La antinaturaleza palidece y no está lejano el día en que su dichoso eclipse será para el mundo una aurora.
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Los dioses pasan, Dios queda. Por el contrario, cuanto más pasan, tanto más aparece Él. Es como un faro que se eclipsa, pero que se vuelve cada vez más luminoso.
Es una gran señal verlo en plena discusión, hasta en los diarios. Empezamos a sentir que todas las cuestiones se relacionan con Ia cuestión fundamental y soberana (la educación, el Estado, el niño, la mujer). Así es Dios, así es el mundo.
Esto quiere decir que los tiempos están maduros.
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Esta alba religiosa está tan cercana que, a cada momento, creo verla apuntar en el desierto en el cual se terminó este libro.
¡Qué luminoso, qué áspero, qué bello es mi desierto! Yo tenía, mi nido sobre un peñasco de la gran bahía de Tolón, en una humilde villa. sobre aloes y cipreses, cactus y rosas silvestres. Ante mí la extensión inmensa de mar deslumbrador; detrás, el pelado anfiteatro en que podrían ubicarse cómodamente los Estados generales del mundo.
Este lugar, completamente africano, tiene resplandores acerados que deslumbran durante el día. Pero en las mañanas de invierno, sobre todo en diciembre, estaba iImpregnado de un misterio divino. Yo me levantaba a las seis en punto de la mañana, cuando el tiro de cañón del Arsenal daba la señal de iniciar el trabajo. De seis a siete vivía un momento admirable. El titílar vivo (¿me atreveré a decir acerado?) de las estrellas, avergonzaba a la luna y resistía al alba. Antes que apareciera, y luegoen el combate entre las dos luces, la transparencia prodigiosa del aire permitía ver y oír a distancias increíbles. Distinguía todo a dos legias de distancia. Los menores accidentes de las montañas lejanas, árboles, rocas, casas, opliegues de terreno, todo se revelaba con la más fina precisión. Era como si tuviera más sentidos, como si fuera otro ser, suelto, libre, alado. Momento límpido, austero y puro . Yo me decía: “Pero ¿qué? ¿Todavia soy hombre?”
Un azulado indefinible (que el alba rosada respetaba, que no se atrevía a manchar), un éter sagrado, un espíritu, convertía en espíritu a toda la naturaleza.
Se sentía sin embargo un progreso, cambios lentos y dulces. Una gran maravilla iba a llegar, estallando y eclipsándolo todo. Se la dejaba llegar, no se la apresuraba. La transfiguración próxima, los esperados deslumbramientos de la luz, no quitaban nada al encanto profundo de estar todavía en la noche divina, a medias escondido, no desprendido aún del poderoso hechizo... ¡Ven, Sol! Te adoramos de antemano, disfrutando aún de este último momento de ensueño.
NOTA PRIMERA. Clasificación geográfica de la Brujería. Mi tenebro tema es como el mar. El que se zambulle con frecuencia aprende a ver en el . La necesidad crea los sentidos. Testigo de esto el extraño pez del que habla Forbes (pertica astrolabus), que, como vive en lo más profundo cerca del fondo, se ha creado un ojo admirable para atrapar, concentrar los resplandores que descienden hasta allí. La brujería a primera vista tenía para mí la unidad de la noche. Poco a poco la vi múltiple y muy diversa. En Francia, de provincia a provincia, las diferencias son ya grandes. En Lorena, cerca de Alemania, aparece más pesada y más sombría; no ama más que a las bestias negras. En el país vasco, Satanás es vivo, travieso, prestidigitador. En el centro de Francia es un buen compaiíero; los pájaros que deja sueltos parecen el amable augurio y el deseo de libertad. Salgamos de Francia; entre los pueblos y las razas diversas, las variedades, los contrastes son mucho más fuertes.
Nadie, que yo sepa, había visto esto. ¿Por qué? La imaginación, una vana poesía pueril, nublaban, confundían todo. La gente se divertía con este tema terrible, que es un tema de lágrimas y de sangre. Yo lo tomé de todo corazón. Dejé los espejismos, los humos fantásticos, las nieblas vagas en las que todos se complacían. El verdadero sentido de la vida entregada a las diversidades vivientes los vuelve sensibles y los hace ver. Distingue, caracteriza. Cuando ya no se trata de sombras y de cuentos, sino de seres humanos, vivos y sufientes, diferencian, clasifican.
Poco a poco la ciencia horadará esto. Veamos la idea general. Dejemos de lado los extremos del Ecuador, del polo, los negros, los lapones. Entre éstos todo es demonio, nada es demonio. Dejemos a los salvajes de América, etcétera. Europa sola ha tenido la idea neta del diablo, ha buscad o y ha querido, ha adorado el mal absoluto (o, por lo menos, lo que se creía tal)
1°En Alemania el diab!o es fuerte. Se aviene muy bien a las minas y a las selvas. Pero, si se mira atentamente, lo vemos mezclado, dominado por los restos y los ecos de la rnitologia del Norte, Entre las tribus góticas, por ejemplo, en oposición a la dulce Holda, se crea la bravía Unholda (J. Grimm, 554); el diablo es mujer. Lleva consigo un enorme cortejo de espíritus, de gnomos, etcétera. Es industriosa, trabaja, es constructora, albañil, metalúrgica, alquimista, etcétera.
2° En Inglaterra el culto del diablo es secundario y está mezclado y dominado por ciertos espíritus del hogar, por ciertos malos animales domésticos con los que la mujer agria y colérica hace, realiza maleficios y venganza (Thomas Wrigth, I, 177). Cosa extraña, en este pueblo en el que God-dom es el juramento nacional (en el siglo XV, Proceso de Juana de Arco y sin duda más antiguamente), se quiere ser condenado por Dios, pero sin venderse al diablo. El alma inglesa se guarda todo lo que puede. No hay aquí pacto expreso, solemne. Nada de gran aquelarre (Wright, I, 281). “La muchedumbre de pequeños espíritus”, encarnados súbitamente en perros o en gatos, con frecuencia invisibles y encerrados en los paquetes de lana, o en alguna botella que sólo la mujer conoce, esperan la ocasión de hacer el mal. Su ama los llama con nombres barrocos, como “Duendecillo“, “Hierbajo, etcétera. A veces los cede, a veces
los vende. Estos seres equívocos, se piense lo que se piense de ellos, le bastan, conservan su maldad por medio de la bajeza. La mujer tiene poco que ver con el diablo, se eleva escasamente hasta este ideal.
Hay otra razón que impide al diablo progresar en Inglaterra. Es que no se hace mucho ruido con él. Se ahorca a la bruja, se la estrangula antes de quemarla. Expedida de esta manera, la bruja carece de la horrible poesía de la hoguera, que el exorsismo, que el anatema, que Ios concilios le dan en el continente. El diablo allá no posee la rica literatura de Ios monjes, no cobra vuelo, para crecer le es necesaria la cultura eclesiástica.
3° Es en Francia, según creo y en el siglo XIV solamente que encontramos la adoración pura del diablo. Wright está de acuerdo conmigo sobre el tiempo y el lugar. Pero, él dice: “En Francia y en Italia”. Pero yo no veo que pase esto entre Ios italianos (Bartole, 1357; Spina, 1458, Grindallus, 1534, etcétera); aquí el aquelarre en su forma más terrible, la misa negra, el solemne desaf’’io a Jesús. Dudo que esto ocurra también en España. En la frontera, en el país vasco, se adoraba imparcialmente durante el día y a Satanás por la noche. Había allí más libertad loca que odio o furor. Los países de luz, España e Italia, han ido naturalmente menos lejos en las religiones de las tinieblas, menos lejos en la desesperación. El pueblo vive aqui con poco, está acostumbrado a la miseria. La naturaleza del Mediodía nivela muchas cosas. La imaginación priva sobre todo. En España tenemos el espejismo singular de las llanuras salitrosas, la salvaje poesía del cabrero, del carnero, etcétera. En Italia hay algunos delirios histéricos, por ejemplo, las alteradas, que se deslizan bajo la puerta o por la cerradura para beber la sangre de los niños pequeños. Locura y fantasmagoría, como en los sueños sombríos de Harz y de la Selva Negra.
Todo es más claro, según parece, en Francia. La herejía de las brujas, como se decía, parece producirse normalmente después de las grandes persecuciones como herejía suprema. Cada secta perseguida que cae en el estado nocturno, en la vida peligrosa de las sociedades secretas, gravita hacia el culto del diablo y poco a poco se acerca al terrible ideal (que logra hacia 1300). Y a partir del año 1000 (véase Guéraud, Cartul. de Chartres) inicia contra los heréticos de Orleáns la acusación siempre renovada sobre la orgía nocturna y lo demás. Acusación mezclada a falsedades, a verdades, pero que produce cada vez más efecto, reduciendo a los proscritos, a los sospechosos a las asambleas nocturnas. Hasta los puros (catares o albigenses) después de la horrible ruina del siglo XIII caen en la desesperación, pasan en la muchedumbre a la brujeria, adoran al anti-Jesús. Así sucede con los valdenses. Cristianos inocentes en el siglo XII (como lo reconoce Walter Mapes), terminaron por convertirse en brujos al punto de que, en el siglo XV, valdense es sinónimo de brujo.
En Francia no creo que la bruja sea, como en otras partes, el fruto de la imaginación, de la histeria, etcétera. Una parte considerable y quizás la mayoría de esta clase inortunada de mujeres ha surgido de nuestras crueles revoluciones religiosas.
La historia del culto diabólico y de la brujería obtendrá nuevas luces de la historia de la herejía que engendró. Espero con impaciencia el gran libro sobre los albigenses que va a aparecer. M. Peyrat ha reencontrado ese mundo perdido en un depósito sagrado, fiel y bien conservado, en la tradición familiar. Descubrimiento inesperado. Ha encontrado el in pace en que fue enterrado todo un pueblo, el inmenso subterráneo en, el que un hombre del Siglo XIII dijo: “Han hecho tantos fosos tantas cuevas, tantas celdas, tantos calabozos que ya no hay bastantes piedras en los Pirineos”.
Nota 2. Página 20 de la Introducción. Registros Originales de la Inquisición. Tenía la esperanza de encontrar uno de estos registros en la Biblíoteca Irnperial. El N° 5954 (lat.) se titula, en efecto, Inquisitio. Pero no se trata que de una ínvestigación hecha por
orden de San Luis en 1261, cuando el rey vio que el horrible régimen establecido por su madre y que le habían legado en su minoría de edad convertía al Mediodía en un desierto. San Luis lo lamenta y dice. "Licet in regni nostri pirmodiis ad terrorem durius scripserimus, etcétera”. No hubo ningún ablandamiento hacia los herejes, sino hacía las viudas o los hijos de aquellos que estaban bien muertos. No se han publicado todavía más que dos de los verdaderos registros de la Inquisición (a la continuación de Limburch). Son los Registros de Tolosa, que van de 1307 a 1326, Magi extrajo otros dos (Academia de Tolosa, 1790 e infolio 4, t. IV, pag. 19). Lamothe-Langon extrajo los Registros de Carcassone (Histoire de la Ínquisition en France, t. III), Llorente extrajo los de España. Estos registros misteriosos estaban en Tolosa (y sin duda en todas partes) encerrados en unas bolsas colgadas muy arriba en los muros, cosidos además por los dos lados, de manera que no se podía leer nada sin descoser todo, y nos dan una prueba preciosa, instructiva sobre todas inquisiciones de Europa. Porque el procedimiento era en todas partes exactamente el mismo (véase Directorium Eymerici, 1358). Lo que sorprende en estos registros no es solo el gran número de condenados, es el de los enmurados, que metían en un pequeño cubículo de piedra (camerula) o en una fosa in pace a pan y agua. Sorprende también el número infinito de cruzados que llevaban Ia cruz roja adelante y atrás. Éstos eran los mejor tratados; provisoriamente les dejaban en su casa. Pero, el domingo, después de la misa, debían ir a hacerse azotar por sus curas (Reglamento de 1326, Archivos de Carcassonne, en L. Langon, III, 191). Lo más cruel, sobre todo las mujeres, era que todo el populacho, especialmente los niños, se burlaban y las ultrajaban. Y también sin causa nueva podían encarceladas y enmuradas. Sus hijos y sus nietos eran también sospechosos y enmurados.
Todo es herejía en el siglo XIII, todo es magia en el siglo XIV. El pasaje es fácil. En la grosera teoría de ese tiempo, la herejía difiere poco de la posesión diabólica; toda creencia mala, como todo pecado, es un demonio que se arroja por la tortura o por el látigo. Porque los demonios son muy sensibles (Michel Psellus). Se prescribe a los cruzados, a los sospechosos de herejía que huyan de todo sortilegio (D. Vaisette, Lang). El pasaje de la herejía a la magia signifoca un progreso en el terror, en el que muchas cosas corrían a cargo del pueblo. En los procesos de herejía (procesos de hombres en su mayoría) había público. Pero, en los de magia, en los de brujería, casi siempre procesos de mujeres, el juez tenía derecho a estar solo, frente a frente con la acusada.
Notemos que bajo este terrible título de brujería se incluyó poco a poco a todas las pequeñas supersticiones, a la vieja poesía del hogar y de los campos, al duendecillo, al gnnomo, al hada. Pero, ¿qué mujer puede ser inocente! La más devota creía en todo esto. Al acostarse, antes de rogar a la Virgen, dejaba leche para su duendecillo. La doncella, la mujer, prendían por la noche un fueguito alegre para las hadas, y, durante el día llevaban un ramo de flores a la santa.
Pero, esto las convertía en brujas. Las vemos ya frente al hombre negro. El los interroga (las mismas, siempre las mismas preguntas, las que se hacía a toda sociedad secreta, a los albigenses, a los templarios, no importa a quién). En cuanto la mujer sueña, aparece el verdugo; todos los instrumentos estan preparados bajo la arcada del costado: la estrapada, el potro, los borceguíes, las puntas de hierro. La mujer se desmaya de terror, ya no sabía lo que decía: “No he sido yo. .. no lo haré más. .. es mi madre, es mi hermana, es mi prima…quienes me han forzado.... me han arrastrado… ¿qué podía hacer? Yo les tenía miedo, las seguí de mala voluntad, temblando” (Trepidabat; sororia sua Guilelma trahebat et metu faciebat multa. Reg. Tolosa 1307, pág. 10, Ap. Limburch).
Pocas resistían. En 1329 una, llamada Juana, pereció por haberse negado a denunciar a su padre. (Reg. de Carcassonne, L. Langon, 3, 202). Pero con estas rebeldes se ensayaban otros medios. Una madre y sus tres hijas resistieron a las
torturas. El inquisidor se apoderó entonces de la segunda, le hizo el amor, la tranquilizó de tal manera que ella confesó todo, traicionando a su madre y a sus hermanas (Limburch, Lamothe-Langon). Y todas fueron quemadas.
Lo que quebraba más que la misma tortura era el horror del in pace. Las mujeres morían de terror de ser encerradas en aquel pequeño agujero negro. En París se pudo ver el espectáculo público de una casilla de perros en el patio de las Arrepentidas, en donde estuvo encerrada la dama de Escoman, enmurada (salvo por una ranura por la que le tiraban el pan), acostada en medio de sus excrementos. A veces se explotaba el miedo hasta llegar a la epilepsia. Ejemplo: aquella rubiecita, débil niña de quince años, a quien Michaëlis mismo confiesa haber obligado a denunciar, metiéndola en un antiguo osario para que se acostara sobre los huesos de los muertos. En España con frecuencia, en el in pace, lejos de ser un lugar de paz, tenía una puerta por la que todas las noches, a hora fija, llegaba alguien a trabajar a la víctima para el bien de su alma fiagelándola. Un monje condenado a un in pace, ruega y suplica que se le dé la muerte (Llorente). En cuanto a los autos-da-fe hay que ver en Limburch lo que dicen los testigos oculares. Véase sobre todo a Dellon, que él mismo llevó el San Benito (Inquisición de Goa, 1688).
En el siglo XIII y el siglo XIV el terror era tan grande que forzaba a las personas de posición más elevada a abandonarlo todo, rango, fortuna, a partir del momento en que eran acuadas y huir. Es esto lo que hizo la dama. Alice Kyteler, madre del sencecal de Irlanda, perseguida por brujería por un monje mendcante que habián nombrado obispo (1324). La dama escapar. Pero quemaron a su confidente. El senecal hizo una enmienda honorable y fue solamente degradado (T. Wright, Proceedings against dame Alice, etcétera, infolio 49, Londres, 1843).
Todo esto se organizó entre 1200 y 1300. Es en 1233 que la madre del rey San Luis fundó la gran prisión de Inmuratz de Tolosa ¿Qué sucedía? Todos se entregaban al diablo. La primera mención del Pacto diabólico data de 1222 (César d”Héisterbach), ya no se era hereje o semi-cristiano. Ahora todos se convertían en seres ssatánicos, anti- cristianos. La furiosa ronda del aquelarre aparece en 1353 (Proceso de Tolosa, en L. Langon, III, 360), la víspera de las rebeliones campesinas.
NOTA 3. Los dos primeros capítulos resumidos en mis cursos sobre la Edad Media, explican por el estado general de la sociedad por qué la humanidad desesperaba; en los capítulos III, IV y V se explica por el estado moral del alma, por qué la mujer desperaba especialmente y fue llevada a entregarse al diablo, a convertirse en bruja. Es solo en el año 553 que la Iglesia tomó la atroz decisión de condenar a los espíritus o demonios (palabras sinónimas en griego) sin retroceso, sin arrepentimiento posible. Se siguió en esta forma a la volencia africana de San Agustín, en contra del consejo más blando de los griegos, de Orígenes y de la antig edad (Haag, Histoires des dogmes, I, 80 - 83). A partir de entonces se estudia, se fija el carácter, la fisiología de Ios espíritus. Los espíritus tienen y no tienen cuerpo, se desvanecen en humo, pero aman el calor, ttemen a los golpes, etcétera. Todo esto es perfectamente conocido, está convenido en 1050 (Michel Psellus, Énergíe des espirits ou démons). Este bizantino da exactamente la misma idea que las leyendas occidentales (Véase los textos numerosos en la Mythologie de Grimm, Fees de Maury, etcétera). Sólo en el siglo XIV se dice claramente que todos estos espíritus son diablos.
Trilby de Nodier y la mayoría de los cuentos análogos han fracasado por que no llegan hasta el momento trágico en que la mujer ve en el duendecillo al amante infernal.
En los capítulos V-XII del primer libro he intentado descubrir por qué la mujer pudo convertirse en bruja. Investigación delicada. Ninguno de mis predecesores la ha intentado. En realidad no se han informado más que de os grados sucesivos por los que
llegó a esa cosa horrible. Su bruja surge de golpe, como desde el fondo de la tierra. Pero la naturaleza humana no es así. Esta búsqueda me impuso el trabajo más dificil. Los textos antiguos son raros, y los que se encuentran esparcidos en los libros bastardos de 1500 y 1600 son dificiles de distinguir. Una vez que se ha encontrado estos textos, ¿cómo podemos clasificarlos por fechas, decir: "Esto es del siglo XII, esto de XIII, esto del XIV”? Yo no me hubiera arriesgado de no haber tenido ya una larga familiaridad con esos tiempos en mis estudios obstinados de Grimm, de Ducange, etcétera, y en mis Origines du droit (1837). Nada pudo sereme más útil. En esas fórmulas, en esos Usos tan poco variados, en la Costumbre que se creía eterna, se palpa sin embargo el sentido del tiempo. A otros síglos, otras formas. Se aprende así a reconocerlos, a fijar las fechas morales. Se distingue a maravilla la sombría gravedad