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El Parque de M ayo tiene fama de ser el más apacible de Bahía Blanca, Argentina. Uno de sus extremos se aleja del ruido de calles y avenidas, se hunde entre árboles y allí, en medio del canto de los pájaros, es posible llenarse los pulmones de aire tan puro como el que en sus momentos más apasionados se sentaban a respirar cuidadosamente Don Juan y Doña Inés. Es un rincón cuya tranquilidad sólo se ve interrumpida unas pocas veces al día por el bucólico paso del tren.

No es extraño, pues, que aquella mañana un mocetón atlético y callado escogiera esa apartada orilla para practicar allí el tai-chi-chuán, arte marcial chino que se caracteriza por sus movimientos estilizados en cámara lenta, más semejantes a una danza que a una gimnasia. Conocedor de las conservadoras tendencias de la ciudad —al fin y al cabo, cuna suya y de su familia—, el gallardo joven prefería la discreta protección del soto y el inevitable muro de la vía férrea para sus plásticos ejercicios. Bien sabía que el recogimiento matutino del lugar lo mantendría alejado de miradas curiosas o burlonas y que la presencia inoportuna del tren sería anunciada por el ruidoso traca-traca del convoy.

Unos buenos minutos llevaba entregado el apuesto zagal a los estéticos estiramientos musculares, ensimismado por el trinar de los pájaros y el murmullo de las fuentes, cuando escuchó muy cerca de él unos ruidos que no podían proceder de ave canora alguna. Agudizó el oído. En efecto: ni siquiera aquella ave prensora de colorido plumaje con capacidad de articulación de palabras y frases conocida como papagayo o loro sería capaz de proferir las risotadas y epítetos que el mancebo escuchaba avergonzado:

—¡¡Afeminado!! —¡¡M aricón!!

—¡¡Andate a bailar a tu casa, muñeco!!

Sonrojado hasta la punta de su guitarra —toda vez que el doncel era guitarrista—, optó por huir lejos de aquellos venablos que ofendían su proverbial pudor y su decoro personal. M ientras tanto, los rudos obreros ferroviarios, que se habían acercado por la vía del tren en un silencioso vehículo de operación manual, seguían poniendo en duda la virilidad del gimnasta en medio de gritos soeces y carcajadas con relente a cerveza.

«Desde ese día sólo practico tai-chi-chuán en el baño de mi cuarto de hotel», confiesa Jorge M aronna, pues el abrumado ejercitante oriental no era otro que el campeón de la timidez en el grupo y, desde aquella pérfida mañana, en toda la provincia.

En la primera parte de su autobiografía, Jorge Luis M aronna oculta deliberadamente la embarazosa anécdota del Parque de M ayo, que tuvo lugar en una de las visitas de Les Luthiers a su ciudad natal. Se limita a reconocer que sí, que es verdad que nació el 1.° de agosto de 1948 en esta ciudad; que es padre de dos hijos —Pablo y Juan— y dos hijas — Lucía y Julia—; que llegó a Buenos Aires decidido a estudiar medicina, «carrera que abandoné faltándome sólo seis años para terminarla»; y que interpreta diversos instrumentos de cuerda. Revela también en esta primera parte que empezó entonces sus estudios de composición con Francisco Krópfl y de guitarra con varios maestros. Que formó parte durante un par de años de un conjunto de música antigua. Que trabajó

como acompañante de cantantes. Que escribió con Bernardo Romero Pereiro y Daniel Samper Pizano el guión de Leche, serie humorística para la televisión colombiana. Que compuso la música de treinta y dos canciones para esta misma serie paródica de las telenovelas. Que con el mismo individuo de apellido Samper publicó los libros de humor Cantando bajo la ducha, El sexo puesto y El Tonto Emocional. Que con Luis Pescetti escribió la novela Copyright. Que colaboró en el texto de la obra teatral La fabulosa historia de los inolvidables Marrapodi del grupo Los M acocos, y compuso su música. Y, según afirma tajantemente, «Soy integrante de Les Luthiers».

En la segunda parte de su biografía, mucho más avaro en datos, se limita a agregar: «Desde su fundación.»

En realidad, la agitada vida del benjamín del grupo registra muchos otros momentos emocionantes. El primero es a las 7 a. m., hora en que se levanta para desayunar con sus hijos más pequeños, Juan y Julia, y atender hasta el más mínimo capricho de Claudia Rodríguez Carrera, su mujer. M aronna es activo cultor del físico, pues considera que para tocar el contrabajo el bíceps es más importante que el oído. Cuando tenía cuatro años cayó a una pileta o piscina y le salvó la vida una mano amiga que lo sacó de un pie; M aronna no recuerda tal día con pánico, sino con asombro, y debe a aquel incidente casi fatal una extraña afición a la natación y al agua. Ahora practica este deporte en todos los estilos. Como si fuera poco, persiste en el ejercicio semanal, y ahora íntimo, de tai-chi-chuán. Un día por semana practica yoga, otro día realiza caminatas, y el que le sobra lo dedica a la gimnasia. No es aficionado a deportes colectivos como el fútbol o el baloncesto, pero dice que los mira «con envidia y curiosidad».

Esas dos horas diarias en que no está nadando, haciendo gimnasia o mirando con envidia y curiosidad los deportes colectivos, M aronna se dedica a la música. Amén de las que compone para Les Luthiers, es autor, entre otras, de obras inspiradas en poesías de Torcuato Tasso, Oliverio Girondo, y los mexicanos Homero Aridjis y Jaime Sabines. Algunas de ellas fueron estrenadas en un recital que presentaron en septiembre de 1989 en Buenos Aires intérpretes de la talla del guitarrista M iguel Ángel Girollet y la mezzosoprano Susana M oncayo. Ha compuesto música para algunos espectáculos teatrales; entre ellos, Yerma, de García Lorca, Androcles y el león y Hombre y superhombre, ambas de Bernard Shaw.

En los ocho minutos que aún le quedan libres al día, toma fotografías, va al cine y recuerda los días lejanos en que formó con tres compañeros un conjunto de música folclórica llamado Los Coyuyos, bautizado así en homenaje a un objeto que podría ser un pájaro o quizás un quiste sebáceo a la altura de la entrepierna. Él ya no sabe bien.

Terminado lo anterior, aprovecha los nueve segundos que restan a la jornada para deprimirse y preguntarse, atenazado por la angustia, cuáles son las razones que lo llevan a ser tan infeliz, introvertido y proclive a la inactividad.

Robando décimas de segundo de esta última etapa del día, M aronna respondió así el cuestionario de este libro:

La mejor obra de Les Luthiers: Tal vez Luthierías.

La obra de Les Luthiers que querría olvidar: «No puedo vivir atado»: era espantosa. Su personaje luthierano favorito, excluido J. S. Mastropiero: El padre Gervasio, de «San Ictícola de los peces».

pero cuando nos presentamos por primera vez en Nueva York, me resultó muy inquietante el papel de traductor en «Brotan und Gretchen»: sin saber inglés, tenía que recitar un largo texto en ese idioma, que había aprendido como un loro, repitiendo ante un grabador. Si me olvidaba de algo no tenía la posibilidad de improvisar o buscar sinónimos. M ilagrosamente (supongo que San Ictícola escuchó mis plegarias) todo salió bien.

El mayor sacrificio que implica ser luthier: El éxito implica una presión fuerte; es difícil inventar espectáculos que gusten a gente de diferentes países, lograr calidad sin repetirnos. Por otra parte, las giras, además de sus aspectos divertidos, obligan a alejarse con frecuencia de la familia.

Su mayor metida de pata con Les Luthiers: En una pieza en la que canto como solista, «Quien conociera a M aría amaría a M aría», olvidé la letra y me quedé mirando con expresión alelada a mis compañeros, quienes desde lejos me cuchicheaban sin éxito el verso siguiente. Duró pocos segundos, pero en el escenario me pareció una eternidad.

Sus músicos preferidos: Bach. Y Beethoven, M ozart, Schubert, Fauré, Debussy, Ravel, Alban Berg. En otros estilos, Chico Buarque, Jacques Brel, Georges Brassens, los Beatles.

Sus humoristas predilectos: De adolescente me encantaba Jardiel Poncela. Ahora, Woody Allen, M onty Python, Quino, Fontanarrosa, algunas películas de M el Brooks.

Alguna manía o agüero escénico: No creo en esas cosas. ¡Oh, acaba de caerse la araña del teatro! Su función inolvidable: La del Lincoln Center; la primera en el Teatro Colón de Buenos Aires; la del festival de Cosquín.

Sus fortalezas y debilidades en su trabajo como luthier: M is fuertes: componer y tocar música; a menudo colaborar en los textos; organizar y conducir los ensayos. M is debilidades: el trabajo actoral, las relaciones públicas.

Confiéselo todo: Jorge Luis M aronna Güelfo; 73 kilos; 1,73 de estatura; ningún apodo; ninguna simpatía futbolística.

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