hasta su muerte en 472, una serie de señores de la guerra romanos independientes había establecido su control sobre gran parte de la Galia al norte del Loira y se producían frecuentes enfrentamientos entre ellos V y los visigodos. Lo que es más importante, el hundimiento del orden local en esta región dio a algunos francos, otra confederación germánica, la oportunidad de extender su poder hacia el oeste desde la zona del curso inferior del Rin, donde habían estado instalados desde mediados del siglo IV.73
Clodoveo, perteneciente a un reducido número de jefes francos rivales, consiguió un éxito notable hacia 486, al eliminar a Siagrio, el último gobernante romano independiente que hubo al norte de la Galia, haciendo así que su reino franco- merovingio se convirtiera en el nuevo vecino de los visigodos al norte del valle del Loira. Clodoveo y sus seguidores se extendieron a continuación hacia el este a expensas de los alamanes, y luego hacia el sur, bajando por el Ródano, reduciendo enormemente el territorio y el poder de los burgundios.74 A principios del siglo VI los godos se habían convertido en los siguientes objetivos probables de las ambiciones expansionistas de Clodoveo.
Aunque se hicieron esfuerzos diplomáticos —nada desdeñables los del rey ostrogodo Teodorico— para contener a Clodoveo, la guerra entre éste y Alarico II estalló en el año 507. Los burgundios se aliaron con los francos. En una batalla que tuvo lugar en Vouillé, cerca de Poitiers, el ejército visigodo fue derrotado y el rey Alarico resultó muerto. A raíz de esta derrota, los francos y los burgundios invadieron rápidamente la mayor parte del reino godo de la Galia. Tolosa cayó y los ejércitos francos llegaron en poco tiempo incluso hasta Barcelona.75 Se evitaron más pérdidas gracias a la intervención armada de los ostrogodos, que invadieron la Provenza en 508 y obligaron a Clodoveo a retirarse de Septimania, la región situada entre el curso inferior del Ródano y los Pirineos, que a partir de entonces quedaron como el único enclave del reino visigodo en la Galia hasta los tiempos de la conquista árabe.
Puede que el resultado de la batalla de Vouillé hubiera estado determinado, en cierta medida, por los procesos a los que se alude de forma tan indirecta en la Consularia, y que los importantes desplazamientos de fuerzas visigodas saliendo de la Galia para entrar en
73 Edward James, The Franks, Oxford, 1988, pp. 35-77.
74 Ian Wood, The M erovingians Kingdoms 450-751, Londres, 1994, pp. 41-49 75 Chronica Gallica A. DXI, párrafos 688-691, ed. Mommsen, pp. 665-666.
Hispania durante la década de 490 dejaran la parte gala del reino como un territorio más vulnerable a los ataques de los francos. En todo caso, la pérdida de Tolosa y de la mayor parte de los territorios galos en 507-508 significaba que sería en la península Ibérica donde los reyes visigodos tendrían que recomponer su debilitada autoridad.
UN REINO FRACTURADO
La derrota sufrida frente a los francos en Vouillé en 507 por un reino visigodo aparentemente fuerte y en expansión, que hasta entonces había sido el poder dominante en el este y el sur de la Galia, tuvo como consecuencia un período de debilidad e inestabilidad. El resultado de la batalla no fue sorprendente en sí mismo. En tales conflictos la victoria o la derrota podía depender de toda una variedad de factores a corto plazo, por ejemplo, que la destreza táctica de uno de los dos jefes militares fuera superior a la del otro. El desenlace de una batalla podía estar condicionado por diferencias entre la moral de un ejército y la del otro, pero ciertamente no reflejaba ninguna superioridad moral a largo plazo de uno de los bandos con respecto al otro, como a veces se pretende señalar.
Sin embargo, aparte de los factores aleatorios o accidentales que afectaran al resultado, en los primeros siglos de la Edad Media la victoria militar tenía a menudo consecuencias dramáticas y de largo alcance. E l reino visigodo de Hispania quedaría destruido en el año 711 en circunstancias muy similares a las de aquellos acontecimientos de 507 que Pusieron fin a su existencia en la Galia. En ambos casos una sola batalla fue decisiva. Del mismo modo, el reino vándalo de Africa, que durante unas décadas estuvo considerado como la fuerza más poderosa del Mediterráneo occidental, quedó arrasado como consecuencia de poco más que una batalla contra la fuerza expedicionaria imperial en 533.1 Un
1 Procopius, H istory o f the Wars, IV. i. 1-iii. 28, ed. H. B. Dewing, Procopius, vol II, Cambridg, MA, y Londres, 1916, pp. 210-235.
caso bastante parecido fue el de la larga lucha entre los ostrogodos que estaban en Italia y los ejércitos que envió contra ellos el emperador Justiniano, lucha que se resolvió finalmente mediante dos victorias imperiales decisivas, en este caso después de más de quince años en los que ambos bandos no consiguieron, en general, llegar a situarse frente a frente para iniciar una batalla en campo abierto.2
La fragilidad de la mayoría de las primeras confederaciones medievales, que ya se ha comentado en el capítulo anterior, fue un factor determinante. El pueblo lo constituía un gran séquito mixto que se centraba en tomo a una pequeña élite. Esta última estaba formada normalmente por un núcleo interno aristocrático y una familia gobernante, cuya posición podía ser hereditaria, pero en la práctica dependía de su facultad para dotarse de una aureola de éxito, sobre todo en cuestiones militares. El núcleo aristocrático, en la mayoría de los casos, afirmaba tener unos antepasados heroicos y reclamaba también para sí mismo una posición económica dominante dentro de la sociedad.3 La interdependencia mutua de los componentes de la élite gobernante exigía que la casa real fuera generosa distribuyendo tierras, esclavos, objetos de valor y otros recursos entre los nobles que la apoyaban, quienes a su vez redistribuían algo o mucho de lo que habían recibido para asegurarse la lealtad permanente de sus propios apoyos inmediatos. El éxito en las guerras podía desempeñar también un papel crucial, ya que daba oportunidades a los miembros de las grandes familias para emular las hazañas de sus heroicos antepasados, reales o imaginarios.
La posesión de un tesoro real era otro elemento importante para la identidad común que se promovía entre los miembros de la élite social, porque representaba, no tanto una medida de la riqueza que poseían los gobernantes del pueblo, como sobre todo la prueba tangible de la existencia de una historia compartida.4 Así, se creía en general que el tesoro de los reyes visigodos contenía objetos que inicialmente
2 Ibid., VIII, xxxii. 1-36, y xxxv. 1-38, ed. Dewing, vol. V, pp. 374-389 y 406-419
3 E. A. Thompson, The Early Germans, Oxford, 1965, pp. 106-108; Herwig Wolfram, H istory o f the
Goths, trad. Thomas J. Dunlap, Berkeley, CA, 1988, pp. 89-116; también D. H. Green, Language and H istory in the Early Germanic íí'orld. Cambridge, 1998, pp. 84-120.
4 Sobre la importancia de estos tesoros reales véase Matthias Hardt, «Royal Treasures and Representation in the Early Middle Ages», en Walter Pohl y Helmut Reimitz, eds., Strategies o f Distinction: The
el emperador Tito había tomado del templo de Jerusalén en el año 70 d. C. y que luego cayeron en manos de Alarico, cuando las tropas de este último saquearon Roma en 410. Aunque el pasado ilustre de estos objetos hacía que aumentara su atractivo, el efecto primordial que producían en los godos era recordarles algo más reciente: su triunfo sobre los romanos. La redistribución de cualquier tesoro tomado como botín a un enemigo derrotado hacía publicidad de esta derrota y creaba también un recuerdo de ella que podía perdurar a través de los siglos.
Por lo tanto, la derrota en una batalla importante podía ser decisiva. En una sociedad como ésta, si mataban al rey, era de esperar que el noble que iba a ser su inmediato sucesor luchara hasta la muerte, tomando su lugar en la batalla. Así, en una derrota de este tipo, además de perder la preciosa reputación de la casa real por la victoria, el pueblo podría perder una parte importante de su relativamente pequeña élite social y militar. Si a esto le seguía, como sucedería en 711, una caída de la capital del reino y, con ella, la pérdida del tesoro que representaba
la historia común del pueblo, podría producirse acto seguido una desmoralización profunda, con lo cual la resistencia centralizada frente a la conquista podría convertirse en algo totalmente imposible, y esto conduciría a una rápida sumisión general ante los vencedores.
Los visigodos, cuando fueron derrotados en la Galia el año 507, no tuvieron que sufrir una situación así, en gran medida gracias a la intervención de los ejércitos del rey ostrogodo Teodorico, que estaba ansioso por evitar que los francos llegaran al Mediterráneo. Pudo ser también que el proceso de reasentamiento de los visigodos en Hispania durante la década de 490, al que se alude de una forma tan desesperantemente críptica en la Consularia Caesaraugustana, impidiera que la pérdida de Tolosa fuera un golpe tan catastrófico como podría haber sido en otras circunstancias. A pesar de la desmoralizadora derrota de Vouillé y de la muerte del rey, se organizó la resistencia contra los francos y se eligió un nuevo monarca, esta vez en la persona de un hijo ilegítimo de Alarico II llamado Gesaleico.5
El reinado de Gesaleico resultó muy breve, en gran parte porque el rey ostrogodo Teodorico era más partidario de apoyar los derechos de Amalarico, el joven hermanastro de Gesaleico, que era hijo de Alarico II por el matrimonio de éste con Tiudigoto, hija de este monarca ostrogodo. Como consecuencia de una derrota a manos de los burgundios y del saqueo de Narbona, que había convertido en capital de su reino, Gesaleico se vio obligado a exiliarse en Africa el año 511. Intentó recuperar su reino en 513, pero fue derrotado por Ibba, uno de los generales de Teodorico. Tras ser capturado junto al río Durance cuando intentaba huir (¿para refugiarse con los francos?),
Gesaleico fue ejecutado.6
Su hermanastro Amalarico era todavía menor de edad y, después de la expulsión de Gesaleico, parece ser que el reino visigodo estuvo bajo el control directo de los gobernadores que Teodorico nombró desde Italia. Las actas de los concilios eclesiásticos celebrados en Tarragona y Gerona respectivamente en 516 y 517 están fechadas según los años del reinado de Teodorico, que supuestamente comenzó en 511. Esto implicaría que este rey, después de la expulsión de Gesaleico, gobernó el reino por derecho propio, y no sólo como regente durante la minoría de edad de su nieto. El II Concilio de Toledo, que se celebró en 527, está fechado, sin embargo, en el quinto año de Amalarico, lo que significaría
5 PLRE, vol. 2: Gesalicus, pp. 509-510.
que éste empezó a reinar por sí mismo en 522 o 523, antes de la muerte de su abuelo, acaecida en 526.7 Esta deducción se confirma también en un informe posterior que da su versión sobre este período.8
En 531, durante un conflicto cuyos orígenes no están claramente registrados, Amalarico fue derrotado por los francos y luego asesinado en Barcelona. Unas versiones radicalmente contradictorias de estos hechos afirman que quien le dio muerte fue un franco o que lo asesinaron algunos de sus propios hombres.9 En cualquier caso, con su muerte se extinguió la dinastía fundada por el rey visigodo Teodorico I en 419, que se proclamaba descendiente de Alarico I. A continuación fue elegido rey un ostrogodo llamado Teudis, que anteriormente había sido oficial de la guardia personal de Teodorico y luego fue nombrado por éste gobernador de Hispania durante la minoría de edad de Amalarico. En algún momento de su reinado logró un gran éxito militar sobre un ejército franco invasor, pero también perdió Ceuta, un enclave visigodo en la costa del norte de Africa, cerca de Tánger, que fue conquistada por los bizantinos, y una expedición enviada para recuperarla acabó en un desastre. Teudis gobernó hasta que fue asesinado en 548, por razones que nunca se han explicado.10
El período transcurrido entre la batalla de Vouillé en 507 y la muerte de Teudis en 548 se ha considerado normalmente como el «intervalo» ostrogodo de la historia de Hispania, y uno de los más oscuros en toda la historia del reino visigodo en la península Ibérica.11 Esto se debe fundamentalmente a la ausencia casi total de fuentes contemporáneas. Los únicos textos que relatan algo de este período aparecen en la obra
Historia de los francos, narrada en diez libros, cuyo autor fue el obispo Gregorio de
Tours a principios de la década de 590, que da
7 G. Martínez Diez y F. Rodríguez, eds., La Colección canónica H ispana, vol- IV, Madrid, 1984, p. 346. No hay variantes manuscritas para anno quinti y sólo una de menor importancia relativa a la fecha del año, por lo que la tradición según la cual 527 fue el quinto año de Amalarico parece cierta. Véase ibid., p. 271 y 284 con respecto a las fechas de reinado que se dan para los concilios de Tarragona y Gerona. 8 Isidoro, H istoria Gothorum 39, ed. Cristóbal Rodríguez Alonso, Las H istorias de los godos, vándalos y
suevos de Isidoro de Sevilla, León, 1975, p. 236, que no ofrece una fecha concreta, pero dice que
Teodorico dio el reino a Amalarico antes de morir. 9 PLRE, vol. 2: Amalaricus, pp. 64-65.
10 Isidoro, Historia Gothorum 41-43, ed. Rodríguez, pp. 238-244.
n Peter Heather, ed., The Visigoths fro m the M igration Period to the Seventh entury: A n Ethnographic
una versión desde el punto de vista de los francos y habla de un número relativamente pequeño de asuntos hispánicos, o en la aún posterior Historia Gothorum, del obispo Isidoro de Sevilla. Este último escribió las dos versiones existentes de dicha obra alrededor de los años 620 y 625 respectivamente, y, aunque se basó en algunas fuentes anteriores, se encontraba lejos en el tiempo con respecto a los acontecimientos del período al que se refería.12 Además, Isidoro de Sevilla, cuyos escritos históricos llevaban a la práctica la virtud estilística de la brevedad que él mismo había defendido de manera expresa, realizó una versión extremadamente breve, que estaba estructurada en torno a los reinados de los reyes que describió.13 Aunque existen obras de historia contemporáneas escritas en griego, especialmente la Historia de las guerras de Procopio, realizada en la década de 550, estas obras rara vez incluyen acontecimientos que fueran entonces de actualidad en Hispania, aunque contienen algunos breves relatos de episodios del pasado.
Una de las consecuencias es que nos resulta muy difícil entender en qué consistió realmente el dominio ostrogodo en Hispania, y no digamos saber cómo lo veían en aquella época los visigodos y la población hispano-romana mayoritaria. El hecho de que Teudis, cuyo nombre puede haber estado confundido y ser en realidad Teodorico, fuera elegido rey en 531, sería un argumento a favor de la falta de resentimiento o conflicto significativos entre los distintos grupos de godos. Que era realmente ostrogodo lo confirma el relato de Procopio sobre cómo su sobrino, Ildebad, fue durante un breve período de tiempo el rey de los godos en Italia en 540-541.14 La capacidad de interpenetración mutua de las dos ramas de la sociedad goda, debida a su sentimiento de compartir un origen y una primera historia, la pone de manifiesto también el ejemplo anterior de Eutarico, del que se decía que era descendiente directo de quien había sido jefe de los ostrogodos en la época de los ataques de los hunos durante la década de 370. Lo encontraron viviendo entre los visigodos en 507 y fue llevado
12 Roger Collins, «Isidore, Maximus and the Historia Gothorum», en Antón Scharer y Georg Scheibelreiter, eds., Historiographie imfrühen M ittelalter, V ienay Munich, 1994, pp. 345-358.