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“Jesús nos salva de la condenación, del pecado y de sus consecuencias”

Domingo 5º de Cuaresma

Is 43, 16-21; Sal 126; Flp 3, 8-14; Jn 8, 1-11.

Estamos ante una de las páginas más bellas, impactantes y pro​fun​das del Nuevo Testamento. Pudiéramos decir también, es uno de los capítulos más escandalosos. Jesús defiende a una mujer, y pro​pia​mente a una mujer adúltera. Los escribas y fariseos se la presen​ta​ron, de hecho, para ponerlo a prueba ante la Ley judía que mandaba que tales mujeres debían ser condenadas a morir apedreadas. Cla​ro que la Ley judía decía que también el hombre sorprendido en el adulterio debía morir, sin embargo, los acusadores en este caso no presentan al hombre. Se había impuesto injustamente una discri​mi​nación contra la mujer: ella es la pecadora. Tal costumbre, como us​tedes saben, es frecuente todavía en algunos países de Africa y Asia.

que arroje la primera piedra”. E inclinándose nueva​men​te, siguió escribiendo en el suelo. Es decir: esta mujer no es ella solamente la pecadora. Todos son pecadores y por tanto nadie tie​​ne derecho a condenar a otra persona. Sólo Dios es el juez. Lo di​ce la Carta de Santiago: “Hermanos, no hablen mal los unos de los otros. El que habla en contra de un hermano o lo condena, habla en con​tra de la Ley y la condena... Y no hay más que un solo legisla​dor y juez, aquel que tiene poder de salvar o de condenar. En cambio tú, ¿quién eres para condenar a tu prójimo?” (St 4, 11-12).

Jesús pone al descubierto la gran hipocresía humana, la cual es un pecado todavía superior, porque el hipócrita miente ante Dios y ante los demás. En cambio, el que reconoce su pecado y se arre​pien​te, alcanza misericordia porque se reconcilia con la verdad.

Jesús, además, salva. Salvó a esta mujer de la condenación, la sal​vó de las consecuencias de su pecado, como también salvó a una pros​tituta, y como salvó a la mujer samaritana que llevaba una vida bas​tante desarreglada, habiendo vivido con varios hombres. De la pros​tituta dijo Jesús ante el fariseo Simón que la miraba con des​pre​cio y la condenaba: “Se le perdonan muchos pecados porque ha ma​nifestado mucho amor viniendo a buscar el perdón ante mí”. En cam​bio, el fariseo Simón se cree superior a los demás y por eso juz​ga y condena, por eso poco se le perdona, porque ama poco. Y a la sa​maritana, la hizo la primera evangelizadora, la primera mujer que anun​ció a Cristo a sus compatriotas, los samaritanos, y fue también la primera que anunció la resurrección a los propios discípulos de Je​sús.

Aquí aparece plenamente manifestada la salvación que ha traído el Señor. El nos libera del pecado, El nos justifica, El nos quita la car​ga de nuestras culpas, El nos reconcilia con Dios y con nosotros mis​mos. Haciendo esto manifiesta cuál es la actitud de Dios y cuál es la actitud humana. Hay gente que le tiene miedo al juicio de Dios y no se atreve a acercársele y no le confiesa sus pecados por​que piensa que Dios la va a condenar. Hay un hecho: Dios no con​dena a nadie, a cada persona la condenan sus propias culpas. Dios salva y nos salva de nuestros pecados. Además, es el hombre el que pretende condenar a los demás. Obsérvese el contraste que hay en la escena que nos presenta el Evangelio: los escribas y los fa​riseos condenan a esta mujer y pretenden que Jesús también la con​dene. Jesús, en cambio, la salva. ¡Qué terriblemente cruel es el hom​bre con su prójimo! ¡Qué terriblemente cruel es la gente para con​denar a los demás! Por eso David dijo: “Caigamos en manos del Se​ñor que es grande su misericordia. No caiga yo en manos de los hom​bres” (2S 24, 14). Y es que el Señor no es como el hombre. El hombre es cruel, inmisericorde y duro en sus juicios, pero Dios, ¿có​mo es el Señor? Ya no los ha dicho la escena que nos narra el Evan​- gelio, pero oigan cómo lo describe el Salmo 103(102): “El perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias. El rescata tu vida de la muerte, te rodea de amor y de ternura. El llena de bienes tu existencia, y hace que se renueve tu

juventud... El Señor es clemente y compasivo, tardo a la cólera y lleno de amor; no se enoja eternamente ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestras culpas, ni nos paga conforme a nuestros pecados” (vv. 3-4.8-10).

Es el hombre el que juzga, el que condena, el que se encoleriza y se llena de rencor contra su prójimo. Es el hombre el que espera ver quién comete un error o una falta para condenarlo, para hundirlo, pa​ra despreciarlo. Más aún, es el hombre el que ha creado el infierno para mandar allí a los demás.

Este contraste es terrible en el Evangelio y es a la luz de esta ver​dad que podemos entender lo que nos ha dicho san Pablo en la se​gunda lectura que acabamos de escuchar: “Todo me parece una des​ventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Je​sús, mi Señor... Todo lo considero como basura, con tal de ganar a Cristo y estar unido a El... con la justicia que viene de Dios. Así po​dré conocerlo a El, conocer el poder de su resurrección y participar de sus sufrimientos, hasta hacerme semejante a El en la muerte, a fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los muertos”.

Si quieres ser liberado de las consecuencias de tus pecados, si quie​res ser perdonado, si quieres encontrar misericordia y bondad, si quieres saber lo que es el amor y la bondad, si quieres alcanzar com​​pasión y ser curado de tus dolencias, acércate a Jesús, conviér​te​te a El, trata de conocerlo y entonces dejarás de sentir desespe​ra​ción y abatimiento, dejarás de ser tan pesimista y negativo, supe​rarás la depresión y el miedo, y conocerás la esperanza y la alegría de vivir; vencerás el mal y el pecado. La mujer adúltera tuvo la gracia sublime de ser llevada ante el tribunal de Cristo, El la salvó. Si hu​​biera sido llevada ante el tribunal judío hubiera sido condenada irre​​mediablemente y hubiera muerto apedreada.

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