Capítulo III Referentes Conceptuales
3.2 Lenguaje Oral
3.2.1 Narrativas e Identidad
Bruner (2003) indaga en torno a la posibilidad y necesidad de que el yo sea revelado a través de las palabras. El autor devela la importancia de cómo a través de las historias el yo se recrea, gracias al ejercicio no solo memorístico sino reflexivo de los acontecimientos de la vida,
valiéndose de la memoria, y demás aspectos inherentes a la subjetividad. No obstante, no solo los elementos subjetivos participan en esa narrativa del yo, pues la cultura, la interrelación con el otro, la intersubjetividad, ofrecen también una posibilidad de constituir la identidad y escribir algunos apartados sobre ella. El autor advierte sobre el término Unicidad, el cual revela la posibilidad de diferenciarnos a partir de los relatos sobre nosotros mismos, y los relatos que los demás hacen sobre nosotros. Sin embargo esta narración del yo, no resulta ser tan ingenua, debido a que la identidad se hace pública y expuesta a los demás; el yo es permeado por la cultura, por la otredad, dejando de lado el escenario privado que se creía era el único que se construía.
La cuestión del yo ha sido siempre un tema colectivo, en tanto que la sociedad ha esperado una configuración del sujeto permeada por lo moral, lo cultural y por las instituciones. Al respecto, el autor plantea que la identidad se constituye a través de la narrativa, pues al “verbalizar” las experiencias, rodearlas, comprenderlas, analizaras, y situarlas en un contexto el yo se representa, exteriorizándose la identidad.
Por ejemplo, la autobiografía obedece principalmente a la retrospección de historias constituidas en experiencias, o acontecimientos significativos. Sin embargo, no se develará un único yo en el relato, ni la autobiografía estará completa, porque está constituida de episodios, que serán solo representaciones de identidad, pues la identidad en el sujeto no es única, pues obedece a
múltiples relatos, múltiples voces. Los relatos del yo, siempre estarán en constante diálogo o en permanente tensión; para lograr el equilibrio surge en la autonomía del sujeto al describirse a sí mismo, y el compromiso que tiene al estar en interacción con el Otro. Este equilibrio, resulta importante pues no se concibe una identidad totalmente autónoma, que no guarde relación con los demás. Así, la autobiografía muestra diferentes voces, diversos pasajes por la vida que han constituido diferentes yoes, precisamente debido a que a interacción con el otro, con la cultura, con lo que está afuera, no es siempre la misma.
Finalmente, Bruner (2003) se plantea la pregunta acerca de ¿por qué es tan esencial la narrativa, por qué necesitamos de ella para definirnos? Al respecto, se reitera que la narrativa, al estar inmersa en el lenguaje es inherente al ser humano, es algo distintivo; de manera que la importancia recae en la posibilidad de construir y reconstruir nuestra identidad a través de la narrativa. En este apartado, Bruner, indica que la pérdida de esa capacidad de relatar las historias o acontecimientos propios, está asociada con las enfermedades mentales, en los que el olvido del pasado está directamente relacionado con esa imposibilidad de saber quiénes somos, cuál es
nuestra identidad, además de situar nuestro yo en relación con los demás. “El yo también es el otro (…) la construcción de la identidad, parece, no puede avanzar sin la capacidad de narrar”. (Bruner, 2003).
Quizá un aspecto muy valioso es el significado que el autor le otorga a la imaginación, a la fantasía; concebida también como esa realidad que busca o pretende darle equilibrio a las inconsistencias que se presencian en la vida cotidiana. Es la fantasía, esa libertad del sujeto de reconstruir su realidad, al estar inconforme con la que habita, es un escape. Por ello la
importancia de escuchar de una manera sincera lo que hay detrás de los relatos de los niños y las niñas, lo que permite también ir comprendiendo cómo ellos configuran su identidad alrededor de la cultura, y por supuesto a partir de la relación con el otro.
En este orden de ideas, Leonor Arfuch (2002) expone el dialogismo como elemento posibilitador de la configuración identitaria, ratificando la otredad; en esta medida la identidad se construye a partir de la relación entre el sujeto y el otro -real o imaginario-, que situado desde la diferencia, permite afirmar la identidad subjetiva; en definitiva podemos aseverar que la identidad se
constituye a partir de la diferencia con el otro. Así, se explicaría la pluralidad de identidades que emergen en las sociedades contemporáneas, a razón de la diversidad de referentes de otredad, en donde el sujeto toma partida y afecta también otras subjetividades, y entra en diálogo para comprenderlas y subjetivarlas de acuerdo a sus criterios.
Arfuch enfatiza que toda identidad “es el intento siempre renovado e inacabable de “poner sentido” y “totalizar significativamente” la experiencia humana tanto individual como colectiva” (2002, p.80). El sujeto se constituye necesariamente a partir de su relación con el mundo, de esta manera el sujeto es quien le atribuye significaciones al referente que se encuentra fuera de él, logrando diferenciarse del otro para establecer su propia identidad.
Para comprender las cuestiones fundamentales de la identidad, es preciso remitirse a los estudios filosóficos de Ricoeur (1999) quien realiza una presentación etimológica de la palabra identidad aludiendo a sus dos raíces latinas Idem e Ipse.Idem alude a lo idéntico, lo que permanece
exactamente igual a lo largo del tiempo y cuyo opuesto sería aquello que es diferente; de otra parte, la raíz Ipse denota lo propio, se refiere a lo “idéntico” en el sentido de lo propio, que puede trasmutar en el tiempo y su opuesto sería lo extraño, lo otro. Este estudio explica que la
definición de identidad o el sí mismo, debe considerar indiscutiblemente el carácter de temporalidad.
Esta dimensión temporal se precisa en el concepto de historia de una vida contada a través de un relato: “el relato es la dimensión lingüística que proporcionamos a la dimensión temporal de la
vida” (Ricoeur, 1999, p. 216). Sin embargo en el anterior planteamiento existe una dificultad
lógica o cierta contradicción entre la inmutabilidad frente a la “identidad del sí mismo” que evita el cambio, pero este carácter inmutable es debatido y contradicho por los mismos cambios que
experimenta el sujeto en su vida. La identidad entonces se ve atravesada por una encrucijada sobre su permanencia y su no-permanencia en el tiempo; y el relato por su parte, es lo que permitirá develar cómo la identidad -el sí mismo- se configura (re-configura, en otras palabras el relato nos permitirá conocer cómo el sujeto es cambiante y permanente a través de la manera en que narra y se narra a sí mismo a través del personaje.
“El relato configura el carácter duradero de un personaje, que podemos llamar su identidad narrativa (…). La identidad de la historia forja la del personaje” (Ricoeur, 1999. p. 218). A través de la historia el personaje conserva una identidad derivada de la propia historia; se podría decir que a medida que avanza la historia se forja y se conserva la identidad del personaje, esto es lo que se denomina en la teoría de la narración criterio de concordancia, donde el personaje se desarrolla en el tiempo de la obra. Sin embargo, este estado de permanencia del personaje advierte cambios repentinos donde en el tiempo inmediato se pasa de un suceso a otro, presentándose un criterio de discordancia. Esta situación de Concordancia-discordante – denominada por el autor- le da el carácter dinámico al relato a la vez que pone en peligro la identidad del personaje.
Así, la historia al tener una concordancia, es dinámica y establece una trama, pero necesita a la vez de un cambio repentino, requiere ser discordante para que la historia tenga continuidad y se desarrolle. “La contingencia, en cierto modo, forma parte de la necesidad o de la probabilidad del relato” (Ricoeur, 1996, p. 220). Esto quiere decir que aun cuando la historia conserva una
temporalidad, los acontecimientos y sucesos narrados tienen transformaciones de manera que la identidad narrativa del personaje se ajusta a los cambios que suscite la historia. Los cambios que puede suscitar la historia pueden transformar la identidad del personaje y esta puede sucumbir, quedando la historia supeditada al personaje. Incluso el personaje puede perderse o quedarse sin posibilidad de identificación lo que hace que el personaje se desfigure al igual que la trama: “la perdida de la identidad del personaje se vincula, por tanto, a la configuración del relato y, especialmente, a la crisis de la clausura del mismo” (Ricoeur, 1996, p. 222). Sin
embargo, para el autor, este estado de no-sujeto alude aun a la categoría de un sí mismo perdido, pero con posibilidad de una identidad –una no identidad-.
Frente al arte de narrar, se señala que los, conocimientos saberes y debilidades del hombre son puestos en el relato a través de la tercera persona, quien a partir de su narración-acción modifica y cambia el transcurso de la historia. También el relato ha posibilitado el descubrimiento de los rasgos y estados psíquicos de la humanidad puestos en los personajes a través de diferentes enunciados, convirtiéndose en uno solo el personaje y el narrador. Desde esta perspectiva, los personajes también proyectan las acciones y son evaluados por el lector desde un criterio moral con el que puede valorar tanto al personaje en tanto persona.
Además de resaltar las características, acciones y juicios morales de la humanidad, el carácter ficticio del relato y del personaje permite el análisis del sí mismo y de la capacidad de imitación del personaje representando las acciones de las personas; en este aspecto es relevante para
comprender cómo a través del relato el sujeto lector hace una refiguración de sí mismo a partir de la interpretación que hace sobre las acciones de los personajes. Para este caso, la identidad se contemplaría como la manera en la que el sujeto se interpreta a sí mismo a través de los
personajes y su carácter figurativo, es decir lo que representa en la historia y lo que para el lector podría convertirse en un referente identificador. Así, el yo refigurado se forja por medio del encuentro y la apropiación de las múltiples modalidades de identificación (frente a las cuales el sujeto busca identificarse con las múltiples variaciones imaginativas de los personajes), esto es, busca la representación de sí mismo a través de otros.
Gracias a los aportes de Bruner (2003), Arfuch (2002) y Ricoeur (1999), se despeja el panorama en torno a la manera en la que los niños y niñas configuran su identidad, haciendo explicita la participación del lenguaje ya sea oral o escrito a través de sus relatos, considerando que la identidad ante todo es un estado de tensión entre la permanencia y el cambio atravesado por un escenario de temporalidad; así, en la narrativa el sujeto organiza su historia y acontecimientos y logra encontrarse y representarse a partir de lo considera como propio y a partir de lo que
considera extraño encaminándolo hacia una reconfiguración de su identidad en un espacio narrativo en el cual el tiempo, las contingencias, los otros se hacen partícipes.