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MIENTRAS se preparan y afinan los instrumentos, hacemos un breve intermezzo para presentar a los Hombres de Negro

Es difícil verlos, porque visten de negro y se confunden con la oscuridad, con el fondo cavernoso del escenario, con el color de la conciencia del empresario. M uchas personas que han asistido al espectáculo jurarían que no existen. Son sombras, más que seres humanos, que se deslizan en el momento exacto para retirar un instrumento, instalar otro, conectar la guitarra amplificada, desmontar un atril, hacer un mutis con el piano, borrar cualquier vestigio del número anterior y tener todo listo para el siguiente. Algunos de ellos operan las luces, velan por el buen suceso del sonido o se preocupan porque nunca falte café y sándwiches en los camerinos de los artistas. Otros se mantienen pendientes de los ojitos iluminados de las consolas electrónicas. Unos más cuidan de las cuentas y la caja, que son dos instrumentos indispensables para la máxima armonía de la empresa. Otros se preocupan de los agotadores procedimientos de oficina. A despecho de su seguridad personal, en momentos de tensión política uno presta guardia en la madrugada al pie del depósito donde permanecen los instrumentos. Sin embargo, a los ojos de los espectadores menos zahoríes, estos caballeros no poseen vida real sino aparente. Son vagos reflejos, como las criaturas del «Poema de Parménides». Tienen la densidad de las ánimas, la viscosidad de los fantasmas y la consistencia de la luz de las estrellas muertas. Son transparentes. Puro glásnost. Los atraviesan, sin tocarlos, las miradas y los aplausos. Kafka no los habría diseñado mejor.

Pero ¿qué sería del espectáculo sin ellos? Entre telones, una función de Les Luthiers parece un hormiguero en el cual los insectos visten de negro. Siguen con atención los planos de movimientos, la guía de escenario, el libreto de las obras; digitan los teclados de luces con mayor rapidez que Núñez los del piano; al artista que descansa advierten de la proximidad de su entrada a escena; mantienen inflados los instrumentos de viento, a punto los micrófonos, servida la bandeja de colaciones, dispuesta la mesa de jugar truco, impecables los esmóquines, brillantes los zapatos. Además, alcanzan las hojas de textos a M undstock, soportan con resignación las mofas que éste improvisa a costa suya y han sido agredidos más de una vez a la vista del público por los despliegues karatecas de Rabinovich. Cuando la función termina, son los últimos en marcharse, después de haber guardado lo que es menester guardar, desconectado lo que no puede permanecer con conexiones y devorado los últimos trozos de jamón y queso en ardorosa disputa con las ratas del teatro.

Llegadas las giras, se les niega hasta el sagrado derecho al reposo. Si el teatro es nuevo, arriban con veinticuatro horas de anticipación a fin de levantar un mapa de planta, que luego irá a los archivos generales de Les Luthiers. Si ya han actuado antes allí, el plano preexistente les permitirá presentarse sólo con veintitrés horas de antelación para montar los equipos. Se los espera dos horas antes de que cada función comience, para revisar luces, sonido, instrumentos, utilería, cortinajes, y reemplazar lo que falte o reparar lo que se haya estropeado.

Los Hombres de Negro son los encargados de llevar y traer los equipajes, de embalar los cofres y averiguar por qué demonios algunos de ellos han quedado abandonados en una escala intermedia del viaje aéreo. M uchas veces es a los Hombres de Negro a quienes toca lidiar con la incomprensión de

esporádicos elementos perniciosos dentro del público. En octubre de 1978, cuando se enfermó Carlos Núñez, la función del Coliseo hubo de suspenderse y se ofreció a los espectadores la devolución de su dinero. A un saboteador nato que se había infiltrado entre la asistencia de esa noche no le bastó con que le entregaran de vuelta su dinero, sino que empezó a armar escándalo por el hecho de que un conjunto musical tan importante careciera de un «pianista sustituto». Fue entonces cuando uno de los más tranquilos y apacibles Hombres de Negro llamó aparte al rebelde sin causa, y le rogó muy dulcemente que se marchase a su casa. Debió decirlo de manera muy conmovedora, porque, agradecido por tan oportuno consejo, el individuo se fue, como quien se desangra.

Aunque se muestren pacientes con las flaquezas del prójimo, transparentes en escena e insensibles al dolor físico o la fatiga, los Hombres de Negro son, sin embargo, seres humanos. Y a veces se equivocan. ¡Y cómo se equivocan cuando se equivocan! En 1979, el experto en sonido armó un salpicón con los cables de los micrófonos y, cuando llegó la serenata medieval, el Rey enamorado no sólo estaba enamorado, sino mudo. El artista tuvo que permanecer varios minutos paralizado en medio del escenario, mientras el angustiado Hombre de Pálido enchufaba y desenchufaba cables en busca del micrófono perdido. Pero, aun en tan difíciles circunstancias, uno de sus compañeros reaccionó con sangre fría; le arrimó al Rey un asiento y café con galletas para hacerle menos larga la espera.

Les Luthiers se muestran muy orgullosos de sus colaboradores. «Son un grupo lindo y sumamente idóneo», dice M aronna. Todas las giras culminan con un banquete al que acuden todos los Hombres de Negro estables y los inestables que han prestado su colaboración local. En estos ágapes rueda el vino, circula profusamente el pescado, canta la gallina, parpa el pato, estridula la langosta, arrúa el jabalí, rebrama el ciervo, gruñe el chancho y los participantes comen y ríen hasta que entra la madrugada y los saca a todos.

El conjunto de Hombres de Negro que comía, bebía e incluso trabajaba a fines de 2006 estaba compuesto por los siguientes individuos de oscura vestimenta y alfabético orden:

Jorge Osvaldo Coiman, asistente de escenario; Esteban Fernández, asistente de sonido; Bruno Poletti, asistente de luces;

Francesco Poletti, coordinador técnico y montador de luces; Jerónimo Pujal, segundo operador de sonido;

Rodrigo Ramos, asistente general; Diego Smolovich; midi y sistemas electrónicos; M iguel Zagorodny, sonido.

Aparte de los reemplazantes, mencionados en otro capítulo, colaboran o colaboraron también con Les Luthiers, vestidos de diversos colores:

Ernesto Diz, diseñador de iluminación; Hugo Domínguez, luthier propiamente dicho; Esther Ferrando, asesora de coreografía; Roberto Fontanarrosa, colaborador creativo; Gerardo Horovitz, fotógrafo;

Sebastián M asana, asesor cibernético; Javier Navarro, manager; Lino Patalano, agente;

Sandro Pujía, diseñador de iluminación; Rubén Scarone, gerente;