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Las similitudes estructurales y funcionales: la morfología evolutiva

Algunas muestras de la evolución

1. Las similitudes estructurales y funcionales: la morfología evolutiva

Si las relaciones filogenéticas o de parentesco son evolutivas y, por lo mismo, acaecidas en el pasado, no pueden ser observadas directamente, sino solo deducidas a través del parecido tanto anatómico o estructural y fisiológico o de función como genético

molecular. Cuando las similitudes se deben a la herencia de un antepasado común, se conserva el parecido en la anatomía del órgano en cuestión, aunque pueden haberse introducido variaciones más bien superficiales si han llegado a desempeñar funciones diferentes. Compárese la gran semejanza anatómica de la aleta del delfín y del ala del murciélago a pesar de las disimilitudes producidas por su distinta función: nadar o volar.

A veces, las semejanzas son analógicas, o sea, proceden no de la herencia, sino de la adaptación al mismo entorno. Entonces la divergencia anatómica es notable, captable mediante su radiografía, aunque a simple vista haya un cierto parecido, más bien superficial o aparente. Piénsese en las aletas de los delfines y de los tiburones. En algunos casos ha podido darse la conjunción de la doble semejanza, la anatómica y la funcional. Es lo que habría ocurrido en la supuesta transformación de las escamas de los peces en plumas de las aves. En una primera etapa había habido similitud anatómica y con la misma función (conservación de calor y protección del agua). Más tarde las escamas habrían adquirido la forma reticulada, muy adaptada al vuelo. A veces, la semejanza anatómica es total. Compárense el esqueleto, hueso a hueso, de las extremidades superiores de los tetrápodos (cuatro pies, extremidades): el hombre (manos), el mono, el caballo (patas delanteras, llamadas también manos), la ballena

(aletas) o la salamandra y la foca, la gallina, el murciélago (alas). Los tetrápodos fósiles tienen cinco dedos como los actuales, a veces 7 (Ichthyostega, pez fósil del periodo Devónico) y hasta 8 (Acanthostega). Su radiografía muestra su semejanza y hasta

igualdad. Proclama que se trata de especies procedentes de un mismo antepasado lejano. ¿Por qué tenemos cinco dedos y no más —como algunos antepasados fósiles— o

menos? ¿Por qué se conserva el meñique de los pies, aunque su función sea

prácticamente nula? Evidentemente las funciones de las extremidades superiores son completamente diferentes. Con los mismos huesos, esas extremidades permiten: escribir, coger y otras muchas acciones (hombre), asir y asirse (monos), trotar y galopar

(caballos), nadar (ballena), nadar y caminar (salamandra, foca), aletear (gallina), volar (murciélago y aves). No cabe duda que la adaptación al entorno y a la realización de su función repercute en la forma del órgano. Piénsese en las extremidades superiores adaptadas para excavar en los topos y en otros mamíferos de vida subterránea.

Algunas imperfecciones se explican precisamente por su proceso evolutivo, o sea, por partir de una estructura heredada y de una adaptación parcialmente retrasada por el peso inercial de periodos anteriores. De ahí que los embriones humanos, en la cuarta semana, tengan una cola; en la sexta semana adquiere su máxima longitud. Permanece

rudimentariamente, como testimonio residual, en el cóccix adulto. Aunque nunca respiren por ellas, los embriones humanos y de otros vertebrados exhiben aberturas de branquias que testifican su descendencia lejana de los peces, que siguen respirando por medio de ellas. El apéndice en forma de gusano es uno de los residuos de etapas anteriores de la evolución. Se inserta en el punto de unión del intestino grueso y delgado. Ahora, al hombre, en el mejor de los casos no le sirve para nada; en el peor, si se inflama (apendicitis) puede llevar al paciente a la mesa de operaciones quirúrgicas y tal vez al sepulcro. En cambio, los herbívoros (conejos, etc.) lo tienen en el mismo lugar intestinal. Junto con el intestino ciego les sirve de almacén de celulosa vegetal y para facilitar su digestión con la ayuda de las bacterias adecuadas.

La morfología evolutiva o la evolución de las formas permite contemplar el desarrollo del mismo órgano como en diapositivas, como a saltos de la misma imagen, no en la

ininterrumpida secuencia cinematográfica. Se pasa desde lo más simple hasta lo más complejo a través de diversas etapas o transformaciones, por ejemplo en un órgano tan complejo y perfecto como el ojo. Limitándonos a los moluscos actualmente vivos (almejas, calamares, caracoles) podemos ver «el ojo más sencillo (solo una mancha compuesta por unas pocas células pigmentadas con fibras nerviosas ligadas a ellas, como se hallan en las lapas), una cavidad pigmentada (ciertos moluscos de concha abierta), una cavidad óptica con un pequeño agujero haciendo el papel de lente (Nautilus, de océano abierto), un ojo con lentes refractivas primitivas protegidas por una capa de células de la piel que hacen de córnea (caracoles marinos Mures), el ojo de los pulpos y los calamares, tan complejo como el ojo humano, con córnea, iris, lentes refractivas, retina, sustancia interna vítrea, nervio óptico y músculo».130

No siempre la similitud de rasgos supone parentesco, al menos próximo. Piénsese en el equidna australiano, el pangolín africano y en el oso hormiguero de los países

iberoamericanos. Los tres son mamíferos, están dotados de un hocico afilado y depilado o carente de asideros para las termitas, lengua larga a modo de cinta pegajosa, capaz de arrastrar cientos de hormigas, grandes glándulas salivares, estómago de enorme

resistencia a la arena absorbida en cada cata y a la acción corrosiva del ácido fórmico, dientes rudimentarios (no necesitan masticar el alimento tragado casi directamente) y patas terminadas en una especie de guadañas afiladas, aptas para escarbar en los hormigueros. Los tres se alimentan de hormigas, sobre todo termitas. Pueden parecer «hermanos» o, por lo menos, «primos». No obstante, su antepasado común se pierde en la noche de los tiempos. Al parecer convivió con los dinosaurios. Por otra parte, es

innegable el parecido de los cactus norteamericanos (zonas norteñas de México y sureñas de EE.UU.) y las euforbias del África subsahariana. Para poder subsistir en climas tan sumamente calurosos y secos, han adoptado una forma redonda, barriguda. Así ofrecen la menor superficie posible a los rayos solares y, además, tienen un buen depósito para conservar la poca agua de lluvia y el rocío del desierto. Otras especies de estas plantas, al revés, adoptan la forma alta y delgada, que logra esos dos objetivos. Unas y otras

prescinden de las hojas a fin de ahorrar humedad y superficie expuesta al sol. Realizan la fotosíntesis por medio del tallo, no de las hojas. El «pellejo» ceroso, lleno de espinas, que los recubre, evita la evaporación, ahuyenta a los roedores y canaliza el flujo de las escasas gotas de rocío, de neblina o de lluvia por medio de sus largas espinas. Las

similitudes estructurales y funcionales tanto entre los mamíferos hormigueros como entre los cactus se explican sobre todo por la evolución convergente, diseñada en orden a lograr la supervivencia mediante idénticas funciones adaptadas al mismo entorno, aunque localizado a miles de kilómetros de distancia y sin comunicación a lo largo de los milenios de su existencia.

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