Es el último de los diálogos que dedica Platón al estudio de la ciudad ide- al, y lo escribió ya en su senectud. Es muy largo y está constituido por una serie de monólogos, a cargo sobre todo de un ateniense bajo cuyos rasgos se oculta el propio Platón. Sus interlocutores son un espartano y un cretense. Como vemos, Sócrates ha desaparecido del panorama, incluso de ese papel decorativo de simple oyente que desempeñaba en El Político.
El personaje del ateniense, o sea, Platón, parece ya haber abandonado toda esperanza en un mundo regido por el libre ejercicio de la razón. Por eso, cuan- do se dirige a los otros dos comienza ya preguntando por las leyes de sus res- pectivas ciudades, y si habla de la necesidad de la educación, piensa en ella no como un camino que nos llevará a guiar nuestro albedrío, según nuestra visión de lo justo y de lo bueno, sino como en la norma que nos inclinará a someter- nos a la ley. Y es que sólo somos peleles, juguetes en manos de los dioses, y cuando creemos que obramos libremente, en realidad lo hacemos movidos por los hilos manejados por ellos. Toda la amargura y el desengaño del anciano Pla- tón parece concentrarse en esa imagen desoladora. Según esto, lo mejor que puede pasarnos es que nos inclinemos a ser movidos por el hilo de la ley, que es el más excelente, el más brillante, porque es un hilo de oro y su impulso está al servicio de la razón. Por eso, la educación ha de ir encaminada a conocer los caracteres de los individuos y conducirlos a servir a las leyes, para que así tan- to las personas como las ciudades alcancen la mayor felicidad posible.
El primer paso de la educación es la música, que además de tener un gran poder para formar hacia la medida y la belleza a las almas infantiles, de someterlas a la norma y a la armonía, añade a ello el placer:
«Eso que nosotros llamamos canciones no son, en realidad, mas que embrujos del alma que pretenden seriamente conseguir la armonía de que hablamos. Mas como el espíritu juvenil no puede tolerar la seriedad, se les da el nombre de juegos o de cantos.»14
En ese aspecto, los espartanos están muy acertados, dada la importancia que tiene la música en su su sistema educativo. Pero realmente, para decidir algo acerca de las leyes más convenientes, y llevado de este nuevo empeño de prestar más atención a lo real, afirma que lo mejor sería examinar las distin- tas formas que ha tomado la asociación humana y ver qué hay de bueno y de criticable en cada una de ellas. Comienza, pues, hablando de las primeras comunidades, que vivían en una especie de paraíso. Como los hombres eran pocos, la naturaleza les ofrecía con creces lo necesario para su vida sencilla. Lo tenían todo en común y cada grupo vivía aislado, así que no había quere- llas, y «los hombres se amaban y se miraban con buenos ojos»15. Pero las catás-
trofes naturales y la multiplicación de la especie humana hizo que esas comu- nidades desaparecieran en favor de otras más complejas. Y dentro de ellas, hay dos fundamentales, enfrentadas entre sí, como lo han estado histórica- mente los dos pueblos que las han llevado a su máxima perfección:
«Existen, digámoslo así, dos madres de los sistemas políticos, de que acertadamente puede decirse nacen los demás: uno lo llamamos, con razón, monarquía, y al otro democracia; el máximo exponente del primero es el pueblo persa, y del segundo nosotros, los atenienses.»16
Sin embargo, estos regímenes, precisamente por su demasiada pureza, resultan inadecuados. Uno otorga demasiado poder al rey, y el otro sobreva- lora la libertad. Por eso los regímenes de los cretenses y los espartanos, sus dos interlocutores, le parecen más adecuados, por constituir una mezcla, aunque tampoco sean perfectos. Con esos elementos de juicio, acuerdan reflexionar sobre las bases en que debería asentarse una ciudad ideal.
Por lo menos en la medida en que dependa de nosotros. Porque las accio- nes humanas están sometidas a muchas circunstancias y vicisitudes, de manera que Platón llega a decir que, en una mirada apresurada, parecería
«que todas las acciones humanas no son ni más ni menos que mera casuali- dad». Por mucho que se busque un emplazamiento ideal y se mediten unas
leyes prudentísimas, las catástrofes naturales, las epidemias, las guerras, pue- den arruinarlo todo. Sin embargo, añade, la prudencia y la inteligencia humanas pueden paliar los males, lo mismo que un piloto en alta mar , si no evita las tormentas, sí puede al menos procurar salvar su barco, y afortuna- damente son muchas las veces que lo consigue.
Los ciudadanos de esta polis, y a la cabeza los que ejerzan el poder , deben esforzarse por obedecer las leyes. Los gobernantes son ante todo los «servidores
de las leyes», y esto es fundamental para ponerse al abrigo del desastre, pues
«la ruina acecha a una ciudad cuyas leyes no se respetan y carecen de efica- cia; en cambio, cuando la ley impera sobre los gobernantes y éstos se some-
15 Op. cit., p. 131. 16 Ibídem, p. 153.
ten a ellas, veo nacer allí su salvación y todos los bienes que los dioses conce- den a las ciudades.»17
Además, deberán ser respetuosos con los dioses, a quienes se debe honrar por encima de todas las cosas, y buscar en todo la templanza, la moderación y la armonía, para lo que sirve, de nuevo, de gran ayuda la música.
Después de los dioses, lo más digno de honor se encuentra en el interior de cada uno: la propia alma. El respeto que se le debe excluye toda autocom- placencia: por el contrario, cada uno tiene el deber de perfeccionarse. Y para ello también es fundamental la ayuda de la ley . Si las leyes son correctas, prescribirán lo bueno y hermoso y prohibirán lo malo, de manera que cum- pliéndolas, además de servir al bien común cumplimos nuestra tarea de mejora interior, mientras que el infractor debería unir al castigo la íntima vergüenza de haber mancillado su alma, tratándola de modo ignominioso. Según Platón, para cualquier hombre razonable eso debería constituir el más poderoso freno, aunque no excluye otros más contundentes aplicados por los jueces, pena de muerte incluida.
En cuanto a las necesidades materiales, cree Platón que hay que satisfa- cerlas de manera equilibrada: cuidar el cuerpo, pero sin regalo ni excesos, sin idolatrías; procurar a los ciudadanos los medios para una vida sana y auste- ra, pero sin apuros ni estrechez. Huir de la riqueza y de lo superfluo, pues son perjudiciales, y ni siquiera tienen la excusa del amor paternal, ya que «a los
hijos hay que legarles un gran sentido del honor , y no oro». La convivencia se
basará en el respeto mutuo, la generosidad, la verdad, el cumplimiento de la ley y la piedad hacia los dioses.
También la ciudad como tal se contendrá en esos límites de moderación, sin dejarse llevar por ambiciones, y para ello lo mejor es que tenga un tama- ño medio, que Platón fija en cinco mil cuarenta habitantes, divididos en magistrados y simples ciudadanos, pero este número puede variar ligera- mente en función del aislamiento de la ciudad, de la fertilidad del suelo y otros factores. La tierra será dividida en lotes entre los ciudadanos, y para evitar que aparezcan grandes diferencias económicas se prohibirá la acuña- ción de moneda, el comercio y los préstamos.
Llega ahora el momento de hablar de los magistrados, que serán elegidos por sus conciudadanos. Serán en total treinta y siete, y su elección será más sencilla después de unos años de haberse fundado la ciudad, cuando ya todos los ciudadanos estén educados adecuadamente y haya más candidatos posibles. Ninguno de ellos «ejercerá su ministerio durante más de veinte años,
ni accederá al mismo con menos de cincuenta años de edad»18. Además de los
17 Op. Cit., p. 186 18 Op. cit., p. 239.
llamados «guardianes de la ley», habrá autoridades militares y religiosas y un Consejo. Así el poder se reparte y equilibra, y el gobernante único y sabio ya no es el adecuado: sólo resultaba eficaz en aquellos tiempos dorados del mito.
La música y los deportes, como partes esenciales en la formación de los ciudadanos, estarán a cargo de autoridades especiales. T ambién se velará para que se dé culto a los dioses, estableciendo festividades bimensuales a ese objeto. En cuanto a los jueces, lo mejor es que los litigantes designen a un ter- cero como árbitro de sus diferencias, pero para cuando esto no sea posible, habrá dos tribunales: uno para las querellas privadas, y otro para los conflic- tos entre los individuos y el Estado.
No se dejan al azar cuestiones más íntimas. Aunque Platón renuncia a la comunidad de mujeres e hijos y vuelve a aceptar la familia, no la deja entera- mente al arbitrio de la voluntad privada. La edad adecuada para contraer matrimonio estaría entre los veinticinco y los treinta y cinco años, y la unión deberá contar «con la aprobación de la gente sabia», de modo que se garanti- ce tanto la afinidad entre los contrayentes como la regulación de las fortunas, impidiendo que el matrimonio sirva para acumular grandes riquezas. Las bodas también serán sencillas: el novio y la novia sólo podrán celebrar un pequeño banquete donde invitarán a un máximo de cinco familiares y cinco amigos cada uno. Después de tan razonable como útil consejo, recomienda a los novios que no se entreguen a los placeres sexuales estando borrachos o enfermos, pues es preciso hacer lo posible para obtener una prole sana y bien formada.
Dentro de las cuestiones domésticas, el problema de los esclavos le inquieta, pero no parece muy dispuesto a abordarlo y lo despacha con gene- ralidades tales como tratarlos con dulzura y no castigarlos si no es estricta- mente necesario. Más espacio le dedica a la arquitectura de la ciudad. Como los espartanos, piensa que no deben estar amuralladas, siendo el valor de los ciudadanos su mejor defensa19. Los templos ocuparían las alturas y formarí-
an como una corona en torno a las viviendas, a su lado estarían las sedes de los magistrados y los tribunales. De este modo, los dioses y las leyes circun- darían la ciudad no sólo de modo simbólico, sino incluso visualmente, y pare- cerían reforzar así la unión de sus habitantes, que se consolidaría también mediante la práctica de las comidas públicas.
Platón no sería él mismo si no otorgase un papel central a la educación, en la que ve, además, la garantía de supervivencia de la ciudad bien ordena- da. Los niños hasta los seis años estarán dedicados sólo a los juegos. A partir de entonces, comenzará su educación, centrada primero en los deportes, la
19 Otro gran filósofo, Heráclito, sostenía que las ciudades tenían una muralla más eficaz que
preparación militar y la música. Esta educación será obligatoria para todos, hombres y mujeres, porque garantizará unos ciudadanos sanos de cuerpo y de espíritu. A partir de los diez años, completarán su educación musical y aprenderán también a leer , a escribir y otras materias, fundamentalmente matemáticas. Sigue siendo partidario de un control o censura de los textos literarios así como de las melodías.
Se ocupa luego de la vida privada de los ciudadanos. Insiste especialmen- te en la necesidad de una vida moderada, que no los haga esclavos de los pla- ceres, en especial de los sexuales, que son los que tienen más fuerza sobre nosotros. En cuanto al trabajo, cada ciudadano tendrá un oficio y sólo uno, sin que le esté permitido tampoco hacer que otros trabajen por cuenta suya. «Cada uno tendrá en la ciudad una única ocupación con la que se ganará la
vida». La razón es que
«No hay apenas naturaleza humana que esté capacitada para traba- jar meticulosamente en dos actividades ni en dos profesiones ni tampoco que uno pueda personalmente desempeñar una y dirigir al que ejerce otra.»20
Los últimos capítulos de Las Leyes se refieren a los aspectos penales, el funcionamiento de los tribunales, y los delitos considerados más graves. A la cabeza de los infractores coloca a los impíos. Es un extraño final para el que fuera discípulo de Sócrates. Tal vez, al final de su vida llegó a dudar incluso de sí mismo.
LECTURAS COMPLEMENTARIAS
1. La caverna
— Imagínate, pues, a unos hombres en un abrigo subterráneo en forma de caver- na, cuya entrada, abierta a la luz, se extiende a todo lo largo de la fachada; están allí desde su infancia y, encadenados de piernas y cuello, no pueden cam- biar de sitio ni ver en otra dirección que hacia delante, porque las ligaduras les impiden volver la cabeza; el resplandor de un fuego encendido lejos, sobre una altura, reverbera tras ellos; entre el fuego y los prisioneros hay una vereda ascendente; a lo largo de esa vereda figúrate un pequeño muro parecido a los pequeños tabiques que los que hacen farsas con marionetas ponen entre ellos y el público y por encima del cual lucen sus habilidades.
— Lo veo.
— Entonces figúrate a lo largo de ese pequeño muro a otros hombres que lle- van utensilios de todas clases que sobresalen a la altura del muro, figuras de
hombres y de animales, de toda clase de formas, talladas en piedra o en madera, y como es natural, de entre los que los llevan unos hablan y otros están callados.
— Expones un cuadro extraño y extraños prisioneros. — Semejantes a nosotros».
PLATÓN: La República
2. Tanteando el camino de la verdad
Ante un auditorio inteligente y amigo se puede, si se está en posesión de la verdad, tratar con seguridad y confianza las más importantes materias. Mas cuando se expo- ne una doctrina dudando y buscando al mismo tiempo su verdad, como yo hago, se está en un terreno peligroso y resbaladizo, no por exponerse a hacer reír , pues sería pueril, sino por miedo a resbalar ante la verdad uno mismo y arrastrar a los amigos al error en cosas en las que el error es lo más funesto. (...) Pues yo creo que es menor fal- ta matar a uno involuntariamente que engañarlo sobre las leyes de la belleza, la ver- dad y la justicia.
PLATÓN: La República
3. Necesidad de un rey filósofo
A no ser que los filósofos sean los reyes en los Estados o los actualmente lla- mados reyes y soberanos sean filósofos en verdad y con suficiencia, y no se vea unida una cosa a otra, el poder político y la filosofía, y a no ser que una ley rigu- rosa aleje de los asuntos públicos a esa multitud de individuos a los que sus talen- tos les llevan exclusivamente a una o a otra, no habrá remedio, querido Glaucón, ni para los males que devastan los Estados ni incluso, creo yo, para los del género humano.
PLATÓN: La República
4. Los hombres son diferentes
Sois hermanos en los que los dioses hicieron entrar oro al formar a los desti- nados al gobierno, plata al preparar a los auxiliares y bronce y hierro al hacer sur- gir a los labradores y demás artesanos. Así pues, como tenéis un mismo origen, ocurrirá que engendraréis hijos parecidos a vosotros, aunque quizá pueda llegar a nacer un hijo de plata de un padre de oro, o un hijo de oro de un padre de plata. (…) La divinidad prescribe de manera primordial y principalísima a los gobernan- tes que ejerzan su vigilancia como buenos guardianes respecto al metal que entra en la composición de las almas de los niños, con el objeto de que si alguno de ellos, incluso su propio hijo, cuenta en la suya con parte de bronce o de hierro, no se compadezca en absoluto, sino que lo relegue al estado que le conviene, sea el de los artesanos o el de los labradores. Y les ordena igualmente que si nace de éstos un hijo cuya naturaleza contenga oro o plata, que le prodiguen la educación que corresponde a un guardián o la que se da a los auxiliares, puesto que según la pre-
dicción de un oráculo la ciudad será destruida cuando la vigile un guardián de hie- rro o de bronce.
PLATÓN: La República
5. El hilo de oro de la ley
Supongamos que cada uno de nosotros los seres vivientes, somos marionetas de los dioses, fabricados para servir como juguetes suyos o con un fin serio, eso no lo sabemos de cierto, pero lo que sí sabemos es que todo lo que nos ocurre se debe a unas cuerdas o correas internas, opuestas entre sí, que tiran de nosotros y que nos arras- tran en acciones opuestas hacia donde se hallan los límites de la verdad y la maldad. La razón nos dice que tenemos que seguir a una sola de esas tracciones y no dejarla por nada, y que debemos oponernos al arrastre de todas las otras cuerdas, ya que aquella es la conducción de la razón de oro y sagrada, llamada ley general de la ciu- dad, en tanto que las otras son rígidas y férreas; también nos dice que aquélla es lige- ra y uniforme por ser de oro y que las otras son multiformes y de distintas apariencias. La razón, pues, nos dice que debemos colaborar con la conducción más hermosa, la de la ley. Puesto que la razón es bella, apacible y no violenta, esta conducción necesi- ta servidores para que en nosotros triunfen los elementos de oro sobre los de otras materias.
PLATÓN: Las Leyes
6. El respeto a uno mismo
Hay que honrar el alma en segundo lugar, después de a los dioses. (...) El honor, sin duda alguna, es un don divino y en las cosas malas no hay nada honorable, y quien piense engrandecer su alma con razonamientos, regalos o concesiones, sin poner nada de su parte para que ésta pase de un estado inferior a otro superior, éste creerá honrarla, pero en modo alguno lo consigue. (...) Cuando un hombre no se con- sidera responsable de las faltas que en cualquier momento comete ni de la mayoría de sus males ni siquiera de los más graves, sino que descarga su responsabilidad en los demás, absolviéndose a sí mismo, tampoco honra a su alma como él cree, sino que se halla muy lejos de eso; en realidad, la daña. (...) Cuando uno es incapaz de soportar el esfuerzo, el miedo, el sufrimiento y el dolor que le tocan y flaquea ante ellos, tampoco la honra cediendo, sino que por el contrario, con su comportamiento la deshonra.
PLATÓN: Las Leyes
BIBLIOGRAFÍA
Ningún resumen puede sustituir a la lectura de Platón, cuyo pensamiento resulta inseparable del estilo literario, gracias al cual la persuasión adquiere carácter de seducción. De sus obras hay muchas ediciones, entre las que nos permitimos citar las Obras completas editadas por Aguilar, los Diálogos en
varios volúmenes de la Biblioteca clásica Gredos o las ediciones de bolsillo de
La República y Las Leyes en Alianza Editorial.
La bibliografía sobre nuestro autor es amplísima. Sugerimos especial-