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Sobre los problemas que afectaron al Imperio durante este período véase Michel Whitby, Te Emperor

In document Collins, Roger - La España Visigoda (página 70-72)

independiente que existía en Galicia. Su rey, Miro, había muerto cerca de Sevilla en 583 mientras tomaba parte en la guerra civil. Las palabras de Juan de Biclaro son ambiguas al respecto y no se puede saber con seguridad si Miro estaba allí para apoyar a Leovigildo, al cual pagaba tributo desde 576, o para prestar ayuda a Hermenegildo. En cualquier caso, no hay datos que hablen de participación alguna por parte de los suevos y es probable que la inesperada muerte de Miro, que dejó el trono a su joven hijo Eborico, tuviera como consecuencia una retirada de las tropas.

El derrocamiento de Eborico en 584 por un noble suevo llamado Andeca, que usurpó el trono y se casó con la viuda de Miro, Sisegutia, dio una excusa a Leovigildo para intervenir, probablemente en virtud del tratado establecido en 576. En el año 585 el rey visigodo «devastó Galicia, capturó y depuso a Andeca, e hizo que quedaran bajo su dominio el pueblo suevo, su tesoro y su territorio».68 A Andeca se le obligó a hacerse sacerdote, privándole de todo derecho a gobernar, y fue enviado al exilio en el sur. Aquel mismo año las fuerzas de Leovigildo sofocaron una rebelión encabezada por un noble suevo llamado Malarico, y éste fue encadenado y enviado ante el rey visigodo.69 No se conoce su destino final. Con esto el reino suevo desapareció de la historia. Aunque se han realizado algunos intentos, ninguna característica distintiva posterior de la sociedad y la cultura gallegas se ha identificado de manera efectiva como un rasgo heredado específicamente de los suevos.

Tras este último triunfo militar, Leovigildo murió en 586, dejando a su único hijo vivo, Recaredo, una Península que en gran parte estaba unificada. En general, se suele decir que su reino marcó un punto de inflexión en el destino de la monarquía visigoda. Después de décadas de derrotas, guerra civil y desintegración, un rey fuerte había conseguido por fin invertir un declive casi continuo, había vencido a todos los enemigos tradicionales del reino y había impuesto su autoridad en prácticamente la totalidad de la Península.70 Incluso a pesar de que el enclave imperial seguía existiendo en el sur, éste subsistía de una forma muy reducida y, a partir de entonces, nunca volvería a ser una amenaza militar importante para los sucesores de Leovigildo. Se habían suprimido diversas formas de autogobierno local, como las que tenían

68 Iohannis Biclarensis Chronicon, 72, ed. Hartmann, p. 75. 69 Ibid., 76, p. 76.

suevos en Galicia. Lo único en lo que no se puede decir que Leovigildo tuviera éxito es en lo tocante a su política religiosa, que intentaba imponer una teología arriana modificada como base para la unidad doctrinal. Pero, incluso en esto, se puede afirmar que tuvo en principio una idea acertada. La resolución del conflicto religioso que dividía a los niveles más altos de la sociedad dentro del reino era esencial para que emergiera un nuevo sentimiento de identidad y objetivos comunes entre las clases gobernantes. El error de Leovigildo fue fomentar la imposición del arrianismo; el éxito de Recaredo se basó en hacer lo mismo, pero a favor del catolicismo.

No hay duda de que se podría hablar mucho sobre este punto de vista, incluso si se basa en gran medida en el supuesto irreflexivo de que un gobierno central fuerte es algo bueno en sí mismo. Sin embargo, también hay que valorar el precio que pudo ser necesario pagar y el daño que se hizo durante todo el proceso que llevó a conseguir un gobierno así. Como hemos mencionado anteriormente, el hecho de que Juan de Biclaro no tuviera un precursor hispánico significa que carecemos de una imagen completa de lo que fue el reino de Atanagildo, pero incluso la breve referencia que hizo Isidoro de Sevilla implica que la guerra contra las fuerzas imperiales en el sur fue allí endémica desde el comienzo de la década de 550. La disponibilidad de detalles relativamente más abundantes con respecto a las campañas de Leovigildo indica algo de lo que éstas pudieron acarrear: asedios, masacres, destrucción, desbaratamiento de la vida económica y social. Tales características se propagaron hacia el oeste y el norte a partir de mediados de la década de 570, mientras se ocasionaban otros daños similares en el sur durante el aplastamiento de la rebelión de Hermenegildo.

Para los acontecimientos que se produjeron en Hispania, falta el tipo de narración histórica sustancial que, en el caso de la guerra que tuvo lugar en Italia de 535 a 554 entre los ostrogodos y los bizantinos, existe gracias a los escritos de Procopio y Agatías. Sin embargo, a partir de estas fuentes y de otras, y con la confirmación que ha proporcionado la arqueología, se sabe que los casi veinte años de guerra continua produjeron los efectos más profundos y destructivos en el orden económico y social de Italia, marcando una auténtica ruptura en muchos aspectos de organización administrativa, de las pautas de formación de asentamientos y de las cifras de población.71 Habría razones para sorprenderse si los treinta años de guerra continua que padeció Hispania, desde la

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