La escuela cínica exigía un régimen de vida demasiado severo y su conte- nido doctrinal no admitía excesivo desarrollo: era una rebeldía que se acaba- ba en sí misma, y por eso su pervivencia no fue larga, aunque el nombre de la escuela siguió dando amparo a algunos autoproclamados discípulos, de carácter heterogéneo, pues allí se cobijaron desde el crítico sincero al margi- nado intelectual, pasando por algunos individuos extravagantes, a menudo más cerca de la picaresca que de la filosofía. Pero lo más interesante para nosotros es que la escuela cínica influyó muchísimo en otra corriente de pen- samiento que, ésta sí, tuvo una larga vida y un papel muy importante en la historia de las ideas, y cuya capacidad de convicción traspasa diversos perio- dos históricos conservando un profundo atractivo. Me refiero al estoicismo, que se llama así porque los primeros filósofos de esta escuela solían reunirse bajo uno de los pórticos (stoa en griego) que rodeaban el ágora de Atenas. En el capítulo siguiente, nos ocuparemos de la profunda influencia que los estoi- cos ejercieron en el pensamiento político y jurídico de Roma. Los primeros
estoicos no son tan conocidos como los que entonces veremos, ni su doctrina tan elaborada, pero son los fundadores, y su papel resulta tanto más impor- tante porque, rompiendo en esto con la tradición socrática, en la escuela estoica se exige una cierta disciplina, y la creatividad intelectual irá más en- caminada a asimilar, comprender y desarrollar una doctrina recibida que a investigar libremente y preguntarse con una curiosidad sin trabas por la ver- dad de las cosas. A diferencia de Platón, que confía en la razón especulativa y dedica toda su labor a plantear cuestiones, hasta el punto de que sus solucio- nes no son sino el punto de partida de nuevas preguntas, cuando no una pre- gunta en sí mismas, los estoicos buscan seguridades, respuestas, y lo que les interesa es cerrar cuestiones, solucionar problemas, transmitir contenidos concretos. Este empeño, por un lado, ofrece certidumbre, siquiera sea inte- lectual, en un mundo cambiante, y por otro, dota de coherencia a las doctri- nas de la escuela.
El fundador fue Zenón de Citium, llamado así porque había nacido en esa ciudad chipriota en el 332 a.C. La lectura de un libro de Jenofonte despertó su curiosidad intelectual, así que se trasladó a Atenas y en sus primeros años fue un seguidor de los cínicos, y aun después de fundar su propia escuela con- servó algo de ellos, como por ejemplo el gusto por una vida simple y ascética. Se dice, por ejemplo, que era muy casto y muy frugal y que se alimentaba sólo de higos secos, pan y miel, pese a lo cual llegó a una edad avanzada. Aunque tuvo muchos discípulos y un gran prestigio y fue protegido y hasta halagado por los reyes, en especial por Antígono, que solía asistir a sus clases cuando estaba en Atenas, nunca quiso aceptar la ciudadanía ateniense. Otro de los grandes filósofos de la escuela, Crisipo (282-204 a.C.) también era un foras- tero, probablemente de Cilicia. Son indicios del carácter cosmopolita que asumieron y proclamaron. Tanto uno como otro escribieron numerosos tra- tados, (Crisipo más de setecientos, se supone), pero no han llegado hasta nosotros mas que breves fragmentos recogidos por Diógenes Laercio, Plutar- co, Sexto Empírico y otras fuentes. Sin embargo, bastan para trazar las líne- as generales de su pensamiento.
En primer lugar, podemos decir que, siguiendo en esto a sus maestros cíni- cos, los estoicos proclaman que para tener alguna esperanza de lograr el bien y la felicidad es preciso seguir los dictados de la naturaleza. Lo que sucede es que su concepción de la naturaleza es diferente de la de los cínicos y mucho más compleja, pues para ellos no se identifica con el impulso y la espontanei- dad de la conducta animal, sino que consideran la naturaleza, por oposición al caos de la vida social de su tiempo, como un cosmos, es decir , como algo ordenado, sometido a leyes, a leyes perfectas, eternas, inmutables y , como todo aquello a lo que se pueden aplicar semejantes calificativos, divinas. A diferencia de los primeros filósofos, que veían el funcionamiento de la socie- dad como una parte de la naturaleza y elaboraban leyes para su comprensión y para su ordenación que se suponían reflejo o derivación de las naturales, los estoicos piensan que esa relación se ha roto completamente, de lo que se ha
derivado una enorme injusticia y desgracia. La sociedad es un caos, una con- tradicción, casi un pecado en contra de la naturaleza, que se sigue viendo como algo armonioso y sometido a leyes justas, y estas leyes naturales ahora se contemplan y se reciben como una norma externa, anterior y superior al hombre, por la cual debe éste regular su conducta, tanto en el ámbito privado como en el público. Es más, la fiabilidad y justicia de las normas que han de cimentar la vida social dependen justamente del hecho de que tales leyes no son humanas, están más allá de nuestra fragilidad, de nuestra arbitrariedad y nuestras pasiones. Estas leyes verdaderamente divinas son comprensibles por nuestra razón, así que podemos entenderlas (aunque no siempre lo hagamos plenamente, o al menos no todos los hombres lo hacen), reconocerlas, perci- bir su carácter sublime, aceptarlas y, en la medida en que nuestras fuerzas y nuestra inteligencia lo permitan, colaborar con ellas. En esta obediencia voluntaria radicaba para ellos la virtud y también la libertad, entendida como capacidad de aceptar, y no ya como posibilidad de opción o de cambio. El hombre no podía hacer nada por alterar el curso del mundo, y su posibilidad de elegir se limitaba a entender y colaborar con las leyes naturales, en conver- tir con su asentimiento en voluntaria aceptación un sometimiento a la natu- raleza que, de otro modo, hubiera sido forzoso y violento. Como seres vivos, no ya sólo como hombres, es nuestro deber ineludible seguir las leyes de la naturaleza, y si no lo hacemos por gusto, de todas formas se cumplirán, aun- que entonces, con nuestra negativa, habremos puesto obstáculos a su marcha, habremos causado el mal, y, como a la larga nuestros esfuerzos estarán desti- nados al fracaso, sentiremos frustración y despecho, mientras que de otro modo gozaremos una satisfacción y una elevación moral que es la mayor feli- cidad posible. Los estoicos, pues, creen en el destino, y elaboran además una teoría física que ofrece una explicación científica de esta creencia. Pero cuan- do el hombre acepta y asume este destino, se convierte de sometido en asocia- do, y toda la fuerza de las leyes naturales se suma a su propia fuerza moral. Por otra parte, el fatalismo no era absoluto: admitía la posibilidad de la nega- ción, aunque limitada al ámbito de la vida humana y sin posibilidades de éxi- to, y también dejaba un cierto margen a los detalles, y en estos radica la posi- bilidad de añadir a nuestro destino una excelencia añadida, una superioridad moral que añade al asentimiento una suerte de elegancia ética o incluso de heroísmo, y esto pertenece también al ámbito de la libertad.
Pues el determinismo estoico no hay que entenderlo como un implacable encadenamiento de causas y efectos, sino más bien como una especie de ten- dencia general que da sentido al mundo y lo organiza. Y es fácil ver el para- lelismo con la situación política: las grandes decisiones, el movimiento y el sentido general de la historia, están en unas manos superiores, lejos y fuera del alcance del individuo privado, y lo más inteligente que éste puede hacer es aceptar lo que de todos modos se le ha impuesto o ha de imponérsele. Pero este poder contra el que ni se plantea siquiera la resistencia (aunque sí, y esto es interesante, la colaboración) no se extiende a todos y cada uno de los deta-
lles de la vida cotidiana. Incluso precisamente por ser distante y ajeno ejerce menos control en el ámbito de lo privado del que ejercía la antigua organiza- ción política. Hay pues un margen de libertad individual en el que desarrollar un género de excelencia moral que va más allá de la virtud exigible, que es el cumplimiento del deber. Si los cínicos basaban su dignidad en la posibilidad de decir «no», de rebelarse como individuos, los estoicos la fundan en su capacidad de asentir, de convertir el destino en elección, lo inevitable en que- rido, y reservan su individualidad para perfeccionar esta afirmación primera y profundizar en ella.
Desde luego, todo esto supone una visión idealizada de la naturaleza, como un mecanismo perfecto, organizado y dispuesto por una mente sabia y bondadosa, que la ordena y que es inseparable de ella. Obedecer sus dictados es pues una obligación religiosa, pues supone acatar las órdenes de la divini- dad, y ahí reside el bien. La virtud es sometimiento, y encierra dentro de sí su propio premio, pues no hay excelencia mayor que identificarse con el bien mismo, que hacerse auxiliar de la obra divina. Así se alcanza la sabiduría, que no se identifica con la ciencia, con los conocimientos que conciernen al mun- do exterior, sino con el justo modo de regir la propia vida.
Al obrar así, el hombre adquiere una seguridad y una firmeza, una íntima satisfacción, que de alguna manera le hacen inmune a las desdichas y dolores de la vida cotidiana. No se trata de que el sabio sea insensible, ni que de que se encuentre en un estado de exaltación moral capaz de anestesiarlo, sino que estima en tanto el privilegio de su identificación con los planes divinos, que todo lo demás se relativiza, pierde importancia, es incapaz de destruir esa feli- cidad fundamental. Así, cuando los estoicos dicen que el sabio puede ser feliz aun en medio de los tormentos no quieren decir que no sienta dolor, sino que ese dolor no puede lesionar aquello que para ellos es verdaderamente valioso y que constituye la esencia misma de su alma. T ambién hay que entender en este sentido su afirmación de que sólo el sabio es libre, ya que éste, por un lado, tiene todo lo que desea, al tener el supremo bien, y por lo tanto no está sujeto a otras ambiciones y, además, al identificarse con la divinidad ordena- dora del mundo, convierte, como ya comentábamos, lo obligatorio en volun- tario. Obediente a la suprema ley, queda, además, liberado de cualquier otra sujeción, y los poderosos de la tierra no tienen jurisdicción sobre aquello que él estima más que su propia vida. Por otra parte, y en el caso de que su exis- tencia cotidiana se convirtiera en algo especialmente penoso o de que no pudiera resistir más la presión de la injusticia de los otros, el sabio siempre se reserva la última libertad, que es la de poner fin a su vida con un suicidio que lo ponga definitivamente a salvo de la indignidad o de la opresión.
Sólo con la virtud puede florecer la justicia, pues si ésta consiste en obrar como se debe y procurar el bien, sólo puede encontrarse en ese asentimiento participativo en la gran obra de la naturaleza que realiza el sabio. Pero para convertirnos en sabios necesitamos usar nuestra razón de manera adecuada.
Nuestra razón es un bien precioso, pues nos permite comprender la ordena- ción maravillosa del cosmos, y en ese sentido, y ya que somos los únicos seres vivos capaces de hacerlo, podemos decir que el hombre tiene algo divino y que el orden del mundo es algo que, de alguna manera, le está destinado. Lo que pasa es que nuestro entendimiento es muy frágil, enormemente vulnera- ble al error. El error, ciertamente, más que un mal uso de la razón es propia- mente una sinrazón, una locura, y también la causa de las desdichas del hom- bre, que son tan comunes precisamente porque son pocos los que viven de acuerdo con las leyes eternas. Por eso dice Crisipo: «Todo el mundo está loco,
es insensato, impío, injusto, y vive la peor de las suertes, la máxima de las des- gracias. Nuestra vida no puede ser superada envicios y calamidades»9. Es nece-
sario, pues, enseñar a los hombres a vivir de acuerdo con la razón, y para ello hay que enseñarles a usarla correctamente, primero, empleándola en los asuntos que verdaderamente le interesan, en los que son fundamentales para su existencia, el primero de los cuales es esa recta ordenación del vivir que hará de él un sabio. Aunque no todos lleguen a la perfección, es deber de todos intentarlo, pues ese es el cumplimiento de su destino de hombres. Así, y aunque fracasen, al menos se mantendrán en una inofensiva categoría de hombres vulgares, sin gustar la felicidad reservada a la minoría de los que han tenido la capacidad y el continuado esfuerzo de llegar al fin del recorri- do, pero sin causar daño ni injusticia ni oponerse gravemente a lo debido. En esta tarea, hay que desprenderse del peso de las pasiones, que ciegan nuestra lucidez y encadenan nuestra voluntad, y ello se consigue razonando y com- prendiendo qué vanas y engañosas son y esforzándonos por conocer y pro- fundizar en la ley que rige el cosmos, realizar en sí la obra de la naturaleza, y lo mismo que ésta domina su lado caótico y salvaje sometiéndose a la ley y ordenándose a los fines últimos, así el hombre debe dominar su parte pasio- nal, animal, para colocarse bajo el yugo de la ley suprema, guiándose por la luz de la razón. Pero si quiere conseguirlo, ha de regular también la propia razón, no sea que, abandonada a sí misma, se extravíe y nos conduzca al error. Hay, pues, que alimentarla con los contenidos adecuados (la doctrina de los maestros) y, además, revisar su estructura misma, vigilar su funciona- miento. Esto explica el interés de los estoicos por la lógica, y en especial su preocupación por las paradojas y los paralogismos, y hay que decir en honor suyo que muchos de los problemas que ellos plantearon sólo pudieron ser resueltos con la aparición de la lógica formal.
De todo lo dicho, se deduce que, para los estoicos, la sabiduría y la per- fección son cosas que conciernen exclusivamente al individuo. El sabio es un individuo, y en sí mismo encuentra su propia finalidad. Pero siguen conside- rando al hombre como un ser social, y es precisamente el alejamiento de la naturaleza y del recto proceder que ésta dicta lo que ha causado la injusticia
y ha terminado por hacer imposible la convivencia. Así que un proceder jus- to acabará por restablecerla. Su concepción de la sociedad, por tanto, parte de la base de que hay un tipo de gobierno acorde con la naturaleza y preferi- ble a cualquier otro, lo que implica una concepción universal, pero también estática de la justicia. Por eso los estoicos tuvieron siempre presente la res- ponsabilidad política de su labor pedagógica. De hecho, sólo el sabio es un verdadero ciudadano, pues sólo él es libre y vive de acuerdo con la ley verda- dera y libremente aceptada. Si todos vivieran como él, la sociedad sería per- fecta. Los estoicos se quejan repetidamente de la injusticia y el desorden que reinan en las relaciones humanas, y oponen a estas comunidades políticas erróneas y corrompidas la verdadera ciudad, la única de la que se sienten par- tícipes activos, y que, como la razón y la naturaleza, es común a todos los hombres. Así, Zenón aconseja:
«Debemos considerar a todos los hombres como miembros de nuestro demos y conciudadanos nuestros. Y que el mundo sea uno y uno también el orden, como un rebaño que en un prado común se alimenta al mismo tiem- po y según la misma ley»10.
La auténtica ciudad es el mundo entero, y todos los hombres son sus habi- tantes, aunque sólo los sabios han ganado el derecho de ser verdaderos ciuda- danos de ella. La ley que rige el cosmos es la suprema constitución, con la que deben acordarse todas las otras leyes si quieren ser justas y perdurables, y su cumplimiento es el deber de todos los hombres, aunque sean tan ciegos que la ignoren o estén tan corrompidos que la nieguen. Los sabios ya viven en esta ciudad ideal, aunque se encuentren sometidos a las ciudades reales, que todas ellas son tiranías en cuanto que no se ajustan a ese modelo. Y como esa comu- nidad es la que importa, las distinciones sociales de los otros sistemas imper- fectos carecen de sentido. Así, todos los hombres son iguales, independiente- mente de su patria y de su posición, y las nuevas distinciones se establecen según otros criterios: los sabios, por ejemplo, son amigos y conciudadanos de la sociedad perfecta, mientras que los que viven en el error son enemigos, por más que sean compatriotas, amigos o aun parientes11. Y los sabios son los úni-
cos ciudadanos y hombres libres, aunque en su vida cotidiana sean esclavos, mientras que quienes están cegados por las pasiones son siervos, aunque se sienten en tronos y ciñan coronas. Quien conoce la ley eterna posee el mayor bien, aunque no tenga ni para comprar un panecillo, mientras que quienes la ignoran son míseros e indigentes, aunque vistan de seda y derrochen el oro. Lograr que las ciudades reales se asemejen a la ciudad perfecta, a esa comu- nidad «fundada en la razón común que es la ley de la naturaleza », como dice Crisipo, es una tarea difícil, pero tentadora, y verdaderamente digna de los
10 Ibídem, II, 462.
11 Así lo dice el propio Zenón, que establece que «los padres y los hijos son enemigos entre sí
hombres. Los estoicos se sintieron atraídos por ella desde muy pronto, y el propio fundador de la escuela, aunque rechazó la invitación del rey Antígono para convertirse en su consejero, alegando su avanzada edad (en efecto, tenía ya más de ochenta años), aceptó encantado la sugerencia y le envió a algunos de sus discípulos. Pero el gran momento de los estoicos llegaría más adelante, y de él hablaremos en el siguiente capítulo.