EDIPO A DESTIEMPO
EL HOMBRE: TRES EN UNO
¿Cómo no ver en este relato que el enigma propuesto por la Esfinge contaba el destino de los Labdácidas? Todos los animales, tengan dos o cuatro patas, sean bípedos o cuadrúpedos, sin mencionar a los peces, que no tienen patas, todos poseen una «naturaleza» inmutable. Para ellos no hay ningún cambio, del nacimiento a la muerte, en lo que define su especificidad de ser vivo. Cada especie tiene su propia condición, sólo una, una única manera de ser, una única naturaleza. En cambio, el hombre posee tres estados sucesivos, tres naturalezas diferentes. Al principio es un niño, y la naturaleza de éste es diferente de la de un hombre hecho y derecho. Para pasar de la infancia a la
119 edad adulta, también hay que experimentar unos ritos de iniciación que permiten franquear la frontera que separa a las dos edades. Se pasa a ser diferente de lo que se era antes, se entra en un nuevo personaje a partir del momento en que se deja de ser niño para descubrirse adulto. De la misma manera, y eso aún resulta más exacto en el caso de un rey, de un guerrero, cuando se mantiene sobre dos pies es alguien, alguien cuyo prestigio y cuya fuerza se imponen, pero, a partir del momento en que se entra en la vejez, se deja de ser el hombre de la hazaña guerrera, se pasa a ser, en el mejor de los casos, el hombre de la palabra y el consejo sabios, y, si no, un lamentable desecho.
El hombre se transforma, sin dejar de ser el mismo, a lo largo de esas tres edades. Ahora bien, ¿qué representa Edipo? La maldición caída sobre Layo impide cualquier nacimiento que prolongue el linaje de los Labdácidas. A partir del momento de su nacimiento, Edipo asume el papel de aquel que no debería estar donde está. Llega a destiempo. El heredero de Layo es, a la vez, descendiente legítimo y procreación monstruosa. Su condición es inestable desde un principio. Abocado a la muerte, escapa a ella de milagro. Nativo de Tebas, alejado de su lugar de origen, ignora, cuando vuelve a la ciudad para ocupar en ella el más alto cargo, que ha regresado a su punto de partida. Así pues, Edipo tiene una condición desequilibrada. Al finalizar el recorrido que le devuelve al palacio donde ha nacido, Edipo ha mezclado los tres estados de la existencia humana. Ha alterado el curso regular de las estaciones, ha confundido la primavera de la juventud con el estío de la edad madura y el invierno de la ancianidad. Al mismo tiempo que mataba a su padre, se identificaba con él y ocupaba su lugar en el trono y el lecho de su madre. Al procrear unos hijos con su propia madre, al sembrar en el campo que le había dado la vida, como decían los griegos, se identificaba no sólo con su padre, sino con sus propios hijos, que son a la vez sus hijos y sus hermanos, sus hijas y sus hermanas. El monstruo al que se refería la Esfinge, que tiene al mismo tiempo dos, tres y cuatro patas, es Edipo.
El enigma plantea el problema de la continuidad social, del mantenimiento de las condiciones, las funciones y las ocupaciones en el seno de las culturas, a despecho del flujo de las generaciones que nacen, reinan y desaparecen para ser sucedidas por otras. El trono tiene que ser siempre lo que es, mientras que quienes lo ocupan serán siempre diferentes. ¿Cómo puede subsistir único e intacto el poder real cuando los que lo ejercen, los reyes, son numerosos y diversos? El problema está en saber cómo el hijo del rey puede convertirse en rey igual que su padre y ocupar su lugar sin enfrentársele ni apartarlo, instalarse en su trono sin identificarse tampoco con su padre, como si fuera idéntico a él. ¿Cómo es posible que el flujo de las generaciones, la sucesión de los estadios que marcan a la humanidad, a la temporalidad, a la imperfección humana, marchen al compás de un orden social que tiene que
120 permanecer estable, coherente y armonioso? La maldición pronunciada contra Layo, y, tal vez, yendo más allá, el hecho de que en la boda de Cadmo y Harmonía algunos regalos tuvieran un poder maléfico, ¿no es una manera de reconocer que en el seno mismo de aquella boda excepcional y fundadora se insinuaba el fermento de la desunión, el virus del odio, como si, entre las nupcias y la guerra, entre la unión y la lucha, existiera un vínculo secreto? Somos numerosos quienes hemos dicho que el matrimonio es para la muchacha lo que la guerra para el muchacho. En una ciudad en la que hay mujeres y hombres, existe una necesaria oposición y una no menos necesaria interacción entre la guerra y el matrimonio.
La historia de Edipo no acaba aquí. El linaje de los Labdácidas tenía que detenerse en Layo, y la maldición que pesa sobre Edipo se remonta a la lejanía del pasado, antes incluso de su nacimiento. Él no es culpable, se limita a pagar el pesado tributo que significa ese linaje de tullidos, de cojos, para aquellos de sus miembros que han surgido a la luz del sol cuando ya no tenían el derecho de nacer.