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TROTTER Y EL VIAJE HACIA LA CIMA DE LOS VIENTOS

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El capítulo VII original, que no tiene título, se prolonga sin interrupción hasta lo que pasó a ser el capítulo 10 de la CA, «Trancos», para terminar en medio del capítulo n de la CA, «Un cuchillo en la oscuridad»; pero la primera parte de la narración que se presenta a continuación se encuentra en dos versiones muy distintas desde el punto de vista de la estructura (los dos son textos legibles escritos con tinta). Mi padre tituló estos textos «Corto» y «Alternativo», pero en este capítulo los llamaré A («Alternativo») y B («Corto»), La relación entre los dos es sumamente compleja, aunque es posible explicarla;[128] en todo caso, no es un elemento muy importante de la historia de la narración, porque evidentemente las dos versiones fueron escritas en la misma época. Presento en primer lugar el texto alternativo A (en el que mi padre escribió posteriormente «Usar esta versión»),

—¡Ahora recuerdo! —dijo el posadero haciendo chasquear los dedos—. ¡Medio momento! Ya recuerdo, les dije que lo recordaría. ¡Cielos! ¡Cuatro hobbits y cinco poneys! En los últimos días me han preguntado varias veces por un grupo como el de ustedes, y tal vez convendría que habláramos.

—¡Sí, por supuesto! —dijo Bingo abatido—. Pero no aquí. ¿No desea venir a nuestro cuarto? —Como usted quiera —dijo el posadero—. Cuando haya arreglado una o dos cositas, iré a desearles buenas noches y a ver si Nob les ha llevado todo lo que necesitan; entonces hablaremos. Bingo, Odo y Frodo volvieron a la salita.[129] No había luz. Merry no estaba allí, y el fuego había dejado de arder. Sólo después de avivar un rato las llamas y de haberlas alimentado con un par de troncos, descubrieron que Trotter había venido con ellos. Estaba tranquilamente sentado en una silla en el rincón.

—¡Hola! —dijo Odo—. ¿Qué desea?

—Es Trotter —dijo Bingo apresuradamente—. Sospecho que también quiere hablar conmigo. —Sí y no —dijo Trotter—. Tengo mi precio.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Bingo, perplejo y alarmado. [190]

—No tenga miedo. Sólo esto: le contaré lo que sé, y le daré lo que tengo y, aún más, guardaré su secreto bajo la capucha (mucho mejor que usted y sus amigos), pero quiero una recompensa.

—¿Y cuál es su recompensa, me podría decir? —dijo Bingo, enfadado; como es natural, pensaba que habían caído en manos de un pillo, y recordó con disgusto que le quedaba poco dinero.[130] El total no contentaría a un pillo, y no podía prescindir ni siquiera de una parte.

—No es mucho —respondió Trotter con una mueca de satisfacción—. Sólo esto: tendrá que llevarme con usted hasta que yo decida dejarlo.

—¡Oh!, ¿de veras? —replicó Bingo, sorprendido pero no muy aliviado—. Aun en el caso de que aceptara, no podría prometerle una recompensa hasta saber mucho más de usted y de sus noticias, señor Trotter.

—¡Excelente! —dijo Trotter cruzando las piernas—. Parece que está recobrando el buen sentido; mejor así. Hasta ahora no se ha mostrado ni siquiera la mitad de lo desconfiado que

debía. Muy bien, entonces, diré lo que sé, y usted se encargará del resto. Eso me parece justo. —¡Adelante entonces! —dijo Bingo—. ¿Qué sabe?

—Y bien, le diré lo que sé —dijo Trotter, bajando la voz; se incorporó y fue hasta la puerta, la abrió rápidamente, miró fuera, y luego la cerró en silencio y se sentó otra vez—. Tengo oído fino, y aunque no puedo desvanecerme en el aire, puedo asegurarme de que nadie me vea, si así lo deseo. Estaba detrás de una cerca cuando un grupo de viajeros se detuvo en el Camino no lejos de aquí, hacia el oeste. Llevaban un carro y caballos y poneys; había muchos enanos, uno o dos elfos y… un mago. Era Gandalf, claro está; es inconfundible, usted estará de acuerdo conmigo. Hablaban de un tal señor Bingo Bolger-Bolsón y de sus tres amigos, que se suponía que venían detrás de ellos en el Camino. Debo decir que eso fue un tanto imprudente de parte de Gandalf; pero hablaba en voz baja y tengo oído fino, y estaba muy cerca de ellos.

»Seguí a Gandalf y a los demás hasta la posada. Hubo bastante agitación para una mañana de domingo, les aseguro, y el viejo Barnabás corría dando vueltas en redondo; pero se mantuvieron

[191] apartados y nunca hablaron fuera de un cuarto cerrado Fue hace cinco días.[131] Se marcharon a la mañana siguiente, y ahora veo aparecer a un hobbit y tres amigos suyos de la Comarca, y aunque dice llamarse Colina, él y sus amigos parecen saber bastante de las andanzas de Gandalf y del señor Bolger-Bolsón de Bajo la Montaña. Soy capaz de atar cabos. Pero no tienen que preocuparse, porque guardaré la respuesta bajo la capucha, como dije. Quizá el señor Bolger-Bolsón tenga buenos motivos para cambiar de nombre. Pero si es así, le aconsejaré recordar que hay otros, fuera de Trotter, que son capaces de atar cabos; y no todos son dignos de confianza.

—Se lo agradezco —dijo Bingo, sintiéndose aliviado porque al parecer lo que Trotter sabía no era nada grave—. Tengo motivos para cambiar de nombre, como dice usted; pero no entiendo cómo alguien podría adivinar mi verdadero nombre por lo ocurrido, a menos que sea tan hábil como usted para escuchar indiscretamente… para… averiguar cosas. Tampoco entiendo por qué tendrían que interesarse por conocer mi verdadero nombre en Bree.

—¿No lo entiende? —preguntó Trotter en tono sombrío—, pero en Bree también saben escuchar indiscretamente, como dice usted, y además no le he dicho todo lo que tengo que decirle.

En ese momento los interrumpió un golpe en la puerta. El señor Barnabás Mantecona estaba allí, con una bandeja de velas, y detrás venía Nob con jarras de agua caliente.

—Pensé que tal vez querrían pedir algo antes de acostarse —dijo el posadero, dejando las velas en la mesa—. He venido a desearles buenas noches. ¡Nob! ¡Lleva el agua a los cuartos!

Entró y cerró la puerta.

—El asunto es así, señor… señor Colina —dijo—. Me han pedido varias veces que estuviese pendiente de cuatro hobbits de la Comarca, cuatro hobbits con cinco poneys. ¡Hola, Trotter! ¡Así que aquí estás!

—No se preocupe —dijo Bingo—. Puede decir lo que quiera. Trotter está aquí con mi consentimiento.

Trotter sonrió.

—Bueno —empezó a decir el señor Mantecona otra vez—, el asunto es así. Hace cinco días (sí, así es, el domingo en la mañana, [192] cuando todo estaba en silencio y tranquilo) llegó un grupo de viajeros. Gentes extrañas, enanos y todo tipo de gente, con un carro y caballos. Y el

viejo señor Gandalf venía con ellos. Entonces me dije han estado pasando cosas curiosas en la Comarca, y seguramente regresan de la Fiesta.

—¿De la Fiesta? —dijo Bingo—. ¿Qué Fiesta?

—¡Cielos, señor! La fiesta de la que habló el señor Verde. La fiesta del señor Bolger-Bolsón. Este mismo mes pasó mucha gente por aquí hacia el oeste. Unos cuantos Hombres también, Gente Grande-Grande. Nunca había visto algo igual. Los que hablaban algo decían que iban a la fiesta de cumpleaños del señor Bolger-Bolsón o que le llevaban cosas. Parece que es pariente de ese señor Bilbo Bolsón del que en una época se contaban historias extrañas. En verdad, se siguen contando en Bree, señor; aunque yo diría que en la Comarca ya las han olvidado. Pero, por decirlo así, en Bree somos más lentos y nos gusta escuchar historias antiguas más de una vez. No creo todas esas historias, por supuesto. Leyendas las llamo. Tal vez sean ciertas, o tal vez no. Entonces, ¿dónde estaba? Sí. Gandalf y los enanos y todos ellos llegaron el domingo en la mañana. «Buenos días», les dije. «¿Se podría saber de dónde vienen y adónde van?», dije amablemente. Pero él me hizo un guiño y no dijo nada, y los demás tampoco. Pero después me llevó a un lado y me dijo: «Mantecona», eso dijo, «unos amigos míos vienen detrás de mí y pasarán pronto por aquí. Deberían llegar aquí el martes,[132] si pueden ir por un camino descubierto. Son hobbits: uno es un individuo rollizo y pequeño (le ruego que me disculpe, señor) de mejillas rojas, y los otros son simplemente hobbits jóvenes. Vendrán en poneys. ¿Puedes decirles que no se detengan? Iré despacio cuando salga de aquí, y espero que me den alcance, si pueden. Pero no se lo digas a nadie más, y no les digas que se queden a descansar aquí. Tu cerveza es buena, pero tendrán que tomar lo que puedan rápidamente, y seguir su camino. ¿Me entiendes?».

—Gracias —dijo Bingo, creyendo que el señor Mantecona había terminado; y otra vez aliviado porque le parecía que el misterio no ocultaba nada grave.

—¡Un momento! —dijo Barnabás Mantecona, bajando la voz—. No he terminado todavía. Otros también han preguntado por [193] cuatro hobbits; y eso es lo que me desconcierta. El lunes en la noche llegó un individuo alto en un enorme caballo negro. Veía cubierto con una capucha y una capa. Yo estaba de pie ante la puerta, y me habló. Su voz me pareció muy extraña, y al comienzo apenas entendí lo que me decía. No me gustó su aspecto Pero, por supuesto, preguntó por cuatro hobbits con cinco poneys[133] que venían de la Comarca. Esto es curioso, pensé; pero recordé lo que me había dicho el viejo señor Gandalf y no respondí a sus preguntas. «No he visto a ningún grupo como ése», le dije. «¿Qué quiere de ellos o de mí?» Al oír eso le dio un latigazo al caballo sin decir una palabra más, y partió cabalgando hacia el este. Los perros aullaban y los gansos graznaban cuando pasó por la villa. Le puedo asegurar que no me molestó que se fuera. Pero después oí decir que habían visto a tres individuos que iban por el camino hacia Combe, más allá de la colina, aunque nadie sabía con certeza de dónde habían salido los otros dos.

»Pero regresaron, aunque usted no me crea, o eran otros tan parecidos a ellos como la noche y la oscuridad, y que venían detrás. El martes en la noche llamaron a la puerta, y mi perro empezó a aullar y a gritar en el patio. “Es otro Hombre negro”, dijo Nob que me vino a buscar con los pelos de punta. Cuando fui a la puerta, me di cuenta de que era cierto: pero no había uno solo, sino cuatro, y uno de ellos estaba sentado en la oscuridad con el caballo cerca de la puerta. Se inclinó hacia mí, y habló como susurrando. Sentí un escalofrío en la espalda, ¿me entiende?, como si me hubieran echado agua fría por debajo de la camisa.[134] Era la misma historia: me preguntó por

cuatro hobbits con cinco poneys. Pero parecía más impaciente y ansioso. En realidad, tengo que decirle que me ofreció un poco de oro y plata si le decía qué camino habían tomado, o si le prometía estar atento a su llegada.

»“Hay muchos hobbits y poneys por aquí y en el Camino”, le dije (se me ocurrieron cosas muy curiosas y no me gustaba su voz). “Pero no he visto ningún grupo como ése. Si usted me da algún nombre, tal vez pueda darle un mensaje, en caso de que lleguen a mi casa.” Al oír eso, se quedó en silencio un momento. Y entonces, señor, me dijo: “Se llama Bolsón, Bolger-Bolsón”, y dijo lo último siseando como una víbora. “¿Algún mensaje?”, [194] le pregunté, tiritando de pies a cabeza. “No, dígale solamente que queremos encontrarlo pronto”, dijo siseando; “tal vez nos vea otra vez”, y partió con sus compañeros, y desaparecieron rápidamente en la oscuridad, así, por todas esas ropas negras que llevaban.

»¿Y qué le parece todo eso, señor Colina? Debo confesarle que no estoy muy seguro de que ése sea su verdadero nombre, le ruego que me perdone. Pero espero haber hecho lo que tenía que hacer, porque me parece que esos individuos negros quieren hacerle daño al señor Bolger-Bolsón, en caso de que sea usted.

—¡Sí! Es el señor Bolger-Bolsón —dijo Trotter de pronto—. Y tendría que estarte agradecido. Sólo puede agradecerse a sí mismo y agradecerles a sus amigos si toda la villa sabe su nombre ya.

—Sí, le agradezco —dijo Bingo—. Lamento no poder explicárselo todo, señor Mantecona. Estoy muy cansado, y preocupado. Pero en pocas palabras esos… bueno… esos jinetes negros son precisamente de quienes estoy tratando de escapar. Le estaré muy agradecido (y Gandalf y me imagino que el viejo Tom Bombadil también lo estarán) si olvida que alguien más fuera del señor Colina pasó por aquí, aunque espero que esos detestables jinetes no vuelvan a molestarlo.

—¡Espero que no! —dijo Barnabás.

—¡Bien, buenas noches entonces! —dijo Bingo—. Le agradezco nuevamente su amabilidad. —Buenas noches, señor Colina. ¡Buenas noches, Trotter! —dijo Barnabás—. Buenas noches, señor Pardo y señor Verde. ¡Cielos! ¿Dónde está el señor Ríos?

—No sé —dijo Bingo—, pero supongo que está fuera. Dijo que iba a salir a tomar un poco de aire. Volverá pronto.

—Muy bien. No lo dejaré fuera —dijo el posadero—. ¡Buenas noches a todos! —Luego salió y sus pasos se perdieron en el pasillo.

—¡Bien! —dijo Trotter, antes que Bingo pudiera decir nada—. El viejo Barnabás ya le dijo mucho de lo que tenía que decirle. Yo mismo vi a los Jinetes. Hay siete por lo menos. Eso cambia todo, ¿verdad?

—Sí —dijo Bingo, ocultando su temor lo mejor que podía—. [195] Pero ya sabíamos que nos estaban persiguiendo, y al parecer no descubrieron nada nuevo. ¡Qué suerte que hayan venido antes que nosotros!

—Yo no estaría tan seguro —dijo Trotter—. Todavía tengo algo más que decirle. [Añadido a lápiz. El sábado pasado vi a los jinetes por primera vez, al oeste de Bree, antes de cruzarme con Gandalf. Es posible que también hayan ido siguiendo su rastro. Y también vi a los que visitaron a Barnabás. Y] el martes en la noche estaba recostado en un montículo junto a la cerca del jardín de

Bill Helechal y lo oí hablar. Es un individuo extraño, y sus amigos se le parecen. Lo habrá visto usted entre los huéspedes: un sujeto moreno y malhumorado. Salió inmediatamente después de la canción y el «accidente». Yo desconfiaría de él. Le vendería cualquier cosa a cualquiera. ¿Me entiende? No vi con quién estaba hablando Helechal ni escuché lo que decían; sólo oí siseos y susurros. Eso es todo lo que tengo que decirle. En cuanto a mi recompensa, haga lo que le plazca. Pero en cuanto a acompañarlo o no, sólo le diré esto: conozco todas las tierras entre la Comarca y las Montañas, pues las he recorrido casi todas a lo largo de mi vida; y soy más viejo de lo que parezco. Le puedo ser útil. Supongo que tendrá que dejar el Camino descubierto después del accidente de esta noche. Pero presiento que no querrá cruzarse con ninguno de esos Jinetes Negros si puede evitarlo. Les tengo pavor.

Trotter se estremeció, y vieron con sorpresa que se había cubierto la cara con la capucha y las manos. La habitación parecía muy tranquila y silenciosa, y la luz pálida.

—¡Bien! ¡Ya pasó! —dijo al cabo de un instante, echando atrás la capucha y apartando los cabellos que le caían sobre la cara—. Quizá sé o adivino más que usted sobre esos Jinetes. Usted no les teme bastante… todavía. Sin embargo, es muy posible que oigan hablar de usted esta misma noche. Mañana tendrá que marcharse de prisa y en secreto (si es posible). Pero Trotter podría guiarlo por senderos poco transitados. ¿Lo llevará con usted?

Bingo no respondió. Miró a Trotter, un individuo sombrío, indómito y toscamente vestido. Era difícil tomar una decisión. No dudaba que gran parte de la historia fuese cierta (y, además, el relato del posadero la confirmaba); pero no era tan fácil estar [196] seguro de sus buenas intenciones. Tenía una mirada misteriosa, pero había algo en él, y algo en su manera de hablar que con frecuencia se apartaba de los rústicos modales de los montaraces y las gentes de Bree; algo que parecía cordial, e incluso familiar. El silencio se hizo más profundo, y Bingo aún seguía indeciso.

—Bueno, yo digo que venga, si necesitas que te ayude a decidir —dijo Frodo finalmente—. En todo caso, yo diría que puede seguirnos dondequiera que vayamos, aun si no quisiéramos llevarlo con nosotros.

—¡Gracias! —dijo Trotter, sonriéndole a Frodo—. Es verdad: podría seguirlos y tendría que seguirlos, porque sentiría que es mi deber. Pero tengo una carta para usted; creo que le ayudará a tomar una decisión.

Ante el asombro de Bingo, sacó de un bolsillo una pequeña carta sellada y se la pasó. Afuera decía «B de G j».

—Léala —dijo Trotter.[135]

Bingo examinó cuidadosamente el sello antes de romperlo. Parecía ser el de Gandalf; también parecían ser suyas la letra y la runa j. Dentro, había el siguiente mensaje. Bingo lo leyó en voz alta:

Mañana del lunes 26 de septiembre. Querido B. No te detengas mucho tiempo en Bree; no pases la noche aquí si puedes evitarlo. Me han llegado algunas noticias en el camino. Los perseguidores están cerca: hay 7 por lo menos, tal vez más. No vuelvas a usarlo, ni siquiera para hacer una broma. No viajes cuando esté oscuro ni cuando haya niebla. Avanza todo lo que puedas de día. Trata de alcanzarme. No puedo esperarte aquí, pero avanzaré despacio

por un día o dos. Busca nuestro campamento en la Colina de la Cima de los Vientos.[136] Te esperaré allí todo lo que pueda. Le daré esta carta a un montaraz (un hobbit salvaje) llamado Trotter: es moreno, tiene cabellos largos, ¡usa zapatos de madera! Puedes confiar en él. Es un viejo amigo y sabe mucho. El te llevará a la Cima de los Vientos y más lejos si es necesario. ¡Date prisa! Tuyo.

] 9 s k 9 8 r Gandalf j [137]

Bingo miró la letra arrastrada, parecía tan genuina como el sello.

—¡Bien, Trotter! —dijo—, si me hubieras dicho en seguida que [197] tenías esta carta, todo habría sido más fácil, y nos habría ahorrado una larga charla. ¿Pero por qué inventaste toda esa historia de lo que habías escuchado indiscretamente?

—¡No la inventé! —dijo Trotter riendo—. Le di un buen susto al viejo Gandalf cuando me asomé por detrás de la cerca. Le dije que tenía suerte de que fuese un viejo amigo suyo. Tuvimos una larga charla, sobre muchas cosas. Bilbo y Bingo y el [añadido a lápiz: Jinetes y el] Anillo, si quieres saberlo. Se alegró mucho al verme, porque tenía prisa pero estaba muy ansioso por ponerse en contacto contigo.

—Bueno, debo reconocer que me alegra que me haya escrito —dijo Bingo—. Y si eres amigo de Gandalf, ha sido una suerte encontrarte. Lamento haberme mostrado tan desconfiado sin necesidad.

—No lo hiciste —dijo Trotter—. No te mostraste ni siquiera la mitad de lo desconfiado que debías. Si hubieras sabido quién es tu enemigo, no habrías confiado ni en tus propias manos antes de mirarlas bien después de saber que te seguía el rastro. Ahora el que sospecha soy yo: y tuve que asegurarme de que eras tú antes de entregarte la carta. He oído hablar de grupos fantasmas que recogen mensajes que no les están dirigidos: los enemigos ya lo han hecho en el pasado. Y también, si te interesa saberlo, me divirtió ver si podía convencerte de que me llevaras contigo… sólo por mi poder de persuasión. ¡Habría sido agradable (aunque un gran error) que me hubieras aceptado solamente por mis modales! Pero en esto yo diría que las apariencias están contra mí.

—¡Así es! —dijo Odo riendo—. Pero luce bien quien hace bien, como decimos en la

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