El presentimiento de que algo no estaba saliendo como debía se confirmó al día siguiente de la conferencia de prensa de Menem y la citación a Todman para dar explicaciones en la cancillería. No sólo el embajador se había negado a retractarse. Nadie creyó, tampoco, la desmentida del frigorífico, y los periodistas que buscaron información en la cámara empresaria de la alimentación escucharon pocas pero precisas palabras: "Hubo apriete para que Swift desmintiera". La principal vulnerabilidad de Swift era su dependencia del Banco Central para el canje de los títulos de la deuda externa, con cuya capitalización estaba erigiendo la planta, explicaron.
Por la mañana, el vicepresidente Eduardo Duhalde dijo que se trataba de un claro caso de corrupción y que sólo ponía las manos en el fuego por Menem. "De él para abajo, nadie", reiteró. Por la noche, Todman acordó con Menem serenar el escándalo. De la mañana a la noche, Moby Dick había deambulado por la Casa de Gobierno, del despacho de Amira Yoma al de Munir Menem, expuesto como alma en pena a la vista de quienes pasaban para deliberar con el Presidente, entre ellos Erman González, César Arias y Hugo Anzorreguy.
El equipo de prensa de Duhalde le había marcado una nota de La Nación de esa mañana, titulada "Entretelones de una historia que existió". En la reunión con el ministro de Economía, afirmaba, Oliva Funes "habría escuchado algo así: de ratificar la acusación, Swift se vería enfrentada ante el gobierno argentino en un caso de ribetes internacionales de imprevisibles consecuencias. ¿Tiene pruebas concretas? ¿Está su empresa decidida a poner en el banquillo de los acusados al Gobierno? ¿Está dispuesta a comprometer las multimillonarias inversiones que tiene en el país? Oliva Funes respondió que no, después de comunicarse telefónicamente con los directivos de la empresa en los Estados Unidos. Imagínese, Swift no iba a jugarse a todo o nada para salvarle el pellejo a un embajador, dijo un hombre cercano a Menem. Para aceitar trámites, la gente de Swift había recurrido a los buenos oficios en estas lides de funcionarios vinculados con lo que se suele llamar la carpa chica de la Casa de Gobierno y que integran algunos de los colaboradores del Presidente. Es un secreto a voces en la Casa Rosada, que estos funcionarios atendían este tipo de asuntos en una moderna oficina de Florida y Paraguay, a la que también están o estaban vinculados -dijo la fuente- dos ministros del Poder Ejecutivo Nacional y un destacado diputado nacional. En el ambiente empresario se sabía también que a la hora de gestionar cuestiones difíciles emparentadas con dependencias del gobierno, no había nada mejor que recurrir a tal oficina. En ese ámbito los directivos de la empresa norteamericana habrían recibido, meses atrás, el pedido de pagos extra como garantía para resolver la cuestión que tenía entre manos". El artículo estaba ilustrado con una fotografía del Florida Garden, la confitería ubicada frente a la oficina de Emir Yoma, y como curiosidad adicional el diario informaba la etimología del vocablo coima. Del árabe,
quwaima: precio.
Corrupción existe en todos los países del mundo, capitalistas y comunistas, desarrollados o miserables: las únicas diferencias son de grado. En cambio, se cuentan con los dedos de la mano los lugares en los que la respuesta oficial ante un caso concreto consista en intimidar a la empresa perjudicada, menoscabar al
diplomático que recibió su denuncia y agraviar al periodismo que la investigó. Al contrario, toda la bibliografía internacional sobre el tema valora la información suministrada por terceras partes independientes, como el público o la prensa, para controlar la corrupción. Pero a los funcionarios en reunión permanente sólo les interesaba determinar cómo se había filtrado la información y hasta dónde llegarían sus efectos.
Tuvieron un indicio cerca de la medianoche, cuando se supo que en Washington el vocero principal del Departamento de Estado había ratificado punto por punto la denuncia. A pesar del comunicado de Swift, el gobierno norteamericano reiteró que la empresa había informado a su embajada en Buenos Aires "que un funcionario argentino había pedido un pago considerable para obtener los documentos necesarios para ciertas importaciones". Añadió que la carta había sido hecha pública por el gobierno argentino y la calificó como "un esfuerzo por superar los problemas que afectan a los inversionistas de Estados Unidos en la Argentina". Esa declaración tan rápida y precisa comunicada por el vocero principal del Departamento de Estado, que la tenía por escrito, remeció los pasillos oficiales. Como Galtieri, que en 1982 soñó que sus instructores en torturas en Centroamérica pesarían más en la balanza norteamericana que la asociación con su madre patria británica en la estratégica OTAN, Menem había pensado que sus partidos de tenis con George Bush le conferían precedencia respecto del embajador. El fastidio norteamericano por la divulgación de la carta y la conferencia de prensa compulsiva a la que fue sometido Todman se reflejó también en una versión oficiosa del Departamento de Estado, que sólo recogió la agencia francesa AFP. "La privatización de ENTel se obtuvo mediante un soborno de cien millones de dólares", decía.
El diabético Menem, que duerme poco y se levanta temprano, recomendó al Departamento de Estado, en un agrio reportaje radial a primera hora del viernes 11, que no se preocupara tanto por lo que ocurría en la Argentina, ya que en Estados Unidos había casos de corrupción aberrantes. Cuando le preguntaron por la participación de Emir Yoma, se enardeció: "Vamos a investigar quién dio su nombre. Esto no se va a olvidar mientras yo esté en el gobierno". Como en los viejos tiempos de la campaña electoral de 1989, los allegados a Menem temblaban cada vez que alguien le acercaba un micrófono, ese temible enemigo, frío y sin sentimientos, que cumple su tarea destructiva indiferente a las consecuencias, y contra el cual no hay defensa. Rodeado por las medianías con las que mira televisión en tiempos de placidez, Menem no encontraba en quién apoyarse cuando la tierra comenzó a temblar y, librado a su inspiración, llegó a plantear un conflicto con la administración Bush y el embajador Todman, que era como serruchar la rama sobre la que estaba sentado. Hasta que Cavallo interrumpió sus vacaciones en Cancún, México, y regresó de urgencia a Buenos Aires, justo a tiempo para la reunión de gabinete.
De camisa sport a rayas y campera, Menem recibió a todos sus ministros en Olivos. Les ratificó la confianza, pero exigió discreción en los contactos con la prensa. "Aquí adentro pueden decirse todo lo que sea necesario, mátense entre ustedes si quieren". Le hicieron caso. En una mañana muy calurosa, todos estaban en mangas de camisa, salvo Julio Mera Figueroa, Erman González y Alberto Kohan, de traje. El tono de la reunión les dejó la boca más pastosa que las masas secas distribuidas en platos floreados, uno por cada par de funcionarios. Bebieron abundante café negro en tazas dobles y agua helada y se reprocharon hasta el aburrimiento. Aunque la información oficial posterior mencionó el envío de naves al Golfo Pérsico, el cronograma electoral y los contratos petroleros, el tema único fue la corrupción.
Dromi y Bauzá se adelantaron a desmentir cargos que nadie les había formulado. Su razonamiento fue que todas las denuncias provenían de contratistas
despechados, que habían vivido a costa del Estado y deseaban impedir las reformas.
-Eso no es así. Ni Swift ni Todman son contratistas del Estado, y todos sabemos que hay quienes recorren despachos privados pidiendo plata en nombre del gobierno -repuso Granillo Ocampo.
Humberto Toledo, Fernando Niembro y Erman González alentaban la escalada verbal de Menem contra Estados Unidos. Menem reprochó a González no haber recibido a Todman para presentarle excusas y solucionar el problema ante sus primeros reclamos.
-El día tiene 24 horas. No me alcanza el tiempo para todo –se disculpó González. -Para el embajador de los Estados Unidos no te puede faltar nunca tiempo - insistió Menem.
-Todos los embajadores son iguales -protestó el ministro. Roberto Dromi y Eduardo Bauzá asintieron, y llegaron a cuestionar lo que consideraron un alineamiento excesivo con Washington y a postular en cambio mejores relaciones con Europa. "No hay por qué dar prioridad a un embajador sobre otros; está haciendo un lobby incorrecto", argumentaron.
Quien les respondió fue Cavallo, cuyo disgusto por la familia política del Presidente había comenzado con la imposición de Alfredo Carim Yoma como subsecretario de Asuntos Especiales, a cargo de las relaciones con Italia, España y Medio Oriente, un agrupamiento que no se corresponde con las divisiones tradicionales de la cancillería. Menem no había cumplido aún tres semanas en el gobierno cuando el Banco del Interior y Buenos Aires (BIBA), propiedad de Carlos Bulgheroni, otorgó a Carim un crédito de 144.000 dólares sin avales, comisiones, garantías ni contragarantías. Cavallo, quien desde la Cámara de Diputados había denunciado a Bulgheroni como arquetipo del hombre de negocios que intercambia favores personales por prebendas para sus empresas, tenía motivos para sospechar que a sus espaldas ocurrían cosas incompatibles con la función pública, y no cejó hasta obtener el alejamiento del cuñado presidencial. El objeto declarado del crédito era el alquiler por tres años de una oficina en el piso 3º del edificio Transcontinental, de Avenida de Mayo 654, a 4.000 dólares mensuales. Los documentos de la operación, cerrada el 31 de julio de 1989, ni siquiera mencionaban el número del documento de identidad de Yoma ni el objeto del alquiler: una sede para la fundación de ayuda social de Zulema Yoma, que no llegó a instalarse porque demasiados asesores le recordaron a Menem el escándalo que había envuelto tres lustros antes a Isabel Perón por los cheques de la Cruzada de Solidaridad. Bulgheroni también acompañó a Zulema a Estados Unidos cuando su hijo Carlitos se estropeó una pierna corriendo en motocicleta por una ruta de Córdoba, para presentarle a sus médicos y a la clínica donde el magnate petrolero se trata de una grave enfermedad del sistema linfático. Ahora Cavallo debía vérselas con otro de los hermanos del Huracán Zulema, como la bautizó García Lupo.
La influencia de Cavallo sobre el Presidente no era nueva. Había sido su ministro de Economía in pectore luego de las elecciones del 14 de mayo de 1989, y sólo lo sacrificó en el altar de las nupcias con Bunge & Born. Su sorprendente designación como canciller obedeció al deseo de tenerlo cerca, como auditor del desempeño de los hombres de Bunge. También fue uno de los inspiradores del plan Bonex en diciembre de 1989. Pero recién en aquella semana negra de enero de 1991 pasó a ocupar otro rol más importante: fue el hombre que le dio contención psicológica cuando la angustia lo desbordaba. Con audacia, ocupó el hueco negro que amenazaba con chupar al gobierno. "Carlos, así se acaba tu presidencia. No entendiste cómo son las cosas", llegó a decir, como quien toma de la mano a un niño perdido por su imprudencia en la tempestad y, con palabras severas pero afectuosas, las únicas capaces de serenar a alguien que había entrado en pánico, lo reconduce a un lugar seguro.
Una vez que Cavallo terminó de pasar revista a lo que significaba para el gobierno la relación con Estados Unidos, Menem le ordenó:
-Mingo, contá lo que me has dicho de Swift.
Cavallo dijo que al recibir la carta del embajador, en diciembre, se había puesto en comunicación una vez más con Todman y también con los directivos de Swift- Armour. Uno de sus vicepresidentes le había añadido detalles que no constaban en la denuncia diplomática: el gestor oficioso había sido Emir Yoma, y el modo de pago propuesto, la venta de un avión a precio irrisorio. En diálogos reservados con periodistas, varios ministros y funcionarios habían confirmado la veracidad de la revelación de Página/12, entre ellos Granillo Ocampo y Alberto Kohan, quienes a raíz de ello fueron sindicados por la familia Yoma como los infidentes. Pero hasta ese momento nadie había presentado un cargo tan directo, y menos en presencia de las máximas autoridades nacionales.
Con las huellas de una semana terrible en su rostro, Menem ordenó que pasara el acusado para que Cavallo repitiera en su presencia la información transmitida al gabinete. El ministro lo hizo, palabra por palabra, sin interrumpirse ni parpadear, mientras miraba con sus grandes ojos claros a Moby Dick, quien negó, con aire lastimero. Sólo había pedido un avión en préstamo, se disculpó. (Swift no posee aviones en la Argentina y los contrata en empresas de alquiler, pero Campbell Soup sí los tiene en Estados Unidos.)
Cavallo había hablado ante todo el gabinete, y la respuesta de Yoma fue pueril. Menem tenía que tomar una resolución muy difícil y no tenía claro qué hacer. Comprendía que Cavallo le señalaba el único camino racional, pero le enervaba la seguridad del ministro, la forma en que había vapuleado al Gordito. No estaba dispuesto a dejar todos los triunfos en su mano. Dirigiéndose a Granillo Ocampo, inició la segunda parte de la reunión de gabinete:
-Se cuentan tantas cosas. Vos, que te consideras libre de culpa, contá lo que oíste sobre el gasoducto.