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Se tiende a creer que se ha encontrado lo que se anda buscando o se desea hallar

Los homínidos y el hombre

1. Se tiende a creer que se ha encontrado lo que se anda buscando o se desea hallar

A veces lo ardientemente deseado nos impulsa a confundir lo imaginario con la realidad real, haciendo que aceptemos lo deseado e inexistente como real o, al revés, lo verdadero y auténtico como falsificación. También aquí tiene vigencia la sentencia horaciana: trahit quemquam sua voluptas, o sea, lo placentero y deseado puede más que uno mismo y su honradez. En la investigación, a veces, puede más la ideología del científico que la objetividad de lo comprobado.

En 1879 Marcelino S. de Sautuola, a la luz de un candil, excava en una cueva y descubre piedras de sílex tallado. Su hija María, de pocos años de edad, se entretiene jugando. Por su baja estatura puede fijarse en el techo rocoso, distante del suelo entre uno y dos

metros según las zonas. Sorprendida lo señala con el dedo mientras exclama: «¡Papá, mira qué bueyes!». El padre levanta la cabeza y ve que los bueyes son bisontes. Acaba de realizarse uno de los grandes descubrimientos, el de las pinturas del arte rupestre (Altamira). En 1880 presenta una comunicación sobre las pinturas rupestres, catalogadas por vez primera como paleolíticas en el Congreso Internacional de Ciencias Prehistóricas celebrado en Lisboa. Su lectura provoca reacciones que van desde la indiferencia a la ironía y al sarcasmo. Agredido en su integridad moral, abandona el congreso. En 1901

son descubiertas las pinturas rupestres de Combarelles y Font de Gaume (Francia). En 1902 E. de Carthailhac, principal oponente de Sautuola, se retracta y publica su «mea culpa de un escéptico» en arte rupestre entonando el «ya no hay motivo para dudar de la antigüedad paleolítica de las pinturas de Altamira». Peregrina ese mismo año a Santander para depositar un ramo de flores y desagravio sobre la tumba del descubridor, 14 años después de su muerte.106 No se admitió la antigüedad paleolítica de las pinturas

altamirenses por un apriorismo ideológico. Su bicromía e insuperada perfección artística obligaban a desechar el concepto goriloide, apenas humano, que del hombre paleolítico tenían entonces los entendidos en el arte rupestre mobiliar.

En 1913 el paleontólogo francés M. Boule publicó una monografía sobre los fósiles. En ella estudia sobre todo el esqueleto de un varón neandertalense de 40 a 50 años de edad, descubierto en Chapelle-aux-Saints (1908). Este esqueleto ofrecía el interés de su forma, de su antigüedad y su condición de esqueleto más completo de su época conocido hasta entonces. Su reconstrucción muestra al hombre neandertal como un hombre de nuestros días, pero más imperfecto, deforme, un tanto como jorobado, de piernas ligeramente arqueadas, el cuerpo cubierto de mucho vello, con los pies sueltos de modo que pisaba el suelo con el borde externo, no con la planta de los pies, los huesos algo más gruesos que los nuestros, los arcos supraorbitales prominentes. Con otras palabras, menos humano que el hombre actual y de apariencia más simiesca y embrutecida, bastante parecido a un chimpancé. Desde entonces su figura ha sido reproducida pictórica y hasta

escultóricamente en libros —de texto o no—, en láminas y en los museos. En 1957 un grupo de anatomistas volvió a examinar el esqueleto original y descubrió la causa del error, pues había padecido una fuerte artritis. La posición muy encorvada del esqueleto era causada por sus vértebras cervicales dotadas de apófísis espinosas grandes, posición común a la de los hombres actuales que padecen de lo mismo. Sus huesos estaban deformados y engrosados, su aspecto encorvado, pero por artritis y por la apófisis peculiar, no porque todos los hombres del Neandertal fueran así.107

Los investigadores de Atapuerca ( J. L. Arsuaga y J. M. Bermúdez) han reconocido «que el modelo de la evolución humana era erróneo, que todos fueron de cuerpo ancho y que no hubo esa adaptación al medio hasta el Homo sapiens». Lo deducían del hallazgo de la ancha «pelvis de Elvis» (Atapuerca) en 1994. Pertenecía a un Homo heilderbergensis de hace unos 800.000 años. Antes se suponía que el Homo erectus era esbelto por la

necesidad de adaptarse a un clima tropical y de una mayor resistencia para correr, facilitada por unas piernas más largas. Esta suposición se basaba sobre todo en lo restos del llamado «niño de Turkana» (hallado en 1985, Kenia), varón de 11 años. Del análisis de sus huesos se dedujo el aspecto no solo de un individuo, sino de toda de la especie. Unos 10 años más tarde esta conclusión era contradicha en Atapuerca. Lo ha confirmado la pelvis y una vértebra lumbar de una mujer de Homo erectus, halladas en Gona (región de Afar en Etiopía) en el año 2000. El resultado de su análisis se ha publicado en Science (noviembre, 2008). Ahora resulta que no eran esbeltos, sino más bien chaparros,

pequeños y anchos. El fósil de esta mujer medía entre 1,2 y 1,46 m, no 1,8 m que se atribuía antes a sus congéneres erecti. Además, el volumen del cerebro del feto en esta pelvis era mayor que el de los homínidos anteriores (Homo habilis); el canal para el parto, más grande de lo supuesto. No obstante, Manuel Domínguez Rodrigo

(Universidad Complutense, Madrid), miembro del equipo investigador, afirma que «se demuestra que las hembras no podían acomodar fetos con un 40% del tamaño de los cerebros adultos». Por consiguiente, en los humanos se habría iniciado ya un desarrollo infantil lento y prolongado, que sería similar al de los humanos actuales. Tendrían también más tiempo para su «educación» o adquisición de los conocimientos no genéticos o heredados —como los de los animales—, sino aprendidos.

A veces se junta el hambre con las ganas de comer, incrementadas mediante fraude. El caso de Piltdown ha sido sin duda el más llamativo. En 1908 un lugareño del pueblo Piltdown, al sur de Inglaterra, que extraía piedra de una cantera, se topó con un fragmento óseo de color ferruginoso oscuro entre grava, fósiles vertebrados (elefante, etc.) y piedras talladas. Se lo notificó a C. Dawson, abogado aficionado a la arqueología, que lo identificó como un parietal humano. Él mismo fue a la cantera y descubrió el fragmento de un frontal. Informó a Woodward, responsable de paleontología del British Museum de Londres. Ambos reconstruyeron parcialmente el cráneo y lo presentaron en la Sociedad Geológica como perteneciente al cuaternario muy antiguo. El ya llamado «cráneo de Piltdown» sería el más antiguo de los antepasados del hombre y el «eslabón perdido» entre el hombre actual y los prehomínidos. Intervino también C. Teilhard de Chardin, que realizó excavaciones y al que informaba Dawson. Treinta años más tarde, el análisis por medio del flúor demostró que los restos de animales y los huesos de homínidos no eran contemporáneos. El cráneo pertenecía a un hombre actual, aunque sus huesos habían sido teñidos químicamente para aparentar antigüedad, y la mandíbula con sus dientes (limados artificialmente para simular su desgaste al modo humano) a un orangután. Los instrumentos de sílex habían sido tallados recientemente. Por fin, en 1953 se hizo público el fraude, si bien todavía no se ha identificado al que lo urdió.108 No obstante, «en la vieja gravera del río» de Piltdown todavía se alza un monumento honorífico «al cráneo fósil de Piltdown».

Obsérvese, por otra parte, que los restos hallados a veces son tan fragmentarios y escasos que no siempre se ve cómo pueden deducirse las conclusiones descritas por los expertos. Un caso claro es el de los restos encontrados en Chou-Kou-Tien (ahora Zhoukoudian) a 50 km de Pekín. Se reducen a tres dientes fósiles. De ellos, dos fueron recogidos por Otto Zdansky, uno en 1921 y otro cuatro años más tarde. Los catalogó como «del tipo humano más antiguo, cuyos restos se hayan descubierto bajo la capa terrestre». En 1927, tras remover 3.000 m3 en seis meses, otro equipo, financiado por la Fundación Rockefeller, encontró el tercero. Esos tres dientes le bastaron a D. Black para presentar en sociedad al famoso Sinanthropus pekinensis (hombre chino de Pekín) como «un género de homínido». ¿Quién no ha leído este nombre incluso en manuales de

historia universal? No obstante, los expertos críticos no disimularon su escepticismo. No extraña que la actitud recelosa haya perdurado hasta nuestros días. Las excavaciones continuaron ciertamente con mucho más éxito a la hora de los hallazgos, (a los restos de 40 individuos diferentes se les atribuye ahora una antiguedad de 780.000 años, 200.000 más que en la datación tradicional. Nature, marzo 2009). algunos debidos directamente a T. de Chardin.

Los dibujos del zoólogo darwinista alemán E. Haeckel (1834-1919) ilustraron los manuales escolares de biología durante gran parte del siglo XX. Representaban

embriones, en las fases primeras de su desarrollo, de distintas especies de vertebrados desde peces y anfibios hasta el hombre. Eran casi iguales y una confirmación gráfica del evolucionismo. Pero hoy se sabe que no reflejaban la configuración real de los

embriones. Habían sido manipulados por el autor. M. Behe pregunta: ¿Por qué fueron alabados, ente otros, por J. Watson (premio Nobel) y por B. Alberts (presidente de la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU. hasta hace poco)? Responde: «no dudaron de los dibujos de Haeckel porque concordaban con las hipótesis darwinistas». Prejuicios ideológicos semejantes explican la aceptación general de los experimentos de S. Miller y H. Urey (1953) como prueba del origen de la vida en la Tierra por reacciones químicas espontáneas. Aunque todavía conserven validez en algunos trabajos o, al menos, sean citados como camino para descubrir el origen de los primeros organismos vivos a partir de la materia inerte, hoy ya se consideran sin validez demostrativa y generalmente todos afirman que se desconoce el origen de la vida (Aceprensa, 80, 2003 y 40, 1999).

Las ciencias carecen de la luz de la revelación sobrenatural. A la luz de la razón, confirmada por la comprobación experiencial y científico-técnica, el científico puede y debe cambiar de parecer siempre que sea necesario. Pero los cambios reiterados suenan a precipitación en las valoraciones, a veces por prejuicios ideológicos. En no pocos casos sorprende que tiendan a hacer afirmaciones contundentes, por no decir dogmáticas, como si gozaran de infalibilidad, a pesar de las rectificaciones. En 1891 Eugène Dubois, holandés a pesar de sus nombres franceses, encontró en Java un molar y parte de un cráneo en Trinil. Los clasificó como «pertenecientes a un chimpancé, sin ninguna duda del género Anthropithecus troglodytes (mono humano cavernícola). Un año más tarde, en el mismo sitio, halló un fémur que evidenciaba su pertenencia a un ser que andaba erguido. Este dato le hizo cambiar la especie, aunque conservó el género, pues lo llamó Anthropithecus erectus, o sea, chimpancé erecto/erguido. En 1893 lo llamó

Pithecanthropus erectus, describiéndolo como «el animal más parecido al ser humano y puente entre este y sus parientes mamíferos más cercanos, como supone la teoría de la evolución». En 1895, en un congreso internacional de zoología celebrado en Leiden, Dubois presentó los huesos. Los congresistas no compartieron su interpretación.

Recuérdese que, hasta hace poco, el ramapiteco figuraba en el desfile de los antepasados del hombre, incluso en los manuales escolares. Pero las nuevas técnicas de análisis de los anticuerpos presentes en sus dientes ya no le dejan pisar la pasarela. Está demostrado

que es antepasado cercano del orangután, no del ser humano. En cambio, el mismo análisis dental ha demostrado que los australopitecos se hallan muy cerca de los humanos. Seguramente las nuevas técnicas de identificación y de parentesco nos depararán nuevas sorpresas. El entorno sociocultural y la cosmovisión, por no decir ideología, de un científico influyen, al menos casi insensible e inconscientemente, en sus trabajos de investigación. Pero no caben ligerezas. Pues en este terreno, suele dar más renombre la refutación de una teoría que su confirmación.

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