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Espacio histórico: Autonomización e implantación de la psicología en España

2.2. La dictadura franquista

2.2.2. La institucionalización efectiva de la psicología y el marco reindustrializador

Los años cincuenta serán testigos de los primeros éxitos institucionales de la nueva disciplina psicológica. A la continuación de las labores profesionales e investigadoras de los Institutos Psicotécnicos o las de la publicación y difusión de la “Revista de Psicología General y Aplicada”, debemos sumar ahora la fundación del Departamento de Psicología Experimental del CSIC (1951), la Sociedad Española de Psicología (1952) o la Escuela de Psicología y Psicotecnia asociada a la Universidad Central (1953).

El Departamento de Psicología Experimental del CSIC78 será el que

desarrollará la psicología que recoge las tradiciones experimentalistas o

78 El CSIC (Centro Superior de Investigaciones Científicas) es el órgano estatal que después de la

guerra (1939) se encargará de ordenar y centralizar la investigación científica auspiciada por el Estado. Surge precisamente de la antigua Junta de Ampliación de Estudios, asociada a la ILE, que tan importante fue como vimos para el desarrollo de las perspectivas intelectuales y científicas opuestas al régimen monárquico-católico de la Restauración. El objetivo político del franquismo es aquí evidente, pero además amplía en gran medida los ámbitos de trabajo de la nueva institución así como su monopolio sobre la labor investigadora. El Departamento de Psicología Experimental pertenecerá al Instituto “Luis Vives” de Filosofía, y éste a su vez al Patronato “Raimundo Lulio” dedicado a las Ciencias Teológicas, Filosóficas, Jurídicas y Económicas. El proyecto inicial del padre Barbado, encargado de los Institutos de Filosofía y Pedagogía, era otorgar un Instituto propio a la Psicología, pero su sucesor, Juan Zaragüeta, manifiesta explícitamente su voluntad de que la

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“científicas” abandonadas tras la Guerra, recogiendo por otro lado las denuncias por aquel entonces habituales entre los psicólogos iniciales sobre la necesidad de un espacio investigador de cierta relevancia (Carpintero, 1989)79. Más allá de los

distintas labores del Departamento del CSIC, su relevancia mayor para la nueva psicología es sin embargo la de servir de espacio de encuentro para buena parte de los que pasarán a ser protagonistas iniciales no sólo de la práctica profesional o la investigación sino también de la formación de psicólogos en las Escuelas y Universidades de los años sesenta y setenta, convirtiéndose así en un espacio fundamental de la institucionalización de la psicología en España80.

La Escuela de Psicología y Psicotecnia asociada a la Universidad Central (1953) es el otro espacio fundamental de la institucionalización psi en España. El proyecto inicial pensado por los impulsores de la Escuela para la psicología era establecer unos estudios universitarios normales para la disciplina, esto es, una

experimentación psicológica permanezca dentro de los márgenes de la Filosofía, estando así en mayor medida bajo el control de la teología y la filosofía ortodoxa del Régimen (Huertas et al., 1997). Cabría remarcar aquí los cuidados que los escolásticos ponían respecto de una “subdisciplina” que se había mostrado rebelde en el pasado.

79 La actividad central del Departamento de Psicología Experimental será la realización de

baremaciones de distintas pruebas psicológicas y, de forma progresiva, algunos estudios e investigaciones puramente experimentales y de índole bastante variada (memoria, aptitudes culturales de universitarios, selección de aviadores, pensamiento conceptual, percepción en esquizofrénicos, etc.). Del mismo modo, desarrolla en menor medida cursos, charlas o colaboraciones con entidades externas.

80 De forma unánime, la historiografía española de la psicología tiende a destacar en estos espacios

iniciales de institucionalización el papel fundamental de José Germain y del grupo de “discípulos” reunidos en torno a él (Mariano Yela, José Luis Pinillos, Miguel Siguán o Francisco Secadas entre otros) a la hora de desarrollar y consolidar estas perspectivas “científicas” en la psicología española (Tortosa y Martí, 1996; Huertas et al., 1997; Carpintero, 2004). Es indudable que la figura de José Germain estará presente en los diferentes espacios institucionales en los que una perspectiva psicológica con voluntad independiente trata de abrirse camino, cuanto más en un momento histórico en el que dicha “voluntad” parece profundamente escasa. A Germain se debe el desarrollo del Departamento de Psicología Experimental del CSIC. Él será también el promotor y cofundador de la primera revista de psicología, la comentada “Revista de Psicología General y Aplicada” (1946), el primer Presidente de la Sociedad Española de Psicología (1952) así como el Vicerrector de la Escuela de Psicología y Psicotecnia de la Universidad Central de Madrid (1953), aun cuando no llegará a participar de las labores de docencia en ésta (Bandrés y Llavona, 2004). Pese a todo, la historiografía de la psicología ha tendido a dotar a dicho espacio y autor (al disociarlos en exceso de su contexto sociopolítico) de características cuasi-mitológicas en la fundación de todo un entramado institucional. Si bien debe reconocerse efectivamente su labor, no creemos que ésta sea en ningún momento más importante, por ejemplo, que los procesos de industrialización creciente del franquismo del momento y su progresiva “liberalización” (con las prácticas de tecnología social a éstas asociadas) o la “cultura psicológica” internacional que por entonces se desarrolla y sobre la que habremos de volver. Desde luego dicha lectura tradicional no es suficiente para comprender la increíble expansión de la psicología española apenas dos décadas después de estar formada “únicamente” por dos personas, siguiendo la conocida anécdota del encuentro entre Germain y Mariano Yela en los años de despegue del Departamento del CSIC (Carpintero, 2004).

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Licenciatura que diera a los alumnos la formación básica y un comienzo de especialización, y disponiendo la Escuela para una posterior preparación profesional y práctica en los diversos sectores de la Psicología aplicada. Sin embargo, las autoridades administrativas aprobarán en 1953 la creación del “complemento” práctico profesionalizante (la Escuela), pero no la de la base formativa previa (la Licenciatura). Es por ello que, en palabras del que fue primer Secretario de la Escuela, Mariano Yela, “empezamos a construir el edificio docente de la Psicología por el tejado” (Yela, 1982: 290), naciendo así los estudios en psicología más bien como una “especialización” sin una enseñanza general previa. Habrá que destacar aquí que el entorno universitario de la época no parecía especialmente propicio al desarrollo de los estudios en psicología, y ni siquiera la Facultad de Filosofía y Letras (a la que estará adscrita la Escuela) parecía por la labor de desarrollar estudios específicos para la misma. Los entornos político y social tampoco parecían más halagüeños para dicha tarea, la figura del psicólogo era bastante desconocida en España y su perfil profesional por lo general extraño. Sin embargo, como vimos, la labor psicológica desarrollada en contextos psicotécnicos gozaba a esas alturas de una cierta tradición. Teniendo en cuenta la progresiva pero lenta demanda de psicólogos desde el mundo empresarial, militar, pedagógico o médico, será de nuevo la necesidad de dar cobertura formativa a las labores psicotécnicas la que dará especial ímpetu a la realización de la Escuela81.

La importancia de dar respuesta a dichos contextos profesionales demarcará así a su vez la destacada orientación práctica de la misma82.

A pesar de que la Escuela se mantendrá vigente bastantes años, se hizo evidente que los recursos para la enseñanza práctica (instrumental, laboratorios, aulas, etc.) eran insuficientes, suponiendo varios problemas de cancelación de los cursos ofertados. Del mismo modo, la falta de financiación económica estuvo a

81 El propio Juan Zaragüeta, primer Director de la Escuela, afirmará de forma un tanto idealizada,

que son evidentes en la sociedad del momento los “continuos requerimientos de entidades industriales o militares o médicas, sin contar las pedagógicas, en pro de una asistencia de diagnóstico y tratamiento a los aspirantes a cubrir las distintas funciones sociales” (Zaragüeta, 1954: 647).

82 Había de hecho convenios específicos y de gran importancia para la realización de prácticas, por

ejemplo también aquí con los comentados Servicios Psiquiátricos del Dr. López Ibor, o con los Servicios de Psicología del Trabajo del Instituto Nacional de Psicología Aplicada y Psicotecnia y de varias empresas más de Madrid así como, para las prácticas de Psicología Escolar, con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Bandrés y Llavona, 2004: 176).

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punto de cerrarla en diferentes ocasiones. Pero todo ello no fue óbice para el éxito relativo de la Escuela, que en general recibía mucha mayor demanda de plazas respecto de las que podía ofrecer83.

La organización académica de la Escuela servirá de base a los desarrollos posteriores de los estudios universitarios en psicología. Escuelas similares se desarrollarán en los años venideros a lo largo de la geografía española, destacando la fundada por Miguel Siguán el año 1966, primera posibilidad de estudiar estudios sistemáticos de Psicología en la Universidad de Barcelona. Destacarán también en esa década la fundación de la Escuela de Psicología de la Pontificia de Salamanca, la de Deusto en Bilbao (ésta sólo para psicólogos industriales) o la de formación de psicólogos clínicos en el Hospital Clínico de Barcelona fundada por Obiols Vié (Hernández, 1989).

Estamos aquí en una década en la que importantes transformaciones, tanto educativas como socioproductivas, suponen un estímulo fundamental para estos desarrollos psi. Son pues los años de la reorientación político-económica del Régimen. En 1957, con la llegada de los economistas del Opus Dei, se llevará a cabo el ambicioso “Plan de Estabilización Económica”. La nueva orientación desarrollada por los tecnócratas del Opus era condición necesaria para la integración de España en organismos como el FMI o la OCDE y tendría ciertamente reflejo en un importante incremento de la productividad económica a lo largo de los años sesenta84. Asimismo, una serie de renovadas “políticas sociales” se

desarrollan en esos años. En 1957 se habrá creado el Ministerio de Vivienda y los “planes de urgencia social” orientados al aumento de oferta de vivienda social. De

83 Por ejemplo, 69 seleccionados para 250 solicitudes en el primer año (Bandrés y Llavona, 2004).

La primera promoción, en 1955, contará a su vez con 49 diplomados. La Escuela acabará cerrando finalmente sus puertas en la década de los ochenta, y ello se deberá no tanto a su posible fracaso como al desarrollo paralelo de la licenciatura universitaria, que cubrirá con más capacidades y recursos la demanda cada vez más numerosa para los estudios de psicología en territorio español.

84 La derrota en 1945 de los proyectos fascistas europeos y la posterior presión y bloqueo

internacional sobre el Régimen han tenido sin duda consecuencias en el desplazamiento de la línea “dura” falangista (los encargados por ejemplo del Ministerio de Trabajo, por tanto de los sindicatos verticales y de la protección social) y pretendidamente autárquica inicial, desplazada en parte por un lado hacia las tendencias políticas más claramente católico-nacionalistas y más tarde hacia una orientación económica de mayor apertura y acaso finalmente “pseudoliberal”.

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1961 será la implantación del seguro obligatorio de desempleo y de 1963 el establecimiento del Salario Mínimo Interprofesional (Moreno y Sarasa, 1992)85.

Los resultados económicos asociados al “Plan de Estabilización” derivarán a su vez en un incremento y efectividad mayor del sistema de protección social. Hasta ese momento, únicamente el Seguro Obligatorio de Enfermedad (SOE), funcionando ya desde 1944, puede ser rescatado como un intento serio y de relativo éxito para un sistema socio-asegurador “público” franquista. El SOE había tratado de desarrollar los planteamientos asistencial-rehabilitadores que por aquel entonces dominan ya en el contexto europeo, si bien lo hace aún de forma bastante precaria y claramente politizada86. Pero la asunción de mecanismos institucionales

de “salud pública” habrá de esperar hasta el ímpetu industrializador de los años sesenta para encontrar un espacio social de nuevo proclive al desarrollo de la mentalidad salubrista (Marset et al., 1995). A su vez, en este contexto de renovación y aumento de recursos, no debe obviarse tampoco que son años en los que resurge una cierta confrontación sociopolítica, especialmente en las manifestaciones de estudiantes y en diferentes huelgas de trabajadores, cuyas demandas debían ser cubiertas al menos en parte para evitar conflictos de mayor

85 Las primeras reformas serias del Régimen respecto del espacio educativo son fruto a su vez de

dicho contexto, azuzadas en muchos casos también por las necesidades crecientes de legitimación social. España experimenta por aquel entonces la exigencia de formar una fuerza de trabajo cualificada, habida cuenta del importante “analfabetismo” técnico de la emigración desde el sector agrario y los ámbitos rurales. La orientación “científica” y “empírico-experimental” parte también a su vez de las demandas crecientes de los estudiantes, que comienzan a mostrar de forma cada vez más manifiesta su oposición al adoctrinamiento religioso (“metafísico”), más evidente si cabe en las facultades de filosofía. La moderna psicología sale de nuevo reforzada con la progresiva tecnificación del conocimiento, viéndose a su vez favorecida por la importante “apertura” y ampliación cuantitativa y cualitativa de la Universidad.

86 Desde luego el SOE no tenía aún aspiraciones universalistas. Asociado de forma palmaria al

contexto laboral (a los trabajadores y a aquellos familiares que dependían de ellos), se aplicaba además sólo a trabajadores del sector industrial y con bajos salarios, tenía una duración muy limitada (inducía a la pronta reincorporación al trabajo) y seguía compatibilizando una oferta sanitaria pública con la concertada y privada, en verdad muy privilegiadas (Moreno y Sarasa, 1992). Aunque se pretendió “deslaboralizar” el proyecto (fue ofrecido inicialmente a la Dirección General de Sanidad, que lo rechazará) será finalmente adscrito al Ministerio de Trabajo. Un organismo, por otro lado, copado en aquellos momentos por el sector falangista del Régimen, lo que dará lugar a aplicaciones ideologizadas y aún marcadamente fascisto-corporativas de las diversas políticas llevadas a cabo (Marset et al., 1995). Carácter ideológico (y voluntad integradora) cuanto más evidente al comprobar que los beneficiarios principales son las masas proletarias más combativas del momento, como es el caso de los vascos, catalanes y asturianos (Comelles, 2007). Del mismo modo, el carácter de “obligatoriedad” del seguro hace manifiesto aquí que no hablamos aún de un concepto de “derecho” en el sentido actual. El obrero debía llevar a cabo la salvaguarda de su propia salud (y la Inspección Médica así lo vigilaba) respondiendo a intereses que van más allá de un supuesto “humanitarismo” de las nuevas leyes (Polo, 2006).

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envergadura, una vez que la represión posbélica ya no era posible, al menos no en la misma forma de violencia.

Dicha situación derivará finalmente en 1963 en la promulgación de la Ley de Bases de la Seguridad Social, una protección por primera vez en España con pretensiones universalistas. Con ella se unificará el anterior esquema de seguros dispersos (vejez, invalidez, enfermedad, accidentes, subsidios familiares, mutualidades, desempleo) en una Seguridad Social total (Jover et al., 2001). La Ley de Bases otorgaba al Estado (y a las mutuas laborales) la potestad de suscribir seguros de accidentes de trabajo y de enfermedades profesionales, mientras que substraía las competencias que hasta el momento tenían las compañías privadas de seguros, generando en este sentido fuertes críticas y resistencias en estas últimas. Se reconocía estatutariamente la responsabilidad pública en la financiación de los seguros sociales, los cuales, al ampliar su cobertura, ya no podían ser sufragados en exclusiva con las cotizaciones de trabajadores y empresarios, como venía siendo habitual hasta el momento. El sistema parecía en este punto dar cierta continuidad a los esfuerzos y horizontes de las políticas interventoras de las tecnologías proteccionistas del primer tercio de siglo y una cierta equiparación con las realidades de los países del entorno, si bien los objetivos permanentes sobre el orden social no son tampoco de nuevo ajenos (Cayuela, 2011).

En lo que respecta a la psicología y a sus orientaciones sanitario-clínicas, deberíamos estar ya en un contexto particularmente proclive a su desarrollo, cuanto más si atendemos el contexto internacional. Sin embargo, la situación en España sigue siendo complicada para el novedoso campo de la “salud mental”. Será en primer lugar de nuevo la psiquiatría quien vaya dando aquí los pasos más relevantes, pero es una psiquiatría todavía anclada en evidentes dimensiones ideológico-políticas y religiosas.

Partiendo de las posiciones representativas de los dos psiquiatras que coparán el poder en estos años, Vallejo Nágera y López-Ibor, pero también de la psiquiatría oficial en su conjunto (Ramón Sarró, José Solé Segarra o Marco Merenciano, entre otros), podemos distinguir por lo general durante el franquismo una psiquiatría muy “politizada”. La disciplina no puede ser escindida en su

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comprensión inicial de los planteamientos de corte fascista, lo cual implicaba la demarcación de líneas divisorias importantes entre la locura y la normalidad. De forma posterior, este marcaje político avanzará hacia un nacional-catolicismo reaccionario, anti-materialista, receloso del positivismo y que postula el tratamiento moral-espiritual como mecanismo de curación, con posiciones límites aseverando por ejemplo que “la mejor sanidad es el pensamiento católico” o que “la caridad es terapéutica”87. Por otro lado, pese a la amplia difusión teórica de la

terapéutica moral, no cabe obviar que en la práctica la psiquiatría franquista seguía desarrollando una relación con los locos principalmente represiva y de control, cuyos instrumentos privilegiados son primero las inyecciones intra o endovenosas de las más variadas sustancias (cardiazol, peptona estéril, trementina, vacunas, aguarrás, leche esterilizada, sedantes, enfermedades inducidas como el paludismo o la malaria…) y más tarde las “corrientes”, esto es, el

electroshock (Álvarez-Uría, 1989: 277). Técnicas utilizadas básicamente para la

inmovilización del loco, si bien legitimadas bajo terminologías médicas de lo más variopinto. Si tenemos en cuenta además, como decimos, que la población de “alienados” no entrará en ninguno de los sistemas de protección sanitaria estatal, se hace evidente que la atención psiquiátrica se mantuvo durante mucho tiempo al margen de la sanidad, concentrándose más bien en el difuso espacio entre la beneficiencia (religiosa) y la neutralización de la peligrosidad social.

En el plano conceptual, la psiquiatría ve refrenada en muchos casos las tendencias organicistas dominantes ya en otros países del entorno y construye por lo general su edificio teórico y práctico a partir de la aceptación más o menos explícita de entidades como el “alma”. Un espacio “espiritual” que es sin embargo particularmente cercano ya a ciertos planteamientos psi y en especial, de forma paradójica, al psicoanálisis88. Éste, que se había encontrado en su momento con las

87 Las instituciones sanitarias de la Seguridad Social no incluirán a los enfermos psiquiátricos como

beneficiarios de sus prestaciones, dejando en manos de las Diputaciones provinciales, de nuevo con un marcado carácter político, la atención a la población con problemas mentales o “sociales”. En las provincias donde no estuvieron presentes las instituciones públicas eran los centros de las Órdenes religiosas las que suplieron las necesidades asistenciales, siendo así en muchos casos la práctica asistencial directamente religiosa, ni siquiera médico-moral (Castilla del Pino, 1977).

88 Es también destacable en este sentido la orientación existencialista, sobre todo de influencia

heideggeriana, usada en muchos casos como antítesis del freudismo. Se pretende disociar así la etiología de ciertos problemas “mentales” de posibles conflictos sexo-familiares para llevarlos al terreno de la metafísica, de la “búsqueda de conocimiento”, situando la locura en un particular, y en

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fuertes resistencias positivistas de principios de siglo, se enfrentaba ahora con nuevas formas de negación en los planteamientos morales cristianos, que denigran las teorías freudianas como auténticos agravios a la mentalidad familiar y a la consideración sagrada de la relación sexual. Sin embargo nos encontramos con que, pese al descrédito generalizado, buena parte de la psiquiatría nacional parece conocer, en ocasiones muy bien, las teorías freudianas89. Todo ello llevaba en

ocasiones a destacables intentos de recuperación de determinadas cuestiones provechosas, una vez aisladas de cierta mecánica interpretativa freudiana. Este es el caso por ejemplo de las técnicas proyectivas como el Rorschach (la prueba de evaluación psicológica más usada en el terreno internacional en los años cincuenta y sesenta) o el TAT, donde nos encontramos aquí ya con psicólogos clínicos

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