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En las últimas décadas, M arcos M undstock ha hecho reír a millones de personas con sus textos introductorios a obras de Les Luthiers. Pero su mejor chiste data de cuando tenía cuatro años de edad y estaba en la puerta de su casa, en la Avenida Freire de la ciudad de Santa Fe.

«Yo estaba muy impresionado por un dibujo de un saladero de carne que había encontrado en una revista Billiken de mi hermana. Vi pasar un camión cargado de cueros y le dije a mi mamá: “¡M irá, ahí llevan cueros para hacer vacas!”»

Ya era el típico humor de M undstock, un antiguo locutor profesional y redactor publicitario. Hombre rápido de mente (hay un espacio entre las dos palabras anteriores) y lento de empresas, no terminó la única carrera que inició: ingeniería. Su parsimonia obedece a que, según él mismo lo confiesa, pierde buena parte de su tiempo en «boludeces».

PREGUNTA: ¿Qué tipo de boludeces?

M UNDSTOCK: Aajhmmm…, uuh…, me cuesta trabajo dedicarme al trabajo…, creo que me entretengo por ahí…, mmhhh…, qué sé yo…, durmiendo, viendo televisión…, uhhh…, jugando fútbol…

Jugar fútbol es una de las mayores debilidades de M undstock y su mayor fortaleza como aficionado a varios deportes. Defensa fino, famoso por su elegancia (en el vestir) más que por su rapidez, solía jugar dos veces por semana con un grupo de amigos en el Parque Jorge Newbery de Buenos Aires. También lo ha hecho cuando le han ofrecido una oportunidad durante las giras.

El estilo es el hombre, lo mismo en la cancha de fútbol que en actividades triviales, como trabajar. «No soy prosista tipo río, al que le fluyen las ideas y los textos —reconoce—. Soy más bien un orfebre, alguien que se esmera al máximo en pulir los pequeños detalles.»

PREGUNTA: ¿Cuál es el secreto para producir esos textos inesperados, a veces surrealistas y siempre divertidos que lo convierten en el humorista favorito de algunos de sus compañeros, en orgullo de las familias M undstock y Finkelstein y en admiración de su barrio?

M UNDSTOCK: Trabajo solo y en casa. Hacer textos para ser escuchados tiene su clave: deben llevar el remate en la última palabra del párrafo. La gente quiere chistes que la hagan reír y hay que darle el gusto. También creo que el chiste suele ser una obra abierta, siempre modificable, y corrijo en forma permanente y sobre la marcha. M is notas son un crucigrama.

PREGUNTA: ¿Se siente cómodo como intérprete musical?

M UNDSTOCK: M is contribuciones musicales son mínimas, sobre todo en comparación con las de mis compañeros. La verdad es que yo soy un lastre en este sentido. Hasta la trompetita que tengo que tocar me cuesta muchísimo.

PREGUNTA: ¿Ha sido difícil escribir los textos a obras musicales de tan marcado humor? M UNDSTOCK: Hay varias fórmulas que aplico. Una de ellas es que el texto no compita con la obra que presenta. M uchas veces ni siquiera tiene que ver con ella. Por ejemplo, en «Encuentro en el restaurante» el presentador no encuentra la hoja que debe leer y se pone a improvisar: recorre todos los lugares comunes de las biografías que no dicen nada. En este texto ni siquiera se sugiere el tema de

la obra que vendrá enseguida.

PREGUNTA: ¿Ha escrito textos distintos a los que presentan cada obra de Les Luthiers? M UNDSTOCK: Uff…, sí…, tengo dos o tres cuentos terminados y muchos apuntes. Pero me cuesta trabajo dedicarme a eso. Algún día publicaré, no pierdo las esperanzas. Por ahí me han propuesto publicar un cuento que tengo y que se llama «Cuento tornasolado»; es una historia que empieza en castellano con los anglicismos usuales y se va convirtiendo al inglés en forma —quiero ilusionarme— imperceptible para el lector.

M arcos M undstock Finkelstein, casado con Laura —médica cardióloga— y padre de Lucía, nació el 25 de mayo de 1942 en Santa Fe y desde los seis años anida en Buenos Aires. Pesa 70 kilos y mide 174 centímetros; de chico fue hincha de Boca; sus compañeros, con escaso respeto, lo motejan Pelado.

En su autobiografía declara: «Quise ser abogado, ingeniero, aviador, cowboy, benefactor de la humanidad, tenor de ópera, Tarzán, amante latino, futbolista y otras cosas más. Después le hice la corte a la ingeniería, novié con la redacción publicitaria, estuve casado con la radio y tuve algunas escapadas con el teatro. Vivo con Les Luthiers desde su prehistoria.»

He aquí sus respuestas al cuestionario al que lo sometió este libro:

La mejor obra de Les Luthiers: «Las majas del bergantín», «Cantata del Adelantado don Rodrigo Díaz de Carreras», «El sendero de Warren Sánchez», «Concerto grosso alla rustica».

La función inolvidable: Las funciones de 1988 en M ontevideo en las que, estando en el teatro, tuve que ser reemplazado por mi suplente.

Su personaje luthierano favorito, excluido J. S. Mastropiero: Hoy, José Duval (el viejito de «La hora de la nostalgia»).

El papel o trabajo escénico más difícil que le ha correspondido: Las pocas notas de teclado que debía tocar en «M i bebé es un tesoro».

El mayor sacrificio que implica ser luthier: La obligación de sentarse a escribir un nuevo número y la angustia de la primera prueba ante el público.

Su mayor metida de pata con Les Luthiers: En las pruebas con público de «¿Quién mató a Tom M cCoffee?», le dije a Puccio: «¡Usted mató a Rulos Negros, eh…, digo…, a Tom M cCoffee!»

Sus músicos preferidos: Schubert, M ozart, Brahms, Bizet, Tchaikovsky, Prokofiev, Verdi, Rossini, Puccini, Donizetti, Offenbach… y casi todos. Además Paolo Tosti, Serrat, Chico Buarque…, ¡uf…, tantos!

Sus humoristas predilectos: Woody Allen, Luis Landriscina, M ario M onicelli, Dúo Pimpinela… Y muchos más. Alguna manía o agüero escénico: Ninguno.

Su función inolvidable: Recital en el Colón de Buenos Aires. Fue una gran ceremonia de amor mutuo entre Les Luthiers y su público.

Sus fortalezas y debilidades en su trabajo como luthier: M i fuerte: textos y situaciones teatrales: inventarlas y actuarlas. M i debilidad: interpretar música.

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MIENTRAS se preparan y afinan los instrumentos, hacemos un breve intermezzo para presentar a