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Introducción Aquello que había perdido todo

* Publicaciones del autor sobre Schopenhauer:

Y LO DESPROPORCIONADO DEL M UNDO EN A RTHUR S CHOPENHAUER *

1. Introducción Aquello que había perdido todo

fundamento

De entre las ideas y pensamientos, entendidos estos sin preten- siones técnicas o de escuela, tan solo en tanto formas del pensar

subjetivo, aquellos que parecen presentar más dificultades de

conceptualización —y, con ello, de aparición en el espacio de lo público a través del discurso— suelen ser acuñados bajo la for- ma de la metáfora, de la alegoría o del símbolo. Avanzan las más de las veces en este terreno lo que aún no han adquirido de for- 1 F. Kafka, «Prometeo», en La muralla china. Cuentos, relatos y otros escritos, Madrid: Alianza Editorial, 1978, p. 83. «Von Prometheus berichten vier Sagen:

Nach der ersten wurde er, weil er die Götter an die Menschen verraten hatte, am Kauka- sus festgeschmiedet, und die Götter schickten Adler, die von seiner immer wachsenden Le- ber fraßen.

Nach der zweiten drückte sich Prometheus im Schmerz vor den zuhackenden Schnäbeln immer tiefer in den Felsen, bis er mit ihm eins wurde.

Nach der dritten wurde in den Jahrtausenden sein Verrat vergessen, die Götter vergaßen, die Adler, er selbst.

Nach der vierten wurde man des grundlos Gewordenen müde. Die Götter wurden müde, die Adler wurden müde, die Wunde schloß sich müde.

Blieb das unerklärliche Felsgebirge. - Die Sage versucht das Unerklärliche zu erklären. Da sie aus einem Wahrheitsgrund kommt, muß sie wieder im Unerklärlichen enden» (F.

Kafka, «Prometheus», en Beim Bau der Chinesischen Mauer. Ungedruckte Erzählungen

und Prosa aus dem Nachla , hrsg. Von Max Brod und Hans Joachim Schoeps,

ma comunicativa convencional. No necesitan recaer para ello necesariamente en la narración, con lo que su conversión posi- ble a conceptos —el instrumento lingüístico por antonomasia— se ve facilitada por la brevedad.2

El valor conceptual de estos tropos es, no obstante y por lo mismo, problemático. Se les puede considerar informativos en alguna manera, expresivos e, incluso, evocadores, pero difícil- mente se les atribuiría peso cognitivo relevante sin discusión previa. Que esto tiene que ver con una asunción tácita de la va- lidez y de la jerarquía de ciertas formas explicativas, y que dicha validez refiere al modelo de demostración que tenemos asumido para la Ciencia, es una primera tesis que nos servirá como pri- mer motivo de este artículo. Implícitamente sostendremos, en- tonces, que dicho modelo ignora y carece de previsión, a la hora de incluir como objetos científicos de pleno derecho determina- das experiencias irrenunciables en el espectro de intereses que la Ciencia habría ido gestando desde el siglo XVII, y que su carácter

obsoleto estaba ya anunciado plenamente en el XIX. En el marco de la especialidad filosófica, el efecto fue mucho más sonado. Había heredado esta el modelo explicativo, heredaría aquella 2 Un ejemplo de este proceder, típico de los usos metafóricos, pero de posi- ble aplicación a los otros usos que aquí citamos, puede ser aquel que explica cómo «las metáforas muertas son aquellas cuya naturaleza metafórica es ajena a la conciencia del hablante. Esto es, [que] si se le pide [...] que contraste su interpretación del senti- do con otro [sentido] (posible), es incapaz de hacerlo, puesto que para él, la interpreta- ción es unívocamente determinada. Esto sucede con casos en que el carácter metafórico procede de una extensión léxica cuyo origen y motivación puede perderse en el tiem- po. Un ejemplo relevante, y que se ha tratado con profusión [...] es el de las partículas sincategoremáticas, como las preposiciones» (E. de Bustos, «Vida y muerte de las metá- foras», en La metáfora. Ensayos transdisciplinares, §4, Madrid: Fondo de Cultura Eco- nómica/UNED, 2000, pp. 92-93. El subrayado es mío). A estas metáforas conven- cionales se las conoce como muertas (otra metáfora) por querer decir que han alcanzado cierto grado de literalidad a través de la conceptualización ―a eso hace re- ferencia «unívocamente»―. Véase «La metáfora y la constitución cognitiva de los conceptos», en ibíd., §2.4., pp. 201-204.

como contrapartida el principal objeto filosófico moderno: la

experiencia subjetiva. Añadiremos a este punto que Arthur

Schopenhauer podría haberse sentido así hasta cierto punto le- gitimado cuando creía aportar algo novedoso al campo de la Filosofía, justamente al advertir semejante limitación en el ejer- cicio intelectual de la principal referencia y espejo del momento: Kant. Este representaría una actitud, la de conservación de un paradigma de conocimiento que se apoya en las exigencias de- mostrativas que se le pueden pedir a un sistema puramente con- ceptual, pero bajo la influencia declarada del experimento en Fí- sica. Su ideal es así el de conocimiento científico. Eso en exclusiva es conocimiento para Kant, y, dentro de este ideal, el ideal meto- dológico habrá de ser copia por igual del más exitoso de su épo- ca, el de Newton, quien entendió que la relación de deducción de

los efectos a sus causas solo era posible bajo el prisma de la propor- cionalidad.

Ley es así relación coextensiva entre fenómenos que, con

carácter de universalidad, nos valida para suponer causas pareci- das para efectos semejantes.

Que el trascendentalismo kantiano se basa en la deducción exhaustiva de las relaciones de sentido necesarias entre las cosas puede parecer un motivo próximo de analogía.

Ya la identificación y el aislamiento de la vera causa de un acontecimiento no precisa del dar con su esencia o su definición para convertirse en explicativo a ojos de la Ciencia, sino que es

científico por igual el conocimiento en tanto relación explicativa

que simplifique por unificación distintos efectos, aunque su causa no sea propiamente un fenómeno identificable sino en un sentido figurado. La aceptación —por ejemplo— del término «gravedad» no señala ya a una «fuerza» o «sustancia» más que por motivos de exposición. Gravedad en Newton es ley de la gra-

relaciones que instituye entre fenómenos conocidos. No hay

objeto-gravedad. A las cosas llegará Kant, no obstante, desde lo que decimos de ellas. El juicio es aquello que introduce sentido

entre ellas, y será la elección de este juicio lo que acabe desesta- bilizando la comparativa de exigencias que se podía esperar de ambos ejercicios metodológicos.

Con esto llegaré a cómo, donde el imitar esta actitud de- semboca en unos desarrollos epistemológicos igualmente carac- terizados por la idea de coherencia y de proporcionalidad, por las mismas, se descubren sus límites de vigencia en su ámbito y en coincidencia práctica con los de vigencia histórica. Por otro la- do, hallaremos un equívoco grave en cuanto a su objeto de apli- cación. Aquel modelo, heredado para la Epistemología deja de rendir eficiencias en esta porque, si bien podía prescindir de la determinación cierta de la causa en favor de un saber basado en la relación entre fenómenos, no lo hacía careciendo de un con- texto de aplicación adecuado. Dicha carencia se manifiesta cuando aquella Epistemología se ve obligada a hacer abstracción del objeto mismo que presupone en su actividad: la subjetividad

particular que conlleva toda intuición sensible. Este factor subje-

tivo, en la medida en que corresponde a otro nivel organizativo ajeno al relacional, que es objetivo —trascendental—, carece de

proporcionalidad respecto del último. Es, por las mismas, inex- plicable. Como consecuencia de todo ello, la tesis fuerte conclui-

rá que, en este caso, es desde el uso de un concepto de explica- ción y una forma de exposición más relajada como se le hará posible a Schopenhauer dar cabida en su sistema a la idea de es-

tímulo que las ciencias emergentes van a traer a primer plano.

Dicho concepto de explicación contradirá de la única forma concebible la necesidad de fundamento, premisa o princi-