Capítulo III Referentes Conceptuales
3.3 Identidad y Referentes identitarios
Bauman (2005) aborda el concepto de identidad desde un análisis de la globalización, la sociedad de consumo y en sí, la modernidad líquida, donde conceptos como el de identidad resultan ambivalentes, al ser pasajera, incierta, frágil y siempre dependiente de una comunidad que le sirva como refugio. La identidad es un término controversial, no basta indicar que la comunidad define la identidad de los sujetos, sin embargo es preciso diferenciar las comunidades de vida de las comunidades de destino, en las que conjuntamente se crean sentidos de
pertenencia. En la primera, la identidad se da gracias a que el sujeto crece en una comunidad natural y vive junto a ella por un largo período, y de otro lado, el arraigo en otras comunidades virtuales se da por el deseo de compartir unos ideales o principios, sin la necesidad de que sus integrantes convivan en la realidad.
En un mundo pluricultural circulan muchas ideas, y el sujeto se expone a lo largo de su vida a diferentes escenarios sociales donde su identidad se transmuta, puede elegir una, y luego
reemplazarla de acuerdo al sentimiento de pertenencia y afiliación que el sujeto tenga hacia una comunidad. En la era moderna, la identidad resulta cada vez más difícil de definir, en la medida en que los seres humanos transitan por diferentes comunidades con diversas ideas y principios, esto como producto de la globalización y las nuevas tecnologías. Es así como la identidad permanece en un tiempo indefinida y en ocasiones no son diferenciadas, pues varios sujetos se subscriben en una misma en el mismo tiempo. La identidad es para Bauman (2005) algo más por inventar que algo por descubrir; “la fragilidad y la condición por siempre provisional de la identidad ya no se puede ocultar” (p 41). En este sentido las identidades se abren paso en medio
de diferentes mundos, diferentes posibilidades que el sujeto entra a elegir como en un medio de comercio en el que las transacciones y servicios están a disposición de consumo.
“La identidad, una identidad nacional en concreto, ni se gesta, ni se incuba en la experiencia humana “de forma natural” ni emerge de la experiencia como un “hecho vital” evidente por sí mismo”. (Bauman, 2005, p. 49). Frente a esta afirmación, el autor reconoce que en esta era líquida, la identidad nacional se encuentra en crisis, pues en el siglo anterior al XX, el Estado generaba estrategias de cohesión y de sentido de pertenencia hacía determinada nación, lo cual generaba un sentido de fidelidad especialmente en la época de guerra, lo que permitía que la identidad se asociara con las instituciones del Estado y sus mandatos. Esto representa un tránsito constante entre la definición y redefinición del sujeto, que en caso de los grupos marginados es una búsqueda por la liberación de las identidades impuestas, pero a la vez un sometimiento y opresión a las dinámicas de la sociedad de consumo.
De otra parte, la identidad surge en la sociedad como un sentido de pertenencia y afiliación a un grupo social, generando la unidad y el sentido colectivo de seguridad y protección. Para ello, los marcos de referencia, aparecen como los escenarios en los cuales el sujeto se afilia de manera natural, como lo es la familia o los primeros grupos de socialización; sin embargo, las
comunidades naturales deben combatir a las atractivas comunidades virtuales que permiten elegir de un cúmulo de identidades, la que mayor se asocie con sus preferencias y deseos. “En el fiero y nuevo mundo de las oportunidades fugaces y de las seguridades frágiles, los innegociables y agarrafadas identidades chapadas a la antigua simplemente no sirven”. (Bauman, 2005, p. 63). Es entonces la identidad una búsqueda constante durante la vida, no es estática y por el contrario resulta frágil y tenue, en cualquier momento puede ser invadida por el deseo individual
desbocado de encontrarse a sí mismo en los demás. La identidad se arraiga en el deseo de seguridad que suministra la comunidad, sin embargo, éste también es ambiguo pues a la vez que se desea estar afiliado no se quiere estar fijo, de manera que este sentido de pertenencia no es definitivo. Es así como los marcos sociales de referencia pueden ser a la vez varios, lo que produce que una identidad transite a otra. Esto trae como consecuencia caer en identidades estereotipadas o impuestas. Según lo anterior, existe un dilema frente a las identidades
impuestas, frente a las cuales el sujeto no tiene la voluntad de elección y por el otro extremo, las identidades banales o artificiales que resultan vacías y carentes de sentido.
De otra parte, Bauman (2005) se refiere a la unidad de los grupos sociales, como por ejemplo el grupo de las clases trabajadoras, donde los individuos se reunían bajo una misma identidad, donde predominaba el deseo colectivo por encima del individual; al respecto, en las sociedades capitalistas, los grupos sociales de clase baja, enfrentan un desarraigo colectivo producto de la marginación del sistema económico, de manera que su exclusión genera la individualidad y una descomposición de los grupos o colectivos. No obstante, el autor plantea como esperanza la necesidad del sujeto por afiliarse a un grupo, sin recurrir a la identidad ligera y vacía, buscando
una conciencia colectiva que beneficie a todos en comunidad, y se generen verdaderos lazos de afecto y protección.
Para Bauman (2005) en la modernidad líquida, a diferencia de la modernidad sólida existen diferentes opciones de identidad, pero a la vez es una identidad vulnerable que tiende a
desvanecerse, de manera que siempre se situará en un escenario en inacabable construcción. Esta completa libertad de elección es acompañada por una inacabable saciedad acompañada de soledad. Nuevamente el autor recuerda la ambivalencia del término, pues al liberarse de la predeterminación de la identidad por pertenecer a una comunidad, esa sensación de seguridad es cambiada por la individualidad y la posibilidad de buscar autónomamente su identidad.
Los sujetos deben enfrentar entonces la dicotomía entre seguridad-libertad, pues mientras la comunidad -entendida como un grupo de personas que conviven de manera natural y se relacionan a través de fuertes vínculos sociales- tiende a oponerse a la liberación personal, la individualización y la liberación de los grupos naturales obtienen unos vínculos nuevos débiles y frágiles. Estas nuevas comunidades virtuales o estéticas privilegian los lazos quebradizos que no logran soportan al ser. A diferencia, la comunidad ética o natural, la cual genera un arraigo fuerte y sentido de pertenencia capaces de acompañar en la sociedad caótica, moderna y líquida al sujeto, como colectivo.
Hasta este punto del documento se ha tratado de demostrar que la identidad es un concepto atravesado por diferentes vertientes como la filosófica, lingüística, sociológica e incluso
psicológica, lo cual permite reconocer que la configuración identitaria tiene aristas que van desde lo narrativo -donde el sujeto se encuentra con los demás y con su yo a través del relato,
permitiéndole representarse y reinterpretarse-, hasta lo intersubjetivo considerando los referentes y los grupos sociales en los que el niño crece y desde donde empieza a referenciar al otro y a elegir entre la protección y la libertad. Estas perspectivas teóricas permiten ir consolidando una apuesta por la diversificación de identidades y la posibilidad de trasmutar de unas a otras, ya sea en la historia del relato, a través de personajes reales o ficticios, o a través de las comunidades naturales o virtuales. De modo que, la identidad ante todo nos hace un llamado para abrir la perspectiva y considerar las múltiples dimensiones que habita el sujeto y que lo habitan a él, abriendo paso a un enigma que se revela en la medida en que indagamos en su memoria personal y colectiva.