Prosopografia del reino visigodo de Toledo, Salamanca, 1974, n. 250 p. 119, y n.° 584, pp. 203-204.
Tours sucedían frecuentemente entre los reinos francos rivales a finales del siglo VI, cuando los magnates locales transferían su lealtad a cambio de mejores recompensas y oportunidades.7 Al mismo tiempo, como en el año 653, la sucesión de un nuevo rey y el estallido de rebeliones regionales se vieron también acompañados de incursiones vascas en el valle alto del Ebro, y parece ser que Wamba dirigió sus esfuerzos personalmente contra ellas, mientras enviaba a uno de sus electores, un duque llamado Paulo, a reprimir a los rebeldes de la Narbonense. En aquella época estos rebeldes habían sustituido al obispo de Nimes, que permaneció leal a Wamba, por el abad Ranimir.8
Este Paulo es casi con toda seguridad el que aparece como «Paulo, conde los
notarios», que fue uno de los dieciocho funcionarios cortesanos que en 653 firmaron las
actas del VIII Concilio de Toledo, y con el mismo título figura uno de los cuatro magnates que dieron fe con su firma en las actas del IX Concilio de Toledo en 655.9 Si es así, pertenecía al círculo interno de la corte, y probablemente estuvo en esta categoría durante más tiempo que Wamba, cuyo nombre no aparece en lista alguna. Con independencia de cuáles fueran las razones por las que Wamba llegó a parecer el más adecuado para el trono en 672, puede que no todos sus colegas estuvieran igualmente entusiasmados con la elección.
Lo cierto es que Paulo no parece haber participado de este entusiasmo. En vez de aplastar a los rebeldes en Nimes, lo que hizo fue reclutarlos y, además, obtener el respaldo de otros funcionarios locales del noreste. Entre éstos se encontraba el poderoso duque de la Tarraconense, Ranosindo, que convenció a Paulo de que podía reclamar el trono para sí mismo, y éste así lo hizo.10 También se envió a los francos un llamamiento para que prestaran apoyo militar. Paulo recibió la unción en Barcelona, ya que el obispo metropolitano de Narbona se negó a aceptarle como rey y, al parecer, el nuevo monarca tuvo que ser investido utilizando una corona litúrgica tomada del sepulcro de un santo. Paulo escribió a Wamba una carta, que aparece como prefacio en la Historia Wambae, en la que se proclamaba a sí mismo un rey debidamente ungido. También se refería a su propia persona como rey del este, mientras que a Wamba lo mencionaba como rey del sur.11
7 Ian Wood, The M erovingian Kingdoms 450-751, Londres, 1994, pp. 88-101. 8 Historia Wambae, 6-8, ed. Levison, pp. 504-507 (MGH), o 221-224 (CCSL). 9 Concilios, ed. Vives, pp. 289 y 307.
10 Historia Wambae, 7-8, ed. Levison, pp. 506-507 (MGH), o 222-224 (CCSL). 11 Ibid., Epístola Pauli, p. 500 (MGH), o 217 (CCSL).
Esto indicaría que no intentaba desafiar la legitimidad de Wamba, sino más bien proponer la división del reino siguiendo las líneas fronterizas que se habían establecido entre los territorios de Liuva I y Leovigildo en 569. En Toledo se rechazó tajantemente esta solución, y los fundamentos ilegítimos de la reclamación de autoridad real por parte de Paulo fueron un aspecto importante en la diatriba que lanzó Julián contra él y sus partidarios.
A principios del año 673, tras haber emprendido una acción contra los vascos, Wamba descendió atravesando la Rioja y el valle del Ebro, para tomar Barcelona y Gerona, donde, según parece, encontró poca resistencia. Luego cruzó los Pirineos, expulsó a Paulo de Narbona y finalmente le obligó a rendirse después de vencerle en el anfiteatro de Nimes. Aquí tenemos una prueba que apoya otras hipótesis según las cuales los antiguos teatros y anfiteatros se convirtieron en fortalezas y, en algunos casos, durante los primeros siglos de la Edad Media, incluso en asentamientos fortificados muy bien protegidos. Paulo fue trasladada a Toledo, donde lo sometieron a una humillación ritual y le arrancaron el cuero cabelludo en el desfile triunfal de Wamba, antes de enviarlo al exilio.12
Como en el año 653, parece ser que la élite gobernante no deseaba ver una degradación política y económica permanente de aquellos de los suyos que habían apoyado a Paulo en el año 672 o en 673, muchos de los cuales aparecen mencionados por su nombre en Iudicium o «Juicio», uno de los seis textos breves que Julián añadió a su Historia13 como apéndice. En XII Concilio de Toledo celebrado en 683 el rey que sucedió a Wamba, Ervigio (680-687), restituyó a los rebeldes de los años 672 y 673 el favor real y sus propiedades confiscadas.14 Estos antiguos rebeldes recuperaron también el derecho a dar testimonio legal, que habían perdió por estar tachados de traidores.15 Es posible que esta restitución llegara a beneficiar al propio Paulo, e incluso que éste pudiera haber sido el conde del mismo nombre que firmó las actas del XVI Concilio de Toledo de 693, pero para esto sería necesario que hubiera tenido una carrera extraordinariamente larga, y también variada.16
12 Ibid., 12-30, pp 522-526 (MGH), o 228-244 (CCSL).
13 Iudicium, 3-4, ed. Levison, pp. 531-533 (MGH), o 252-253 (CCSL). 14 Concilios, ed. Vives, p. 412.
15 Ibid., pp. 415-416. l6Ibid., p. 521
Como en el año 653, la restitución de las propiedades a los rebeldes de 672 en virtud de las actas del concilio de 683 sugería la idea de que se había ejercido contra ellos una violencia indebida y que se había empleado la coerción para obtener confesiones, todo lo cual dio como resultado unas injustas sentencias de expropiación. Es notable el hecho de que se encuentren estas pautas coherentes en la vida política del reino visigodo. Lo que no queda claro en cualquier caso es si la rehabilitación de aquellos que habían sufrido en el transcurso de una sucesión discutida incluía el debilitamiento o la derrota de los que en esa época habían sido los principales beneficiarios de la desgracia de los primeros. Dicho de otro modo, ¿se volvió a incluir a los perdedores de 642 y 672 en el disfrute de una parte de las riquezas y los cargos porque al menos algunos de los vencedores de aquellos episodios iban a sufrir entonces un destino similar? Ciertamente esto parece ser así en el caso de la rehabilitación de los partidarios de Paulo, como se puede deducir de los acontecimientos que rodearon el final del reino de Wamba.
Llama la atención que, cuando el XII Concilio de Toledo se reunió en enero de 681, los obispos y los nobles más poderosos de la corte parecieran haberse puesto de acuerdo una vez más, como en 653, para intentar restringir la autoridad de los reyes, y para sugerir que éstos podrían haber abusado de su poder en el trato dado a sus oponentes políticos. Era una alianza que ya había salido a la luz durante los acontecimientos de octubre de 680, en el transcurso de los cuales se puso fin al reinado de Wamba. A diferencia de lo sucedido en sus fases iniciales ocho años antes, la conclusión a la que se llegó en este concilio no está bien documentada. El catalizador de lo que finalmente ocurrió pudo ser el hecho de que el rey cayera gravemente enfermo, hasta tal punto que se dio por seguro que iba a morir y, en consecuencia, tomó la penitencia.
Esto era algo que sólo podía hacerse una sola vez en la vida, ya que se consideraba que borraba todo rastro de pecado, pero, al mismo tiempo, dado que no se podía repetir, el penitente tenía que llevar en lo sucesivo una vida irreprochable y ejemplar, sin caer en tentaciones y renunciando a preocupaciones mundanas, si quería librarse de la condenación eterna.17 Durante los dos o tres siglos siguientes este procedimiento y las ideas en que basaba abrirían el camino hacia una nueva doctrina de la penitencia, que la transformó en un sacramento repetible que sólo
borraba los efectos de los pecados que habían sido confesados. Según la idea primitiva, lo mejor era retrasar la recepción de la penitencia hasta un momento cercano a la muerte, aunque esto llevara consigo el riesgo de abandonar este estado de penitente demasiado tarde, teniendo en cuenta que a partir de aquel momento había que llevar un estilo de vida con restricciones muy severas, que suponía en la práctica retirarse del mundo.
En el caso de Wamba, la aparente proximidad de la muerte hizo obvia la necesidad de entrar en ese estado penitencial. Sin embargo en contra de todas las expectativas, sobrevivió. En consecuencia, dado que se había sometido a las reglas de la penitencia, se vio obligado a abandonar el trono y entrar en la vida monástica, donde pasó los pocos años de vida que le quedaban. En el contexto de las ideas teológicas de la época esto es perfectamente lógico, pero no podemos dejar de preguntarnos si no se podía haber encontrado algún otro modo de soslayar este problema en el caso de que hubiera tenido suficientes apoyos por parte de la élite laica y clerical de la corte para continuar como rey.
A finales del siglo IX o principios del X, cuando se recopilaron por primera vez las breves crónicas existentes relativas al reino asturiano, este episodio había llegado a considerarse como una conspiración. El villano de la tragedia, según este punto de vista, era el sucesor de Wamba, Ervigio (680-687), del que se dice en dichas crónicas que le dio al rey una poción cuyo efecto fue privarle de la memoria y dejarlo postrado, aparentemente a punto de morirse. De buena fe, otros cortesanos que no estaban involucrados en la conspiración hicieron que se suministrara a Wamba la unción penitencial y, cuando los efectos de la droga hubieron desaparecido, el propio rey, reconociendo el estado de penitencia en que se encontraba, abdicó voluntariamente y se retiró a un monasterio, donde todavía vivió durante siete años y tres meses,18 en general se reconoce que esta versión asturiana de los acontecimientos tiene pocos visos de ser cierta y que no debería tomarse demasiado literalmente, pero siempre ha persistido la sospecha de que hubo juego sucio entre los factores que provocaron la abdicación de Wamba.
La Crónica de 754 no menciona en absoluto este episodio y habla de que Ervigio sucedió a Wamba sin hacer comentarios al respecto. La única evidencia contemporánea aparece en un relato de lo ocurrido que se incluyó en las actas del XII Concilio de Toledo, que se inauguro el