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M Martínez Andreu, «La muralla bizantina de Cartago Nova», en D el Conventos Carthaginensis a la

In document Collins, Roger - La España Visigoda (página 88-93)

y también de su Crónica. En la primera, terminada en 625-626 Isidoro da cierta información sobre el rey al que describe como «el primero que gobernó toda la Hispania comprendida entre los estrechos oceánicos»; en otras palabras, toda la Península.38 Antes de acceder al trono, Suintila había sido uno de los jefes militares de Sisebuto y había dirigido la expedición enviada contra los rucones. Como rey dirigió también otra campaña para intentar poner fin a las incursiones de los vascones. Como había sucedido con Leovigildo antes que él, esta campaña dio como resultado la fundación de una nueva ciudad llamada Ologicus, que a menudo se considera ubicada donde se encuentra ahora Olite, en Navarra, pero esto aún no ha sido confirmado arqueológicamente.39 No se sabe si estas fundaciones tenían como finalidad ser habitadas por vascones pacificados, llegados de los Pirineos, o servir de guarnición a las fuerzas estacionadas allí para proteger la región contra incursiones posteriores. Esto último parece lo más probable.

Isidoro de Sevilla ensalzó e idealizó las virtudes de Suintila: «fe, prudencia, laboriosidad, tenacidad para examinar las sentencias judiciales que debía aprobar, excepcional responsabilidad en el ejercicio del poder, munificencia para con todos, generosidad para con los pobres, buena disposición para perdonar rápidamente; de tal modo que no sólo merece ser llamado gobernante del pueblo, sino también padre de los pobres».40 No obstante, hay que tener en cuenta que hablaba del rey bajo cuyo poder se encontraba cuando estaba escribiendo esto, y de cuya dinastía se podría haber esperado que sobreviviera en la persona de su hijo Ricimero (un nombre suevo, lo cual era inusual), quien, según Isidoro de Sevilla, ya había sido nombrado cogobernante al lado de su padre. Sin embargo, si esto fue así, no se refleja en la acuñación de monedas, que se emitieron únicamente con el nombre de Suintila. Se puede pensar que quizá Ricimero fuera todavía demasiado joven para ejercer cualquier tipo de autoridad personal.

Sean o no ciertas las consideraciones de Isidoro de Sevilla con respecto al rey, está claro que no eran compartidas por todos. Fredegar informa de que la nobleza, de cuyas filas había surgido el propio Suintila, se fue volviendo cada vez más hostil. En 630 uno de estos nobles,

38 Isidoro de Sevilla, Historia Gothorum, 62, ed. Rodríguez, p. 274 y 276.

39 Ibid., 63, pp. 276 y 278; véase Roger Collins, The Basques, Oxford, 1990. pp. 88-89. [Hay trad. cast.:

L os vascos, Alianza, Madrid, 1999.]

llamado Sisenando, encabezó una rebelión en el valle del Ebro, tras haberse asegurado previamente la promesa de ayuda militar por parte del franco Dagoberto I (623- 638/639). El ejército de este último acababa justo de reunirse con Sisenando en Zaragoza cuando Suintila fue derrocado.41 Su destino y el de su hijo, que además era en teoría su cogobemante, no figuran en los textos históricos, en parte porque Isidoro de Sevilla, que había realizado nuevas versiones de cada uno de sus escritos para ensalzar a los dos reyes anteriores, no volvió a ampliar sus textos. Por lo tanto, no sabemos qué pensaba de Sisenando, ni cómo habría justificado el golpe que éste dio en el año 631 para derrocar a Suintila. Sin embargo, es posible que en este corto período de caos se produjera el breve intento de Iudila de coronarse a sí mismo rey de la Bética, algo de lo que sólo sabemos por la supervivencia casual de dos de sus monedas.

El relato demasiado conciso que hizo Fredegar sobre estos acontecimientos incluye el interesante detalle de que Sisenando había prometido al rey franco Dagoberto un objeto del tesoro real de los visigodos, concretamente un missorium de oro, es decir, una bandeja con grabados que el patricio Aecio había regalado al rey Torismundo (451- 453) tras la derrota de los hunos por los godos y los romanos en el año 451. Quizá podría dar testimonio del papel que tales objetos desempeñaban en la preservación de la memoria histórica de un colectivo como el de los visigodos, el hecho de que la nobleza advirtió a Sisenando en contra de que se desprendiera de dicho missorium y le sugirió que le enviara en cambio su peso en oro.42 Se ha dicho que la influencia positiva del oro tuvo como consecuencia una mejora en la calidad de las emisiones monetarias de los francos.43

Independientemente de cuáles fueran los motivos por los que Isidoro de Sevilla decidió no revisar una vez más sus escritos históricos, Puede que durante el reinado de Sisenando se diera el apogeo de su influencia política. Aunque los obispos que asistieron al III Concilio de Toledo en 589 habían previsto que aquellas asambleas eclesiásticas cuyo ámbito era todo el reino se celebrasen a partir de entonces con regularidad, esto no había sido así. Hay que reconocer que tales esperanzas e intenciones se habían manifestado en muchos de los grandes

41 Fredegar, IV, 73, ed. Wallace-Hadrill, pp. 61-62.

42 Ibid, p.62.

43 J P C Kent, «The Coins and the Date o f Burial», en Rupert Bruce-Mitford, ed Sutton Hoo Ship Burial, vol. 1, Londres, 1975, p. 600.

concilios de la Iglesia en tiempos del Imperio Romano y también habían quedado frustradas. Por lo tanto, no debemos culpar especialmente a los obispos y reyes visigodos por no haber convertido sus piadosas intenciones en realidad. No obstante, de hecho se celebraron varios concilios provinciales en la mayoría de las zonas del reino durante los diez años siguientes a 589. Pero esta actividad cesa después de 599, salvo en la Bética, donde se celebró un importante concilio de los obispos de la provincia bajo la dirección de Isidoro de Sevilla en 619 (el II Concilio de Sevilla). Se tiene conocimiento de que hubo otro a mediados de la década de 620, pero no han quedado testimonios escritos sobre dicho concilio.44 Es posible que el propio Isidoro de Sevilla realizara durante aquellos años la primera versión de una completa colección futura de actas de los concilios que se habían celebrado anteriormente en Hispania, Africa y la Galia, para añadirla a las actas de los grandes concilios ecuménicos de los siglos imperiales.45

Hasta diciembre de 633 no se reunió otro concilio convocado en Toledo para toda la Iglesia del reino visigodo. Es quizá significativo que se celebrara justo después de la muerte del obispo Helladius de Toledo, que se produjo probablemente con anterioridad aquel mismo año. Es posible que no fuera partidario de la celebración de tales reuniones, que serían presididas por Isidoro de Sevilla en virtud de ser éste el más antiguo de los obispos metropolitanos. Por razones de estilística se cree también que Isidoro de Sevilla pudo haber sido responsable de la redacción de los decretos o cánones que aprobó la asamblea y, en consecuencia, influyó sin duda en las discusiones previas a la promulgación de dichos decretos.46

Este concilio trató un repertorio muy amplio de cuestiones eclesiásticas de tipo doctrinario, disciplinario y litúrgico, pero culminó con el septuagésimo quinto y último canon, «hecho bajo el juicio de Dios para la fuerza de nuestros reyes y la estabilidad del pueblo godo». Con una condena larga y solemne dirigida a todos los que conspirasen contra el rey, a pesar de haber pronunciado juramentos de lealtad a él.47No

44 Prosopografía del reino visigodo de Toledo.

45 Gonzalo Martínez Diez, La Colección Canónica Hispana, vol. 1, Madrid, 1966, pp. 257-270. 46 Pierre Cazier, Isidore de Séville et la naissance de l'Espagne catholique, París, 1994, pp. 61-68. 47IV Toledo, canon lxxv, ed. González y Rodríguez, pp. 248-260.

se sabe qué suceso concreto pudo acelerar la celebración del concilio, aunque en este caso la breve rebelión de Iudila en la Bética no debe ser fechada en 631, sino que pudo haber tenido lugar en 633.

Cualesquiera que fuesen sus causas, este canon representa el primero de una serie de intentos realizados por los obispos visigodos para utilizar la amenaza de sanciones espirituales, en forma de excomunión, como un modo de proteger a los reyes legítimos frente a los intentos de usurpación, las rebeliones y los golpes de Estado de los nobles. Esta cuestión fue objeto de una consideración más amplia y detallada en el V Concilio de Toledo, convocado poco después de la muerte de Isidoro de Sevilla, acaecida el 4 de abril de 636.48 Este concilio se celebró también durante el reinado de un nuevo monarca. En alguna fecha anterior a la reunión de los obispos para tomar parte en aquel concilio, que se inició el 30 de junio de 636, Sisenando había sido reemplazado por un rey llamado Chintila. Ninguna fuente nos ha informado sobre el motivo de este hecho, ni sobre cómo se produjo.

Lo que sí está claro, sin embargo, es que Chintila estaba enormemente preocupado por la seguridad de su trono. Prácticamente todos los cánones del V Concilio de Toledo versaban sobre la protección del rey, su familia y sus partidarios. Se reiteraban las decisiones del IV Concilio relativas a este tema y se ordenaba que se dieran a conocer en todo el reino. Se proclamó la inviolabilidad del derecho al trono de Chintila y sus herederos, así como del disfrute de todas las propiedades que habían conseguido de manera justa. Se lanzaron anatemas contra aquellos que se atrevieran a maldecir al monarca o a albergar la más mínima esperanza de sucederle en el trono mientras estuviera vivo. A aquellos que finalmente le sucedieran se les prohibía privar a los partidarios del rey injustamente de las propiedades que éste les había concedido, también se instituyó una nueva letanía que como penitencia duraría tres días y que habría de iniciarse el 13 de diciembre de cada año, como un modo de buscar el perdón divino por la «abundancia de iniquidad y la falta de caridad» que estaban afligiendo al

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reino.

Este Concilio estuvo presidido por el obispo de Toledo, Eugenio I (636 -646) pero la asistencia, escasa, fue de tan sólo 22 obispos y el delegado de otro que estaba ausente; es muy posible que se convocara con poca antelación. Probablemente como consecuencia de esto, se acordó celebrar otro concilio más amplio en enero de 638, en el que

48 V Toledo, canon lxxv, ed. González y Rodríguez, pp. 275-291.

estuvieron presentes 48 obispos y en el que se repitieron la mayoría de los cánones del concilio anterior, aunque sus contenidos se reiteraron dándoles mayor amplitud y asimismo se añadieron otros nuevos de carácter más estrictamente eclesiástico.50

Si Chintila llegó a pensar que él y su dinastía estaban bien protegidos por las sanciones sobrenaturales que esta serie de concilios había establecido para proteger la figura del monarca y sus sucesores, podría haber sentido una decepción postuma. La fecha más probable de su fallecimiento es el año 639, y le sucedió su hijo Tulga, que, según dice Fredegar, era todavía un muchacho joven. A veces esto se interpreta como que Tulga era entonces un niño, pero Fredegar matiza esta vaga afirmación inicial refiriéndose a la aduliscencia (sic) del rey.51 La terminología romana es bastante precisa para las etapas de la infancia, como se puede ver en el tratamiento del tema que hace Isidoro de Sevilla en sus Etymologiae (XI. ii. 4), y se consideraba que la adolescencia abarcaba desde los catorce hasta los veintiocho años.52 Por lo tanto, Tulga no era formalmente un menor y podía gobernar por sí mismo. Podría ser incluso que, como en el caso de Liuva II, hubiera tenido poco más de veinte años. Sin embargo, en la práctica parece que fue incapaz de imponer una autoridad efectiva en el reino y fue depuesto por un grupo de nobles godos. Se le tonsuró como a un monje, con lo cual ya no sería elegible para ejercer autoridad seglar alguna en el futuro, y el reino se puso en manos de uno de aquellos nobles godos, al que se conocía por el nombre de Chindasvinto.

LOS REYES Y LA ÉLITE POLÍTICA, 642-672

Fredegar, con el habitual desdén de los galos, presentó el destronamiento de Tulga por Chindasvinto como otro ejemplo típico de lo aficionados que eran los visigodos a conspirar contra sus reyes, aunque también podría considerarse como la utilización de un mecanismo que resolvía el problema de tener un monarca ineficaz. No se puede saber a ciencia cierta si Tulga era una persona incompetente para gobernar o si el asunto era que las tensiones internas de la élite gobernante había

50 Ibid, pp. 293-336.

51 Fredegar, IV, 82, ed. Wallace-Hadrill, pp. 69-70.

In document Collins, Roger - La España Visigoda (página 88-93)

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