de ansiedad, imaginemos, por un momento, que somos marcianos y que aterrizamos en una calle céntrica de una ciudad cualquiera de Occidente. (Nuestra apariencia es, por supuesto, de humanos, para no desencadenar una nueva guerra de los mundos.) Como extraterrestres que somos, desconocemos cuáles son los usos y costumbres de la raza humana. No sabemos qué se valora positivamente y qué negativamente, qué da sentido a las vidas de los terrícolas ni qué tratan de evitar a toda costa. No sabemos cómo se organiza su sociedad. Ni cuáles son las metas que persiguen. Tampoco sabemos qué criterios tienen para establecer prioridades en su estilo de vida.
¿Cómo podríamos hacernos una primera idea? Exploramos la calle y observamos los ciudadanos que transitan por ella. Muchos caminan rápido y vestidos con trajes que parecen uniformes (¿estamos cerca de una zona de negocios?). Otros visten pantalones cortos, camisas de playa y cámaras fotográficas (¿estamos en una zona turística?). Hay gente tirada en el suelo, suplicando unas monedas —mirando con ojos de mendigos, de esos que van en serio— justo al lado de un restaurante que parece lujoso. Algunos de estos mendigos han dormido entre cartones en el portal de una oficina bancaria junto al restaurante. Vemos vendedores de cupones muy bondadosos, que nos prometen ser millonarios mañana a cambio de unas monedas. También nos cruzamos con operarios, reparando un cristal roto de una joyería, y con agentes de policía que vigilan al resto de humanos. Realmente hay una variedad de “fauna” muy interesante en esta poblada calle. Entonces llegamos a lo que parece una hemeroteca (un kiosco, en realidad[42]). Comenzamos a hojear las revistas y periódicos que allí encontramos. ¡Por fin tenemos a nuestro alcance información recopilada sobre la raza humana! —pensamos—. Utilizando nuestro poder extraterrestre para chequear todas las publicaciones del año 2011 en cuestión de segundos, encontramos titulares como estos — sustituyendo los nombres de famosos por una pista, entre corchetes, para entenderlos—: “El nuevo y oculto embarazo de [un hijo de una cantante]” “[Un personaje de la realeza sueca] disfrutando de su papel de mamá” “Los 40 hombres de la vida de [una famosa]” “El juicio entre [un hijo y su madre, antigua modelo y viuda de un aristócrata]” “Los amores más desconocidos de [una cantante]” “La [ex-mujer de un cantante famoso] destrozada por el derrame cerebral de su marido” “Los problemas de [una ex-deportista de élite] con su familia” “La [ex-mujer de un torero] aprende a hacer estriptis para un programa de televisión” 103
“Salen a la venta los vestidos de [una princesa]” “Los dramas secretos de más de 30 famosos”
Todos estos titulares aparecen en las portadas de revistas acompañados de multitud de fotos a color, que nos muestran gente famosa, poderosa o de la realeza, rodeada de casas maravillosas, coches espectaculares, embarcaciones de lujo, fotos de viaje a islas paradisíacas, y un largo etcétera que nos sugiere que existe el paraíso en la tierra, un lugar maravilloso donde es posible ser feliz gracias a una vida digna de un rey, donde tienes todas tus necesidades cubiertas y con creces gracias al dinero, el poder, la belleza o la fama. Por otro lado, se desliza un mensaje sutil (y a veces descarado) de que “los ricos también lloran”, como una forma de contener a todos los mortales que aún no han llegado a ese paraíso de papel cuché.
Los periódicos de información general, por su lado, hablan de crisis económica, terrorismo, paro laboral, escándalos y corrupción de políticos, movimientos ciudadanos que denuncian los fallos de los políticos y del sistema democrático, disturbios generados por los denominados grupos anti-sistema y reprimidos (con mayor o menor éxito) por la policía, conflictos armados en países lejanos, tensiones con trasfondo religioso o racial, deportes, partidarios a favor y en contra de la independencia de algunos territorios…
Cuando regresamos a la nave marciana para entregar el informe de la raza humana en nuestro planeta, nos encontramos algo desorientados. Los humanos anhelan ser felices y luchan por evitar el sufrimiento. Sin embargo, sus vidas se organizan en torno a valores y metas que se han hecho dominantes en la sociedad consumista. La fama, el poder, la belleza y, sobre todo, el dinero se valoran por encima de todas las cosas, como los valores que dan sentido a la vida. La salud se valora también, pero de una forma secundaria. Algo así como “no caer enfermo para poder alcanzar la riqueza, el poder o la belleza, y disfrutar de mi paraíso personal”.
Estos valores se traducen en metas que nos marcan la pauta de la vida cada día. Para conseguir dinero: trabajar duro muchas horas, comprar lotería, especular con la compra- venta de propiedades, defraudar o evadir impuestos, apropiarse del dinero de otros con guante blanco (p.e., los famosos escándalos financieros), corromperse como político para obtener favores de empresarios, robar con pistola en mano… Para conseguir belleza: esforzarse duro con la dieta, el gimnasio, las cremas de belleza, el cuidado del aspecto físico, invertir en medicina estética y en cirugía plástica… Para conseguir poder: acumular dinero por alguna de las vías que acabamos de comentar, ingresar en la policía, trabajar duro para ascender en tu empresa u organización, afiliarse a un partido político o sindicato y acercarse a las personas poderosas de la organización, hacer favores a tus superiores, traicionar a compañeros de trabajo, utilizar información confidencial… Para conseguir la fama: acumular mucho dinero, explotar al máximo nuestra belleza, acumular mucho poder, realizar proezas deportivas, protagonizar escándalos, crear un vídeo divertido para Youtube, ser el payaso de tu centro de trabajo… Para mantener la salud: cuidar la dieta, hacer deporte, tomar medicamentos, someterse a operaciones de cirugía, acudir a médicos, psicólogos, fisioterapeutas, masajistas, naturópatas, videntes, curanderos…
Lo que nos muestra el informe de estos marcianos no es muy tranquilizador, desde luego. La sociedad que nos envuelve nos bombardea continuamente con mensajes sutiles o descarados en torno al valor del dinero, el glamour, el poder, la ambición, la codicia, la ausencia de compasión y su conexión con la felicidad auténtica. Simultáneamente recibimos señales suficientes como para que a todos, en nuestra sociedad, nos horrorice la idea de acabar pobres como mendigos, completamente ignorados por los demás y con una enfermedad terminal que nos proporcione una larga agonía hasta la muerte. Ésta es la otra cara del dinero, la fama, el poder y la salud. El infierno en la tierra para la inmensa mayoría de nosotros. Estos mensajes “venden” porque se conectan con algunas de nuestras necesidades, pero, tal y como están planteados, es fácil que nos despisten de la felicidad auténtica, causando estados de ansiedad, entre otras emociones dolorosas.