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2.3. LA RAZÓN TIENE DIFICULTADES PARA ENCARAR LO PEOR

2.3.2. El mundo aún estaba inmerso en la oscuridad (Paradoja 2)

absorbe la poca luz existente, de modo que paulatinamente, bien que mal, el ojo llega a distinguir los objetos’. La guerra es una noche terrible; pero cuando uno le tomó el gusto ya no puede prescindir de ella. Hay un cariz sombrío y oscuro en Clausewitz que resulta sorprendente” (Girard, 2010. p. 143-144).

Girard no niega que Hegel haya pensado la alternativa de matar o ser asesinado, pero sí reconoce que en su filosofía hay una creencia en un fin reconciliado, un fin en el que los hombres caen en brazos de los otros. Reprocha del hegelianismo el que se haya querido rechazar esa reconciliación que es el verdadero y misterioso lugar de la filosofía de Hegel. El problema consiste en esperar pasivamente la hora de esa reconciliación entre los hombres. ¿Cómo aguardar la reconciliación de manera pasiva mientras los hombres combaten entre ellos a su alrededor? Hegel no intentaba forzar esa reconciliación. Girard ve en él a un pensador que entendía que esa reconciliación aún estaba lejos de llevarse a cabo, un pensador que sabía que el mundo aún estaba inmerso en la oscuridad.

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La dimensión profética que anuncia la teoría de la escalada a los extremos augura un aumento en la oscuridad del conflicto, que consiste, paradójicamente, en el sacar a luz los mecanismos de la violencia, en descubrir la falsedad de sus justificaciones, en delatar la manera en la que las pasiones humanas funcionan. La oscuridad del mundo en conflicto consiste en la pérdida de sentido de la violencia y la aplicación de ésta sin justificación creíble. Los hombres se aferran a la violencia aunque la historia haya demostrado su improductividad:

Debido a que no comprenden esa dimensión profética de pérdida de las diferencias, las sabidurías modernas volvieron a introducir diferencia, conflicto, cierto obstáculo que superar para finalmente arribar a la reconciliación. Siempre confiaban en que todo se resolvería en el fin de la historia. Para no perder la esperanza depositada en la identidad –esto es, en la reconciliación- multiplicaron las diferencias ocultas que deben ser eliminadas antes de que se llegue a la verdadera identidad. Vimos que Hegel pensaba el advenimiento de un Estado mundial, más allá de los conflictos interestatales. A su imagen, las sabidurías modernas no quisieron renunciar a ver en la mala reciprocidad la señal precursora de la buena. Pero esa coartada del último obstáculo que superar antes de la reconciliación, esa manera de diferir la paz universal necesariamente hicieron crecer la violencia. Antes de la reconciliación siempre hará falta más violencia. Auschwitz e Hiroshima se encargaron de recordárnoslo (Girard, 2010. p. 82).

La oscuridad del mundo es propiciada y aumentada por la negativa de los hombres a ver la catástrofe que se prepara cuando se aferran a las diferencias, cuando se reintroducen diferencias nuevas, cuando se pelea por una autonomía en oposición al otro, al modelo que se desconoce y se imita. Al seguir pensando de ese modo se ignora la perspectiva que es revelada con la escalada a los extremos: la perspectiva apocalíptica, la cual muestra que todo intento de diferir la violencia –en vez de renunciar de inmediato a ella— hace que aumente, pues la violencia nunca pierde ante la violencia. Si se recuerda el caso de los adversarios en duelo y la relación de atacante y defensor en la que se ven enfrascados, se detalla la manera en que aumenta la violencia, incluso hasta la aniquilación de los dos:

Esa “argucia lógica” fascina a Clausewitz, es innegable: como si hubiera hecho –meditando acerca de la derrota de Jena en 1806, cuando quería responder a Napoleón sumándose a las tropas del zar- un descubrimiento fundamental (…) La acción recíproca, que difería la escalada a los extremos en la época de la guerra galana, la acelera ahora que ya no se la disimula. El principio mimético ya no está oculto, sino que se muestra a plena luz, y Clausewitz es un testigo capital de todo ello (…) el hecho de que ese principio mimético aparezca, de que las diferencias claudiquen cada vez más, provoca esa aceleración de la historia a la que asistimos desde hace tres siglos. No es posible entender a Clausewitz si no se cuenta con esa dimensión de la acción recíproca presente desde el comienzo de su tratado (Girard, 2010. p. 40-41).

Si se piensa en la escalada a los extremos como el momento más oscuro que se debe aguardar antes de la reconciliación, como el tiempo cada vez más violento que se debe esperar para que los hombres caigan en brazos de los hombres, se llega irremediablemente a una paradoja clave ―consecuencia de la obstinación de no renunciar a esa violencia―: pensar que se debe continuar en la escalada, soportando esas oleadas de violencia cada vez más violenta hasta que llegue la reconciliación, propicia la imposibilidad de ese momento; la renuncia a la violencia tendría que ser total31:

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Girard dice “Debemos pensar en la reconciliación no como una consecuencia sino como el reverso de la escalada a los extremos. Es una posibilidad real” (…) “Ese reino de Dios ya está aquí, pero la violencia humana lo enmascarará cada vez más". (Girard, 2010.:46). El pensamiento girardiano no es mesiánico, sino apocalíptico, porque es “contrario a la sabiduría de que la identidad pacífica y la fraternidad es accesible en el puro nivel humano”. Este “reconoce la fuente del conflicto en la identidad, pero también ve en ella la presencia oculta del ‘como a ti mismo’ el cual ciertamente no puede triunfar, pero está secretamente activo” (Girard, 2010.:46). Este trata “de pensar la identidad de una forma diferente, en términos de mimetismo inverso, imitación positiva” (Girard, 2010.:43). El pensamiento apocalíptico “presupone una crítica interna de la reciprocidad, la cual siempre tiene el potencial para degenerar en un conflicto extremo irresoluble” (Girard, 2010.:44). En su pesimismo apocalíptico, Girard no ha renunciado a la esperanza, pero aún así esta esperanza se revela como paradójica32 (Solarte, 2012. p. 164).

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LA ESPERANZA APOCALÍPTICA Y LA ESPERANZA MESIÁNICA (PARADOJAS 26 Y 27).

El análisis enmarcado en el seguimiento de la unidad de lo abstracto con lo concreto, de la unidad posible entre las guerras reales con la guerra absoluta, ha llevado al recorrido del libro de Girard a través de una profundización de la guerra definida como duelo a gran escala, donde el motor de la violencia es la acción recíproca: un vaivén de ataque, defensa y contraataque provocado por la identidad en la que cada vez se asemejan más los contrincantes y de la cual intentan huir violentamente. Para abordar este problema Girard propone la perspectiva apocalíptica, la cual, además de reconocer en la identidad la fuente del conflicto, también ve en ella la presencia de un “como a ti mismo”, una identidad apacible que parece incapaz de triunfar aunque siempre permanezca activa y dominante en secreto, “por detrás del ruido y de la furia que la cubren” (Girard, 2010. p. 83), por detrás de la idea mesiánica.

Girard considera que el pensamiento hegeliano tiene un fundamento importante que es adoptado del cristianismo; aun así, reconociendo que el Absoluto de Hegel, la reconciliación o Aufhebung tengan como base lo cristiano, piensa que estos no son lo suficientemente bíblicos:

El concepto de Dios de Hegel es bastante convencional, aunque su fe en la reconciliación tiene sus orígenes en la esperanza profética: “Tenemos que afirmar que la sabiduría moderna, en la medida en que aspira a una identidad no conflictiva, es heredera de la esperanza profética, la visión de la uniformidad universal como la inminencia de la armonía y la paz” (Girard, 2010. p. 45). Esta perspectiva es llamada mesiánica. “Sin embargo la llamamos mesiánica, en el sentido en que es a través de los juicios de la historia y a través de sus movimientos que la esperanza de la fraternidad brilla” (Girard, 2010. p. 45). Girard considera el mesianismo como una de las formas centrales en la religión occidental (Solarte, 2012 p. 164)33.

Ese mesianismo consiste en una visión de identidad que es producto esencial de la historia de occidente; no es en ninguna mediada un sueño imaginario o una evasión, sino el producto que se da en la repetición del mecanismo de los mitos, es decir, en los casos donde hay una oscilación de diferencias, donde en el conflicto se pierden las distinciones de los grupos sociales. La visión mesiánica, ese nuevo orden que se espera, está basada ―según Girard― en la nada que separa a los enemigos, una nada que necesariamente debe unir a los “individuos”.

La identidad apacible yace en el núcleo medular de la identidad violenta como su posibilidad más secreta: ese secreto es hacedor de la fuerza de la escatología. Hegel pensaba a partir del cristianismo y comprendía que la voz de la unidad y del amor podía surgir de la discordia misma, de la vanidad destructiva y terrible del conflicto. “Pero no pensó que los hombres más sabios ya habían fracasado en su hacer triunfar esa voz (…) Ese fracaso, que la Revelación cristiana había anticipado, no quisieron verlo Hegel y la sabiduría moderna. Ese desconocimiento provocó lo peor” (Girard, 2010. p. 83). Girard

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encuentra en contraposición al pensamiento apocalíptico uno mesiánico, el cual está determinado como un afán prometeico en el que las corrientes modernas de pensamiento buscan una identidad “más verdadera”. Cuando la perspectiva mesiánica se encuentra frente a una crisis sacrificial, frente a un grupo homogenizado por la pérdida de diferencias, intenta establecer un “orden nuevo” inventando nuevas diferencias con las que se pretende remplazar las perdidas; para ello expía la identidad del grupo en una víctima que pasa a ser lo “extranjero”, aplica la violencia del grupo en un chivo expiatorio que establece el nuevo orden, la nueva identidad. En dicho ejercicio el pensamiento mesiánico desconoce que las diferencias nuevas son igual de falsas que las perdidas, evita pensar en la inocencia de la víctima y aplica cada vez más violencia cuando el grupo ―por sus dinámicas de deseo― se homogeniza. Este pensamiento está inmerso en un afán de buscar una identidad que siempre requiere más violencia. “La esperanza en la identidad, en la reconciliación futura, constituyó durante largo tiempo el sentido de la historia, hasta que ese sentido se cristalizase en ideología, y fuese impuesto a los hombres por todos los medios del terror” (Girard, 2010. p. 84).

Lo que el pensamiento apocalíptico anuncia es lo que Girard reprocha en Hegel, a saber, la sola creencia en el hombre, solo él, no puede triunfar sobre sí mismo. Cuando nada separa a los hermanos enemigos, cuando la indiferencia tiende a ser completa y ―dado que la vida de los dos depende de ello― parece que ésta les sugiere unirse, ni la evidencia intelectual, ni la apelación a lo sensato o a la razón o a la lógica puede hacer que esto se haga realidad, pues dentro del conflicto entre adversarios estos se querrán aferrar a su autonomía, aplicando cada vez más violencia hasta que la identidad, que parecía que los uniría, los aniquilará:

No podemos hacer lo que durante tanto tiempo hizo el pensamiento moderno: diferir. Todos los hombres son iguales, ya no de derecho, sino de hecho. Estamos, por consiguiente, en el momento de las opciones decisivas: pronto no habrá ya institución alguna, ni rito alguno, ninguna “diferencia” para regular nuestros comportamientos. Debemos destruirnos o amarnos;- es lo que tenemos- los hombres preferirán destruirse. El devenir del mundo escapa de nuestras manos y, no obstante, sigue estando en ellas: eso implica algo en que meditar (Girard, 2010. p. 86).