decisiva en la vida griega. Aunque pertenece al mundo helénico, compartiendo sus dioses y su lengua y participando en celebraciones panhelénicas como los Juegos Olímpicos, las grandes polis griegas no la consideran del todo una igual. Se piensa que los macedonios son gentes toscas, de sumaria educación, rudas costumbres y acento más rudo aún. Lo cierto es que Macedonia era una socie- dad de acusado espíritu guerrero, que había desarrollado una técnica militar muy eficaz, basada en la combinación de una sólida infantería (la falange, armada con lanzas y pequeños escudos redondos e integrada por pastores y campesinos) y una caballería ligera, formada por los nobles y que actuaba des- de los flancos. Además, su ejército hacía uso de máquinas de guerra, a menudo inspiradas en modelos orientales, y estaba bien provisto de recursos económi- cos gracias a las minas de oro de Pangeo. Pero todas las ansias innovadoras de los macedonios parecían centrarse en el terreno militar, pues en otros aspectos constituían una sociedad bastante conservadora, y de hecho en su caso no podemos hablar tanto de una polis como de un reino, estructurado en torno a la figura de un rey enérgico y una nobleza rica e influyente.
Filipo II se propuso acabar con el aislamiento cultural y «helenizar» la vida macedonia, dotándola de un refinamiento y una inquietud intelectual desconocida o desdeñada hasta la fecha. Animado por este propósito, invitó
a su corte a poetas y dramaturgos y nombró a Aristóteles preceptor de su hijo Alejandro. Paralelamente, intervino de forma cada vez más activa en la polí- tica griega, aumentando su influencia sea por las armas (conquista de Tesalia y Tracia) o por la vía diplomática, sobre todo a través de su presencia en la anfictonía de Delfos.
Algunos griegos de otras ciudades empezaron a considerar como una amenaza la creciente influencia de Macedonia. El más célebre de ellos, el ora- dor ateniense Demóstenes, pronunció contra el rey las célebres Filípicas, bri- llantes y apasionados discursos exhortando a su pueblo a combatir lo que él consideraba una supremacía nefasta. Otros griegos interpretaban las cosas de diferente manera, como el también ateniense y orador Isócrates, que, con su elocuencia refinada y elegante, trataba de persuadir a sus conciudadanos de que olvidaran sus recelos posibilitando así que, bajo la dirección de Filipo, se uniese Grecia entera contra el enemigo común: el imperio persa.
La opinión de Demóstenes acabó imponiéndose y en el año 340 a.C. se formaba la Liga Helénica, cuyo propósito era oponerse a la política de Filipo. En el 338 tuvo lugar la batalla de Queronea, en la que la caballería macedo- nia, al mando de un jovencísimo Alejandro, decidió la victoria. A partir de ese instante, la polis, entendida en el sentido clásico, quedaba fuera del juego político.
Ahora quedaba en manos de Filipo el control del poder en Grecia. Bajo su presidencia, formó la liga de Corinto, y se preparó para atacar a los persas. Pero en el 336 a.C., sin haber tenido tiempo de iniciar esta empresa, moría asesinado. Le sucede su hijo Alejandro, de sólo veinte años. Su extrema juventud despierta las esperanzas de los últimos opositores griegos, que intentan rebelarse, pero el nuevo rey consigue sofocar estos intentos en menos de un año y, ya con el dominio absoluto de la situación, cruza el Heles- ponto al encuentro de los persas. Primero derrota, en la batalla de Gránico (334 a.C.), a los sátrapas de las ciudades costeras de Asia, a las que libera y deja al mando de oficiales macedonios. Luego ocupa Caria, Frigia y Cilicia y al año siguiente derrota en Issos a las tropas persas conducidas por el propio rey Darío III, que se ve en grave peligro, aunque logra escapar . El momento de la huida del persa ante el avance de un Alejandro heroico y vencedor ha quedado inmortalizado en un maravilloso mosaico de gran tamaño, que se encontró en una casa pompeyana y que, casi con seguridad, es copia de algu- na pintura griega.
Después de esta espectacular victoria, Alejandro conquista Siria, Egipto (donde los sacerdotes lo acogen como hijo de Ammón) y Mesopotamia. Por fin, el 1 de octubre del 331 a.C. tiene lugar la batalla de Gaugamela, que supo- ne la derrota total de los persas. Darío vuelve a escapar, pero al poco tiempo es asesinado. Persépolis es incendiada y, en el saqueo de los tesoros del vencido, se obtiene un inmenso botín. A partir de ese momento, Alejandro da por ter- minada la campaña panhelénica y licencia a las tropas griegas no macedonias.
Pero él prosigue su avance: conquista Sogdiana y se adentra en la India, buscando un límite definitivo para un soñado imperio mundial. En el 326, tras vencer al rey Poros, cede a las protestas de su ejército y cruza el Indico para regresar a Persia.
Allí comienza una fusión cultural entre macedonios y persas, que se sim- boliza por la adopción del ceremonial cortesano oriental y por los matrimo- nios masivos entre soldados de Alejandro (con el propio rey y sus colabora- dores más cercanos a la cabeza) y muchachas persas. Las dos hermanas de las que nos hablaba Esquilo en Los Persas vuelven así a formar parte simbó- licamente de la misma familia. El objetivo era crear una organización políti- ca compleja y bien estructurada (para lo que se aprovecharán muchos ele- mentos de la organización oriental) pero lo suficientemente flexible para admitir variantes culturales y permitir diversos grados de autonomía. Como primera medida, se establece la igualdad de derechos civiles para griegos y persas y la amnistía para los exiliados políticos griegos. Además, se decide la separación del gobierno civil y militar en la provincias, lo que garantiza su gobernabilidad en tiempo de guerra. Una medida decisiva es la unificación del sistema monetario en todo el imperio, estableciendo las bases de un gigantesco mercado único.
Para facilitar las comunicaciones, se construyen nuevos caminos y se reparan los ya existentes. Buscando la prosperidad interior, se abren canales de riego y, en Egipto, se investigan las causas de las inundaciones del Nilo, con vistas a regularizarlas de algún modo. El griego se convierte en la lengua oficial de todo el imperio y Alejandro funda unas 70 ciudades, destinadas a albergar guarniciones y a ser núcleos administrativos, pero también a con- vertirse en centros comerciales y en focos de difusión de la cultura griega.
La ambición y la amplitud de miras de su proyecto político, la capacidad de Alejandro para soñar este mundo nuevo, su entusiasmo, tan poderoso como para hacerlo creíble a su círculo de colaboradores, y el sentido prácti- co con que tomó las primeras medidas para hacerlo posible nos resultan, todavía hoy, fascinantes. Y más aún teniendo en cuenta el poco tiempo de que dispuso para llevar a cabo transformaciones tan profundas.
En junio del 323 a.C., Alejandro muere en Babilonia. Nadie es capaz de seguir su obra íntegramente, y el imperio por él creado se ve envuelto en luchas sucesorias que duran casi 20 años. El resultado es una fragmentación de los territorios conquistados en una serie de monarquías que, aunque renunciando a la voluntad unificadora del proyecto primitivo, conservan algunos de sus rasgos esenciales: el cosmopolitismo, el desarrollo económico y comercial y la difusión de la lengua y la cultura griegas. Estas monarquías sobrevivieron prósperamente durante más de 200 años, hasta el momento en que Roma se hace con el dominio de casi todo el mundo conocido, y en su conjunto forman lo que se denomina normalmente «el mundo helenístico».
Helenístico, y no griego, aunque griega sea la lengua y la tradición cultu- ral predominante. Y esa distinción se basa sobre todo en la desaparición de la institución política griega por excelencia: la polis.
No se trata de que las ciudades históricas sean arrasadas. De hecho, la paz con Atenas después de Queronea es muy generosa y la ciudad conoce un nue- vo florecimiento. Incluso se acepta que la democracia es la forma ideal de gobierno, y los reyes macedonios, de Alejandro en adelante, establecen demo- cracias en las ciudades y organizan su gobierno en torno a un consejo, unos magistrados y una asamblea popular.
Pero a pesar de ese devoto formalismo, lo cierto es que la polis como es- tructura básica resultaba inviable en el nuevo mundo. En efecto, se basaba en un aislamiento que ahora resultaba imposible. T odo su funcionamiento dependía de la limitación del número de los ciudadanos, que así podían inter- venir directamente en la gestión de los asuntos públicos, y ahora las ciudades crecen, y cuanto más importantes son más gente atraen a su seno. Su econo- mía tenía una base fuertemente agrícola, y ahora las manufacturas y el comercio se consideran indispensables para la prosperidad. Se enorgullecía de su diferencia y de sus peculiaridades culturales, y lo que ahora primaba era el intercambio intelectual y el cosmopolitismo, y si antes se ponía el acen- to en los propios dioses y las propias leyendas, ahora importaba más lo que todos tenían en común, hasta el punto de que se debilita la vieja y trascen- dental oposición entre griegos y bárbaros: la polis clásica se cerraba a las gen- tes y a las costumbres extranjeras, y el mundo nuevo hacía inevitable un cier- to mestizaje. Su antigua autonomía política desaparecía en la práctica, pues debía actuar bajo la dirección del rey, y la antes preciada autosuficiencia eco- nómica la conduciría ahora al suicidio, por lo que debía integrarse en la corriente de intercambios. El antes deseable equilibrio entre ricos y pobres, esencial en el viejo sistema, se rompía con la aparición y la inevitable influen- cia de las grandes fortunas, y la relativa igualdad entre nobles y plebeyos se destruía, dada la existencia de una vida cortesana. En cuanto a la participa- ción directa en la vida pública, se limitaba a los asuntos de administración local, quedando las grandes decisiones políticas lejos del control de los ciu- dadanos particulares.
A cambio, una cadena de ciudades populosas y prósperas (Antioquía, Efeso, Pérgamo, Alejandría y tantas otras) en las que al florecimiento eco- nómico se unía el esplendor cultural. Así, la influencia del arte griego se deja sentir hasta en la India, mientras que el patrimonio literario se ateso- ra en bibliotecas, se organiza y se copia con extremo rigor textual, se some- te a críticas y comentarios, se difunde y conserva. El pensamiento y el arte incorporan elementos nuevos, fruto de la riqueza y variedad de los contac- tos, la ciencia se desarrolla y perfecciona, en sus aspectos teórico y aplica- do, y, por último, el conocimiento y perfecto uso de la lengua griega se con- vierte, no sólo en un instrumento de intercambio económico y cultural, sino
en un signo de distinción y en un requisito indispensable para acceder a los puestos administrativos y para formar parte de la élite social.
En la vida cívica, los valores se transforman. La ostentación deja de ser un rasgo de mal gusto y se convierte en un modo de adquirir prestigio. El refi- namiento ya no es el veneno que afemina las costumbres, sino un signo de distinción, y el pueblo llano, el simple ciudadano, no solo pierde su capacidad de decisión, sino también su carácter de símbolo positivo, y así el pueblo pasa a ser el populacho, al que se supone alborotador e ignorante. Otro rasgo que define el nuevo estilo de la vida pública son los cultos cívicos a los reyes, que, mediante un proceso de divinización, asociaban al rey (y a menudo también a su esposa) con los dioses protectores de la ciudad, le suponían la capacidad de otorgar beneficios y establecían un culto específico, tributado general- mente a la estatua del soberano.
Semejantes manifestaciones hubieran parecido sacrílegas en plena época clásica. Sin embargo, aparecen desde el primer momento de la expansión macedonia, y el propio Alejandro es responsable de su difusión masiva, sir- viéndose de ellas con fines políticos, como hizo, por ejemplo, en Egipto, al aceptar ser saludado como hijo de Amón. La tradición macedonia, que man- tenía en su concepto de la monarquía algunos elementos preclásicos, hacía más sencillo un entendimiento con la tendencia oriental a identificar al sobe- rano con la divinidad. T eniendo esto en cuenta, Alejandro siempre procuró cultivar y exhibir los aspectos míticos, ya sea presentándose como un nuevo Aquiles, rindiendo honores fúnebres a la tumba de éste en Troya, ya uniendo sabiamente a sus proyectos un elemento de ensoñación, de pasión o de ínti- mo deseo, ya aceptando o dejando correr oráculos o leyendas sobre su posi- ble origen divino. Tenía un exquisito cuidado de su imagen pública, prohi- biendo, por ejemplo, cualquier retrato suyo que no siguiera los modelos oficiales, y poseía un maravilloso instinto para los gestos (recordemos por ejemplo el momento en que corta el nudo gordiano, o su conducta con la familia de Darío1). Su juventud, su temerario valor en las batallas, su sentido
un tanto espectacular de la justicia, su capacidad para pronunciar la frase justa en el momento preciso, e incluso su temprana muerte, hicieron el resto. Hasta sus defectos, en especial sus terribles ataques de ira, se vieron como
1 El nudo gordiano se encontraba en la ciudad de Gordión y sólo sabemos de él que era tan
intrincado que se suponía que quien lo desatara conquistaría Asia (un tipo de leyenda parecido, por ejemplo, al de la espada Excalibur). Se cuenta que Alejandro ni siquiera intentó desatarlo, sino que lo cortó con su espada. El otro gesto, menos legendario, alude al hecho de que, pese a ser las mujeres de la familia de Darío parte de su botín de guerra, y siendo éstas, además, de gran belleza, no sólo no las ultrajó, sino que las trató con el respeto correspondiente a su rango. Otro gesto elocuente es aquél que nos cuenta cómo, descansando agotado en la larga marcha hacia el Índico, de vuelta de su gran expedición, un soldado le trajo un poco de agua en su casco, y Ale- jandro, tras agradecerle afectuosamente su rasgo, derramó el agua sobre el suelo ardiente, indi- cando que no bebería hasta que todo el ejército pudiera hacerlo.
manifestación de algo sobrenatural. Así, desde muy pronto los historiadores resaltan su carácter de mito, de criatura semi-divina, y a este proceso de miti- ficación se añade la visión de sus expediciones, sobre todo la de la India, como viajes maravillosos, sin más meta que lo desconocido. Este toque mági- co, que está ya presente en sus biografías antiguas, como la muy bella de Arriano, adquiere caracteres de leyenda en la de Aulo Gelio y llega hasta la Edad Media, donde los cantares, como nuestro Libro de Alexandre, lo con- vierten en el perfecto ideal del caballero. T odavía hoy podemos sentir su magia, no sólo en obras de creación (como por ejemplo la hermosa película de J. Huston El hombre que pudo reinar, basada en un relato de Kipling), sino incluso en el terreno pretendidamente más desapasionado de la ciencia arqueológica, que se conmueve de un modo especial cuando trata asuntos con él relacionados, como la posible localización de su tumba.
Naturalmente, ninguno de los reyes helenísticos logró alcanzar esta cate- goría de mito, aunque todos trataron de aprovecharse de ella, reivindicando su condición de herederos suyos, y hasta copiando la iconografía de sus retra- tos (los rizos elevándose sobre la frente y el casco con cuernos de carnero). Pero aunque eso no bastara para igualarlos a su modelo, lo cierto es que la atribución de un prestigio casi divino a la figura regia sí fue un fenómeno general, y contribuyó a la sensación de alejamiento, que colocaba la esfera de la decisiones públicas en un plano distinto y superior a aquél en el que se movía el antiguo ciudadano, convertido definitivamente en súbdito desde el momento en que quedaba expulsado del control directo del poder , y no sólo en la práctica, sino también en la teoría.