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El Estado y la información

político.

3.1. El Estado y la información

En 1978, Nicos Poulantzas escribió: “Lo específico del Estado capitalista es que absorbe el tiempo y espacio sociales, establece sus matices y monopoliza su organización, convirtiéndolos, por su acción, en redes de dominio y poder. Por eso, la

nación moderna es producto del Estado” (Poulantzas, 1978. Pág. 109). Ya no es así.

El control estatal sobre el espacio y el tiempo se ve superado cada vez más por los flujos globales de capital, bienes, servicios, tecnología, comunicación y poder. (Castells, Manuel. 1942. Pág. 271).

Con la aparición de la globalización y los cambios tecnológicos se ha presentado para el Estado un desafío para poder reconstruir la identidad nacional que es afrontada por las identidades plurales definidas por los sujetos autónomos. El intento del Estado de reafirmar su poder en el ámbito global al desarrollar instituciones supranacionales socava aún más su soberanía. Y su esfuerzo por restaurar la legitimidad descentraliza el poder administrativo regional y local, además de reforzar las tendencias centrifugas, al acercar a los ciudadanos al gobierno a pesar de aumentar la desconfianza hacia el Estado, así mismo la capacidad instrumental del Estado resulta decisivamente debilitada por la globalización de las principales actividades económicas, por la globalización de los medios y la comunicación electrónica y por la globalización de la delincuencia (Castells, Manuel. 1942. Pág. 271 - 272). Ahora es importante resaltar que el control de la información y de los medios de comunicación son para el Estado como sostiene Matterlart “las perspectivas de una regulación y control nacionales que no son mucho mejores en otro ámbito decisivo del poder estatal: los medios y la comunicación. El control de la información y el entretenimiento y, mediante ellos, de las opiniones e imágenes ha sido, a lo largo de la historia, el instrumento de sostén del poder estatal, que se

perfeccionaría en la era de los medios de comunicación de masas”. (Matterlart. 1991). En este ámbito, el Estado se enfrenta a tres importantes retos interconectados: la globalización y el entrecruzamiento de la propiedad; la flexibilidad

y la penetración de la tecnología, la autonomía y la diversidad de los medios de comunicación. (Castells, Manuel. 1942. Pág. 282 – 283).

Los rápidos cambios en la tecnología no solo afectan a las comunicaciones, ya que en el ámbito militar el uso de las comunicaciones es tan importante como relevante y los procesos de evolución tecnológica han hecho que para los Estados desaparezca la capacidad de decidir en solitario ya que no existe la manera de ocultar su estrategia militar o sus avances en el campo armamentístico. Ahora, la guerra depende esencialmente de la electrónica y la tecnología de la comunicación. (McInnes. 1992).Y esta evolución tecnológica ha dado un nuevo giro a las relaciones internacionales hacia el multilateralismo. (Castells, Manuel. 1942. Pág. 292 - 293). Así mismo los Estados se enfrentan a los límites de su legitimidad y, en definitiva, de su poder, con respecto a la gestión global del entorno planetario. Debido a la creciente capacidad de la información, la ciencia y la tecnología que aportan conocimientos sin precedentes, pero lo que no se buscaba era la supranacionalidad, sino la reconstrucción del poder estatal basado en la nación a un nivel más elevado, un nivel en el que pueda ejercerse cierto grado de control sobre los flujos de riqueza, información y poder. (Castells, Manuel. 1942. Pág. 294 - 295).

Además de las limitaciones que se le presentan al Estado, la creación de organizaciones internacionales no gubernamentales como Amnistía Internacional, Greenpeace, Médicos Sin Fronteras, Oxfam y otras tantas, se han convertido en una importante fuerza en el ámbito internacional, al atraer con mayor frecuencia más fondos, al actuar con mayor eficacia y al recibir una mayor legitimidad que los esfuerzos internacionales patrocinados por los gobiernos. (Castells, Manuel. 1942. Pág. 297). Como afirma Castells, “lo que estamos presenciando es, al mismo tiempo, la soberanía compartida en la gestión de los principales temas económicos, medioambientales y de seguridad, y, por otra parte, el atrincheramiento de los Estados como componentes básicos de esta enmarañada red de instituciones políticas. Sin embargo, el resultado de este proceso no es el reforzamiento de los

Estados, sino la erosión sistémica de su poder a cambio de su perduración. Ello se debe, sobre todo, a que los procesos de conflicto, alianza y negociación constantes hacen a las instituciones internacionales poco efectivas, de tal modo que la mayor parte de su energía política se gasta en el proceso y no en el producto, lo cual ralentiza seriamente la capacidad de intervención de los Estados, incapaces de actuar por sí mismos, pero paralizados cuando tratan de hacerlo colectivamente”.

(1942. Pág. 297).

Los desafíos que se presentan para el Estado como se ha mencionado a lo largo de este capítulo no son solo la aparición de la globalización o la evolución de la tecnología, adicional a ello está la diferenciación territorial de las instituciones estatales, las identidades de las minorías regionales y nacionales que encuentran su expresión más fácil en los ámbitos local y regional. Por otra parte, los gobiernos nacionales tienden a centrarse en controlar los desafíos estratégicos planteados por la globalización de la salud, la comunicación y el poder, dejando, por lo tanto, que los niveles inferiores de gobierno asumen la responsabilidad de vincularse con la sociedad en la gestión de los asuntos de la vida cotidiana, para reconstruir la legitimidad mediante la descentralización. (Castells, Manuel. 1942. Pág. 301).

Y dentro de todos estos desafíos que no solo llevan al Estado a compartir capacidades y poder con otro tipo de organizaciones, se encuentra que la información y la forma en la que se proporciona, está en manos de los grupos influyentes económicamente y políticamente, ya que es bien sabido que quien maneje la economía de un Estado, puede influir en este de manera importante, por

ello Castells dice que “La política mediática no tiene por qué ser monopolio de los

grupos de interés influyentes o de partidos políticos establecidos que usan el poder de la tecnología para perfeccionar la tecnología del poder” (1942. Pág. 365) y es tan importante el poder sobre los medios y sobre la tecnología que por medio de ellos se pueden destruir partidos políticos, campañas políticas, gobiernos, políticas, acuerdos, etc. Así como puede influir fuertemente en la toma de posesión de un nuevo partido,

de un nuevo candidato y puede hacer que algo que socialmente no favorece a la población sea consensualmente aceptado.

Ahora cuando el Estado controlaba la totalidad de la información, las elites políticas, tanto en los tiempos antiguos como en épocas recientes, establecían alegremente su sistema impositivo personalizado sobre sujetos y grupos de interés, las principales diferencias en el grado de arbitrariedad de los sobornos y en la disfuncionalidad variable de las contribuciones ocultas para la conducción de los asuntos públicos. Así, una primera observación apunta al hecho de que la denuncia de la corrupción podría ser precisamente un buen indicador de una sociedad democrática y de la libertad de prensa. (Castells, Manuel. 1942. Pág. 368). Esto genera una competencia política y una lucha por influir en el centro del espectro político del electorado minimizado el contraste ideológico, lo que se traduce en un desdibujamiento de las posiciones políticas y en la tendencia, por parte de los ciudadanos, de ser más sensibles a la fiabilidad de los partidos y candidatos que a sus posiciones ante los problemas.

El Estado, definidor del dominio, los procesos y el objetivo de la ciudadanía, ha perdido gran parte de su soberanía, socavada por las dinámicas de los flujos globales y las redes transorganizativas de riqueza, información y poder. Particularmente crítica para su crisis de legitimidad es la incapacidad del Estado para cumplir sus compromisos como Estado de bienestar, debido a la integración de la producción y el consumo en un sistema global interdependiente y los proceso relacionados de reestructuración capitalista. En efecto, el Estado de bienestar, en sus diferentes manifestaciones, según la historia de cada sociedad, fue una fuente crucial de legitimidad política en la reconstitución de las instituciones de gobierno tras la Gran Depresión de la década de los treinta y la Segunda Guerra Mundial. Pero la (re)construcción del significado político atendiendo a identidades específicas cuestiona de modo fundamental el propio concepto de ciudadanía. (Castells, Manuel. 1942. Pág. 381). El Estado solo puede cambiar la fuente de su legitimidad de

representar la voluntad del pueblo y proporcionarle bienestar a la afirmación de una identidad colectiva, mediante su identificación con el comunalismo, excluyendo otros valores e identidades minoritarias.

A la crisis de legitimidad del Estado se le debe añadir la crisis de credibilidad del sistema político, basada en una competencia abierta entre los partidos políticos. Atrapado en el ámbito de los medios, reducido a un liderazgo personalizado, dependiente de una compleja manipulación tecnológica, empujado a una financiación ilegal, arrastrada por los escándalos políticos, el sistema de partidos ha perdido su atractivo y su fiabilidad y, a todos los fines prácticos, es un resto burocrático, privado de la confianza pública. (Castells, Manuel. 1942. Pág. 381). Y eso no significa que vaya a dejar de existir la libertad política, ya que la gente continúa luchando por ella. Pero la democracia política, tal como la concibieron las revoluciones liberales del siglo XVIII y se difundió por el mundo en los siglos XIX y XX, se ha convertido en un

cascaron vacío. No es que sea una “democracia formal”: la democracia vive de esas mismas “formas”, como el sufragio universal secreto y el respeto a las libertades

civiles, pero las nuevas condiciones han vuelto obsoleto el sistema de partidos existente y el régimen actual de política competitiva como mecanismos adecuados de representación política en la sociedad red (Castells, Manuel. 1942. Pág. 387 – 388), la oportunidad que ofrece la comunicación electrónica es incrementar la participación política y la comunicación horizontal entre los ciudadanos (Castells, Manuel. 1942. Pág. 389), dándole al Estado la oportunidad de no desaparecer como actor relevante y necesario para la ciudadanía.

El Estado y el manejo, transmisión y adquisición de la información comparten poderes que se pueden llegar a considerar peligrosos para la supervivencia, credibilidad y legitimidad del Estado y es justamente este tipo de peligros los que hacen que sea relevante aumentar el cuidado sobre la información de carácter estatal.