etcétera Las religiosas, imbuidas de estas doctrinas, las practicaban sigilosamente entre ellas y aterraron a Madeleine con su depravación La
SATANAS TRIUNFA EN EL SIGLO
La Fronda es un Voltaire. El espíritu volteriano, tan antiguo como Francia, largo tiempo contenido, estalla en la política y bien pronto en la religión. El gran rey quiere en vano imponer una solemne seriedad. Las risas continúan por debajo.
Pero, ¿no hay aquí más que risas y burlas? En modo alguno: estamos ante el advenimiento de la Razón. Por medio de Kepler, de Galileo, de Descartes y de Newton se establece triunfalmente el dogma razonable, la fe en la inmutabilidad de leyes de la naturaleza. El milagro ya no se atreve a aparecer y, cuando lo hace, es silbado.
Para decir mejor aún: al desaparecer los fantásticos milagros del capricho aparece el gran milagro universal, tanto más divino cuanto más regular.
Es la gran Rebelión, que decididamente ha vencido. La reconocemos en la forma audaz de sus primeras explosiones, en la ironía de Galileo, en la duda absoluta de la cual parte Descartes para iniciar su construcción. La Edad Media hubiera dicho: el espíritu del “Es el espíritu del Maligno”
Victoria en modo alguno negativa, sino afirmativa y de base firme. El Espíritu de la naturaleza y las ciencias de la naturaleza los proscritos del tiempo antiguo, ,vuelven, irresistibles. Es la Realidad, la Substancia misma que viene a expulsar las sombras vanas.
Locamente se había dicho: “El gran Pan ha muerto”. Después, al ver que todavía vivía, se lo había convertido en dios del alma; a través del caos era posible engañarse. Pero ahora aparecía vivo y viviendo armoniosamente en la sublime fijeza de las leyes que dirigen la estrella y, de igual modo, el profundo misterio de la vida
*
De esta época se puede decir dos cosas que no son contradictorias: el espíritu de Satanás ha vencido, pero se ha terminado con la brujería.
Toda la taumaturgia, diabólica o sagrada, está ya muy enferma. Brujos, teólogos, son igualmente impotentes. Han quedado reducidos al estado de empíricos que imploran en vano a un azar sobrenatural o al capricho de la Gracia las maravillas que la ciencia sólo pide a la Naturaleza, a la Razón.
*
Los jansenistas, pese a su celo, no tienen en todo este siglo nada más que un pobre milagro ridículo que mostrar. Menos felices todavía, los jesuitas, tan poderosos y tan ricos, no pueden a ningún precio procurarse uno, Y tienen que contentarse con las visiones de una mujer histérica, la hermana María Alacoque, enormemente sanguínea, que no veía más que sangre por todas partes. Ante una impotencia semejante, la magia, la brujería podían muy bien consolarse.
Notemos que en esta decadencia de la fe en lo sobrenatural, la una sigue a la otra. Ambas estaban ligadas en la imaginación, en el terror de la Edad Media. Y siguen todavía ligadas en la risa y en el desdén. Cuando Moliére se ríe del diablo y “de las calderas hirvientes”, el clero se inquieta profundamente; siente que la fe en el paraíso disminuye por igual.
Un gobierno enteramente laico, el del gran Colbert (que fue por largo tiempo el verdadero rey) no ocultaba su desprecio por aquellos viejos asuntos. Vació las cárceles de brujos, amontonados todavía en las prisiones por el Parlamento de Ruán, prohibió a los tribunales admitir la acusación de brujería (1672). Este Parlamento proclamó e hizo comprender claramente que, al negar la brujería, se comprometían muchas otras cosas. La duda en los misterios de aquí abajo sacudía en muchas almas la creencia en los misterios de allá arriba.
*
El aquelarre desaparecía. ¿Por qué? Porque ya estaba en todas partes. Formaba parte de las costumbres. Sus prácticas son la vida diaria.
Se decía del aquelarre: “Ninguna mujer vuelve de allí encinta”. Se reprochaba al diablo, a la bruja, ser enemigo de la generación, detestar la vida, amar la muerte y la nada, etcétera. Y resultaba justamente que en el piadoso siglo XVII, en que la bruja expira,1 el amor a la esterilidad y el miedo a engendrar se han convertido en la
enfermedad general.
Si Satanás lee, evidentemente encuentra motivo de risa al leer a los casuistas, sus continuadores. ¿Hay, sin embargo, alguna diferencia entre ellos? Sí. Satanás, en aquellos tiempos aterradores, fue previsor para los hambrientos, se apiadó del pobre. Pero los casuistas tienen piedad del rico. El rico, con sus vicios, su lujo, su vida de corte, es un necesitado, un miserable, un mendigo. Se presenta a la confesión, humildemente amenazador, a extraer del doctor casuista la autorización para pecar a conciencia. Algún día alguien escribirá (sí tiene el valor) la sorprendente historia de las cobardías del casuista que quería conservar a su penitente, los expedientes vergonzosos a que descendió. Desde Navarro hasta bar se estableció un extraño
1 No considero a Voisin como a una bruja, ni considero aquelarre las representaciones que ella hacía para
divertir a grandes señores gastados, como Luxembourg y Vendome, su discípulo, y a mujeres desvergonzadas, como las Mazarinas. Algunos sacerdotes infames, asociados a la Voisin, decían secretamente para ella la misa negra, de manera seguramente mucho más obscena de lo que nunca había sido dicha frente a todo el pueblo. En una miserable víctima altar vivo, se hacía la burla de la naturaleza. ¡Una mujer entregada a la burla, qué horror!… Juguete mucho menos de los hombres que de la crueldad de las mujeres, de una Bouillon insolente, o de la oscura Olimpia, profunda en crímenes y doctora en venenos (1681).
comercio a costa de la esposa, y el asunto todavía se disputa. Pero esto no es bastante. El casuista está vencido, todo lo suelta. Desde Zoccolí a Ligourí (1670 - 1770) ya no defiende a la naturaleza.
El diablo, como se sabe, tenía dos caras en el aquelarre: una arrimaba, amenazadora; otra burlesca en el trasero. Hoy en día, cuando ya nada tiene que hacer, ha regalado esta última al casuista.
Lo que más debía divertir a Satanás es que sus fieles se encuentran ahora entre las gentes honestas, los matrimonios serios regidos por la Iglesia.2 La mujer de mundo, que
eleva su casa por medio del gran recurso de aquellos tiempos, el adulterio lucrativo, se ríe de la prudencia y sigue audazmente a la naturaleza. Pero la familia devota no sigue más que a su jesuita. Para conservar, concentrar las fortunas, para dejar un hijo rico, entra en los senderos oblicuos de la nueva espiritualidad. En la sombra y en el secreto, la mujer más orgullosa, de rodillas en el reclinatorio, se ignora a sí misma, se olvida, se ausenta, sigue la lección de Molinos: “Estamos aquí abajo para sufrir. Pero la indiferencia piadosa, a la larga, endulza todo, lo adormece. Se obtiene la nada... ¿La muerte, acaso? No, exactamente. Sin mezclarse, sin responder a las cosas, se tiene el eco de éstas, vago y dulce. Es como un azar de la Gracia, suave y penetrante, que nunca es más intenso que las humillaciones en que se eclipsa la voluntad".
Profundidades exquisitas... ¡Pobre Satanás, cómo te han sobrepasado! Humíllate, admira y reconoce a tus hijos.
*
Los médicos, que son realmente los hijos legítimos del diablo, que nacieron del empirismo popular llamado brujería, que son los herederos favoritos a quienes el diablo entregó el más elevado patrimonio, ya no se acuerdan bastante. Y son ingratos con la bruja, que los preparó.
Hacen aún más. A aquel rey caído, a su padre y autor, le infligen golpes de látigo... Tu quoque, fili mi!.. . Y dan armas crueles contra el diablo a los burlones.
Ya los médicos del siglo XVI se habían reído del Espíritu que, desde tiempo inmemorial pasando, por las sibilas y por las brujas, había agitado e hinchado a las mujeres. Sostenían que este espíritu no era diablo ni Dios, sino como se decía en la Edad Media: “El Príncipe del aire”. ¡Convertían a Satanás en una enfermedad!
La posesión no sería más que el efecto de la vida en cautividad, sentada, de la vida seca, tensa de los claustros. Los 6,500 diablos de la pequeña Madeleíne de Gauffridi, las legiones que se debatían en el cuerpo de las monjas exasperadas de Loudun y de Louviers, fueron llamadas tempestades físicas por estos doctores. “Si Eolo hace temblar la tierra - dice Yvelin -, ¿no puede acaso hacer temblar el cuerpo de una muchacha?” El cirujano que atendió a la Cadiere (caso que veremos luego) dice fríamente: “No se trata más que de una sofocación de la matriz".
¡Extraña decadencia! ¿Acaso el terror de la Edad Media, vencido, desorientado ante los más simples remedios, los exorcismos a la Moliére, va a huir y desvanecerse?
2 La esterilidad va en aumento en el siglo XVII, especialmente entre las familias formales, regimentadas
según la estricta medida del confesionario. Veamos, por ejemplo, a los jansenistas. Sigamos a los Arnaud; veamos como se ha ido reduciendo esta familia: primero, veinte hijos, después, quince; después, cinco; finalmente, ninguno. Esta raza enérgica (emparentada con los valientes Colbert) ¿se acaba acaso por la enervación? No. Se reduce poco a poco para que el mayorazgo sea rico, para crean un gran señor y un ministro. Llega y muere a causa de su ambiciosa prudencia, seguramente autorizada.
Sería reducir la cuestión. Satanás es otra cosa. Los médicos no han visto lo alto ni lo bajo - ni su elevada rebelión en la ciencia -, ni los extraños compromisos de intriga devota y de impureza que el diablo realizó hacia 1700, uniendo a Príapo con Tartufo.
*
Se cree conocer al siglo XVIII y jamás se ha visto una cosa esencial que lo caracteriza.
Cuanto más civilizadas, esclarecidas, inundadas de luz eran sus capas superiores, su superficie, más herméticamente se cerraba por debajo la vasta región del mundo eclesiástico, del convento, de las mujeres crédulas, enfermizas y dispuestas a creerlo todo. A la espera de Cagliostro, de Mesmer y de los magnetizadores que aparecieron hacía el fin del siglo, numerosos sacerdotes explotaron la difunta brujería. No hablaban más que de hechizos, provocaban el terror y se encargaban luego de expulsar a los demonios por medio de exorsismos indecentes. Aparecieron muchos brujos, que ya se sabía que se arriesgaba poco, que nadie iba a ser quemado. La dulzura de la época los protegía, también la tolerancia que predicaban sus enemigos los filósofos y la ligereza de los grandes burlones, que creían terminar con todo si se reían. Y es precisamente porque se reía que esos tenebrosos maquinadores prosiguen su camino, sin miedo. El espíritu nuevo es el espíritu del regente, escéptico e indulgente. Este espíritu estalla en las Lettres persanes, estalla en todas partes, en el poderoso periodista que llena el siglo: Voltaire. Si la sangre humana corre, su corazón entero se subleva. Por lo demás, ríe. Poco a poco la máxima del público mundano parece ser: “No castigar nada, reír de todo".
La tolerancia permite al cardenal Tencin ser públicamente el marido de su hermana. La tolerancia asegura a los dueños de los conventos una posesión tranquila de las religiosas, hasta llegar a declarar los embarazos, y constatar legalmente los nacimientos.3 La tolerancia excusa al padre Apollinaire, descubierto en un vergonzoso
exorcismo.4
El galante jesuita Cauvrigny, ídolo de los conventos de provincia, expía sus aventuras con un llamado a París, es decir, con una promoción.
No fue otro el castigo del famoso jesuita Gírard: éste merecía la horca y fue colmado de honores, murió en olor de santidad. Es este el asunto más curioso del siglo. Pone el dedo sobre el método de la época: la mezcla grosera de las más opuestas maquinarias. Las suavidades peligrosas del Cantar de los Cantares eran, como siempre, el prefacio. Se continuaba con María Alacoque, con el matrimonio de los corazones ensangrentados, condimentado con las morbosas dulzuras de Molinos. Girard añadió a esto el aliento diabólico y los terrores del embrujo. Fue, a la vez, el diablo y el exorcista. En fin, cosa terrible, la infortunada que inmoló bárbaramente, lejos de obtener justicia,
3 Por ejemplo: el noble capítulo de los canónigos de Pignan, que tuvo el honor de ser representado en los
Estados de Provenza, no abandonó por ello la pública posesión de las religiosas del país. Había 16 canónigos. El preboste, en un solo año recibió de las monjas 16 declaraciones de embarazo (Histoire manuscrite de Besse, por M. Renoux, comunicada por M. Th.) Esta publicidad tenía de bueno que acababa con el crímen monástico, el infanticidio. Las religiosas, sometidas a lo que consideraban una carga de su estado, a costa de una pequeña vergüenza, eran humanas y buenas madres. Salvaron por lo menos a sus hijos. Las monjas de Pignan les dieron nodrizas campesinas, que los adoptaron, los utilizaron, los criaron junto con sus propios hijos. Así, muchos agricultores del lugar son conocidos, todavía hoy, como descendientes de la nobleza eclesiástica de Provenza.
fue perseguida hasta la muerte. Esta mujer desapareció. Probablemente fue encerrada por orden de prisión, enterrada viva en un sepulcro.
x