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3.1. LA POSIBILIDAD QUE TENEMOS DE DEMORAR E INCLUSO DE IMPEDIR LA CATÁSTROFE

3.1.2. El heroísmo como freno de la escalada Hostilidad y adversidad

adversidad, principios que difieren mutuamente y que están cada vez más desequilibrados en el avance de los conflictos humanos. La distinción consiste en que, si por un lado la adversidad supone un enfrentamiento leal, por el otro la hostilidad solo busca un triunfo sobre el adversario. Girard encuentra en la teoría de Clausewitz una inclinación por la corriente hostil, un duelo que no busca un enfrentamiento leal y honorífico, sino que busca la muerte del otro. La pregunta que Benoît Chantre antepone a estas diferencias es “¿Podemos combatir sin odio, en la situación adecuada y habituada a la guerra moderna?” (Girard, 2010. p. 124).

Para responderla Girard recurre a lo probado por la historia: una serenidad incluso en la organización de genocidios, momentos que evidencian que la intención de hostilidad cada vez es más eficaz en la medida en que ya no tendrá necesidad de un “sentimiento de hostilidad”, un fenómeno que Girard llama “patología de la razón de Estado”, fenómeno al que conduce el patriotismo guerrero de Clausewitz al no ver la catástrofe de la ley del duelo, de la ley mimética que lleva a una escalada, al refugiarse en un elogio de la fuerza guerrera38. Dicho refugio es la obstinación por preservar las apariencias, por salvar a la sorprendente trinidad, salvar a la razón política que, en el transcurso de la aceleración histórica, sede paso a paso su papel protagónico. Se trata de una distinción que divide dos eras de la guerra, la de la adversidad y la de la hostilidad. “El duelo, entendido como una escalada a los extremos, hace implotar todos los códigos de la guerra y da acceso a la época en que hemos ingresado: la de una violencia global e imprevisible” (Girard, 2010. p. 125)39.

Se ha insistido en la importancia del primer capítulo del De la guerra por ser el lugar en donde Clausewitz pone el fundamento básico de lo que luego intenta ocultar. Además de esto, Girard considera que haría falta señalar que la importancia de este capítulo, aquello que lo hace más profundo y más misterioso, es la característica que tiene de ser una referencia a las relaciones humanas en general.

Una nueva característica que surge al retomar los capítulos que muestran el abandono de esa primera intuición es la tipología del “genio guerrero”, una forma de heroísmo individual en la que se repliega el autor, prohibiéndose llegar al extremo de su pensamiento más profundo. El duelo es superado y negado por la sorprendente trinidad y al serlo, el primer

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capítulo ―la base del tratado― se suprime y refuta bajo los pies de un héroe individual de una guerra sin esencia, de una teoría sin base. Consistiría en una suerte de refutación si el duelo no siguiese estando allí, en el revés de la trama:

Por nuestra parte, entonces, junto con Clausewitz, estamos en el núcleo mismo de la constitución de una ideología guerrera, de una suerte de mitología dislocada, en cierto modo. Toda esa parte heroica se me había escapado al comienzo, porque estaba concentrado en esos elementos miméticos que nos ocupábamos de detectar. Podríamos decir ahora que lo que Clausewitz denomina “genio guerrero” –será objeto del tercer capítulo de ese primer libro-, lo que obra la síntesis “trinitaria” de pasiones, cálculo y sabiduría, encarna cierta resistencia contra el principio mimético que lo disuelve todo, un freno temporario al principio de indiferenciación (Girard, 2010. p. 132-133).

La resistencia del héroe ―ese genio guerrero que logra sintetizar las pasiones, el cálculo y la sabiduría― consiste en frenar la dinámica del duelo teniendo siempre la idea de ganar, de tener en la mano la decisión final superando todos los azares, todas las particularidades de la guerra real. Se trata de una resistencia frente al principio mimético en la que el genio guerrero es autónomo, no está imbuido en una relación de reciprocidad que lo haga entrar en una indiferenciación en la que se discuta su propia autonomía frente a un modelo mimético, no cede fácilmente ante las influencias de su medio:

Clausewitz desea combatir, todo converge hacia el cuerpo a cuerpo. Se ve atraído hacia el frente de Napoleón, más que hacia el de Federico II. No puede evitarlo: el “dios de la guerra” marca el paso por detrás del texto. El “genio guerrero”, aquel que hace realidad en sí mismo la síntesis de las pasiones, del cálculo y de la razón política, con el propósito de postular la decisión correcta –es decir, la más aplastante-, ese héroe determinado no debe lidiar menos con el azar y la necesidad que con las realidades más ríspidas (Girard, 2010. p. 133-134).

El final del libro primero del De la guerra es la elevación paulatina del héroe sobre el mimetismo, el ascenso de un hombre con individualidad única, que comparada a la de los demás se muestra extraña y superior. El héroe que se impone ante las dinámicas del deseo humano posee una inteligencia capaz de superar las fricciones de la guerra, frente a él son nimiedades aquellos extremos de la vida humana que Clausewitz reconoce como determinantes en una guerra: lo asqueroso, las miserias, la podredumbre, las enfermedades, los piojos, los terrenos muertos, etcétera40. “Clausewitz piensa en Napoleón –es probable-, y en los soldados sin botas, de la campaña de Italia. La gloria y el genio del emperador hacen que aun la tropa olvide esto último. En ello hay, indiscutiblemente, una mística de la guerra (Girard, 2010. p. 135). Más adelante sostiene Girard: “la guerra es el único ámbito en que el oficio y la mística llegan a estar por completo unificados, eso en los momentos más intensos” (Girard, 2010. p. 146)41.

Aquel héroe guerrero tiene que mantener su autenticidad valiente, su ascenso es una tarea ardua que debe mantener para seguir manejando a las masas, para seguir siendo el jefe de todos aquellos que él, en su individualidad, supera; de lo contrario, si muestra debilidad, estará destinado a descender entre la masa que dominaba, “hacia las esferas profundas de la más baja animalidad, esa que retrocede frente al peligro y soslaya la vergüenza. Estas son las cargas que debe soportar

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la valentía y la fuerza moral del comandante si quiere realizar grandes proezas” (Clausewitz, 1999. p. 89 en: Girard, 2010. p. 135).

La distinción que hace Clausewitz –quizás un tanto descuidada— del héroe guerrero y la masa, muestra al primero como aquel que, pese que todo está en su contra, logra “realizar grandes cosas”, mientras que la masa solo sería una animalidad vil que es dominada por la inteligencia militar. Esta afirmación del teórico alemán delata su admiración y concepción del hombre: en relación con el animal, el hombre es definido por su capacidad de llevar a cabo grandes cosas, las cuales consisten ―desde la perspectiva de un genio guerrero― en la realización de operaciones de guerra, en la aplicación de la fuerza y valentía en momentos extremos, frente a conflictos violentos:

El heroísmo guerrero es lo que permite “realizar grandes cosas”, lo que para Clausewitz equivale a guerras de liberación. La alternativa es clara: o “grandes cosas” o la animalidad más vil. Lo que define al hombre en relación con el animal es su capacidad de llevar a cabo “grandiosas” operaciones de guerra ¿cómo no amedrentarse frente a ello? (…) De darle crédito –ya lo vimos-, sólo los animales rehúyen el combate, y el hombre no llega a ser hombre más que en la guerra (Girard, 2010. p. 136).

3.1.3. La guerra, la violencia, hace al hombre. Algo muy nuevo y muy primitivo a la vez (Paradoja 37). Hay en el