LA GUERRA DE TROYA
MORIR JOVEN, PERO GOZAR DE UNA GLORIA IMPERECEDERA
De momento, la expedición contra Troya no parece haber provocado un entusiasmo unánime entre los griegos. El propio Ulises habría intentado escamotearse. Penélope acababa de darle un hijo, Telémaco. Le parecía un momento poco adecuado para abandonar a la madre y al niño. Cuando le anunciaron que había que embarcarse y recuperar, por la fuerza de las armas, a Helena, raptada por el príncipe troyano, simuló la locura para escapar a esa obligación. El más sabio y el más astuto fingirán ser un débil mental. El anciano Néstor viaja a Ítaca para comunicarle la orden de concentración. Ve a Ulises tirando de un arado uncido a un asno y un buey, y el héroe camina hacia atrás sembrando guijarros en lugar de trigo. Todo el mundo está consternado, a excepción de Néstor, que es lo suficientemente astuto para adivinar que Ulises ha recurrido a una de sus tretas habituales. Mientras camina a reculones y el arado avanza, Néstor coge al pequeño Telémaco y lo deja delante de la reja. En ese momento, Ulises recupera la cordura y coge al niño en brazos para que no le ocurra nada. Una vez desenmascarado, acepta partir.
En cuanto al viejo Peleo, esposo de Tetis, que ha visto morir a todos sus hijos menos Aquiles, no soporta la idea de que también éste tenga que partir un
63 día a la guerra. Toma entonces la precaución de mandar al muchacho a Esqueria, donde se oculta entre las hijas del rey de la isla. Aquiles vive allí como una muchacha, en el gineceo. Después de haber sido educado en su infancia por Quirón y los Centauros, acaba de alcanzar aquella edad en que los sexos todavía no están marcados ni claramente diferenciados. Sigue sin asomarle la barba, no tiene vello, tiene el aire de una jovencita encantadora, con esa belleza indecisa de los adolescentes que pueden ser tanto chicos como chicas, o viceversa. Vive despreocupado entre sus compañeras. Ulises va a buscarlo. Le contestan que no hay muchachos en ese lugar. Ulises, que se ha presentado como un vendedor ambulante de artículos de mercería, pide que le dejen entrar. Ve a unas cincuenta muchachas y Aquiles no se distingue entre ellas. Ulises saca de su cuévano, para exhibirlos, telas, bordados, prendedores, joyas, y cuarenta y nueve de las muchachas se abalanzan a admirar las fruslerías, pero hay una que permanece aparte e indiferente. Ulises saca entonces un puñal, y esta joven encantadora se precipita sobre él. Al otro lado de las paredes suena una trompeta guerrera; el pánico se apodera del gineceo y las cuarenta y nueve muchachas huyen con sus trapos mientras que la otra, con el puñal en la mano, se dirige hacia donde suena la música para disponerse a la lucha. Ulises desenmascara a Aquiles usando una treta, igual que ha hecho Néstor con él. También Aquiles está dispuesto a ir a la guerra.
La diosa Tetis no podía soportar que los siete hijos que tuvo antes de Aquiles fueran simples mortales como su padre. Así que, desde que nacían, intentaba hacerlos inmortales. Y los arrojaba al fuego para que les secara toda aquella humedad portadora de corrupción que hacía que los humanos no fueran una pura llama deslumbrante; pero en el fuego sus hijos se consumían y perecían. El pobre Peleo estaba destrozado. De manera que, cuando nace Aquiles, Peleo se dice que debe intentar salvarlo. En el momento en que su madre se dispone a arrojarle al fuego, interviene el padre y lo atrapa. El fuego sólo alcanza a tocar los labios del niño y uno de sus talones, cuyo hueso queda consumido. Peleo consigue de Quirón que vaya al monte Pelión y desentierre el cadáver de un Centauro extremadamente veloz, al que arranca el talón para reemplazar el que ha perdido el pequeño Aquiles, que por ello desde su más tierna edad corre raudo como un ciervo. Ésta es la primera versión. Hay otra, que cuenta que, como para hacerlo inmortal no podía arrojarlo al fuego, Tetis lo sumergió en las aguas del Éstige, el río infernal que separa a los vivos de los muertos. Quien es sumergido en las aguas del Éstige y consigue salir de ellas obtiene unas virtudes y una energía excepcionales. Aquiles, sumergido en esas aguas infernales, supera la prueba; sólo el talón, por donde su madre lo mantiene asido, no ha entrado en contacto con el agua. Aquiles no sólo es el guerrero de la rápida carrera, sino que también es el combatiente invulnerable a las heridas humanas, salvo en un lugar, el talón, por donde puede introducirse la Muerte.
64 Uno de los resultados de ese matrimonio desigual entre una diosa y un humano es que todo el esplendor y todo el poder relacionados con la divina Tetis llegan en parte a aureolar la persona de Aquiles. Al mismo tiempo, su figura es necesariamente trágica: aunque no es un dios, Aquiles no podrá vivir ni morir como el común de los hombres, como un mero mortal; pero escapar a la condición normal de la humanidad no lo convierte, sin embargo, en un ser divino, afianzado en la inmortalidad. Su destino, que para todos los guerreros, todos los griegos de aquel tiempo, tiene un valor modélico, sigue fascinándonos: despierta en nosotros, como un eco, la conciencia de lo que convierte la existencia humana, limitada, llena de divisiones y discordias, en un drama donde la luz y la oscuridad, la alegría y el dolor, la vida y la muerte, están indisolublemente mezclados. Ejemplar, el destino de Aquiles está marcado por el sello de la ambigüedad. De origen mitad humano y mitad divino, no puede estar por completo de ninguno de los dos lados.
En el umbral de su vida, desde sus primeros años, el camino por el que tiene que avanzar se bifurca. Sea cual sea la dirección que decida tomar, necesitará, al seguirla, renunciar a una parte esencial de sí mismo. No puede disfrutar a la vez de lo más dulce que la existencia a la luz del sol depara a los humanos, y asegurar a su persona el privilegio de no ser privado jamás de ella, de no morir. Disfrutar de la vida es el bien más precioso para esas criaturas efímeras, un bien único, incomparable con cualquier otro porque, una vez perdido, no puede recuperarse, es renunciar a cualquier esperanza de inmortalidad. Querer ser inmortal es, en parte, aceptar perder la vida antes incluso de haberla vivido plenamente. Si Aquiles elige, como deseaba su anciano padre, seguir en su sitio, en su casa, en Ptía, con su familia y a buen recaudo, tendría una vida larga, tranquila y dichosa, recorrería todo el ciclo del tiempo concedido a los mortales hasta una ancianidad rodeada de afecto. Pero, por brillante que pueda ser, incluso iluminada por lo mejor que el tránsito por esta tierra aporta de felicidad a los hombres, su existencia no dejará tras de sí ninguna huella de su resplandor; a partir del momento en que termina, esa vida se sume en las tinieblas, en la nada. Al mismo tiempo que ella, el héroe desaparece por completo y para siempre. Se sume en el Hades, sin nombre, sin rostro, sin memoria, y se borra como si jamás hubiera existido.
Pero Aquiles elige la opción contraria: la vida breve y la gloria para siempre. Escoge marcharse lejos, abandonarlo todo, arriesgarlo todo, entregarse anticipadamente a la muerte. Quiere figurar en el pequeño mundo de los elegidos que se despreocupan de la comodidad, de las riquezas y los honores comunes, pero que quieren triunfar en unos combates en que está en juego, en cada ocasión, su propia vida. Afrontar en el campo de batalla a los adversarios más aguerridos es ponerse a sí mismo a prueba en un concurso de valor en el que cada uno debe mostrar lo que es, manifestar a los ojos de todos su excelencia, una excelencia que culmina en la hazaña guerrera y demuestra su
65 realización en la «hermosa muerte». Al perecer en pleno combate, en plena juventud, las fuerzas viriles, la valentía, la energía, la gracia juvenil permanecerán intactas y no conocerán la decrepitud de la ancianidad.
Es como si, para brillar en toda la pureza de su resplandor, la llama de la vida tuviera que alcanzar tal punto de incandescencia que se consumiera en el instante mismo en que se enciende. Aquiles elige la muerte gloriosa, que mantendrá intacta toda su belleza juvenil. Vida acortada, amputada, mermada, pero gloria imperecedera. El nombre de Aquiles, sus aventuras, su historia y su persona permanecen vivos para siempre en la memoria de los hombres mientras las generaciones se suceden a lo largo de los siglos y desaparecen una tras otra en la oscuridad y el silencio de la muerte.
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