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HACIA LA GRANJA DE MAGGOT Y LOS GAMOS

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La versión completa del tercer capítulo consecutivo original sólo se encuentra en un texto mecanografiado que lleva el número «III», pero que no tiene título; también hay algunos borradores incompletos y muy esquemáticos escritos a mano, que se completaron y perfeccionaron en el texto mecanografiado, pero cuyos elementos esenciales no sufrieron ninguna modificación. Hacia el final, el texto mecanografiado se interrumpe (nota 89), no al pie de una página, y el resto del capítulo fue escrito a mano; también hay borradores correspondientes a esa parte del capítulo.

Presento el texto en su totalidad, porque en este capítulo la narración original era muy diferente de la versión publicada. Se hicieron muy pocos cambios posteriores. Incorporo al texto algunos cambios manuscritos que, casi con toda seguridad, fueron hechos cuando se estaba escribiendo el texto a máquina.

El final del capítulo corresponde al capítulo 5 de la CA, «Conspiración desenmascarada»; en esta etapa todavía no existía ninguna conspiración.

III

A la mañana siguiente Bingo despertó renovado. Estaba acostado bajo una enramada, que formaban las ramas entrelazadas de un árbol que bajaban hasta el suelo; la cama era de helecho y musgo, profunda, suave y extrañamente fragante. El sol refulgía entre las hojas temblorosas, todavía verdes. Bingo se levantó de un salto y salió de allí.

Odo y Frodo estaban sentados en la hierba, cerca del linde del bosque; no había señales de los elfos.

—Nos han dejado frutas y bebidas, y pan —dijo Odo—. Ven a desayunar. El pan es casi tan sabroso como anoche.

Bingo se sentó junto a ellos y empezó a comer. —Y bien —dijo Odo—. ¿Descubriste algo?

—No, nada —dijo Bingo—. Sólo insinuaciones y enigmas. Pero [116] por lo que alcancé a descifrar, parecería que Gildor piensa que hay varios Jinetes; que andan detrás de mí; que ahora están delante de nosotros y a nuestras espaldas y a ambos lados; que no serviría de nada regresar (al menos para mí); que debemos ir a Rivendel a toda prisa, y que sería mucho mejor que encontráramos a Gandalf; y que nos divertiremos mucho durante el viaje y nos enfrentaremos a

muchos peligros.

—Yo diría que eso es mucho más que nada —dijo Odo—. ¿Qué nos dices del olfateo? —No lo discutimos —dijo Bingo con la boca llena.

—Tendrías que haberlo hecho —dijo Odo—. Estoy seguro de que es muy importante.

—En ese caso estoy seguro de que Gildor no me habría dicho nada. Pero dijo que ustedes pueden acompañarme. Por lo que entendí, los jinetes no los persiguen a ustedes, y más bien son un estorbo para ellos.

—¡Espléndido! Odo y Frodo van a cuidar al Tío Bingo. No dejarán que lo olfateen. —Muy bien —dijo Bingo—. De acuerdo, entonces. ¿Cómo recorreremos el camino?

—¿Qué quieres decir? —preguntó Odo—. ¿Vamos a ir saltando, brincando, corriendo, arrastrándonos, o simplemente caminando y cantando?

—¡Exactamente! ¿E iremos por el camino o tomaremos un atajo por los campos? Pero no cabe duda de que debemos caminar de día, porque Marmaduque nos espera esta noche. En realidad, tenemos que partir lo más pronto posible; dormimos hasta tarde, y todavía nos quedan unas dieciocho millas.

—Tú dormiste hasta tarde, querrás decir —dijo Odo—. Nosotros nos levantamos hace mucho. Frodo no había dicho nada hasta entonces. Miraba hacia el este sobre las copas de los árboles. Se volvió hacia ellos.

—Creo que deberíamos tomar un atajo por los campos —dijo—. Los campos no son tan escabrosos de aquí al Río. Nos será fácil decidir en qué dirección iremos antes de salir de esta colina, y no desviarnos. Los Gamos está casi exactamente al sudeste de Casa del Bosque,[74] allá abajo, entre los árboles. Así evitaríamos un largo desvío, porque el camino va hacia la izquierda, desde aquí se alcanza a ver un trecho, y luego tuerce hacia el sur [117] cerca del Río.[75] Podríamos salir al camino más arriba de Los Gamos, antes de que oscurezca del todo.

—Los atajos cortos traen retrasos largos —indicó Odo—; y no creo que sea peor encontrar a un Jinete en el camino que en el bosque.

—Pero probablemente le sería más difícil vernos, y tal vez tendría que cabalgar más despacio —dijo Bingo—. También soy partidario de no tomar el camino.

—¡Muy bien! —dijo Odo—. Los seguiré por todos los pantanos y zanjas. Ustedes dos son tan difíciles como Marmaduque. Supongo que serán tres contra uno, en lugar de dos contra uno, cuando nos unamos a él, si llegamos a hacerlo.

Empezaba a hacer calor nuevamente, pero unas nubes comenzaban a levantarse en el oeste. Parecía que iba a llover, si el viento se calmaba. Los hobbits descendieron a gatas una verde barranca empinada y se internaron en la arboleda que había en el fondo. El itinerario que habían elegido dejaba Casa del Bosque a la izquierda, y frente a ellos había un espeso bosque, aunque desde lo alto parecía que después de una o dos millas el terreno era más despejado. Había mucha maleza, y no avanzaban muy rápido. Al pie de la ladera se encontraron con un arroyo que corría por un lecho profundo, con bordes empinados y resbaladizos y cubiertos de zarzas. No podían saltarlo, pero podían volver atrás y tomar otro rumbo, o desviarse hacia la izquierda y caminar a lo largo del arroyo hasta que fuera más fácil cruzarlo. Odo miró hacia atrás. Entre los árboles alcanzaban a ver la cumbre de la barranca que descendía desde las tierras verdes que acababan de

dejar atrás.

—¡Mira! —dijo, tomando el brazo de Bingo. En la cima de la ladera había un jinete negro montado a caballo; parecía girar de lado a lado, como si recorriera todas las tierras del oriente con los ojos.

Los hobbits abandonaron la idea de regresar, y se escondieron rápida y sigilosamente entre los arbustos más espesos que había a orillas del arroyo. La hondonada cerraba el paso al viento del oeste, y poco después empezaron a sentirse acalorados y cansados. Todo les impedía avanzar: los arbustos, las zarzas, el terreno escarpado y sus fardos. [118]

—¡Vaya! —dijo Bingo—. ¡Todos teníamos razón! El atajo no es nada seguro, pero nos salvamos a tiempo. Eres el que tiene oídos más finos, Frodo. ¿Oyes algo detrás de nosotros?

Se quedaron quietos, mirando y escuchando; pero no se veía ninguna señal ni se oía ningún ruido de persecución. Siguieron avanzando, hasta que las márgenes del arroyo se hicieron más bajas y su lecho se hizo amplio y menos profundo. Vadearon el arroyo y se internaron de prisa en el bosque que había en la otra orilla; ya no estaban tan seguros del rumbo que debían tomar. No había sendas, pero el suelo era bastante llano, con poca maleza. Estaban en medio de altos robles jóvenes, entremezclados con fresnos y olmos, de modo que no podían ver muy lejos. Unas ráfagas súbitas hacían que las hojas de los árboles se elevaran, y comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia; luego el viento cesó, y la lluvia se abatió sobre ellos.

Caminaban ahora penosamente, de prisa, sobre montones de hojas, mientras alrededor de ellos la lluvia golpeteaba y se deslizaba; no hablaban, pero no dejaban de mirar a los costados, y a veces hacia atrás. Una hora más tarde, Frodo dijo:

—Espero que no nos hayamos desviado demasiado hacia el sur y que no estemos cruzando el bosque de punta a punta. Desde arriba parecía un bosque angosto, y pienso que ya tendríamos que haberlo cruzado.

—No serviría de nada que comenzáramos a zigzaguear —indicó Bingo—. Sigamos por aquí. Parece que las nubes ya se están dispersando, y tal vez pronto volvamos a ver el sol; eso nos ayudará.

Bingo tenía razón. Después de recorrer otra milla, el sol brilló entre nubes desgarradas y comprobaron que, en efecto, se habían desviado demasiado hacia el sur. Torcieron un poco hacia la izquierda, pero poco después su apetito y el sol les hicieron pensar que tenían que hacer un alto y almorzar.

Seguía lloviendo a intervalos; de modo que se sentaron bajo un olmo de espeso follaje, pero con muchas hojas amarillas. Advirtieron que los Elfos les habían llenado las botellas con una bebida pálida de color dorado; tenía la fragancia, más que el sabor, de una miel de muchas flores, y era muy refrescante. Comieron alegremente, y pronto comenzaron a reír y a burlarse de la lluvia y de los jinetes negros. Sentían que pronto dejarían [119] atrás el siguiente trecho de unas pocas millas. Odo se recostó en el tronco de un árbol y empezó a cantar suavemente, como si se cantara a sí mismo:

¡Ho! ¡Ho! ¡Ho! A la botella acudo

para curar el corazón y ahogar las penas. La lluvia puede caer, el viento puede soplar y aún tengo que recorrer muchas millas, pero me acostaré al pie del olmo

y dejaré que las nubes naveguen en el cielo. ¡Ho! ¡Ho! ¡Ho!

Nunca se sabrá si la siguiente estrofa era mejor que la primera; porque en ese mismo instante se oyó un sonido que parecía un estornudo o un olfateo. Odo nunca terminó de cantar la canción. Volvieron a escuchar el sonido: alguien olfateaba, olfateaba, olfateaba; parecía estar muy cerca. Se incorporaron de un salto, y miraron rápidamente en torno; pero no se veía nada cerca del árbol.

[76]

Odo dejó de pensar en recostarse y mirar pasar las nubes. Fue el primero en guardar las cosas en los fardos y estar listo para partir. Pocos minutos después del último olfateo ya habían echado a andar lo más de prisa que podían. El bosque terminó de pronto; pero eso no les agradó porque la tierra era blanda y cenagosa, y a los hobbits no les gusta tener lodo o barro en los pies (ni siquiera cuando salen de viaje). El sol brillaba de nuevo, y se sentían muy acalorados y muy al descubierto por estar fuera del abrigo de los árboles. Lejos, detrás de ellos, se alzaba el verde promontorio donde habían desayunado; cada vez que se volvían a mirar en esa dirección esperaban ver la figura distante de un jinete recortada contra el cielo. Pero no apareció ningún jinete; y, a medida que avanzaban, el paisaje que los rodeaba era cada vez más doméstico. Había cercos y portones y zanjas de desagüe; todo parecía tranquilo y apacible, como cualquier rincón de la Comarca.

—Creo que reconozco estos campos —dijo Frodo de pronto—. Son los campos del viejo Granjero Maggot,[77] a menos que esté muy desorientado. Debe de haber una senda cerca de aquí,

[120] una senda que va desde su propiedad hasta el camino y que lo cruza una o dos millas más arriba de Los Gamos.[78]

—¿Vive en una agujero o en una casa? —preguntó Odo, que no conocía esa región.

Curiosamente, para los hobbits de esa época ésa era una importante distinción. Por supuesto, en un principio todos los hobbits habían vivido en agujeros; pero ahora, por lo general, sólo lo hacían los mejores y los más pobres. Los hobbits importantes vivían en versiones muy lujosas de los sencillos agujeros de antaño; pero no en todas partes había terrenos propicios para construir buenos agujeros-hobbit. Incluso en Hobbiton, una de las villas más importantes, había casas. Los que más gustaban de vivir en casas eran los granjeros, los molineros, los herreros, los carpinteros y otros de su clase. Se suponía que los hobbits habían empezado a construir casas en las regiones boscosas cercanas a los ríos, donde la tierra era sólida y húmeda y donde no había buenas colinas o barrancas adecuadas. Empezaron a hacer agujeros artificiales de barro (y más adelante de ladrillo), con techos de paja que imitaban el pasto natural. Eso había sucedido hacía mucho tiempo, en el límite de la historia; pero se seguía considerando que las casas eran una novedad. Los hobbits más pobres aún vivían en agujeros muy primitivos; en realidad, eran simples agujeros con una sola ventana, o incluso sin ventanas.[79] Pero a Odo no le interesaba la historia de los

hobbits. Lo único que quería saber era dónde estaba la granja. Si el Granjero Maggot hubiese vivido en un agujero, tendría que haber habido una elevación cerca de allí, pero el terreno parecía perfectamente llano.

—Vive en una casa —respondió Frodo—. Hay muy pocos agujeros en estas tierras. Dicen que aquí se inventaron las casas. Por supuesto, los Brandigamo tienen una enorme madriguera en Gamoburgo, en las tierras altas que hay en la otra orilla del Río; pero la mayoría de los suyos viven en casas. Hay muchas casas modernas de ladrillo; no son malas, creo, en su estilo; pero parecen demasiado sencillas, si entienden lo que quiero decir: no tienen un buen techo de turba, son nada más que un esqueleto.

—¡Imagínense tener que subir a acostarse! —dijo Odo—. Me parece muy incómodo. Los hobbits no son pájaros.

—No sé —dijo Bingo—. No es tan desagradable como parece; [121] aunque no me gusta mirar por la ventana cuando está en la planta alta, me da un poco de vértigo. Algunas casas tienen tres plantas, un dormitorio encima de otro dormitorio. Una vez dormí en una cuando andaba de viaje; el viento no me dejó dormir en toda la noche.

—¡Qué fastidio si necesitas un pañuelo o alguna otra cosa cuando estás abajo y descubres que está arriba! —dijo Odo.

—Podrías tener los pañuelos abajo, si quisieras —dijo Frodo. —Sí que podrías, pero no creo que nadie lo haga.

—Pero eso no es porque las casas sean malas —dijo Bingo—, sino porque los hobbits que viven en ellas son unos necios. Según las viejas historias, los Elfos Sabios tenían la costumbre de construir altas torres; y sólo subían por sus altas escaleras cuando querían cantar o contemplar el cielo, o quizá incluso el mar, desde las ventanas. Guardaban todas las cosas en la planta baja, o en largos pasillos excavados bajo las torres. Siempre he pensado que la idea de construir casas proviene sobre todo de los Elfos, aunque nuestras construcciones son muy diferentes. En otra época había torres de los elfos en el remoto oeste, más allá del linde de la Comarca. Una vez las vi. Brillaban con una luz blanca bajo la luna. La torre más alta era la más alejada, se elevaba solitaria sobre una colina. Decían que desde la cima de la torre se divisaba el mar; pero no creo que ningún hobbit haya subido jamás a esa torre.[80] Si viviera en una casa, tendría todo lo que necesitara en la planta baja y sólo subiría cuando no necesitara nada; o tal vez comería una cena fría arriba en la oscuridad en una noche estrellada.

—Y tendrías que bajar los platos y todo lo demás, siempre que no te cayeras —dijo Odo riendo.

—¡No! —dijo Bingo—. Tendría platos y cuencos de madera, y los tiraría por la ventana. Mi casa estaría rodeada de un grueso manto de hierba.

—Pero de todos modos tendrías que llevar tu cena a arriba —dijo Odo.

—Bueno, tal vez no cenaría arriba —dijo Bingo—. Era una idea, nada más. No creo que viva alguna vez en una casa. Por lo que veo, creo que seré simplemente un mendigo errante.

Esta charla tan típica de los hobbits se prolongó por un rato. Eso demuestra que los tres empezaban a sentirse tranquilos [122] otra vez, al encontrarse de nuevo en una región doméstica y conocida. Pero ni siquiera los invisibles olfateos podían desalentar por mucho tiempo, en ninguna región, a esos hobbits extraordinarios e inigualablemente aventureros.

Mientras charlaban seguían caminando penosamente. Faltaba poco para el anochecer cuando vieron el techo de una casa que sobresalía entre un grupo de árboles delante de ellos y a su izquierda.

—¡Es la casa del Granjero Maggot! —dijo Frodo.

—Creo que la bordearemos —dijo Bingo—, y que saldremos a la senda al otro lado de la casa. Se supone que he desaparecido, y no me gustaría que me vieran escabulléndome hacia Los Gamos, aunque quien me viera fuera el buen Granjero Maggot.

Siguieron caminando, dejando atrás la granja, a su izquierda, oculta entre los árboles a lo lejos. De pronto un perro pequeño salió por un boquete de un cerco, y echó a correr ladrando hacia ellos.

—¡Ven aquí! ¡Ven aquí! ¡Zarpa! ¡Zarpa! —gritó una voz. Bingo se puso el anillo. Los otros no alcanzaron a ocultarse. Por encima del cerco bajo asomó la ancha cara regordeta de un hobbit.

—¡Hola! ¡Hola! ¿Quiénes pueden ser y qué pueden estar haciendo? —preguntó.

—¡Buenas tardes, Granjero Maggot! —dijo Frodo—. Sólo un par de Tuk que vienen de muy lejos y que no están haciendo ninguna maldad, espero.

—Y bien, déjenme mirar; usted debe de ser el señor Frodo Tuk, el hijo del señor Folco Tuk, si no me equivoco (y rara vez me equivoco, tengo una memoria excepcional cuando se trata de reconocer a alguien). Usted solía alojarse en casa del joven señor Marmaduque. Todos los amigos del señor Marmaduque Brandigamo son bienvenidos en esta casa. Le ruego que me perdone por haberle hablado con dureza antes de reconocerlo. A veces llega gente extraña a estas tierras. Demasiado cerca del río —dijo, echando atrás la cabeza—. No hace más de una hora apareció por aquí un parroquiano muy raro. Por eso salí con el perro.

—¿A qué parroquiano se refiere? —preguntó Frodo.

—Era un parroquiano raro que hacía preguntas raras —dijo el Granjero Maggot, meneando la cabeza—. Vengan a casa y bebamos [123] algo, y así hablaremos más cómodamente de las últimas novedades, si usted y su amigo están de acuerdo, señor Tuk.

Era evidente que el Granjero Maggot sólo les diría algo más cuando quisiera hacerlo y en su casa, y se les ocurrió que eso podría ser interesante, de modo que Odo y Frodo lo siguieron. El perro se quedó atrás, dando saltos y brincos alrededor de Bingo que se sentía muy molesto.

—¿Qué le pasa al perro? —preguntó el granjero, mirando hacia atrás—. ¡Vete, Zarpa! ¡Fuera! —gritó.

Para alivio de Bingo, el perro le obedeció, aunque se dio vuelta una vez más y ladró.

—¿Qué te pasa? —dijo el Granjero Maggot regañándolo—. Parece que hoy sucede algo raro. Zarpa casi enloqueció cuando apareció el forastero, y ahora parecería que ve o huele algo que no existe.

Entraron en la cocina y se sentaron junto a la amplia chimenea. La señora Maggot les trajo cerveza en enormes picheles de barro. Era una buena cerveza, y Odo se descubrió pensando que le agradaría quedarse a pasar la noche en la casa.

—He oído que han pasado cosas extraordinarias en Hobbiton —dijo el Granjero Maggot—. Fuegos de artificio y cosas por el estilo; y que el señor Bolger-Bolsón desapareció, y que regaló todo lo que tenía. He oído cosas más raras aún en mi vida. Supongo que todo eso es por vivir con el señor Bilbo Bolsón. Cuando era niño, mi madre me contaba historias muy extrañas sobre él,

aunque parecía ser un caballero muy agradable. Lo vi vagar muchas veces por estas tierras cuando yo era un muchacho, y ese señor Bingo lo acompañaba. Ahora nos interesamos por él en estas tierras, puesto que es de aquí, por ser medio Brandigamo, como se podría decir. Siempre pensamos que nada bueno le podía ocurrir en Hobbiton, y la gente es un poco rara allá. Le ruego

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