, Calabresi
era un "chancho envaselinado", que amaba el usufructo del poder. Primatesta ama en cambio el ejercicio del poder", dijo.
El cardenal es básicamente conservador y enemigo de los extremos. Nunca le cayeron bien los tercermundistas, ni tampoco los ultraconservadores. Y hoy sigue conservando muchos contactos en
Roma, incluido el propio Wojtyla, que le quedó eternamente agradecido por su voto y tardó cuatro años para aceptarle la renuncia como arzobispo de Córdoba y cardenal primado. Primatesta se la presentó en 1994 al cumplir los 75 años, edad tope instrumentada por Pablo VI para participar del colegio cardenalicio, y Juan Pablo II recién se la aceptó en 1998.
–¿Cómo recuerda los años en que llegó a Córdoba? Eran tiempos muy convulsionados...
–Sí, fueron difíciles. Creo que Córdoba fue uno de los lugares del mundo en donde más fuertes se dieron las discusiones y los cuestionamientos a una Iglesia antigua y una moderna. Y el Papa había elegido una Iglesia moderna, cerca de la gente, sí que Córdoba era un hervidero. El Papa Juan XXIII fue un hombre bueno, un hombre santo. Hizo una revolución en la Iglesia con las reformas del Concilio II. Se creó el Movimiento para el Tercer Mundo, equivocados a tal punto que después se disolvió. Algunos militantes católicos ingresaron a la guerrilla y el país fue un infierno. A mí nunca me gustaron los extremos, nunca. Estaba dicho que todo esos movimientos iban a terminar mal.
–¿Qué hizo durante la dictadura?
–Antes que nada, quiero decirle que nosotros no sabíamos qué pasaba, no sabíamos nada, en el
Episcopado. Y yo nunca fui amigo de las declaraciones públicas, ni de tener intimidad con el poder. Hacíamos pedidos y declaraciones por escrito. Así fue que me colocaron una bomba en el Arzobispado y la gente de Menéndez me apodaba el "obispo Rojo". No me importó nada. Ayudé a mucha gente a salir del país, a salvarse.
–La Iglesia pudo haber hecho mucho más, ¿no le parece?
–Nos equivocamos y mucho. Es verdad que podíamos haber hecho más, pero no sabíamos bien qué pasaba. Iba y pedía por alguien, y me mentían. ¿Y yo qué podía hacer? Ellos eran unos sinvergüenzas, no tenían moral. Se la pasaron mintiéndonos. A mí no me gusta hablar de mí, pero Pío Laghi, al que después cuestionaron tanto, personalmente sacó gente del país en el coche de la Nunciatura. Yo sé que fue así. Se arriesgó mucho...
Muerte anunciada
El sábado 12 de agosto de 1978, en una cálida tarde, mientras en la Argentina se sucedían las detenciones ilegales, en la ciudad del Vaticano unas 300.000 personas colmaron la Plaza San Pedro. Bajando las escalinatas de la basílica había un altar y delante de él, sobre el piso cubierto por una alfombra, un féretro de ciprés con una Biblia encima. Ochenta y dos cardenales, entre los que se encontraba Primatesta, le celebraron misa de cuerpo presente. El Papa Pablo VI, Giovanni Battista Montini, que había fallecido de cáncer el 6 de agosto, fue despedido así de este mundo con aplausos y pañuelos en alto.
Pocos días después, el 26 de agosto, el Concilio Vaticano elegía como su sucesor a Albino Luciani, el austero patriarca de Venecia, quien asumió el domingo 3 de septiembre. Era uno de los cardenales más jóvenes, tenía apenas 65 años, y se preanunciaba que profundizaría la renovación iniciada por Juan XXIII con el Concilio Ecuménico II, hasta el punto de hacer una revolución en el Vaticano. Nada de lujos. La Iglesia iba a ser reencauzada en el camino de Jesús, para servir a los pobres. Y dada su edad, se pensó que lo haría por bastante tiempo. No fue así.
Sorpresivamente, treinta y tres días después de haber sido elegido como el 263 sucesor de Pedro, con el nombre de Juan Pablo I –en honor a Juan el Bueno, que lo había hecho obispo, y a Pablo VI, que lo transformó en patriarca– Luciani murió de causas desconocidas. Tras una cena frugal, consistente en un caldo, un bife, un plato de arvejas y un poco de ensalada, se acostó en la noche del 28 de septiembre y expiró, quizás antes de la madrugada del 29, luego de vomitar sobre sus zapatos.
Unos días antes de que esto sucediera, el astrólogo argentino Herfais –en realidad, Héctor Faisal, hasta hace poco asesor astral de Fujimori– se había presentado ante la revista Siete Días, una de las
publicaciones del paquete editorial Abril-Korn, que funcionaba en la esquina de Paraguay y Leandro Alem, en Buenos Aires. Abril y Korn habían sido compradas y fusionadas como Editorial Crea por Celulosa Argentina, que se asoció para esto con la poderosa Rizzoli-Corsera, de Italia, cuyo 42 por ciento de acciones pertenecía ya por entonces al banquero Roberto Calvi, presidente del Banco Ambrosiano y miembro de la logia masónica fascista Propaganda Due, tema en el que nos explayaremos en el Capítulo 12.
Herfais peleaba por desbancar a Horangel –apócope de Horacio y Angela Groba– en el negocio de los anuarios astrológicos, y procuraba que alguien le hiciera una nota que ayudara a vender su libro de predicciones del año 1979, próximo a salir. Le encomendaron a Ana María Bertolini, redactora especial de la revista, que lo atendiera. La periodista, que creía en muy pocas cosas y para nada en la astrología, lo escuchó y le dijo:
–Mire, a menos que usted prediga algo muy gordo, la guerra atómica, la muerte del nuevo Papa,
no veo ningún justificativo para hacerle una nota.
Fue entonces que Herfais respondió:
–Juan Pablo I está en peligro de muerte. Va a ser envenenado, porque su carta natal tiene una
fuerte aflicción de Neptuno. –No me joda.
–Se lo aseguro. Neptuno es un planeta que se relaciona con las drogas, el gas, los venenos, las estafas y los engaños. Marte y Urano, además, se confabulan para que el hecho sea repentino, inesperado. El nació con Neptuno en Cáncer, un signo que gobierna al estómago. Es probable que su muerte guarde vinculación con ese órgano. Sucederá en una semana o dos.
La periodista tuvo la impresión de estar hablando con un extraterrestre que decía cosas en esperanto, pero igual decidió hacerle el reportaje a condición de que repitiera con lujos de detalles lo de la presunta muerte del Papa debida a un supuesto envenenamiento, únicos datos que había logrado asir de esa parafernalia de astros, signos y personajes mitológicos. Herfais se arriesgaba a quedar como un charlatán si no sucedía nada, pero si en verdad alguien intentaba envenenar al Papa, la noticia daría la vuelta al mundo. Escribió la nota, que se acompañaba con la carta natal de Luciani, nacido un 17 de octubre de 1912, y se la presentó al secretario de redacción, Gerardo Heidel, quien la aprobó para que fuera publicada esa misma semana. Sin embargo, como suele suceder en las redacciones, una noticia de actualidad cubrió el espacio destinado al reportaje a Herfais, o por lo menos ése fue el argumento que le dieron a Ana.
–Flaca, lo del Papa lo publicamos en el número que viene –dijo Heidel. En el ínterin, Juan Pablo I murió.
–¿Yahora quién nos va a creer que nosotros sabíamos diez días antes que esto iba a suceder?–le