Domingo 8º del Tiempo Ordinario
Si 27, 5-8; Sal 91; 1Co 15, 54-58; Lc 6, 39-45.
agresividad porque muchas personas se arrogan el derecho de juzgar a su prójimo. Hay personas cuya única forma de dirigirse a los demás es condenándolos, censurándolos, reprochándoles. Bien sabemos que esta actitud es la que destruye muchas relaciones familiares y acaba con muchos matrimonios. Las consecuencias negativas son evidentes. Pero debemos mirar más al fondo y examinar por qué estas actitudes son tan destructivas.
El Señor nos ha dicho hoy: “¿Cómo es que ves la mota en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que hay en el tuyo?”. Es decir, ¿cómo es que te atreves a juzgar a tu hermano y no ves lo que hay en ti? Porque es casi una ley psicológica que cuando alguien está juzgando a otra persona está revelando algo de sí mismo, pues ordinariamente en juicios que emitimos sobre los demás reflejamos nuestro propio interior. Por eso mismo nos dice el Señor: “De la abun- dancia del corazón habla la boca”.
Pero sobre todo con estas palabras, el Señor nos está enseñando lo que es la libertad cristiana, porque el cristiano está llamado a ser libre respecto al juicio humano, por una razón muy clara: el juicio de cada uno sólo pertenece a Dios.
Esto último nos lo aclara la Carta de Santiago cuando nos dice: “No habléis mal unos de otros, hermanos. El que habla mal de un hermano y se erige en su juez, está criticando y juzgando a la Ley. Y si te eriges en juez de la Ley, ya no eres cumplidor de la Ley, sino su juez. Pero uno solo es el legislador y el juez: el que puede salvar y condenar. ¿Quién eres tú para juzgar al prójimo?” (St 4, 11-12). Y san Pablo nos advierte: “Así, pues, no juzguéis antes de tiempo. Dejad que venga el Señor. El iluminará lo que se esconde en las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones del corazón. Entonces cada uno recibirá de Dios su merecido” (1Co 4, 5).
Si por una parte, el Señor condena a los que se arrogan el derecho de juzgar al prójimo, por otra parte nos advierte a todos: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden quitar la vida; temed más bien al que puede destruir al hombre entero en el fuego eterno” (Mt 10, 28). ¿Y quiénes son los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden quitar la vida? Pues los que juzgan a su prójimo. En cambio, sólo hay uno que es el juez verdadero de quien depende realmente nuestra salvación.
Pero por otra parte, hay una diferencia abismal entre el juicio humano y el juicio de Dios. El juicio humano es condenatorio; el juicio de Dios es salvífico. Mirémoslo bien en los juicios que la gente emite sobre los demás. Es como si estuvieran mandando a la persona juzgada a los mismos infiernos. Se refieren a los demás como unos perdidos, un don-nadie, un pobre infeliz. En realidad, nadie es un perdido o un don-nadie porque así lo juzguen los demás. El valor de una persona no depende del juicio humano sino del amor que Dios le tiene a cada una de sus criaturas, y esto es lo que definitivamente cuenta, porque el juicio humano es tan efímero como los mismos seres humanos, que hoy somos
y mañana dejamos de existir.
En cambio, ¿cómo es el juicio de Dios? Lo podemos ver en muchos pasajes del Evangelio, pero uno que es particularmente notable es aquel en el que a Jesús le presentan una mujer que ha sido sorprendida en adulterio. El juicio humano está representando por aquellos que la condenan y piden que muera lapidada. El juicio de Dios aparece en la actitud de Jesús: “Aquel de vosotros que no tenga pecado, puede tirarle la primera piedra”, con lo que destruye la pretensión humana de juzgar a quien sea. Por eso mismo en el Evangelio de hoy ha preguntado: “¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo?”. Es como si dijera: ¿puede un ser humano juzgar a otro ser humano? ¿Puede un pecador juzgar a otro pecador?
Después pregunta Jesús a la mujer: “¿Dónde están? ¿Ninguno de ellos se ha atrevido a condenarte?”. Ella contestó: “Ninguno, Señor”. Entonces Jesús añadió: “Tampoco yo te condeno. Puedes irte y no vuelvas a pecar”. El no condena, El salva. Y así es el juicio de Dios.
Una última consecuencia podemos sacar de lo que venimos considerando: hay muchas personas que sufren abrumadas por el juicio de los demás. Se sienten agobiadas por un terrible tormento porque los demás dicen que son esto o son aquello. En realidad, hay muchas personas esclavas del juicio humano. Tanto en el sentido positivo como en el negativo, es decir, tanto si dicen bien como si dicen mal. Ahora bien, la verdad es que ni el juicio positivo ni el juicio negativo que sobre una persona emitan los demás es valioso. San Pablo nos dice: “La alabanza verdadera no es la que viene de los hombres, sino la que viene de Dios” (Rm 2, 29b). Y en el Evangelio de san Juan, Jesús hace este reproche: “¿Cómo váis a creer vosotros, si lo que os preocupa es la alabanza que viene de los demás, y no os interesáis por la verdadera alabanza que viene sólo de Dios?” (Jn 5, 44). Por tanto, el cristiano ha sido liberado por Cristo del juicio humano para que no viva en la esclavitud de lo que la gente pueda pensar de él: “Para ser libres nos ha liberado Cristo, no te hagas pues esclavo de nadie”, dice san Pablo, y uno se puede hacer esclavo de aquel que lo juzga si se somete a su juicio.
CUARESMA
“¿Qué son las tentaciones?” Domingo 1º de Cuaresma
Dt 26, 4-10; Sal 91; Rm 10, 8-13; Lc 4, 1-13.
El miércoles pasado iniciamos la Cuaresma con la ceremonia de recepción de la ceniza. El Evangelio que acabamos de escuchar nos dice que Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, durante cuarenta días, y allí fue tentado por el demonio.
Así como la ceniza que recibimos el miércoles pasado es un símbolo por el cual expresamos que queremos pertenecer al Señor y convertirnos a El, también los cuarenta días o la Cuaresma son un símbolo. Recuerden esto: cuarenta años estuvo Israel peregrinando por el desierto hacia la Tierra Prometida; y cuarenta días estuvo Jesús en el desierto cuando fue tentado. Pues bien, durante cuarenta días los cristianos nos preparamos para celebrar el principal acontecimiento de nuestra fe: la Pascua, el paso de Jesús de este mundo al Padre mediante la Pasión y la muerte en cruz. Este gran sacrificio de Cristo es el que nos ha traído la salvación y esto es lo que vamos a celebrar en la Semana Santa y en la Pascua. Nos preparamos durante cuarenta días intensificando la oración, las obras de misericordia y los sacrificios.
Nos preparamos con cuarenta días porque ellas son un símbolo de la vida de Cristo y un símbolo de nuestra vida. Y así como Cristo en su vida fue tentado, así también nosotros tenemos que vencer muchas tentaciones para llegar al Reino de Dios. Ahora bien, las tentaciones que Cristo Jesús sufrió son las mismas que todos nosotros debemos sufrir y debemos vencer. De tres géneros son esas tentaciones: 1) Jesús dijo al demonio: “No sólo de pan vive el hombre”. Continuamente somos tentados por los bienes materiales, por el dinero. Y ese apego al dinero nos puede llevar a cometer toda clase de delitos y maldades. ¿No lo hemos comprobado, no lo estamos experimentando en nuestro país? Por la fascinación del dinero se están cometiendo entre nosotros los crímenes más horrendos. Hace algunos días, en una de nuestra ciudades, unas personas, sedu- cidas por el dinero, se hicieron criminales liquidando a una pobre gente que recogía basuras. La valoraron menos de lo que se valora un animal. La convirtieron en mercancía y le quitaron la vida. Además del horrendo crimen, fíjense lo que allí va implicado: ¿Podemos nosotros, puede nuestra sociedad
fiarse de unos médicos formados en semejante moral? ¿Podemos llegar a pensar que los médicos que salgan de aquel centro universitario donde se cometieron esos crímenes tratarán a los enfermos como seres humanos? ¿Podremos confiar nuestras enfermedades a semejantes médicos? ¿A dónde puede llevar el atractivo del dinero? ¿Y no es acaso el ídolo del dinero, la seducción del dinero la que está causando crímenes sin medida a lo largo y ancho de nuestro país? Ten cuidado con esa terrible tentación que te puede llevar a cometer crímenes, te puede volver un asesino y un malhechor. Recuerda, por tanto, la respuesta de Jesús: “No sólo de pan vive el hombre”.
En la segunda tentación el demonio le dice: “Te daré todos los reinos de la tierra”. Es lo que san Juan llama “concupiscencia de los ojos”, es decir, el atractivo por las apariencias, por la vanidad, que en último término es el atractivo de la hipocresía y la mentira. ¡Cuánta gente vive de la apariencia, la mentira y la hipocresía! ¡Y qué mezquinos, qué falsos, qué infelices son! Hay gente que se pasa la vida aparentando lo que no es porque se ha dejado cautivar por la vanidad. Y por eso mienten, engañan, destruyen y se destruyen a sí mismos. Pues el que vive de apariencias se obliga a vivir en la falsedad y destruye: su alegría, su paz, la confianza en sí mismo, la seguridad. Vive del miedo a que le descubran su falsedad. No olvidemos tampoco que el pecado que Jesús más atacó fue la hipocresía, porque esto va ligado con la mentira y se opone direc- tamente a Dios que es la verdad.
La tercera tentación nos llega mucho a nosotros los cristianos: es el tentar a Dios, querer manipularlo. La gente dice que reza mucho, pero no para buscar a Dios, no para conocer su voluntad, sino para obligar a Dios a que haga lo que ellos quieren. Por eso le piden a Dios signos, milagros externos, cosas sensacionales. Y las cosas sagradas las utilizan como talismanes o amuletos. Portan medallas o cruces, no para confesar que son cristianos, sino para que les traiga suerte o los libre en medio de sus fechorías, como el caso de esos llamados sicarios que se llenan de medallas para ir a cometer un crimen. Eso es querer manipular a Dios. El problema es que quienes tienen unas relaciones falsas con Dios, también tienen relaciones falsas con su prójimo, y así como intentan manipular a Dios también quieren manipular a su prójimo. Cómo, entonces, orar, cómo pedir a Dios, dirá alguno. En el salmo que hemos recitado después de la primera lectura, tenemos el ejemplo de cómo orar.