Ex 3, 1-8a.13-15; Sal 103; 1Co 10, 1-6.10-12; Lc 13, 1-9.
En los tiempos de Jesús, como en nuestro tiempo y como en todos los tiempos, ocurren tragedias de orden natural o tragedias causadas directamente por la maldad humana. En el Evangelio de hoy nos habla Jesús de dos tragedias que ocurrieron en sus tiempos. Una fue que mientras estaban realizando los sacrificios en el templo de Jerusalén, el gobernador romano Pilatos mandó matar a un gran número de galileos, allí mismo en el templo, en plena ceremonia, de tal manera que la sangre de estas víctimas se mezcló con la sangre de los animales sacrificados. La otra tragedia fue que, por esos días, se cayó una torre en Jerusalén y mató dieciocho personas.
Como hoy, también en ese tiempo se daba esta explicación: les pasó eso como castigo de Dios por sus pecados. Y esta explicación es la que rechaza Jesús. Ciertamente que El no entra en explicaciones, pero dice muy claro: “¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”. Nótese bien: Jesús destruye la idea de que las tragedias vengan como castigo de Dios por los pecados, porque si así fuera, entonces Dios tendría que acabar con toda la tierra, porque en toda parte se peca. Apliquemos esto a nuestra sociedad y preguntémonos: los pobres indigentes que son asesinados por grupos que se autodenominan de limpieza social, o la cantidad enorme de campesinos que son asesinados en los campos, ¿sufren esto porque son peca- dores y, por lo tanto, su muerte es un castigo? Agreguemos: la cantidad enorme
de gente que muere en accidentes de tráfico, en accidentes aéreos, o por accidentes naturales como terremotos e inundaciones, ¿mueren así porque son más pecadores que los demás? Les aseguro que no, nos diría Jesús. Acaso ¿quién tiene más pecado: los pobres indigentes o los asesinos de ellos? ¿Los pobres indígenas o quienes los asesinaron por robarles sus tierras? ¿Quién causa las tragedias, Dios que castiga o el hombre que es injusto y asesina a su prójimo? Veamos bien claro que no es Dios quien castiga. El en realidad no castiga a nadie, El es salvador, no castigador. ¿Quieren una prueba de la Sagrada Escritura? Oigan lo que nos dice el Evangelio de san Juan: “Dios no envió su Hijo al mundo para condenar el mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 17).
Luego, las tragedias y los males que sufrimos en este mundo no ocurren por voluntad de Dios, más aún, están en contra de la voluntad de Dios. Ocurren por causa del hombre, es el hombre el que causa el mal, las tragedias y la muerte. Tenemos que decir, que Dios está tratando de salvarnos de nosotros mismos, porque por todas partes se ve un desconcertante afán de destruir a los demás y de destruirse a sí mismo.
Sin embargo, hay otros males. Los males naturales que no son producidos por el hombre sino que sobrevienen por fenómenos naturales. ¿No serán ellos castigo de Dios? A eso da respuesta también Jesús. Una torre se cayó en Jerusalén y mató dieciocho personas. ¿Quién produjo esa caída? Nadie, fue un fenómeno natural. Pero ¿por qué? En realidad lo que Jesús quiere decirnos es que por todas partes en el mundo, bien sea por causa del hombre o por fenómenos naturales, el mal y la muerte están rondando y nadie, absolutamente nadie, está libre de que le sobrevenga una tragedia. En el mundo no reina aún el bien, y el mal se difunde por doquiera. ¿Por qué? Porque a causa del pecado el mal se introdujo en el mundo, y la misma naturaleza no es amiga del hombre sino muchas veces su enemiga. Eso nos lo dice el libro del Génesis. Después de que el hombre pecó Dios le dice: “Maldita sea la tierra por tu causa: con fatiga sacarás de ella el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás” (Gn 3, 17-19). Tengamos en cuenta esto. No es que Dios mande un castigo; es que el hombre al pecar creó el desorden en sus relaciones con Dios, en sus relaciones con su prójimo, y en sus relaciones con la naturaleza. Por eso dice san Pablo que “la naturaleza entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto”. ¿Por qué? “Porque ella quedó sujeta a la corrupción... por causa de quien la sometió” (Rm 8, 20-22), es decir, el hombre. Es por tanto el pecado del hombre el que ha traído el mal y todos somos responsables de él. Pensemos solamente esto: si la mentalidad de que los indigentes son deshe- chables se difunde, ¿se imaginan ustedes la valoración del ser humano que se está creando? ¡Según eso, se podría matar toda clase de menesterosos porque a
la sociedad no le sirven! ¿Se imaginan ustedes la cantidad de crímenes y de tragedias que podrán sobrevenirle a nuestra sociedad si semejante mentalidad llega a imponerse? De ahí la advertencia de Jesús en el Evangelio: “¿Creen ustedes que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”. Pienso que el Evangelio es muy claro, toca a cada uno sacar las consecuencias para su propia vida. Recuerden que convertirse, en el Evangelio, es ante todo, cambiar de mentalidad. Pasar de una mentalidad de desprecio y desvalorización del prójimo, cualquiera que sea, a una mentalidad de valorización y respeto.