Duro es el invierno, largo y triste en el sombrío Noroeste. Ya terminado vuelve, como un dolor amortiguado, que al regresar maltrata por momentos. Una mañana todo se despierta adornado de agujas brillantes. En este esplendor irónico, cruel en el cual la vida palpita, todo el mundo vegetal parece mineralizado, pierde su dulce variedad, se endurece en ásperos cristales.
La pobre sibila, sumergida en su triste hogar de hojas, castigada por el quemante cierzo, siente en el corazón el severo látigo. Siente su aislamiento. Pero esto mismo la repone. Vuelve el orgullo y, con él, una fuerza que le calienta el corazón, le ilumina el espíritu, que se vuelve tenso, alerta y acerado, su vista se vuelve también aguda, como las agujas, y el mundo, ese mundo cruel que padece, se le aparece transparente como el vidrio. Y entonces goza, como si este mundo fuera una conquista de ella. ,íNo es ella acaso la reina? ¿No tiene acaso cortesanos? Los cuervos, evidentemente, están en contacto con ella. Vienen en bandadas honorables, graves corno antiguos augures, a hablarle de cosas del pasado. Los lobos pasan tímidamente, saludan con una mirada oblicua. El oso (menos raro entonces) se sienta a veces torpemente, con su pesada bonhomía, en el umbral del antro, como un ermitaño que visita a otro ermitaño, tal como se lo ve con frecuencia en las Vidas de los Padres del desierto.
Todos, pájaros y animales que el hombre sólo conoce para la caza y la muerte, todos están proscritos, como ella. Se entienden con ella. Satanás es el gran proscrito, y él da a los suyos la alegría de las libertades de la naturaleza, la alegría salvaje de ser un mundo que se basta a sí mismo.
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¡Salud, áspera libertad solitaria! ... Toda la tierra parece todavía vestida de un lienzo blanco, está cautiva del pesado hielo, de los despiadados cristales uniformes, agudos,
crueles. Sobre todo, después de 1200 el mundo quedó cerrado como un sepulcro transparente en que se ve con terror que todas las cosas están inmóviles y endurecidas.
Se ha dicho que “la iglesia gótica es una cristalización”. Y es verdad. Hacia 1300, la arquitectura, sacrificando lo que tenía de capricho vivo, de variedad, se repite al infinito, rivaliza con los rismas monótonos del Spitzberg. Imagen temible y verdadera de la dura ciudad de cristal, en la cual un dogma terrible creyó enterrar a la vida.
Pero sean cuales fueren los soportes, los contrafuertes, las arcadas, en que se apoya el monumento, una cosa lo hace trastabillar. No son los golpes ardientes de afuera, sino no se qué blandura que hay en las bases y que trabaja ese cristal llevándolo a un insensible deshielo. ¿Qué es? El humilde río de las tibias lágrimas derramadas por un mundo, todo un mar de llantos. ¿Qué es? Un soplo del porvenír, la poderosa e invencible resurrección de la vida natural. Del fantástico edificio, del cual ya cae más de un panel, se dice no sin terror: “Es el aliento de Satanás”.
Como un glaciar del Hecla sobre un volcán que no tiene necesidad de hacer erupción, un fuego tibio, lento, clemente, acaricia la construcción desde abajo, la llama hacia Él y le dice en voz baja: “Desciende”.
La bruja tiene motivos de risa si, desde la sombra puede ver allá en la luz brillante, cómo Dante, Santo Tomás, ignoran la situación. Ellos creen que Satanás se abre camino por medio del horror o de la sutíleza. Lo hacen grotesco y grosero; lo hacen Como era en la infancia, cuando Jesús podía todavía hacerlo entrar en los puercos. 0 lo convierten en un ser sutil, un escolástico lógico, un jurista lleno de sentencias. Si Satanás no hubiera sido más que esto, o la bestia, o el disputador, si no hubiera tenido más que el fango, o los distinguo del vacío, pronto se hubiera muerto de hambre.
Se triunfa fácilmente contra él cuando se lo muestra, como en Bartole, arguyendo contra la Mujer (la Virgen), que lo hace revocar, condenar, con costas. Pero sucede que, en la Tierra, ocurre lo contrario. Por un golpe supremo, Satanás gana a la litigante, a Mujer, su hermosa adversaria, la seduce con argumentos, no de palabras, sino reales, encantadores, irresistibles. Satanás pone en manos de la mujer el fruto de la ciencia y de la naturaleza.
Tantas disputas no son necesarias; él no tiene necesidad de litigar: muestra. Es el Oriente, es el paraíso reencontrado. Del Asia, que se ha creído destruir, se levanta una aurora incomparable, cuyos rayos alcanzan a atravesar la profunda bruma del oeste. Es un mundo de naturaleza y de arte, que la ignorancia había maldecido, pero que ahora avanza para conquistar a sus conquistadores, en una dulce guerra de amor y de seducción maternales. Todos caen vencidos, todos se enloquecen; no se quiere nada que no provenga del Asia. Ella llega hacia nosotros con las rnanos llenas. Las telas, los chales, los tapices de fácil blandura, la armonía misteriosa, el acero galante, brillante, de las armas adamasquinadas, todo esto demuestra nuestra barbarie. Y es poco, pues esas comarcas malditas de infieles, en las cuales reina Satanás, tienen como bendición visible los altos productos de la naturaleza, los elixíres de las fuerzas de Dios, el primero de los vegetales, el primero de los animales, el café, el caballo árabe. ¿Qué estoy diciendo? Un mundo de tesoros, la seda, el azúcar, la cantidad de hierbas todopoderosas que nos levantan el corazón, que nos consuelan, que endulzan nuestros males.
Hacia 1300 todo esto estalla. España misma, reconquistada por los bárbaros hijos de los godos, pero que tiene su cerebro en los moros y en los judíos, testimonia por los no creyentes. En todas partes en que los musulmanes, esos hijos de Satanás, trabajan todo prospera, las fuentes brotan y la tierra se cubre de flores. Con un trabajo meritorio,
inocente, la tierra se adorna de viñas maravillosas, en las cuales el hombre olvida, se rehace v cree beber la bondad mísma y la compasión celeste.
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¿A quién entrega Satanás la copa espumante de la vida? Y, en ese mundo de ayuno, que tanta razón ha ayunado, ¿existe acaso el ser fuerte que va a recibir todo sin vértigo, sin embriaguez, sin arriesgarse a perder el juicio?
¿Existe acaso un cerebro que, no petrificado y cristalizado por Santo Tomás, está abierto a la vida, a las fuerzas vegetativas? Tres magos1 hacen el esfuerzo; forzándose,
llegan a la naturaleza, pero estos vigorosos genios no tienen la fluidez, la fuerza popular. Satán vuelve a su Eva. La mujer es todavía, en el mundo, lo que es más naturaleza. Ella tiene y ha conservado siempre ciertos lados de inocencia maliciosa, como los que tienen el gato cachorro y el niño vivaz. Por ese lado ella puede entrar a la comedia del mundo, al gran juego del Proteo universal.
Pero ¡qué ligera, qué movediza es la mujer cuando no está mordida y fijada por el dolor! Está proscrita del mundo, atada a su landa salvaje, se hace vituperar. Hay que saber si helada, agriada, con el corazón lleno de odio, esta mujer podrá entrar en la naturaleza y en los dulces senderos de la vida. Si entra, sin duda alguna, será sin armonía, frecuentemente por los circuitos del mal. Está azorada, y es violenta, precisamente porque es muy débil en el ir y venir de la tempestad.
Cuando el calor primaveral del aire, del fondo de la tierra, las flores y sus lenguajes, cuando la revelación nueva sube hacia de todos lados, la mujer siente, en el primer momento, vértigo. Su seno dilatado desborda, La sibila de la ciencia tiene su tortura, como la tuvo la otra, la Cumea, la Délfica. Los escolásticos tienen razón de decir: “Es el aura, es el aire que la hincha, nada más. Su amante, el Príncipe del Aire, la llena de sueños y de mentira, de viento, de humo, de nada”. Ironía inepta. Por el contrario, la causa de su embriaguez no es el vacío: es lo real, la sustancia, que ha colmado rápidamente su seno.
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¿Habéis visto el agave, esa dura y salvaje planta africana puntíaguda, amarga, y desgarradora, que tiene por hojas enormes dardos? El agave ama y muere cada diez años. Una mañana, el ruido de un golpe de fuego, salta, se lanza hacia el cielo. Y este brote es un árbol que no mide menos de treinta pies y que brote amoroso, largo tiempo acumulado en la ruda criatura, aparece erizado de tristes flores.
Algo parecido siente la sombría sibila cuando, una mañana tardía de primavera y, por lo tanto, mucho más violenta, todo alrededor de ella estalla en la vasta explosión de la vida.
Y todo la mira, todo esto es para ella. Pues cada ser dice en voz muy baja: “Pertenezco a quien me hava comprendido".
¡Qué contraste!... Ella, la esposa del desierto y de la desesperación, alimentada de odio, de venganza, aparece rodeada de todos estos inocentes que la invitan a sonreír. Los árboles, bajo el viento del sur, le hacen una reverencia suave. Todas las hierbas de los campos, con sus virtudes diversas, sus perfumes, sus remedios o sus venenos (con frecuencia son la misma cosa) se ofrecen, le dicen: “Tómame”.
Todo esto ama, visiblemente. ¿No es esto una burla?... Yo estaba pronta para el infierno, no para esta fiesta extraña... Espíritu ¿eres tú realmente el espíritu del terror que he conocido y cuya huella cruel llevó (¿qué digo?, ¿qué siento?) ... la herida que todavía quema ...?
“Oh, no.. . no es éste el espíritu que yo esperaba en medio de mi furor: Aquel que síempre dice no. Y ahora está diciendo un sí de amor, de embriaguez y de vértigo... ¿qué le pasa? ¿Acaso es el alma enloquecida, el alma despavorida de la vida?
“Decían que el gran Pan ha muerto. Pero reaparece en Baco, en Príapo, impaciente por la larga demora del deseo, amenazador, quemante, fecundo... No, no, aparta de mí esta copa. Porque yo sólo beberé en ella la congoja, ¿quién sabe? Quizás una desesperación amarga, más allá de todas las desesperaciones”.
Sin embargo, allí donde aparece la mujer se convierte en el úínico objeto del amor. Todos la siguen, y todos por ella desprecian su propia especie. ¿Por qué hablan del carnero negro, el pretendido favorito? Lo mísmo les pasa al los otros. El caballo relíncha al verla, rompe todo, la pone en peligro. El rey temido de las praderas, el toro negro, si ella pasa o se aleja, muge, lamentándose. Ahí está el pájaro que se deja caer, que ya no quiere a su hembra y que, con alas temblorosas, realiza el amor sobre ella. Nueva tiranía de este Amo que, dando el golpe más fantástico, en vez de rey de los muertos, como se le creía, resplandece cómo rey de la vida.
“No -dice ella-, déjame con mi odio. No he pedido nada más. Quiero ser temida, terrible... Esta es mi belleza, la que conviene a las negras serpientes de mis caballos, a este rostro trabajado por los dolores, a estos rasgos, castigados por el rayo...” Pero el soberano Maligno le dice en voz muy baja, insidiosamente: “Oh, eres mucho más bella. Oh, eres mucho más sensible en tu furor, y tu cólera... Grita, maldice. Es tu aguijón. Una tempestad llama a la otra. Resbaladizo, rápido es el pasaje de la ira a la voluptuosidad".
Ni la cólera ni el orgullo la salvarán de esta seducción. Lo que la salva es la inmensidad del deseo. Nada bastará. Cada vida es limitada, impotente. ¡Atrás el corcel, el toro, atrás la llama del pájaro! Atrás, débiles criaturas, ante quienes tiene necesidad de infinito.
Ella tiene un antojo de mujer. ¿Antojo de qué? De Todo, del gran Todo universal. Satanás no ha previsto esto, no ha previsto que no se la podía apaciguar con ninguna criatura.
Lo que él no ha podido, algo cuyo nombre ignoro, lo hace. Ante este deseo inmenso, profundo, vasto, como el mar, la mujer sucumbe, se adormece. En ese momento, sin recuerdo, sin odio ni pensamiento de venganza, inocente pese a si misma, duerme
sobre la pradera, como lo hubiera hecho cualquier otra, la oveja o la paloma, tendida, suelta... no me atrevo a decir enamorada. La mujer ha dormido, ha soñado... Un hermoso sueño. ¿Cómo decirlo? El monstruo maravilloso de la vida universal se ha hundido en ella; y a partir de este momento la vida y la muerte, todo está en sus entrañas. Al precio de tantos dolores, la mujer ha concebido la Naturaleza.
IX