CAPÍTULO IV LOS TRASTORNOS PSIQUIÁTRICOS DEL NIÑO 4.1 DEFINICIÓN
5.3. LA INDIVIDUACIÓN DEL ADOLESCENTE Y LA DIFICULTAD TARDÍA DE LA PAREJA
Ya hemos visto, hablando del niño, que las señales de dificultad relacionadas con su individuación pueden ser evidentes en lo relativo a los padres y no en lo relativo al hijo. Del mismo modo puede suceder que los síntomas
del padre o de la madre sustituyan (o se alternen) a los del hijo en la fase de la adolescencia o de la preadolescencia: especialmente, en forma de dificultad tardía en la pareja.
Las crisis, dolorosas y frecuentes, que se manifiestan en los matrimonios de larga duración, constituyen, de hecho, un serio problema para las familias que viven esta fase de su desarrollo. A veces, disimuladas durante
más o menos tiempo por el síntoma de un hijo (hablaremos con más detalle en el capítulo 8, dedicado a las toxicomanías y a otras sintomatologías de segundo nivel), dichas crisis se desarrollan dentro de un ciclo de «emergencia sintomática- amenaza de separación» descrito por Haley, que es especialmente característico de las situaciones de nivel neurótico o de las situaciones de impasse descritas por el grupo de Mara Selvini a propósito de las familias psicóticas.l Un dato que
explica, en base a la propia experiencia de los terapeutas familiares, el porqué del bloqueo con el que se encuentran tantas iniciativas terapéuticas desarrolladas sobre el chico visto individualmente, precisamente cuando empieza a mejorar; mientras que, por el contrario, los problemas planteados por el chico pueden hacer fracasar un trabajo centrado únicamente en la pareja.
La dificultad tardía de la pareja no es la única manifestación psicopatológica de las dificultades de los padres en esta fase. Efectivamente, las que acaban
apareciendo, si no las compensa (o si deja de compensarlas) una im portante dificultad del hijo y, por lo tanto, la necesidad de continuar ocu 6. J. Haley (ed. orig. 1980) Lasciare la famiglia, Roma, Astrolabio, 1983 (hay versión castellana: Trastornos de la emancipación juvenil y terapia familiar,
Buenos Aires, Amorrortu, 1985); Selvini Palazzoli y otros, Los juegos psicóticos en la familia, op. eit.
pándose de él como si fuese todavía un niño pequeño, son las dificultades de tipo neurótico, borderline o de desvinculación aparente, que hasta este momento han permanecido escondidas debido a la necesidad de ocuparse de los hijos.
Movimientos depresivos más o menos importantes y hundimientos personales relacionados, en un cierto número de casos, con el desarrollo de una dependencia de drogas (sobre todo con el alcohol) a menudo coinciden, en el plano de la
emergencia subjetiva, con la necesidad de separarse de las costumbres tranquilizadoras del sistema familiar centrado en la crianza de los hijos.
Obviamente, problemas del mismo tipo se pueden determinar también más tarde, cuando la familia afronta la fase de la separación y de la desvinculación. Sin embargo, generalmente las dificultades más graves de los padres
se evidencian en la fase de la individuación, cuando (lo hemos visto antes citando a Sullivan) el desplazamiento de los intereses afectivos de los hijos requiere una importante reestructuración de las funciones que han desempeñado hasta ese momento .7
5.4. COMENTARIO Y CONSEJOS
Un problema que hay que considerar con especial atención, siempre que una petición de terapia esté centrada en los comportamientos de un adolescente, es el que hace referencia a la alianza implícita que uno se imagina (a
menudo con razón) entre los padres y el terapeuta. Sugerida por el contexto de una situación «normalizada», hay que desafiarla inmediatamente sin caer en la trampa opuesta, que sería la de demostrar compasión y solidaridad por un adolescente obligado a madurar junto a unos padres «tan evidentemente imperfectos». En efecto, inclinarse por uno u otro lado sólo lleva al fracaso. Desde el punto de vista práctico, la actitud más útil para evitar este tipo de trampas sería generalmente la de entrevistar separadamente a los padres y al chico, adquiriendo, en dichas entrevistas, un consentimiento real sobre
la utilidad o sobre la practicidad del propio proyecto de trabajo. Que uno decida después encontrarse con toda la familia, con la pareja de padres o con el
adolescente individualmente, puede ser relativamente indiferente: con tal de que nos demos cuenta del coeficiente de dificultad característico de cada uno de estos modos de organizar el propio trabajo en orden al proble
7. Siguiendo a Erikson, el problema que aquí se presenta es el relacionado con la necesidad de arenegociar= la relación en el momento en que no se puede utilizar ya de la misma manera la intermediación del hijo. La individuación de este último la puede facilitar la emer
gencia sintomática de uno de los padres si el otro se dedica a ocuparse de dicha emergencia. Para un mayor desarrollo de esta fase de la pareja, véase Haley, Conversation with h9. Erikson, op. cit., vol. 11, Changing Couples.
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LA FASE DE LA INDIVIDUACIÓN AFECTIVA 227
EsQUEMA 12. Preadolescencia y adolescencia: tabla de las correspondencias n. 4.
Fase del ciclo vital
La individuación afectiva del hijo (preadolescencia y adolescencia) completa el proceso ya iniciado en la infancia y puede corresponder:
a) en lo referente al hijo...
b) en lo referente al padre (a los padres)...
Alusiones de individuación afectiva del hijo (preadolescencia y adolescencia) pueden determinar reacciones muy graves en el caso en que los padres no hayan concluido su proceso de individuación y de desvinculación; esto puede
corresponder:
a) en lo referente al hijo...
b) en lo referente al padre (a los padres)...
ma crucial de las alianzas del que acabamos de hablar. Respondemos a este tipo de exigencias, sustancialmente, en el momento en que teorizamos (como hacen desde siempre todos los psicoterapeutas que trabajan con los adolescentes y los preadolescentes) sobre la flexibilidad especial del escenario de los hechos y sobre la necesidad de asumir como punto de referencia de la propia intervención una posición de «relativismo cultural, que en otros casos parece ser bastante menos difícil de alcanzar y de mantener.
No me alargaré ulteriormente en consejos, de todos modos bastante difíciles de categorizar. Volvemos a remitir, para mostrar una exposición que
Emergencia subjetiva
... a comportamientos de ruptura con la familia y/o la escuela (desde la rebelión positiva a la antisociabilidad). Dificultad de relaciones sociales eventualmente agravadas y/o mediadas por diversos problemas psicosomáticos, aparecidos por primera vez o recidivos. Dificultades en las actividades y/o las capacidades, que pueden llegar hasta el bloqueo.
.a comportamientos de ruptura en el ámbito familiar o laboral: crisis tardía de la pareja con traiciones ostensibles y/o separaciones imprevistas, crisis en el trabajo o búsqueda de una nueva situación laboral. Depresiones «neuróticas= y/o
«endorreactivas».
..a trastornos propios de la individuación no lograda o provisional (con o sin síntomas) en esta fase.
... a recidivas de descompensaciones psicóticas o con la primera aparición de trastornos psicóticos tardíos en estructuras «compensadas. de tipo bordeline. sea capaz de resaltar la extraordinaria flexibilidad de los síntomas que aparecen en esta fase, al caso de Erikson (y a los muchos otros tratados por él y que aquí no hemos expuesto). Sin embargo, subrayaremos la importancia teórica de los datos planteados por las observaciones resumidas en el libro de Bowlby, que ya hemos citado varias veces, sobre la psicología y la psicopatología del adolescente. Al hacer una particular referencia a los trastornos comportamentales, este autor subraya la posibilidad de pensar que algunas carencias afectivas sufridas durante
la infancia determinen trastornos que se manifestarán en esta fase o incluso en años sucesivos, retomando con demostraciones, que incluso tienen una base estadística, y en un área distinta de la investigada por Freud, la observación crucial sobre la cual el mismo Freud había fundado su teoría sobre la patogénesis de la neurosis: la distinción entre trauma infantil y causa desencadenante del trastorno que se manifiesta en diferentes épocas de la vida.
El problema es importante y merece que lo destaquemos. En efecto, en los casos graves la emergencia subjetiva verificada a nivel del adolescente representa una importante continuación de las dificultades vividas en un pe
ríodo precedente. El proyecto terapéutico tiene que estar orientado a una
reconstrucción que tenga presente las competencias sociales y culturales perdidas o no adquiridas en las fases precedentes, porque el círculo vicioso sobre el que se pone en marcha el mecanismo de la petición de ayuda y de la posible designación está fortalecido y reactivado regularmente por la falta de dichas competencias. Hablo, obviamente, de casos de una cierta gravedad. Sin embargo, me ha parecido importante efectuar esta puntualización para recordar al terapeuta demasiado seguro de sí mismo que su trabajo sólo obtiene resultados activando potencialidades que pertenecen a otros. En el caso del adolescente, poniéndolo en condiciones de recuperar, si faltan, los niveles de competencia que necesita para utilizar el conjunto de instancias socializadoras indispensables para el desarrollo de su proyecto de crecimiento.s
A mi modo de ver, hay que comportarse de manera totalmente distinta cuando el problema por el que se pide ayuda concierne a la pareja o a uno de los padres. En estos casos, hay que desplazar inmediatamente el eje de
la intervención al subsistema problemático, liberando al hijo (a los hijos) de un peso peligroso mediante la propia asunción, por parte del terapeuta, de su rol (sus roles) de punto de referencia para las dificultades de la pareja. Más difícil es -y es algo que hay que confiar de todos modos a la sabiduría de
8. Desde este punto de vista, resulta bastante perjudicial a la larga el desempeñar una actitud piadosa y permisiva que favorezca la utilización interpersonal del síntoma y, al margen de las intenciones, acabe por invalidar a la persona a la que se dirige, sin activar sus potencialidades.
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un terapeuta experto (o de un equipo de terapeutas expertos)- la elección relativa a la necesidad de hacerse cargo del individuo o de la pareja. Efectivamente, la primera de las dos elecciones, la psicoterapia individual, lleva con bastante regularidad, con el paso del tiempo, a una separación,9 y el terapeuta que la empieza debería siempre haber madurado junto a su paciente una convicción segura sobre la sustancial validez de este tipo de elección (que no le atañe a él, sino a quien le pide ayuda, al margen de las emociones que en aquel momento evoca la petición en él).
Este discurso, que comprende complejas cuestiones de orden teórico, sólo podemos esbozarlo aquí volviendo a proponer observaciones ya discutidas en otras ocasiones a propósito de sintaxis y de comunicaciones implí
citas del terapeuta. Lo que es o puede ser un problema de orden técnico, desde su punto de vista, se presenta, en efecto, como comunicación fuerte y significativa
desde el punto de vista de quien pide ayuda. Ser invitado a trabajar
individualmente sobre sí mismo o sobre una relación de pareja en dificultad es bastante diferente y empuja en direcciones absolutamente distintas. Evitando forzar las situaciones, lo que conviene hacer en caso de duda es preguntar al que pide ayuda qué es lo que le parece más oportuno hacer, y hacerlo después como prueba, manteniendo abierta la duda durante un tiempo más o menos largo, mientras no haya claridad, en el terapeuta y en él (la) paciente sobre el camino a seguir.
6.1. DEFINICIÓN
En psicopatología se puede considerar como tercera edad aquella fase de la vida en la que el individuo percibe y afronta, solo o en pareja, la reducción progresiva de competencias, de capacidades, de salud, de posibilidades
de moverse y de elegir, en que se articulan los diversos pasos de la vejez. Dichos pasos se verifican con diferentes grados de intensidad y, obviamente, sobre
diferentes niveles de potencialidad residual de adaptación, dentro de una situación en la que a menudo se proponen viejas y nuevas formas de dependencia del otro y de los otros.
6.2. PSICOPATOLOGÍA
Mucho más allá de las causas particulares que los ponen en funcionamiento, los trastornos vividos en esta fase están inevitablemente en relación con la percepción y con el hecho de darse cuenta de la fase que el individuo
está atravesando. El desarrollo de un sentimiento depresivo relacionado con la pérdida de fuerzas y de intereses no atañe obviamente a todas las personas ancianas. Atañe, sin embargo, a la mayor parte de las personas ancianas con problemas psiquiátricos, y se manifiesta:
CAPÍTULO VI
LA TERCERA EDAD
- en forma directa y explícita de vivencia depresiva, con más o menos lamentos y peligros (el aumento de la esperanza de vida coincide, en todo el mundo, con un aumento de la tasa de suicidios precisamente por
la frecuencia con la que los ancianos deciden abreviar su vida), llevada adelante de modo reposado y frágil, o destacando de forma aburrida y agresiva las propias dificultades personales hasta concretarse en una trampa interpersonal
peligrosísima (sobre todo para los hijos) hecha de cansancio y de senti
9. Dicha observación, recogida en un seminario de Philippe Caillé, coincide con mi experiencia clínica personal, pero no tengo conocimiento de trabajos que puedan documentarla.
1. Según los datos del ISTAT, entre los años 1907 y 1970 los suicidios se
verificaban sobre todo en los grupos de edad entre los 20-36 años y en un grado menor entre los 45-65 años; en las estadísticas relativas a los años 1972-1983 dicha situación cambió totalmente: los suicidios están siempre representados en mayor grado en estos dos grupos, pero aparecen con frecuencia en el grupo de edad de los 65-85 años. Véase ISTAT, Annuario statistico italiano, dati su¡ suicida e tentativa di suicidio relativi agli anni dal 1907 al 1983, Roma.
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LA CAJA DE PANDORA LA TERCERA EDAD
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mientos de culpa, de acusaciones y de quejas, capaces de hacer «imposible» tanto la convivencia como la separación, llegando incluso al momento en que las exigencias de tipo sanitario o social, favorecidas a menudo, en su desarrollo, por la tendencia a la autodesvalorización característica del movimiento depresivo y del sentimiento de estar «cada vez más de sobra», acaban suministrando buenas razones para alejar al anciano;
- en forma de acentuación depresiva del déficit de prestaciones: la posibilidad de un pseudodeterioro depresivo de la inteligencia debería estar siempre presente en la mente del terapeuta, sobre todo si el «decaimiento»
del anciano se da en concomitancia con acontecimientos traumáticos, por ejemplo, la hospitalización y la institucionalización; no hay que descuidar además la
posibilidad de un fenómeno totalmente opuesto; la existencia de un deterioro inicial vivido como seriamente invalidante, que produce, por este motivo, un movimiento depresivo a afrontar y tratar teniendo en cuenta, entre otras cosas, su poco conocida y bastante interesante plasticidad;
- en forma de neurosis de angustia, con fuerte tendencia a somatizaciones basadas en el realce y la valorización interactiva de pequeños trastornos relacionados con la edad, y con el desarrollo, en este camino, de una
compleja red de relaciones interpersonales capaces de actuar, en su conjunto, como una gran red de protecciones entrecruzadas que definen un cuadro que, en muchos aspectos, es semejante al de las neurosis fóbicas;
- en forma de organización delirante de la personalidad más o menos facilitada por el déficit prestacionel; sin embargo, es raro que la emergencia subjetiva señalada por la organización delirante de la personalidad se
determine por primera vez en esta fase; por lo que se refiere al origen, en otras palabras, es necesario razonar teniendo en cuenta la importancia de otros factores (por ejemplo, el alcoholismo), es decir, el modo en que los problemas propios de esta fase del ciclo vital acentúan una situación que antes ya era precaria.
La última observación hace referencia a la compleja interacción que, en el anciano marcado por la presencia de un deterioro intelectual, se establece entre los
recursos de un individuo empujado a la plena utilización de las ca pacidades intelectuales que aún le quedan y las concomitantes de tipo
organizativo: como bien se evidencia en el caso de la institucionalización y de la pérdida de una persona querida.
6.2.1. Deterioro mental y demencia: un problema en continuo aumento
El aumento de vida media de la población está haciendo que cada vez sean más actuales ciertas patologías que antes estaban poco consideradas, como las del anciano. El deterioro mental y la demencia del anciano eran
factores normales del envejecimiento; los viejos un poco débiles estaban al principio tolerados y después, cuando se volvían fastidiosos, se les
institucionalizaba. Se consideraba normal la visión de «irrecuperabilidad» y de ineluctabilidad junto a la noción de base de que se tratase de problemas de naturaleza orgánica. En realidad, la mayor parte de los deterioros seniles y de las demencias orgánicas podrían tener una evolución mucho mejor si se pusiesen en marcha medidas de apoyo y de terapia para el paciente dirigidas a reconsiderar con mayor atención su presencia en el contexto en el que vive.
Es, además, importante considerar que la mayor parte de las demencias surgen en concomitancia con traumas, duelos y cambios del ciclo vital que, de improviso, parecen transformar en impactantes y con rápidos agravamien
tos los déficit seniles que hasta entonces se habían mantenido en equilibrio a pesar de que la gravedad del cuadro orgánico hubiese estado presente desde ya tiempo atrás. A menudo, la instauración de la enfermedad se complica con
trastornos depresivos reactivos que aumentan la gravedad de la situación e invalidan ulteriormente al paciente.
La demencia se define clásicamente como un profundo, global y progresivo decaimiento psíquico que altera las funciones intelectuales básicas y desintegra las conductas sociales.3 La aparición de la demencia se carac
teriza a menudo por la dificultad en el control de las reacciones afectivas (vividas como indiferencia o exceso, «incontinencia» de las emociones de los otros), trastornos de la memoria, manifestaciones caracteropáticas, acentuaciones vistosas de algunos rasgos de personalidad (desconfianza, avaricia,
lamentaciones, excesiva irritabilidad, etc.), o bien pródromos de tipo neurótico, como excesivo cansancio, reducción del rendimiento intelectual, o vagos
trastornos de la memoria y del rendimiento laboral; a veces pueden manifestarse síntomas psicóticos, tales como delirios de persecución o de culpa. Es en esta fase, obviamente, cuando las reacciones del ambiente tienen su máxima
importancia por razones de tipo emotivo, pero también, a veces, por razones de orden concreto.
2. Una experiencia de gran interés desde este punto de vista es la realizada con la Reality Orientation Therapy (ROT). Los niveles de recuperación son a veces
sorprendentes y estables en el tiempo, incluso en el caso de pacientes seriamente deteriorados. Véase F. Florenzano, La ROT psicogeriatrica, Roma, Primerano, 1988.
3. Ey, Bernard, Brisset, 7yatado de psiquiatría, op. cit.; C. Fazio, C. l.oeb, Neurologia, Roma, Societá Editrice Universo, 1977.
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LA TERCERA EDAD 233
EJEMPLO 23
La institucionalización del anciano
Entre todos los fenómenos relacionados con la institucionalización del anciano, de lo que nos damos menos cuenta es del esfuerzo de organización de los esquemas de comportamiento necesario para afrontar una realidad nueva
y diferente. Las personas adultas están tan acostumbradas a utilizar rápidamente las indicaciones de comportamiento relacionadas con el cambio de costumbres y las percepciones que le permiten moverse en un nuevo lugar, que infravaloran a menudo las dificultades específicas que el anciano tiene que afrontar en esta situación.
Por ejemplo, las dificultades de la memoria de fijación pueden estar ocultadas durante largo tiempo por la rigidez de las costumbres, en casa y en sus inmediatas cercanías (en lo que se refiere, por ejemplo, a los proveedores ha
bituales), pero explotan en todo su dramatismo en un ambiente totalmente nuevo. En este tipo de casos, la depresión puede estar relacionada con la percepción
imprevista del propio deterioro, así como con el abandono de la casa, que a veces es incluso deseado, y de una difícil convivencia. El círculo vicioso que se