Los homínidos y el hombre
5. Homo sapiens, «hombre inteligente» o actual
Es el representado por el europeo «hombre de Cromagnon», a saber: cinco esqueletos (tres varones adultos, una mujer adulta y un niño), encontrados por el geólogo L. Lartet en 1868 en la cueva homónima. Eran restos humanos anatómicamente iguales al hombre moderno.
5.1. Su antigüedad
Es la culminación del proceso evolutivo que inició su andadura tras el Big Bang y la formación de los elementos orgánicos, presentes en la materialidad de todos los seres vivos (carbono, etc.). Apareció hace algo menos de 200.000 años. Los restos del Homo sapiens arcaico, o sea, los más antiguos de los conocidos, fueron encontrados en 1967 en la cuenca del río Omo (Etiopía). Sus fósiles son abundantes en África (desde hace
150.000 a 130.000 en Olduvai y en Omo), en Europa (desde hace 90.000 años); a América llegaron más tarde (hace unos 25.000 años) desde Asia por vía terrestre
(estrecho de Bering) y marítima (el Pacífico). Se impuso a los demás seres humanos, con los que convivió, precisamente por su mayor coeficiente intelectual, por su
«inteligencia».
5.2. Con unos antepasados (Eva-Adán) comunes
Mitocondrias son unos orgánulos u órganos diminutos a modo de granulado en forma de filamento (del gr. mitos, hilo) cartilaginoso (del gr. khóndros). En ellas se operan las reacciones químicas, especialmente aquellas en las que interviene el oxígeno, por medio de las cuales la célula obtiene la energía necesaria para la vida celular. Las mitocondrias están dotadas de dos membranas, la suya propia (como las demás células) y otra de añadidura. Gracias a esta doble membrana, el oxígeno, un tóxico ambiental y dañino para la vida, se adaptó mediante el metabolismo y terminó por ser inocuo y una fuente de energía que el cuerpo consigue oxidando azúcar en óxido carbónico y agua y que es mucho más caudalosa que los procesos de fermentación realizados antes por las
procariotas. Además las mitocondrias son los únicos orgánulos de la célula animal provistos de su propio material genético. La herencia mitocondrial no se recombina tras la procreación. De ahí que la base genética permanezca invariada durante milenios.
En 1987, Allan Wilson, bioquímico neozelandés, director del laboratorio de la
Universidad de California (Berkeley, EE.UU.) y sus colaboradores (Mark Stoneking y Rebecca Cann) publicaron el resultado de sus investigaciones en la revista Nature. Habían obtenido las placentas de 167 mujeres embarazadas de distintas regiones
(africanas, asiáticas, caucásicas, aborígenes australianas y aborígenes de Nueva Guinea). El análisis el ADN mitocondrial les llevaba a deducir cuatro conclusiones importantes: a) la sorprendente uniformidad de todos los seres humanos de nuestro tiempo al margen de su color, lengua, raza, etc.; b) que todos descienden de la misma madre; c) que su madre común vivió en África —por eso y en recuerdo de la Eva bíblica la llamaron la Eva negra, Eva africana y también Eva mitocondrial—, y d) que había vivido hace unos 200.000 años.
Estas conclusiones coinciden con los cálculos hechos por otros investigadores, por ejemplo por Douglas Wallace en la Universidad de Emory (Georgia).
El ADN mitocondrial (ADNmt) solo tiene 37 genes frente a los entre 30 y 70 mil del ADN nuclear (del núcleo de las restantes células humanas). Los cromosomas del par 23, el último del ADN humano, contiene la información genética encargada de determinar el sexo de las personas. Uno de sus dos cromosomas tiene forma de X, y de Y el otro, más pequeño. En el par 23, las mujeres tienen dos cromosomas X; los varones un
cromosoma X y otro Y, es decir, XX (el femenino) y XY (el masculino). La homosexualidad no tiene representación genética. Como la mitocondria es
exclusivamente femenina, resulta claro que el análisis del ADN mitocondrial no puede describir completa la línea genealógica. Es matrilineal. Los óvulos aportan mitocondrias con su propio ADN. Tiene tantos vacíos como mujeres hayan dado a luz solamente a varones.
Aunque sea más complicado, puede analizarse en el ADN también el cromosoma exclusivamente masculino, el Y. Investigadores de las Universidades de Harvard y de Yale han realizado su análisis. Es seguro que en el ADN del Adán genético o antepasado común a todos los hombres modernos, se produjo, en el llamado M42, el cambio de una A (adenina) en una T (timina). A partir de entonces, los varones dotados de A
permanecieron en África; los de T emigraron a otras regiones del mundo. En nuestros días, todos los varones no africanos y la mayoría de los africanos tienen T en su cromosoma masculino Y. Pero ¿cuando se operó este cambio? Las conclusiones coinciden generalmente en gran medida con las mitocondriales, a saber, hace entre 100.000 y 200.000 años. Pero R. Doria y su equipo de Cale lo sitúan en torno al
5.3. ¿La igualdad de los seres racionales (hombres) y de los irracionales (animales), sujetos de derechos?
No faltan voces que reducen el hombre a la condición de un ser meramente animal y erigen lo sensitivo, los sentidos, en criterio discernidor de los derechos comunes a todos los animales, incluido el hombre. Peter Singer es como su portavoz en nuestros días.121 Coherente con esta postura no simplemente materialista (el hombre «cosa entre las cosas»), pero radicalmente sensitiva, por no decir irracional, define la persona como el ser dotado de conciencia sensitiva o sensorial; reduce el bien al placer, el mal al dolor físico y al sufrimiento psíquico. De ahí que su ética sea una ética de los sentidos. Atribuye los mismos derechos a todos los sentientes, es decir, a todos los animales, eliminada la barrera entre racionales o humanos e irracionales. Por ello no debe
sorprender que, en el hombre, distinga la vertiente biológica en cuanto perteneciente a la especie Homo sapiens y la vertiente moral en cuanto dotado de autoconciencia. Por lo mismo, si carecen de autoconciencia, los seres humanos no son personas. De ahí que legitime el aborto, el infanticidio y la eutanasia. El embrión, el feto y el infante serían seres humanos, pero no autoconscientes ni personas. Pero, si no lo son, lo serán. «Es un homicidio prematuro impedir que nazca. Ya es un hombre el que va a serlo (si nadie se lo impide), como todo fruto está en la semilla»122 y en la flor.
«Es abrumadora la evidencia de que las diferencias entre nosotros y el resto de las especies (animales) son diferencias de grado, no de esencia».123 Lógicamente lo
evidente, aunque sea en contra del sentido común, no necesita demostración. Cuando se define al hombre por lo que tiene en común con el «animal», no por lo especificamente humano, la racionalidad se cae en «la falacia de confundir el género con la especie», catalogada ya por Aristóteles en el libro quinto de su obra Órganon. Las ideas sembradas suelen germinar, sobre todo en un terreno y con un clima propicio, mucho más si carecen de fondo y son efímeras como las hierbas de los tejados. Para facilitar su aceptación, Singer y Cavalieri, en cuanto directores de la obra El Proyecto gran simio, aplican solo a los simios (chimpancés, gorilas y orangutanes) su identidad esencial con los hombres. Unos y otros integrarían una «comunidad de iguales» o ético-moral, capaz de derechos que han de ser respetados por todos.124 El Grupo Parlamentario Socialista del Congreso de los Diputados español presentó, el 5 de septiembre del 2005, una propuesta no de ley sobre la adhesión al Proyecto Gran Simio. Fue aprobada por la Comisión parlamentaria de Medio Ambiente el 11 de abril del 2006.125 En el texto reconocen que se apoyan «en el programa impulsado por el pensador Peter Singer» y que se «pretende proteger del maltrato y la muerte a estos compañeros genéticos de la humanidad». Singer y los representantes del animalismo moderno coinciden con algunos autores de la Antigüedad grecolatina, si bien con una diferencia notable.
Los pensadores grecorromanos elevan los animales al plano de los hombres mientras que el animalismo moderno (Singer, etc.) están empeñados en rebajar a los racionales o
humanos al nivel de los animales irracionales. No extraña que de los animales se pase a los vegetales y la naturaleza.126 Nuestra época es propensa a proclamar derechos sin la contrapartida de los deberes u obligaciones, a pesar de ser correlativos. Lo vegetal no puede ser considerado ni sujeto. El animal, aunque no sea persona, es «sujeto» en cierto sentido, a saber, en cuanto está dotado de una subjetividad sensitiva (sensorialmente cognitiva y emocional). Pero propiamente sujetos de derechos y de deberes son
solamente los hombres, no los animales ni los vegetales. Estos, por su misma naturaleza, están incapacitados para sentirse obligados a algo. Tampoco un nasciturus o sea, uno «que va a nacer», el humano concebido y todavía no nacido, es capaz de asumir obligaciones, pero lo es potencial y exigitivamente. De ahí que tenga el derecho de ser protegido humana y jurídicamente para que no se frustre esa su potencialidad y exigencia de convertirse en sujeto de derechos y deberes, pasada su etapa embrionaria e infantil. Téngase, además, en cuenta que los derechos de la naturaleza y de los vegetales se apoyan en la consideración de la Tierra (Gaia en Nueva Era y en el ecologismo,
Pachamama entre los indígenas iberoamericanos) como un organismo vivo y divino, la diosa Madre Tierra de las arcaicas religiones telúricas.
5.4. ¿Cuándo y dónde el Homo empezó a ser «hombre»?
No se sabe cuándo aparecieron los homínidos bípedos. En el 2005 un equipo de
científicos suizos confirmó que el cráneo Tumai, encontrado en el desierto Yubar (norte de Chad) tiene una antigüedad de 7 millones de años y que no es de gorila ni chimpancé, sino de un homínido. Se adelanta así un millón de años la aparición de los homínidos y, para colmo, a 2.400 km de distancia de donde se colocaba antes su origen (Kenia y Etiopía), los Orrorin tugenensis de hace 6 millones de años, etc. (Nature, 7 de abril de 2005). No se sabe de qué rama de homínidos proceden los humanos ni tampoco quiénes fueron los primeros humanos, y seguramente no podrá saberse jamás. Ahora todos parecen estar de acuerdo en que el Homo erectus es la primera especie cuya anatomía es humana. No obstante, la tradición académica atribuía la prioridad o el primado de los seres humanos al H. habilis. Algunos conceden la primacía al H. rudolfensis. Pero ya se ha indicado que otros afirman que habilis y rudolfensis pertenecen a la misma especie con la diferencia de que lo primeros eran más gráciles, los segundos más robustos. No falta quien sostenga (B. Wood) que el H. habilis no solo no es la primera especie humana, sino que ni siquiera pertenece al género Homo. Los descubridores del
Kenyanthropus de 3,5 millones de años de antigüedad en el 2001 (M. Leaky y F. Spoor) dicen lo mismo del rudolfensis, que, con lo descubierto por ellos, integraría un nuevo género, el Kenyanthropus, «hombre de Kenia». Tampoco hay unanimidad sobre qué especie es la antepasada inmediata del H. sapiens o actual ni respecto de los primeros fabricantes de herramientas. Los descubridores del H. habilis (L. y M. Leakey) los llamaron así precisamente por haber sido los primeros dotados de la capacidad y habilidad para fabricarlas. Pero ya se oyen voces disonantes, que atribuyen a los australopitecos la categoría de haber sido los inventores de las industrias líticas. En fin, como en tantas otras cuestiones de paleoantropología, un barullo enmarañado de voces e
interpretaciones, casi tantas como autores, y si se tira del hilo, se corre el riesgo de enmarañar más la madeja.
No es posible precisar cuándo el Homo empezó a ser verdaderamente «hombre» en cuanto a su materialidad. Evidentemente el alma espiritual, la inteligencia o la
autoconciencia no dejan huellas directas en los fósiles. Tampoco se sabe dónde empezó. Por influjo de la Biblia, tradicionalmente se creía que la primera pareja humana apareció en Asia. Nada se decía de posibles antepasados u homínidos. Pero desde hace varias décadas, se trasladó la cuna de los homínidos y de los hombres a África. No obstante, se oyen voces discrepantes que retornan a Asia por razones científicas, al menos respecto a los restos de Atapuerca. Es la conclusión de la esclarecedora tesis doctoral de la
paleontóloga M.ª. Martinón-Torres127 (Universidad de Burgos) tras analizar 5.200 piezas dentales fosilizadas y su morfología, las de todas las especies de homínidos conocidas, desde los australopitecos (incluidos según su criterio) hasta el H. sapiens. En Próximo Oriente se operó el cambio por el que los seres empezaron a ser bípedos, aumentó considerablemente su capacidad craneal (hasta 600 y 680 cm3) y se desarrolló una tecnología. Ya en 2005, el equipo de Atapuerca declaró que los H. antecesor(es) habían venido de Asia, no de África como se había creído hasta entonces. Por otra parte, un grupo de paleontólogos dirigidos por L. Marivaux (Universidad de Montpellier), sitúan en la región central de Pakistán el origen de los primates, no en África como afirman otros.
Lo importante es que, en un lugar y tiempo determinado, aunque todavía desconocido, el Homo empezó a ser «hombre», o sea, ser racional, hablador de palabras interiores
(ideas, pensamientos) y audibles, religioso, ético, libre y responsable, consciente de sí mismo (que sabe y sabe que sabe), «un ser para la muerte». Solamente se conoce un ser —una insignificante medusa— capaz de rejuvenecerse un número indefinido de veces (cf. transdiferenciación). El hombre es el único viviente que muere y sabe que se muere, más aún que su destino es la muerte y la transmuerte, la trascendencia o subsistencia después de ella, aunque a veces la rechace y a veces se sumerja en oleadas de dudas. Con palabras del premio Nobel de Literatura (1923) W. B. Yeats: «El hombre inventó la muerte», pensada o consciente: «Ni temor ni esperanza acechan / al animal moribundo. / Un hombre aguarda su fin». Los fósiles no permiten detectar estos aspectos definitorios del hombre a no ser a través de sus concreciones materiales (herramientas, etc.) con el agravante de que no se han conservado todas y que no sabemos si, entre las conocidas, se hallan las primeras en sus distintas modalidades.
Los «criterios128 de discernimiento de lo humano», o sea, las señales inequívocas de que un ser, tanto fósil como vivo, es verdaderamente un ser humano, admite tres
modalidades, a saber: a) el biológico (estar dotado del ADN específico del Homo sapiens sapiens o moderno, actual); b) el social (el lenguaje, la capacidad de diálogo, la búsqueda de la verdad, la responsabilidad, las manifestaciones artísticas: pinturas, grabados,
por ejemplo hachas, agujas de coser, joyas, el material pictórico), y c) el trascendente o religioso (enterramientos y ritos funerarios, señales de culto, exvotos). La polinología permite afirmar si existió o no el ramo o la corona de flores en honor de la divinidad o sobre una tumba y la clase de flores. De hecho se sabe que ha habido flores sobre sepulturas de los años 70.000-45.000 a.C., por ejemplo junto al enterramiento de un neandertal en la cueva Shanidar (Kurdistán iraquí).129