Cicerón nació en Arpino el año 106 a.C. Era de una familia de caballeros, y aunque no eran muy ricos, sí que pudieron darle una buena educación en Roma, que completó en Grecia. Era ambicioso y tenía grandes dotes para la oratoria. Pronto alcanzó gran fama como abogado, lo que le lleva a empren- der la carrera política. También en esta alcanza el éxito, llegando a ser cónsul en el año 63 a.C.. Este es el punto culminante de su carrera, haciendo frente a la conjura de Catilina, que le inspiró una de sus más logradas piezas de ora- toria política12. Más tarde, es desterrado, pero vuelve, es recibido casi en
triunfo y desempeña otros cargos importantes, como el de gobernador de Cilicia. Al volver a Roma, se encuentra con el enfrentamiento entre César y Pompeyo, con la consiguiente guerra civil. Toma el partido de Pompeyo, que era el de la tradición republicana, pero César, vencedor, lo perdona y trata de atraerlo a su bando. Tras el asesinato de César, se alinea en el bando de Bru- to, esperando una restauración de la legalidad republicana. Se muestra espe- cialmente duro con Antonio, contra quien pronuncia y escribe unos ardientes discursos que toman el nombre de Filípicas en recuerdo de las de Demóste- nes. Un soldado de Antonio lo decapita el año 43 a.C., cuando huye de Roma, esperando retirarse a la vida privada. Su cabeza y su mano derecha son expuestas en el Foro como venganza de la brutalidad contra la inteligencia.
Cicerón no es un pensador original, ni siquiera un gran pensador . Tam- poco fue un político consecuente, aunque en sus numerosos cambios de opi-
11 Esto último, no sin protestas por parte de los puristas. Plinio el viejo se queja, por ejem-
plo, del excesivo refinamiento, alentado por el «mal ejemplo» de los lujosos edificios oficiales, pues «¿Por dónde pueden penetrar mejor los vicios que por la vía oficial? ¿Por qué otro camino llegaron al uso particular los marfiles, el oro y las gemas? ¿Qué les hemos dejado como exclusi- vo a los dioses?» PLINIO, Historia Natural, 36, 5.
12 La primera de las llamadas Catilinarias tiene un comienzo célebre: «¿Hasta cuándo
abusarás de nuestra paciencia, Catilina? ¿Cuándo nos veremos libres de tus sediciosos intentos? ¿A qué extremos te arrojará tu desenfrenada audacia?». CICERÖN, Tratado de la República. Trata-
nión siempre mantuvo cierta dignidad y una indudable fidelidad a la idea de la República. Indudablemente, pesan demasiado en él la ambición personal, una pizquita de vanidad, un carácter poco profundo, con un punto frívolo. Es, sin embargo, un hombre sincero, incluso en sus contradicciones, que él mismo asume. En cada momento se cree lo que dice, aunque diga cosas dis- tintas en poco tiempo. Y es un escritor de primer orden, lo que le hizo enor- memente influyente, no sólo en su época, sino durante la Edad Media 13y el
Renacimiento, que lo considera el maestro de estilo por excelencia. Su prosa es brillante, y a veces hasta él mismo se deja llevar por su magia, llegando a decir tal vez más de lo que pensaba. En suma, es un gran seductor y uno de los autores romanos más leídos.
Su obra recibe influencias diversas, tanto estoicas como epicúreas, aris- totélicas y de otras escuelas. En cuanto a su ideal político, era el de una repú- blica con cierto carácter aristocrático, un ideal que resultaba bastante con- servador en ese momento, cuando se efectuaba la transición hacia el principado. Su obra política más importante es La República, que copia el título de Platón y también su forma dialogada. El diálogo se supone que tie- ne lugar en los jardines de Escipión Emiliano, que por cierto había muerto veinte años antes del nacimiento de Cicerón, lo que nos dice mucho de ese carácter un tanto ya nostálgico del ideal político ciceroniano. Hay varios interlocutores, pero los principales son el propio Escipión y Lelio. La obra ha llegado a nosotros incompleta.
Comienza estableciendo sin lugar a dudas la excelencia de la forma repu- blicana sobre cualquier otra forma política posible. Sólo ella es digna de los hombres libres, pues «la libertad, que es el mejor de los bienes, si no es igual
para todos no es libertad» 14. Pero una verdadera república necesita del
esfuerzo de todos, así que el diálogo prosigue defendiendo la necesidad de participación política, y la excelencia de ésta, como la actividad más alta de la vida, por encima incluso de la filosofía. Es, pues, la mayor perfección del individuo.
En cuanto al gobierno, ya ha quedado claro que la forma política ideal es la república romana, en primer lugar por la bondad de sus principios, que garantiza su justicia y su estabilidad:
«Mientras que las otras formas de gobierno se derriban y suceden recíprocamente, ésta, fundada en prudente equilibrio, no queda sujeta a
13 Cuenta, por ejemplo, San Jerónimo, en su carta a Eustoquio, cómo era tan sensible a las
seducciones de su estilo que, habiéndose retirado a Palestina, cogía con más frecuencia en sus manos los libros del romano que las Escrituras. Por eso, una noche soñó que era azotado por ángeles, y que cuando pedía clemencia a Dios, haciendo valer su condición de cristiano, recibía por respuesta: «Tú no eres cristiano; no eres más que un ciceroniano». Cfr. S. JERÖNIMO, Epísto-
las selectas, Madrid, 1783, p. 513,
tales mudanzas, a menos que dominen grandes vicios a los jefes del Esta- do, porque no existe germen de revolución donde cada cual ocupa su puesto natural.»15
Cuenta demás con la ventaja de haber sido mejorada paulatinamente, a lo largo de sus historia, por el esfuerzo y la experiencia de los ciudadanos. Para Cicerón, es una suerte para la versión romana de la forma republicana la influencia de las familias patricias y su control de la política a través del sena- do, ya que opina que sus miembros son los más honestos y no se dedican, como los políticos advenedizos, a excitar las pasiones del populacho en pro- vecho propio.
La base de la organización política es la justicia. La ley es la fuente de la autoridad y la base del gobierno. En su afán por defender la legalidad y afirmar la rectitud del comportamiento de Roma, llega a dar una original interpretación de las conquistas del imperio, que según él se habían obte- nido en guerra justa, emprendida únicamente con el ánimo de defenderse la Urbe o proteger a sus aliados. El libro termina con una reflexión sobre los gobernantes, cuyo ideal sería el de unos hombres que encarnasen ejem- plarmente las virtudes fundamentales de Roma. El hombre superior , sin embargo, tal vez es difícil de encontrar en esos tiempos de confusión y desorden político. Escipión entonces cuenta un sueño, y en este fragmen- to, el más famoso de toda la obra, se levanta el tono, tanto en el estilo como en el temple moral. Cuenta, pues, que una vez, estando en África, se le apa- reció en sueños su abuelo, el Africano, y que lo transportó a una gran altu- ra, desde donde podía contemplar todo el universo. Con el mundo a sus pies, su abuelo le enseñó a despreciar los bienes terrenos y buscar sólo los imperecederos, los que pertenecen no al cuerpo, sino al alma, y que resi- den fundamentalmente en la virtud, que se ejercita en su grado máximo cuando se sirve a la patria de manera generosa y desinteresada. La recom- pensa será también inmortal, y el hombre sabio desdeña incluso la ficticia inmortalidad de la gloria, que acaba pereciendo, como todas las cosas humanas:
«Eleva tus deseos sobre las recompensas humanas, que la virtud te muestre el camino de la verdadera gloria, y que sus encantos te atraigan. Otros cuidarán de lo que hayan de decir de tí; hablarán, sin duda, pero la fama más grande permanece encerrada en los estrechos límites de ese vues- tro mundo que tienes a la vista; no tiene el don de la inmortalidad, perece con los hombres y se extingue en el olvido.»16
No, el único premio adecuado es la perfección del alma, que es inmortal y de estirpe divina, y a la que tras nuestra muerte, si hemos sido dignos de ello, los dioses acogerán y la harán vivir eternamente a su lado. Pero no olvidemos,
15 Op. cit., p. 29. 16 Op. cit., p. 78.
repite Escipión, que « son los servicios prestados a la patria los que abren las
puertas del cielo».