Que nadie se apresure a deducir, del capítulo precedente, que yo intento blanquear, absolver sin reservas a la sombría prometida del diablo. Aunque ella hizo con frecuencia el bien, también supo hacer mucho mal. No existe ningún gran poder que no abuse. Y la bruja tuvo ese poder en los tres siglos en que reinó verdaderamente, en el entreacto de dos mundos, el antiguo moribundo y el nuevo, al cual le costaba trabajo comenzar. La Iglesia, que volvió a encontrar cierta fuerza (por lo menos de combate) en las luchas del siglo XVI, en el siglo XIV estaba sumergida en el fango. Debemos leer al respecto el retrato verídico hecho por Clémangís. La nobleza, tan orgullosamente adornada con sus nuevas armaduras, cae tanto más pesadamente en Crécy, en Poitiers, en Azincourt. ¡Todos los nobles son al fin prisioneros de Inglaterra! ¡Qué tema de burlas! Hasta los burgueses y los paisanos se ríen, se encogen de hombros. La ausencia general de los señores alienta bastante, creo, las reuniones del aquelarre, que siempre habían tenido lugar, pero que sólo entonces pudieron convertirse en inmensas fiestas populares.
¡Qué poder el de la bienamada de Satán, que curaba, predecía, adivinaba, evocaba a las almas de los muertos, que sabía echar la suerte, convertirnos en liebre, en lobo, hacernos encontrar un tesoro y, más que todo, hacernos amar!... Poder terrible que reunía todos los otros. ¿Cómo una alma violenta, con frecuencia ulcerada, que a veces se ha vuelto perversa, podía no utilizarlo para el odio y la venganza, y también para un placer de malicia o de impureza?
Todo lo que se decía antes al confesor, se le dice ahora a ella.
Se le dicen no sólo los pecados cometidos, sino aquellos que se quisiera cometer, La bruja tiene atrapado a cada uno por un secreto vergonzoso, por el reconocimiento de los más fantasiosos deseos. Se le confían a la vez los males físicos y los del alma, las concupiscencias ardientes de una sangre agriada, e inflamada, deseos apremiantes, furiosos, finas agujas que pican y vuelven a picar.
Todos vienen. Con ella no hay verg enza. Las cosas se dicen crudamente. Se le pide la vida, se le pide la muerte, los remedios, los venenos. A ella va la muchacha llorosa, que quiere un aborto. A ella va la madrastra (texto ordinario en la Edad Medía),
a decir que el hijo del primer matrimonio come demasiado y vive demasiado tiempo. A ella viene la triste esposa, agotada cada año por dar a luz niñlos que no nacen más que para morir. La mujer implora su compasión, aprende a helar el placer en el momento, a volverlo infecundo. Y aquí, por el contrario, tenemos al hombre joven que compraría a cualquier precio el brebaje ardiente capaz de turbar el corazón de una alta dama, de hacerle olvidar las distancias y posar los ojos en su pajecito.
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El matrimonio en esos tiempos no es más que de dos tipos y dos formas, ambos extremos, excesivos.
La orgullosa heredera de feudos que aporta un trono o un gran dominio, una Eleodora de Guyena, tendrá ante los ojos de su marido su corte de amantes, se contendrá muy poco. Dejemos de lado las novelas, los poemas, miremos la realidad en su terrible progreso, hasta los desenfrenados furores de las hijas de Felipe el Hermoso, de la cruel Isabel que, por mano de sus amantes, hizo empalar a Eduardo II, La insolencia de la mujer feudal estalla diabólicamente en el triunfal bonete de dos cuernos y en otras modas desvergonzadas.
Pero en este siglo en que las clases empiezan a mezclarse un poco, la mujer de raza inferior, desposada por el barón, debe sufrir las pruebas más duras. Es esto lo que cuenta la historia a, la vez verdadera y real de Grisélidis, la humilde, la dulce, la paciente. Creo que el cuento, muy serio, histórico de Barba Azul, es la forma popular de esto. La esposa que él mata y reemplaza con tanta frecuencia no puede ser más que su vasalla. Barba Azul hubiera actuado de manera muy distinta con la hija o la hermana de un barón, capaces de vengarla. Si esta conjetura especíosa no me engaña, debemos creer que este conde vivió en el siglo XIV y no en los precedentes, en que el señor no se hubiera dignado tomar esposa por debajo de su categoría.
Es muv notable que, en el conmovedor cuento de Grisélidis, a través de tantas pruebas, ella no parece contar con el apoyo de la devoción ni de otro amor. Grisélidis es evidentemente fiel, casta, pura. No le pasa por la cabeza consolarse en otra parte.
De estas dos mujeres feudales, la Heredera, la Grisélidis, sólo la primera cuenta con caballeros servidores, es la que preside las Cortes de Amor, que favorece a los amantes más humildes, los alienta, que proclama (como Eleonora) la famosa decisión clásica de aquellos tiempos: “Ningún amor es posible entre los esposos”
Surge de ahí una esperanza secreta pero ardiente, violenta en más de un joven corazón. Aunque haya que entregarse al diablo, todos se lanzan de cabeza hacia este amor aventurero. En ese castillo tan bien custodiado, una hermosa puerta se abre a Satán. En medio de un juego tan peligroso, ¿se entrevé alguna posibilidad? No, respondería la sabiduría. Pero, ¿y si Satanás dijera: “Sí”?
Debemos recordar cómo, incluso entre los mismos nobles, el orgullo feudal establecía distancias. Las palabras engañan. Hay mucha distancia de un caballero a otro caballero.
El caballero mesmadero, el señor que proporcionaba al rey todo un ejército de vasallos, veía en su larga mesa, con el más profundo desprecio, a los pobres caballeros sin tierra (injuria mortal de la Edad Media, como lo sabernos por Juan sin tierra). ¡Con cuánto mas desprecio miraría a los simples barones, a los escuderos, a los pajes,
etcétera, que se alimentaban de sus restos! Éstos, sentados en el último extremo de la mesa, bastante cerca de la puerta, raspaban los platos que los personajes de arriba, sentados junto al hogar, les enviaban, con frecuencia vacíos. No pasaba por la cabeza del elevado señor que los de abajo podían ser bastante osados para elevar sus miradas hasta su hermosa castellana, hasta la orgullosa heredera del feudo, sentado junto a su madre “bajo una capilla de rosas blancas”. Mientras toleraba tranquilamente el amor de algún extranjero, caballero declarado de la dama, que llevaba los colores de ésta, el castellano hubiera castigado cruelmente la audacia de cualquiera de sus servidores que hubiera puesto la mirada tan alto. Éste es el sentido de los celos furiosos del señor de Fayel, mortalmente irritado no de que su mujer tuviera un amante, sino de que este amante fuera uno de sus servidores, el castellano (simple guardián) del castillo de Coucy.1
Cuanto más profundo era el abismo infranqueable a lo que parece, entre la dama del feudo, la gran heredera, y ese escudero, ese paje que no tenía nada más que su camisa, a quien ni siquiera le perteneció su traje, que recibía del señor... tanto más fuerte era la tentación del amor, la de saltar el abismo.
El joven se exaltaba ante lo imposible. Al fin, un día en que podía salir de la fortaleza, corría hasta la bruja y le pedía consejo. ¿Bastaría con un filtro, con un hechizo que fascinara? ¿Y si eso no bastaba? ¿Sería necesario algún pacto expreso? No hubiera retrocedido en modo alguno ante la terrible idea de entregarse a Satanás.
“Ya veremos, joven, pero vuélvete. Cuando vuelvas, verás que algo ha cambiado”.
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Lo que ha carnbiado es él mismo. Ya no sé qué esperanza lo turba: sus ojos, bajos, más profundos, atravesados por una llama inquieta, dejan escapar a su pesar esta esperanza. Alguien (adivinamos bien quién) lo ve antes que todo el mundo, se conmueve, le lanza al pasar una palabra de simpatía… ¡Oh, delirio, oh, bondado Satanás! ¡Encantadora, adorable bruja!... No puede comer, ni dormir antes de volver a verla. Le besa la mano con respeto y se coloca casi a su pies. Que la bruja le pida, le ordene lo que desea: él obedecerá. Si ella quiere su cadena de oro. si quiere el anillo que lleva en el dedo (recuerdo de su madre moribunda), él se los dará al momento. Pero la maliciosa bruja, que odia al barón encuentra una gran dulzura en darle un golpe secreto.
En el castillo se percibe ya una amenaza. Una tempestad muda, sin relámpagos ni truenos, se va acumulando como un vapor eléctrico sobre un pantano. Silencio. Profundo silencio. Pero la dama está agitada. Sospecha que ha actuado una potencia sobrenatural. Porque, después de todo, ¿por qué interesarse en éste y no en otro que sea más hermoso, más noble, ilustre ya por sus renombradas hazañas? Algo hay debajo de esto. ¿Acaso él la ha hechizado? ¿Ha empleado algún hechizo?... Cuanto más se lo pregunta, tanto más se turba su corazón.
1 Cito de memoria. En esta hisoria, tantas veces repetida, no aparece Coucy, sino Cabestaing, trovador
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La malicia de la bruja tiene motivos para estar satisfecha. La bruja reinaba en la aldea. Pero el castillo ha venido a ella, se le entrega y éste es el lado por el que su orgullo arriesga más. El interés de tal amor para nosotros es la nostalgia de un corazón hacia el ideal, en contra de las barreras sociales, en contra de la injusticia del destino. Para la bruja era el placer áspero, profundo, de rebajar a la alta castellana, el placer de vengarse quizás, el placer de devolver al señor lo que éste ha hecho a sus vasallos, de hacer valer, en casa del señor mismo, por medio de la audacia de un joven, el derecho ultrajante de la pernada. No hay duda de que, en estas intrigas en las que desempeñaba un papel la bruja, ésta debía llevar en el fondo de su corazón un odio nivelador, natural en el campesino.
Ya era algo hacer descender la castellana hasta el amor de un doméstico. Jean de Saintré, Querubín, no deben engañarnos. El joven servidor cumplía las más bajas funciones de la domesticidad. El criado propiamente dicho no existía entonces, y por otra parte había pocas mujeres de servicio en las fronteras, o ninguna.
Todo se hacía por intermedio de esas jóvenes manos, que no se degradaban. El servicio sobre todo corporal, ponía con frecuencia al joven noble en algunas situaciones muy tristes, prosaicas, no me atrevería a decir risibles. El señor no se molestaba. Verdaderamente la dama debía estar fascinada por el diablo para no ver lo que veía cada día, es decir, el bíenamado en trabajos sucios y serviles.
Es normal en la Edad Media poner siempre frente a frente lo más alto y lo más bajo. Lo que nos ocultan los poemas podemos entreverlo en otras partes. En medio de estas pasiones etéreas, visiblemente se mezclan muchas cosas groseras.
Todo lo que se dice acerca de los hechizos y de los filtros empeleados por las hechiceras es demasiado fantástico y, a lo que parece, muchas veces malicioso, audazmente mezclado a cosas por las que se creería que el amor jamás puede ser despertado. Así, ellas fueron muy lejos, sin que él, el ciego, advirtiera que lo tomaban de juguete.
Estos filtros eran muy diversos. MIuchos eran excitantes y debieron turbar los sentidos, como esos estimulantes de los que abusan tanto los orientales. Otros eran peligrosos (y con frecuencia pérfidos, brebajes de ilusión que podían entregar a una persona sin voluntad). Otros, en fin, eran pruebas con que se desafiaba a la pasión, con que se queria ver hasta dónde el deseo ávido podía traspasar los sentidos, hacerles aceptar, como favor supremo y como comunión, las cosas menos agradables provenientes del objeto amado.
La construcción tan grosera de los castillos, en grandes salas, exponía la vida interior. Sólo bastante tarde se hizo, para recogerse y decir plegarias, un gabinete, algún retrete en alguna torrecilla. La castellana podia ser fácilmente observada. En algunos días escogidos, al acecho, el audaz, aconsejado por su bruja, podía dar el golpe esperado: modificar la bebida y mezclar a ella el filtro.
Esto era, de todos modos, algo raro y peligroso. Lo más fácil era robar a la dama alguno de los objetos que se le escapaban, objetos que ella descuidaba.
Se recogía así, preciosamente, un fragmento imperceptible de uña. Se recogía con respeto lo que dejaba caer su peine: uno o dos de sus hermosos cabellos. Él joven los llevaba a la bruja. Ésta exigía con frecuencia (como hacen nuestros sonámbulos) algún objeto personal e impregnado de la persona, pero que no hubiera sido dado por ella, por ejemplo, algunos hilos arrancados a un vestido muy usado y ya sucio, en el cual ella
hubiera sudado. Todo esto, bien entendido, era besado, adorado, lamentado. Pero había que quemarlo para recoger las cenizas. Uno u otro día, al ver su vestido, la bella persona percibía el desgarramiento, adivinaba; pero ya no le importaba hablar, y suspiraba... El hechizo había producido efecto,
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Es verdad que, sí la dama vacílaba, si guardaba el respeto del sacramento, esta vida en un estrecho espacio en donde se veían sin cesar, en el cual estaban tan cerca y tan lejos, se convertía en un verdadero suplicio. Aun cuando ella hubiera sido débil, delante de su marido y de otros no menos celosos, la dicha, sin duda, era rara. Provienen de ahí muchas violentas locuras de deseo irrealizado. Cuanto menos se realizaba la unión, tanto más profundamente se la quería. La imaginación desbordada la buscaba en cosas extrañas, fuera de la naturaleza e insensatas. Así, para encontrar un medio de comunicación secreta, la bruja picaba en el brazo de cada uno de los amantes el diseño de las letras del alfabeto, Si uno quería transmitir al otro un pensamiento, reavivaba, reabría chupándolas las letras sangrientas de la palabra deseada. En el mismo instante las letras correspondientes (se decía) sangraban en el brazo del otro amante.
A veces, en medio de estas locuras, el uno bebía la sangre del otro para una comunión que, según se decía, mezclaba a las almas. El corazón devorado de Coucy, que la Castellana “encontró tan bueno que no comió nada más en su vida”, es el más trágico ejemplo de estos monstruosos sacramentos del amor antropófago. Pero cuando el ausente no moría, cuando era el amor lo que moría en él, la dama consultaba a la bruja, le pedía los medios de atar, de recobrar.
Los cantos de la imagen de Teócrito y de Virgilio, empleados hasta en la Edad Media, eran raramente eficaces. Se trataba de reforzarlos con un hechizo que también parecía imitar a la Antigüedad. Se recurríá al pastél, a la confarreato que, desde el Asia hasta Europa, ha sido siempre la hostia del amor. Aquí se quería atar algo más que el alma -atar la carne, crear la identificación al punto de que, muerto para toda otra mujer, él no tuviera vida más que para una. La ceremonía era dura. “Señora -decía la bruja-, no hay que discutir". Entonces la orgullosa, encantadora de golpe, se dejaba dócilmente quitar el vestido y lo demás. Pues asi debía ser.
¡Qué triunfo para la bruja! Y sí la dama era quien la había hecho huir antes, ¡qué venganza, qué represalia! Ahora la tenía desnuda bajo su mano. Y esto no era todo. Sobre sus riñones la bruja colocaba una plaqueta, un pequeño horno, y hacía cocinar allí el pastel. . . “Oh, amiga mia, no puedo más... apúrate, no puedo seguir así”. “Es lo necesario, señora. Es necesario que tengas calor. Una vez que esté cocinado el pastel, él se calentará como tú, con tu llama” .
Éste es el fin, y tenemos ya el pastel de la Antig edad, del matrimonio indio y romano sazonado, recalentado por el lúbrico espíritu de Satán. La mujer no dice como la de Virgilio: “Vuelve, vuelve, Dafne, devuélveme mis cantos”. Le envía el pastel, impregnado de su sufrimiento y que sigue caliente por su amor... penas él lo muerde siente una turbación extraña, un vértigo se apodera de él... Pero una oleada de sangre le sube al corazón; se ruboriza. Arde. Vuelven a él la furia y el inextinguible deseo2.
2 Me equivoco al decir inextinguible. Vemos que nuevos filtros son con frecuencia necesarios. Y aquí siento
piedad por la dama. Porque ésta furiosa bruja, en su malignidad burlona, exige que el filtro provenga corporalmente de la misma dama. La bruja obliga, humilla y proporciona al amante una extraña comunión. El noble hacía sufrir a los judíos, a los siervos, hasta a los mismos burgueses (véase S. Simón acerca de su
hermano) un ultraje con ciertas cosas repugnantes que la dama estaba obligada, por la bruja, a entregar como filtro. Verdadero suplicio para ella. Pero de ella, de la gran dama, todo era recibido de rodillas (Véase mas adelante la nota tomada de Sprenger, pag. 130).
XI
LA COMUNION DE LA REBELION. LOS AQUELARRES