3 IDENTIDAD CELULAR
3.2 La identidad de lo vivo y su mundo
La segunda dimensión complementaria de la bio-lógica básica, central para enfocar nuestra discusión, es la naturaleza de la relación entre unidades autopoiéticas autónomas y su entorno, en conformidad con la Proposición 2. Independientemente de la hipótesis, resulta evidente que un sistema autopoiético depende de su entorno físico-químico para su conservación como una entidad autónoma, de lo contrario se disolvería y reintegraría a su entorno. De aquí la intrigante paradoja propia de una identidad autónoma: el sistema vivo debe diferenciarse de su medio ambiente y al mismo tiempo debe mantener su vinculación con él; este vínculo no puede deshacerse ya que el organismo emerge desde el medio ambiente pero a la vez se debe al mismo.
Ahora bien, en este enlace dialógico entre la unidad viva y el entorno físico-químico existe una diferencia clave del lado de lo vivo, dado que cumple un papel activo en este enlazamiento recíproco. Al definir lo que constituye una unidad, en el mismo gesto se define lo que queda fuera de dicha unidad, esto es, el entorno circundante. Un examen más detenido hace también evidente el hecho de que esta organización sólo puede ser entendida, por decirlo así, desde el "interior": la unidad autopoiética crea una perspectiva desde la cual tiene un exterior que le es propio, que no puede ser confundido con el entorno físico nuestro en tanto observadores, el ámbito de las leyes físicas y químicas.
En nuestra práctica de biólogos, nos movemos en uno y otro terreno. Usamos y manipulamos principios y propiedades físico- químicos, pero de inmediato podemos utilizar interpretaciones y significados vistos desde el punto de vista del sistema de vida. Así, una bacteria que nada en un gradiente de sucrosa es analizada por conveniencia en términos de los efectos locales de la sucrosa en la permeabilidad de la membrana, viscosidad del medio,
hidromecanismo del batir de los flagelos, etc. Pero por otra parte, el gradiente de sucrosa y el batir de los flagelos son dignos de ser estudiados sólo en la medida en que son relevantes para todas las bacterias: su significado específico como componentes de conducta alimenticia es posible sólo por la presencia y perspectiva de las bacterias como una totalidad. Si consideramos a la bacteria como una unidad, todas las correlaciones entre los gradientes y las propiedades hidrodinámicas se transforman en leyes químicas ambientales, evidentes a nuestros ojos de observadores, pero desprovistas de toda significación.
Creo que esta relación claramente dialéctica es de suma importancia. Incluso, puede parecer tan obvia que no alcancemos a apreciar sus profundas ramificaciones. Me refiero a la distinción entre el medioambiente de un sistema de vida tal como se presenta al observador y sin referencia a una unidad autónoma —lo que de ahora en adelante llamaremos simplemente el medioambiente— y el medioambiente para el sistema, que se define en el mismo movimiento que dio lugar a su identidad y que sólo puede existir en esa definición mutua—a partir de ahora, el mundo del sistema. La diferencia entre medioambiente y mundo es el excedente de significación que acosa al entendimiento de la vida y del conocimiento y, a la vez, está en la base de cómo un sí mismo alcanza su individualidad. En la práctica es bastante difícil no perder de vista la dialéctica de esta definición mutua: ni aislamiento rígido ni sencilla continuidad con la química física. Por el contrario, es fácil combinar el mundo de las unidades con su medioambiente dado que es obvio que estamos estudiando ésta o aquella interacción molecular en el contexto de una unidad celular autónoma y, en consecuencia, perder completamente el excedente agregado por la perspectiva del organismo. No hay significación alimenticia en la sucrosa, salvo cuando una bacteria remonta el gradiente y su metabolismo utiliza la molécula de modo tal que permite la continuidad de su identidad. Este excedente no es indiferente a las regularidades y las texturas (por ejemplo "las leyes físicas") que operan en el medioambiente, a que la sucrosa pueda crear un
gradiente y atravesar la membrana de una célula, etc. Opuestamente, el mundo del sistema esta construido sobre estas regularidades, lo que asegura que pueda mantener su unidad en toda circunstancia. Lo que hace el sistema autopoiético —a causa de su particular modo de identidad— es enfrentar constantemente los encuentros (perturbaciones, golpes, acoplamientos) con su medioambiente y tratarlos desde una perspectiva que no es intrínseca a los encuentros mismos. Es seguro que las rocas o las cuentas de cristal no atraen gradientes importantes de azúcar de sus infinitas posibilidades de interacciones físico-químicas, porque para que esto suceda es esencial una perspectiva desde una identidad constituida activamente. Es tentador, en este punto, dejarse resbalar hacia las vaporosas nubes del "significado", reminiscencias de la peor clase de vitalismo del pasado o de la jerga informática del presente. Lo que quiero hacer notar aquí es que aquello que es significativo para un organismo, está dado precisamente por su constitución como proceso distributivo, con una indisoluble unión entre los procesos locales en los que ocurren interacciones (por ejemplo, las fuerzas físico- químicas actuantes en una célula) y la entidad coordinada que equivale a la unidad autopoiética, dando lugar al manejo de su medioambiente sin necesidad de acudir a un agente central que mueva los controles desde afuera (como un élan vital) o un orden preexistente en una localización particular, como un programa genético que espera ser expresado.
Si invertimos nuestra perspectiva, esta constante producción de significado puede ser descrita como una permanente falta en lo vivo: está constantemente produciendo una significación que está perdida, nunca pre-dada o pre-existente. La relevancia debe ser adquirida ex 7iihilo\ distinguir especies moleculares relevantes e irrelevantes, seguir un gradiente hacia arriba y no hacia abajo, aumentar la permeabilidad de este ion y no de aquel, etc. Se manifiesta un inevitable contratiempo entre un sistema autónomo y su medioambiente: siempre hay algo que el sistema debe proveer desde su perspectiva de totalidad en función. En el hecho, un encuentro molecular adquiere significación en el contexto del
sistema operacional completo y de muchas interacciones simultáneas.
La fuente de esta creación-de-mundos es siempre un quiebre en la autopoiesis, ya sea menor como los cambios en la concentración de un metabolizado, o mayor como la ruptura de los bordes. Debido a la naturaleza misma de la autopoiesis — ilustrada por la reparación de la membrana en el ejemplo mínimo simulado más arriba—, todo quiebre puede verse como el inicio de una acción, por parte del sistema sobre lo que falta, de manera que se mantenga la identidad. Repito: no hay una teleología implícita en este "de manera que": esto es lo que implica la lógica autorreferencial de la autopoiesis, en primer lugar. La acción se hará visible como un intento de modificar su mundo: cambio de lugar de diferentes nutrientes, aumento de la corriente de un metabolizado por síntesis metabòlica, etc.
En resumen, esta acción permanente e inexorable sobre lo que falta, se convierte, desde el punto de vista del observador, en la actividad cognitiva dei sistema, que es la base de la diferencia inconmensurable entre el medioambiente en cuyo interior es observado el sistema, y el mundo, en cuyo interior opera el sistema. Esta actividad cognitiva se encuentra paradójicamente en su base misma. Por una parte, la acción que produce un mundo es un intento por reestablecer una relación con un medioambiente que desafía la coherencia interna mediante encuentros y perturbaciones. Pero estas acciones, al mismo tiempo, demarcan y separan al sistema de ese medioambiente, dando lugar a un mundo distinto.
El lector puede sorprenderse del uso que hago del término cognitivo, hablando de sistemas celulares. Sin embargo, de lo que he dicho hasta ahora debería quedar claro que la constitución de un dominio cognitivo vincula a los organismos y a sus mundos de una manera que constituye la esencia misma de la intencionalidad como se la usa en la ciencia cognitiva moderna, y como fuera introducida originalmente en la fenomenología. Mi proposición hace explícito al proceso a través del cual surge esta intencionalidad: implica una hipótesis explícita acerca de cómo
transformar esta noción filosófica de intencionalidad en un principio para las ciencias naturales. El uso que hago aquí del término cognitivo se justifica porque está en la base misma de como la intencionalidad surge en la naturaleza.
En resumen, el término cognitivo tiene dos dimensiones constitutivas: primero, su dimensión de enlace, esto quiere decir, la conexión con su medioambiente que le posibilita mantener su individualidad; segundo su dimensión interpretativa, esto quiere decir, el excedente de significación que adquiere una interacción física, a causa de la perspectiva otorgada por la acción global del organismo.
4 . I D E N T I D A D COGNITIVA