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HELENA: ¿CULPABLE O INOCENTE?

LA GUERRA DE TROYA

HELENA: ¿CULPABLE O INOCENTE?

El tercer acto se desarrolla alrededor de Helena. ¿Quién es Helena? También es fruto de una intrusión de los dioses en el mundo humano. Su madre, Leda, una mortal, es hija de Testio, rey de Calidón. Muy joven conoce a un lacedemonio, Tindáreo, a quien los azares de la vida política han expulsado de su patria y ha dado asilo Testio. Al regresar a Esparta para recuperar el reino del que ha sido despojado, Tindáreo, enamorado de Leda, la pide en matrimonio. Se celebran las bodas con gran pompa. Pero la extrema belleza de la joven no ha seducido únicamente a su esposo. Desde las alturas del Olimpo, Zeus la ha descubierto. Sin tener en cuenta a Hera ni a ninguna de sus restantes esposas divinas, sólo tiene una idea en la cabeza: hacer el amor con esa joven. La noche de bodas, cuando Tindáreo y Leda comparten por primera vez el lecho nupcial, Zeus la visita en forma de cisne y se une a ella. Leda lleva en su seno al mismo tiempo a los hijos de Tindáreo y a los de Zeus. Son cuatro: dos

60 chicas y dos chicos. Se dice a veces que, en realidad, es a una diosa, Némesis, a quien forzó Zeus. Para escapar de él, se metamorfoseó en oca, y Zeus se convirtió en cisne para cubrirla. La escena se desarrolló en las alturas del monte Taigeto, cerca de Esparta, y en su cima es donde Némesis-oca deposita el huevo (o los dos) que pone, y que un pastor se apresura a llevar a Leda. En el palacio de la reina los pequeños salen de su cáscara, y Leda los adopta como hijos.

Némesis es una divinidad temible, hija de la Noche, de la misma estirpe que sus hermanos y hermanas, procreados como ella por la fuerza del Érebo: la Muerte, las Parcas, Éride (la Discordia), junto con su cortejo: los Homicidios, las Matanzas, los Combates. Pero Némesis supone también el otro aspecto de lo tenebroso femenino, el personificado por las dulces Mentiras y Filotes en cuanto encarna la Ternura amorosa, el que junta placeres y engaños. Némesis es una vengadora que se encarga de la expiación de las culpas, y no conoce el descanso hasta que ha cazado al culpable para castigarlo, hasta que ha humillado al insolente que ha llegado demasiado lejos y con los excesos de su éxito ha provocado los celos de los dioses. Némesis-Leda: en cierto modo, es la diosa Némesis quien adopta el aspecto de Leda, una simple mujer, para hacer pagar a los mortales la desgracia de no ser dioses.

Cuatro hijos, por tanto. Dos chicos: los Dioscuros (los «hijos de Zeus», que son al mismo tiempo los Tindáreos, los «hijos de Tindáreo»), Cástor y Pólux; y dos chicas: Helena y Clitemnestra. En ellos se ha juntado, para lo mejor y lo peor, lo divino y lo humano: las semillas de Tindáreo, el esposo humano, y de Zeus, el amante divino, se han mezclado en el seno de Némesis-Leda para asociarse sin dejar de ser distintas y opuestas. De los dos gemelos varones, uno, Pólux, procede directamente de Zeus, y es inmortal; el otro, Cástor, tiene más cosas de Tindáreo. En el combate que libran contra sus dos primos, Idas y Linceo, Cástor encuentra la muerte y desciende a los infiernos, mientras que Pólux, vencedor, pero herido, es elevado gloriosamente al Olimpo por Zeus. No obstante su ascendencia y su naturaleza contrastadas, los dos hermanos nunca dejan de ser unos gemelos tan unidos entre sí y tan inseparables como los dos extremos de la viga horizontal que los representa en Esparta. Pólux consigue de Zeus poder compartir la inmortalidad con su hermano, de modo que cada uno de ellos pasará la mitad de su tiempo gozando en el cielo de los dioses y la otra mitad en el exilio bajo tierra, en los Infiernos, en el reino de las sombras, entre los mortales. También Clitemnestra y Helena se corresponden como una doble calamidad. Pero la primera, de la que se dice que es la hija puramente mortal de Tindáreo, tiene un destino trágico: encarna la maldición que pesa sobre el linaje de los Atridas, es el espíritu vengador que aporta una muerte ignominiosa al vencedor de Troya, Agamenón.

Helena, descendiente de Zeus, siempre está rodeada, incluso cuando provoca desgracias, de un aura divina. El resplandor de su belleza, que la convierte, por su poder de seducción, en un ser aterrador, no deja por ello de

61 realzar su persona ni de rodearla de una luminosidad en la que se percibe el reflejo de lo divino. Cuando abandona a su esposo, su palacio, y sus hijos para seguir los pasos del joven extranjero que le propone un amor adúltero, ¿es culpable o inocente? A veces se dice que cedió con gran facilidad a la llamada del deseo, al placer de los sentidos, que estaba fascinada por el lujo, la riqueza, la opulencia y el fasto oriental de que hacía gala el príncipe extranjero. Y otras se afirma, por el contrario, que fue raptada.

En cualquier caso, hay un hecho indudable: la fuga de Helena con Paris desencadenó la guerra de Troya. Sin embargo, ésta no habría sido lo que fue si sólo se hubiera tratado de los celos de un marido decidido a recuperar a su mujer. El asunto es mucho más grave. Por un lado, intervienen la concordia, la hospitalidad, los vínculos de vecindad y los compromisos, y, por el otro, la violencia, el odio y las discordias. Cuando Helena alcanza la edad de casarse, su padre Tindáreo, ante una beldad semejante, ante una joya tan preciosa, se dice que no es asunto fácil. Así pues, convoca a todos los jóvenes, príncipes y reyes todavía solteros de Grecia para que acudan a su casa y su hija pueda elegir entre ellos con conocimiento de causa. Todos pasan cierto tiempo en la corte del rey. Helena no se decide. Tindáreo está perplejo. Tiene un sobrino muy astuto, Ulises, al que hay que recordar porque también desempeña un papel importante en esta historia. Éste le dice, más o menos, lo siguiente: «Sólo tienes una manera de resolver el problema. Antes de comunicar la elección de Helena, lo que es probable que provoque conflictos, obliga a todos los pretendientes a hacer unánimemente un juramento según el cual, sea cual sea su decisión, aceptarán la elección y, además, se sentirán comprometidos por ese matrimonio. Si al que haya sido elegido le ocurre algo desagradable en sus relaciones matrimoniales, todos obrarán de modo solidario con el marido.» Todos prestan el juramento y piden a Helena que manifieste su preferencia. Y, al fin, elige a Menelao.

Éste ya conocía a Paris. Con motivo de un viaje a Tróade, había sido huésped de Príamo. Cuando, acompañado de Eneas, Paris viaja a su vez a Grecia, es recibido inicialmente con gran pompa por los hermanos de Helena, los Dioscuros, antes de ser acogido por Menelao en Esparta, donde conoce a su esposa. Durante cierto tiempo, Menelao colma a Paris, su huésped, de regalos y atenciones. Después tiene que dirigirse al entierro de un pariente. Confía entonces a Helena la tarea de sustituirlo como anfitriona. Con motivo de ese entierro y de la marcha de Menelao, el huésped entra en una relación más personal con Helena. Se supone que mientras Menelao estaba allí las mujeres del palacio real de Esparta no hacían los honores a un extranjero, era cosa del rey. Ahora le corresponde a Helena.

Paris y Eneas vuelven a embarcarse y, sin esperar más, zarpan hacia Troya con la bella Helena, que viaja en su nave de grado o por fuerza. De vuelta a Esparta, Menelao corre a casa de su hermano Agamenón para anunciarle la

62 traición de Helena, y sobre todo la felonía de Paris. Agamenón encarga a cierto número de personajes, entre los cuales estaba Ulises, que visiten a todos los antiguos pretendientes y hagan una llamada a la solidaridad. La ofensa ha sido tal que, incluso más allá de Menelao y Agamenón, es toda la Hélade la que tiene que juntarse para hacer pagar a Paris el rapto de una mujer que no sólo es la más hermosa, sino griega, esposa y reina. En los asuntos de honor la negociación puede preceder, sin embargo, y, a veces, incluso sustituir, el recurso a las armas. En un primer momento, Menelao y Ulises parten, por tanto, delegados a Troya, para intentar resolver las cosas de manera amistosa, para que la armonía, la concordia y la hospitalidad reinen de nuevo, mediante el pago de una indemnización o la reparación del agravio realizado. Son recibidos en Troya. Algunos de los principales troyanos son partidarios de esta solución pacífica, en especial Deífobo. La asamblea de los ancianos de Troya es la que debe tomar la decisión: el problema escapa del poder real. Así pues, los dos griegos son recibidos en la asamblea, donde algunos descendientes de Príamo no sólo intrigan para que se rechace cualquier compromiso, sino que llegan a sugerir que no se debe dejar regresar vivos a Ulises y Menelao. Pero Deífobo, que les ha recibido como anfitrión, los protege. Regresan indignados de su misión y anuncian a Grecia el fracaso del intento de conciliación. A partir de este momento, todo está a punto para que estalle el conflicto.